El juego que propuse y ya no pude controlar
Carla todavía temblaba entre mis brazos cuando la oí susurrar contra mi cuello que se corría. Esperé a que el último estremecimiento le recorriera la espalda y, casi alargando sus gemidos, le pregunté al oído qué tal le había ido con Diego.
Pensé que se tensaría. Que cambiaría de tema, que me devolvería la pregunta con esa media sonrisa que usaba cuando no quería contestar. Pero hizo lo contrario. Apretó las caderas contra mi muslo, alargó el placer un segundo más y respondió con una calma que me desarmó.
—Muy bien —dijo—. Me estoy divirtiendo mucho.
No era la respuesta que había imaginado, y precisamente por eso me encendió. Nos quedamos recostados, las piernas enredadas, su pelo pegado a mi pecho por el sudor. Y entonces empecé a interrogarla, una pregunta detrás de otra, y ella fue contestando sin ahorrarse un solo detalle.
Me recordó cómo había empezado todo. Una noche cualquiera, las copas justas, los cuatro hablando de cosas que normalmente no se dicen en voz alta. Yo había confesado que me excitaba la idea de verla con otro. Ella, en lugar de reírse, me había mirado fijo y había preguntado: «¿Con quién?». Así, sin más. Y Diego estaba sentado enfrente.
—Al principio eran reglas —me dijo, dibujando círculos con un dedo sobre mi pecho—. Nadie tocaba a nadie sin avisar. Todo lo decidíamos los cuatro. Era un juego.
—¿Y ahora?
Tardó en responder. Sentí cómo elegía las palabras.
—Ahora ya no hay reglas. Y creo que eso es lo que más te gusta de todo esto.
Me quedé callado, porque era verdad y porque escucharlo en su voz lo hacía más real. Al principio, cuando habíamos hablado del tema en abstracto, yo me imaginaba al mando. Yo decidía cuándo, con quién, hasta dónde. Era una fantasía cómoda porque seguía siendo mía. Lo que no había previsto era el momento exacto en que dejaba de serlo, ese instante en que ella y Diego empezaron a quererse en sus propios términos y yo me convertí en el espectador de algo que había encendido pero que ya no dirigía.
Tenía razón. Me gustaba haber abierto una puerta que ya no sabía cómo cerrar. Y me gustaba todavía más que ella lo supiera. Fue tal la excitación de escucharla hablar así que volví sobre su cuerpo, le separé los muslos con la rodilla y lo repetimos, esta vez más despacio, mirándola a los ojos mientras me contaba cosas que un hombre no debería querer escuchar.
***
Dos días después volvieron a quedar. Esta vez ni siquiera fingimos que era cosa de los cuatro. Diego me escribió por la tarde, casi pidiéndome permiso, aunque los dos sabíamos que ya no había permiso que dar. La idea de los cuatro, el ritual, las reglas que tanto nos habían costado pactar, todo eso se había evaporado. Lo que quedaba era el deseo crudo de ellos dos por poseerse, y mi placer enfermizo de quedarme fuera, mirando desde la distancia.
Quedaron en un hotel del centro. Ella pidió llegar primero, dijo que quería prepararle la bienvenida. Me lo contó luego, tumbada de lado, con la voz baja, como quien revela un secreto.
Lo había esperado con un body granate que yo no conocía, a juego con unos zapatos altos del mismo color. Se había arreglado para él como pocas veces se arreglaba para mí, y al confesármelo bajó un poco la mirada, midiendo mi reacción. Mi reacción fue tensarme entero y pedirle que siguiera.
Cuando Diego llamó a la puerta, ella no esperó. Abrió y se abalanzó sobre él antes de que cruzara el umbral, buscándole la boca con un hambre que lo dejó sin reacción. Él la sostuvo por la cintura, palpando aquel cuerpo con algo parecido a la incredulidad, como si todavía no terminara de creerse que estaba ahí. Le mordió el cuello justo donde a ella le gustaba, en ese punto exacto bajo la oreja.
Y ahí me detuve a pensar, mientras me lo contaba, en la trampa que yo mismo había montado. Yo le había enseñado a Diego dónde tocarla. Le había dado los mapas. En aquel juego, él jugaba con una ventaja que yo le había servido en bandeja, y esa idea, lejos de molestarme, me clavaba un calor en el bajo vientre que no sabía cómo nombrar.
No hubo tiempo para más preámbulos. Fruto de las ganas acumuladas, él la giró contra la pared, junto al ventanal que daba al balcón. Le bajó la parte del body de un tirón, le desabrochó el pantalón a sí mismo con torpeza y la penetró ahí mismo, de pie, mientras le pellizcaba los pezones y volvía una y otra vez a morderle el cuello. Habían inventado escenarios nuevos, roles nuevos, posturas que conmigo no se daban. No porque conmigo le faltara nada, me aclaró acariciándome la cara, sino porque el gusanillo del juego le había picado y ya no se le pasaba.
Me contó que apartó la cortina del balcón con una mano. Era casi imposible que alguien la viera desde la calle, pero ella quería arriesgar. Quería sentir el vértigo de estar expuesta, los pechos al aire contra el cristal frío, exagerando cada gemido para volver loco a Diego, sabiendo que cada sonido lo empujaba más cerca del límite.
—¿Y él? —pregunté, con la voz ronca.
—Él no aguantaba —dijo Carla, y sonrió—. Lo notaba a punto.
Entonces ella hizo algo que conmigo nunca había hecho. Se giró de repente, se arrodilló sobre la moqueta y lo tomó con la boca justo cuando él estaba al borde. Diego intentó avisarla, le dijo entre jadeos que se corría, que parara. Pero ella no quiso soltar su trofeo. Se aferró a él con las dos manos y dejó que estallara en su boca sin apartarse ni un centímetro, mirándolo hacia arriba mientras lo hacía.
Me confesó esto último con un cuidado especial, porque sabía lo que significaba. Era algo que yo le había pedido muchas veces y que ella nunca había querido darme. Y se lo había dado a Diego en el suelo de un hotel, sin que él lo pidiera siquiera. La punzada de celos que sentí se mezcló con una excitación tan brutal que tuve que cerrar los ojos un momento.
—Sigue —le dije—. Cuéntamelo todo.
Diego, casi derrumbado, se dejó caer hasta quedar a su altura. Fue a abrazarla, a buscar algo de ternura después de la descarga. Pero ella le devolvió un beso largo con la boca todavía llena, compartiendo con él lo que acababa de recibir. Me dijo que él enloqueció en ese instante, que fueron demasiadas cosas a la vez, y que ahí mismo, sobre la moqueta, la tumbó de espaldas para bajar entre sus piernas.
Le lamió el sexo despacio mientras ella se acariciaba el clítoris con los dedos, marcándole el ritmo, diciéndole sin palabras cómo lo quería. No tardó nada. Me contó que el segundo orgasmo le llegó en oleadas rápidas, sacudiéndola entera, con las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de él.
***
Después, me dijo, vino la parte que más me costó escuchar y la que más me gustó. No el sexo, sino lo que vino luego.
Se tumbaron en la cama, agotados, sin prisa por vestirse. Diego le posó la mano sobre el sexo, ya sin urgencia, y jugueteó con ella un rato largo, sin buscar nada, solo por el placer de tocarla. Hablaban en susurros para no romper esa calma extraña que se había instalado en la habitación. Ella, a su vez, recorría con los dedos el cuerpo de él, que no terminaba de recuperarse del todo.
—Me metió un dedo —me dijo Carla, mirándome para ver qué hacía yo con esa información—. Y le pedí que no parara.
Se besaron mientras él la acariciaba por dentro, sin ninguna prisa, y ella alcanzó un tercer orgasmo, más suave, más largo, casi sin moverse. Me describió esa parte con una ternura que me dolió más que cualquier detalle de lo otro. Lo sexual lo entendía. Esa intimidad de después era otra cosa.
Terminaron duchándose juntos, contó, porque no se habían vestido y porque ninguno quería irse aún. Bajo el agua se besaron otra vez, sin intención de empezar nada, solo porque les nacía. Y luego cada uno se vistió, salió por su lado y volvió a su vida como si no hubiera pasado nada.
***
Diego también me lo narró, por su cuenta, en un mensaje larguísimo que me mandó esa misma noche. Lo leí entero, dos veces, comparando su versión con la de ella, buscando las grietas, los detalles que uno contaba y el otro callaba. Coincidían en casi todo. Donde no coincidían, era todavía más excitante imaginar por qué.
Cuando le pregunté a Carla por esas diferencias, no se incomodó. Las fue confirmando una a una, tan encendida de volver a contarlo que terminamos enredados otra vez, follando con una intensidad que solo aparecía cuando hablábamos de esto. A mí me excitaba saber lo que había pasado. A ella, me di cuenta esa noche, le excitaba todavía más sabérmelo contar.
Más tarde, ya con la respiración tranquila y la habitación a oscuras, me sorprendí preguntándome si lo que sentía tenía nombre. No eran exactamente celos, aunque había algo de eso. No era exactamente generosidad, aunque también. Era una mezcla incómoda y adictiva de las dos cosas, un lugar nuevo al que solo se podía llegar entregando algo que hasta entonces había creído intocable. Y la verdad, la única verdad que importaba esa noche, era que no quería volver atrás.
Yo había propuesto un juego. Y el juego, hacía rato, jugaba solo.