El reencuentro en el hotel que reavivó viejos deseos
Hacía bastante que Carla y yo no contábamos nada de lo nuestro. La vida se nos había llenado de horarios, de cansancio acumulado y de fines de semana que se evaporaban sin dejar rastro. Pero a finales del verano todo cambió con un simple mensaje de voz. Era Adrián, un viejo amigo con el que, junto a su mujer Lorena, habíamos dado nuestros primeros pasos en el mundo del intercambio de parejas.
Después de las cortesías habituales, fue directo al grano: quería pedirnos un favor. Lorena cumplía años a principios de septiembre, el día nueve, y aunque hablábamos seguido por mensajes e incluso por teléfono, en persona no nos veíamos desde hacía casi dos años. Ellos vivían en Madrid; nosotros, en Zaragoza. Nos invitaba a su aniversario y nos pedía que nos desplazáramos un par de días a la capital. Eso sí, ni una palabra a Lorena. Era una sorpresa.
Conseguimos arreglar los días que nos pedía y le contestamos que contara con nosotros. Un día antes del cumpleaños cogimos el tren en la estación de Zaragoza-Delicias. Durante toda la semana previa no habíamos hablado de otra cosa que de qué clase de sorpresa estaría tramando Adrián. Conociéndolo, y sabiendo cómo nos habíamos conocido los cuatro, todas nuestras hipótesis terminaban en lo mismo. Y cada vez que especulábamos, acabábamos calientes, así que ya os podéis imaginar cómo terminaban esas conversaciones.
Al llegar a Madrid le mandamos un mensaje privado a Adrián con el nombre del hotel donde nos alojábamos. Contestó al instante, agradecido, y nos dijo que en breve nos iría contando cosas. Comimos algo ligero y subimos a la habitación a descansar. Nos dimos una ducha que nos quitó de encima el calor del viaje y nos tumbamos desnudos sobre la enorme cama de matrimonio.
—¿Sabes que estoy intrigadísima con la sorpresa que le tiene preparada Adrián? —me dijo Carla, girándose hacia mí.
Mientras hablaba, sus manos no se quedaban quietas. La izquierda recorrió mis muslos, subió por la ingle y llegó hasta mi polla, que rozó un par de veces hasta que empezó a endurecerse. Con la derecha se dibujaba círculos lentos alrededor del clítoris, hundiéndose de vez en cuando un par de dedos. Yo cerré los ojos y la dejé hacer.
—Seguro que es algo sexual —siguió ella, pensando en voz alta—. Conociéndolos, segurísimo que sí.
—O a lo mejor es una reunión de viejos amigos y ha pensado también en nosotros —añadió, sin dejar de masturbarme.
Sus manos no paraban. Yo la escuchaba con los ojos cerrados, muy excitado, y notaba cómo poco a poco dejaba de hablar para soltar algún gemido pequeño, casi involuntario.
—Joder, me estoy poniendo muy caliente y tú no me dices nada —protestó.
—Fóllame —le respondí.
Dejó de tocarse, giró el cuerpo y se sentó a horcajadas sobre mis piernas, todavía con mi polla en la mano. Levantó las caderas, se acercó y se la guio hasta el sexo empapado. Se la metió de un solo movimiento, clavándosela hasta el fondo, y empezó a balancearse. Abrí los ojos para mirarla: sus pechos saltando al ritmo de las embestidas, la cara de placer, el labio inferior atrapado entre los dientes, los ojos cerrados. Mis manos buscaron sus pezones duros y jugué con ellos. Me encantaba que fuera ella la que llevara el mando.
Entonces empezó a sonar mi móvil. Ninguno de los dos hizo el más mínimo gesto de cogerlo. La melodía terminó y seguimos a lo nuestro, pero a los pocos segundos sonó el de Carla. Sin bajarse de mí, alargó la mano para ver quién era.
—Es Adrián —dijo—. Voy a contestar.
Mientras hablaba con él, dejó de moverse. Así que fui yo quien la agarró por las caderas y empezó a bombear desde abajo. Despacio al principio. Ella seguía la conversación, manteniendo el tono de voz como si nada. Aumenté el ritmo. Empezó a entrecortar las palabras, a perder el hilo de lo que decía. Yo más rápido, y ella jadeando ya sin disimulo, hasta que no le quedó otra que colgar.
—Aaah… qué cabrón eres, pero qué bien me follas —soltó Carla.
Se derrumbó sobre mi pecho, agotada por el orgasmo y por la tensión de haber hablado con Adrián mientras se la metía. Sacó mi polla de su interior y, viéndola todavía tiesa y dura, sonrió.
—No mereces correrte, cabrón… pero bueno.
Se agachó, se la metió en la boca y empezó a chupar con un hambre que no le conocía desde hacía tiempo. Sus manos acariciaban mis testículos, uno de sus dedos se aventuró más atrás, y no aguanté más. Me corrí en su boca mientras ella me sostenía la mirada.
—¿Y qué quería Adrián? —le pregunté cuando recuperé el aliento.
—Ostras… que está abajo, en el vestíbulo, y quería hablar con nosotros —respondió, limpiándose la comisura de los labios.
***
Cogí mi móvil y lo llamé. Le dije que subiera. Intentó disculparse por lo inoportuno de la llamada, dijo que ya pasaría en otro momento, que incluso estaba a punto de salir a la calle. Insistí hasta convencerlo. No tardó ni cinco minutos en llamar a la puerta. A Carla y a mí nos dio tiempo justo de ponernos un albornoz antes de abrirle.
Casi dos años sin vernos en persona. Ahí estaba, de pie en el umbral, elegante como siempre, en buena forma y con esa sonrisa jovial que no había perdido. Entró, nos abrazamos como los viejos amigos que éramos y Carla se fundió con él, dándole varios besos cortos en la cara.
—Perdonad por interrumpiros antes con la llamada —dijo Adrián, un poco azorado.
—No te preocupes, no pasa nada —le respondí.
—Podrías haber subido directamente y haberte unido —le soltó mi mujer con una media sonrisa—. Habríamos recordado viejos tiempos.
Carla y yo habíamos hecho ya unos cuantos intercambios, y ella había estado con bastantes hombres, pero a Adrián le tenía un cariño especial. Por eso, cuando especulábamos con la sorpresa, en el fondo lo que ella deseaba era volver a estar con él. Por eso esa tarde había llegado tan caliente al hotel.
—Precisamente por eso os he invitado al aniversario de Lorena —matizó Adrián—. Quiero darle una sorpresa y recordar entre todos aquellos encuentros.
Él y Carla se sentaron en el borde de la cama. Yo me acomodé en una butaca, justo enfrente. Adrián siguió hablando y empezó a explicarnos la sorpresa con detalle. Nos dijo que, si no nos importaba, participaría otra pareja con la que habían cogido mucha afinidad últimamente, y que la cosa arrancaría esa misma noche con una cena de los seis. Le dijimos que por nuestra parte ningún problema, que cuanta más gente, mejor.
Mientras él hablaba, Carla le posó la mano sobre el muslo. La fue deslizando despacio, sin prisa, hasta que se detuvo sobre el bulto que ya se le marcaba en el pantalón. Le bajó la cremallera con dos dedos y, llegada a ese punto, lo miró.
—Adrián, ponte de pie y sigue contándole la sorpresa a mi marido.
Adrián obedeció. Carla se quedó sentada en el borde de la cama, y desde esa posición le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. Su polla quedó a la altura de la cara de mi mujer. Empezó a besarla por toda la longitud mientras una mano se aferraba a uno de sus glúteos y lo apretaba, y la otra le acariciaba los testículos depilados. Ante semejante recibimiento, su polla no tardó en endurecerse.
—Vaya, vaya… veo que se alegra de verme —dijo ella, antes de metérsela en la boca.
Adrián carraspeó e intentó seguir contándome lo que tenía preparado para la noche, pero estaba claro que ni él prestaba atención a sus propias palabras ni yo a lo que decía. La mamada que le estaba haciendo Carla se llevaba toda mi concentración. Mi polla volvía a despertarse bajo el albornoz. Él le sujetó la cabeza con una mano para frenar un poco el ritmo, le retiró con cuidado la polla de la boca y resopló.
—Me voy a correr —avisó.
Mientras se la agarraba y se masturbaba deprisa, Carla se desabrochó el albornoz y le mostró los pechos y el vientre. Adrián no tardó en descargarse sobre ellos. El semen le resbalaba por la piel, y ella, con la ayuda de las manos, se lo extendió por el vientre antes de llevarse los dedos a la boca y saborear los restos. Después tomó su polla, ya cada vez más blanda, y la limpió con la lengua. Adrián la sujetó por los hombros, la puso de pie y los dos se fundieron en un beso largo y suave.
Yo, de tanto mirar, me había vuelto a poner duro y con ganas de guerra, pero entendí que no era el momento de jugar con mi mujer. Intenté calmarme y no pensar más en lo que acababa de ver. Ellos se separaron y Adrián sonrió.
—Vaya recibimiento me has dado, Carla. No me lo esperaba… mil gracias.
Se metió un momento en el baño para adecentarse. Mi mujer se sentó a mi lado, me dio un beso con lengua para que yo también probara lo que quedaba, y me susurró al oído.
—No sé qué planes tendrá Adrián para esta noche, pero algo me dice que nos lo vamos a pasar muy bien.
Y, conociéndola, sabía que tenía toda la razón.