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Relatos Ardientes

La desconocida del claro nos esperaba desnuda

Bianca y Lucía seguían dormidas y no daban señales de despertarse pronto, así que Mateo y yo decidimos aprovechar la mañana para movernos un poco. Llevábamos cuatro días en la zona de campings de la costa y el cuerpo nos pedía algo más que tumbarnos al sol.

Nos pusimos los pantalones cortos, estiramos un rato en el jardín de la parcela y salimos a correr. No sabíamos nada de los vecinos con los que habíamos coincidido la noche anterior, y la verdad es que ya echaba un poco de menos a Nadia, que era la que más me había llamado la atención.

Empezamos despacio y enfilamos hacia el paseo que bordeaba el pueblo. Era largo, liso y, siendo tan temprano, supusimos que no habría demasiada gente. Mateo siempre fue más ágil y más rápido que yo, pero esa mañana se amoldaba a mi ritmo y me dejaba marcar el camino.

Al terminar el paseo dimos la vuelta, aunque en lugar de regresar por el mismo sitio él decidió rodear por una arboleda. Llegamos a un claro donde había varias furgonetas camper acampadas y paramos junto a una fuente a beber agua. Fue entonces cuando la vimos.

Era una chica joven, de unos veintipocos años, completamente desnuda, sentada sobre una manta delante de una de las campers. Tenía los ojos cerrados y las piernas cruzadas en una postura que después supimos que llamaban la del loto.

Era morena, con el pelo recogido en rastas formando una especie de nido en lo alto de la cabeza. Sin abrir los ojos se levantó, dejándonos ver todo su cuerpo, e inició un movimiento lentísimo hasta acabar con la cabeza metida entre las rodillas.

Los dos nos quedamos mirándola, hipnotizados por la suavidad con la que pasaba de una postura a otra, como si hubiera olvidado por completo que estaba desnuda. Perdimos la noción del tiempo allí parados, observándola, hasta que terminó sus ejercicios.

Cogió una botella de la furgoneta y se acercó a la fuente. Nos apartamos para dejarla llenar la botella y bebió de ella derramando parte del agua sobre su piel. Solo entonces reaccioné de verdad ante su desnudez y me fijé bien en ella.

Mediría poco más de metro y medio, sin un gramo de grasa, fibrosa, con los músculos marcados y un tono de piel tirando al dorado. Su cara, sin ser asiática, tenía unos ojos grandes, rasgados y verdes, con un pequeño tatuaje en la frente.

Sus pechos no eran demasiado grandes, pero en proporción con el resto del cuerpo lo parecían, coronados por unos pezones pequeños y oscuros que se veían duros. Otro tatuaje le bajaba desde el esternón por el abdomen hasta el pubis, a juego con varios más repartidos por la piel. Una cadenita dorada le rodeaba la cintura estrecha, y completaban su anatomía un culo redondo y un pubis depilado salvo por una fina tira.

Nos dirigió una sonrisa que ambos devolvimos y, sin decir palabra, nos ofreció la botella. Mateo fue el primero en cogerla y beber antes de pasármela. Bebí, la enjuagué, la volví a llenar y se la devolví. Ella seguía sonriendo.

Sin pronunciar una sola palabra nos agarró de las manos y nos llevó hasta la manta. Hizo que nos sentáramos con ella y sacó de un termo una bebida que nos ofreció. Estaba dulce y caliente, una especie de té que bebimos sin pensarlo y que nos refrescó bastante después de correr.

Ella permanecía sentada entre los dos, bebiendo lo mismo, hasta que dejó su taza en el suelo y alargó las manos hacia las nuestras. Se las dimos, y tras colocarlas junto a las suyas las guió directamente hacia sus pechos.

Notaba la dureza del pezón clavándose contra la palma de mi mano y cómo, poco a poco, se endurecía todavía más. Su piel estaba suave y fresca, y olía a los aceites con los que era evidente que se había untado. Un olor limpio, a hierba recién cortada.

Por señas nos indicó que nos levantáramos. Se colocó frente a nosotros y bajó primero el pantalón de Mateo y después el mío, liberando nuestras pollas, que ya estaban bien duras, mientras nos quitábamos las camisetas.

Las cogió con suavidad, una con cada mano, retirando la piel hacia atrás y dejando el glande al aire. Metió la mano bajo un cojín, sacó un bote y untó las dos con una crema, masajeándolas despacio, siguiendo por los testículos y llegando hasta nuestros traseros, por donde deslizó un dedo sin llegar a introducirlo.

Empecé a sentir un calorcito recorriéndome, nada desagradable, que hizo que me pusiera aún más duro. ¿Qué demonios llevaba esa crema?

Tras unos segundos de masaje empezó a pasar la lengua por el glande de Mateo, que dio un respingo sin dejar de mirarla. Bajó por el tronco hasta los testículos y llegó a cogérselos entre los labios. Después cambió y me hizo lo mismo a mí.

Sentí la calidez de su aliento y la humedad de su lengua rodeándome el glande. Recorría toda su longitud, bajaba hasta los testículos y volvía a subir para metérsela en la boca mientras acariciaba la punta con la lengua. Los dos permanecíamos así, casi sin mirarnos, con ojos solo para ella. Cuando miré a Mateo, él me devolvió la mirada y se limitó a sonreír.

No tardó en hacer que nos tumbáramos. Se colocó entre los dos y siguió masturbando a uno mientras lamía la polla del otro, y nosotros empezamos a acariciar su cuerpo.

Mientras se ocupaba de Mateo, deslicé la mano por su culo hasta llegar a su coño desde atrás. Estaba muy mojada, y dos de mis dedos entraron sin dificultad mientras buscaba su clítoris con el pulgar. Me sorprendió encontrarlo tan hinchado, señal de lo excitada que estaba, aunque no hubiera dicho ni una sola palabra.

Seguí un momento hasta que me indicó por gestos que me colocara detrás. Lo hice enseguida, y ella misma empezó a guiar mi polla hacia su coño. Introduje despacio la punta y, poco a poco, el resto, hasta tenerla entera dentro.

Lo sentía caliente y húmedo, aprisionándome con sus músculos casi sin moverse. La agarré de las caderas y empecé a moverme; ella me acompañaba mientras seguía lamiendo a Mateo, que respiraba agitado, con los ojos cerrados y las manos en sus pechos.

Mi polla entraba y salía de su coño estrecho mientras ella contraía y relajaba los músculos al mismo ritmo, dándome un placer enorme. Sentí sus espasmos cuando se corrió, todavía con Mateo en la boca, y entonces cambiamos de sitio.

***

Esta vez se tumbó boca arriba. Mateo se colocó entre sus piernas, se las levantó y la penetró de un solo movimiento. Yo me situé a la altura de su cabeza y dejé que mi polla colgara sobre su cara; ella abrió la boca para recibirla y lamerla.

Mateo gruñía mientras entraba y salía a gran velocidad. Me agaché y empecé a lamer el coño de la chica, pasando también la lengua por la polla de mi amigo cada vez que salía. Estaba a punto de correrme cuando Mateo me sujetó la cabeza y, saliendo de ella, me metió la polla en la boca, donde se descargó con tanta fuerza que empecé a toser sin que me soltara.

A la vez me corrí en la boca de la chica, que en ningún momento dejó de chuparme hasta dejarme limpio. Los tres nos quedamos deshechos sobre la manta mientras ella sonreía y seguía acariciándonos.

Pese a habernos corrido, nuestras pollas seguían duras, y no lo desaprovechó. Se levantó, se sentó encima de mí y se la clavó de un golpe, invitando a Mateo a que la penetrara por detrás, cosa que él hizo sin dudar.

Mientras me cabalgaba le agarré los pechos y empecé a lamerle los pezones, sintiendo cómo la polla de Mateo chocaba con la mía a través de la fina pared de su interior. En ese rato tuvo dos orgasmos más; los notamos por los espasmos y los gemidos, porque seguía sin decir palabra.

Entonces se levantó, nos sacó a los dos y me miró. Me levantó las piernas e hizo que Mateo se acomodara entre ellas mientras me untaba con la misma crema de antes. Sentí otra vez aquel calor mientras él apoyaba el glande y empezaba a entrar despacio. No sentí dolor ni escozor, solo el calor de la crema mezclado con el de su polla.

Cuando estuvo dentro del todo, Mateo empezó a moverse y me masturbó con suavidad, hasta que su mano fue sustituida por la boca de la chica, que se puso a horcajadas sobre mi cara y me dejó alcanzar su coño con la lengua. La lamí separando los labios, buscando su clítoris, mientras le abría las nalgas e introducía dos dedos en su culo.

El placer era brutal: la polla de Mateo dentro de mí, la mía en la boca de ella, mi lengua en su coño y mis dedos en su culo. No tardé en oír y sentir cómo Mateo terminaba en mi interior. Cuando estaba a punto de correrme, ella le bajó la cabeza hasta pegar sus labios a mi polla, y para mi sorpresa él la abrió para que me descargara en su boca, mientras ella se corría sobre mí dejándome la cara empapada.

Los tres nos quedamos sin respiración. Cuando logramos recuperarnos, nos dio más té para refrescarnos. Después, con una sonrisa, se metió en la furgoneta y cerró la puerta tras ella.

Los dos nos quedamos embobados, mirándonos sin saber qué decir, hasta que nos vestimos y volvimos al camping.

—¿Qué cojones acaba de pasar? —preguntó Mateo.

—Si te soy sincero, no tengo ni idea —respondí.

—Joder.

***

Llegamos a la parcela todavía extasiados y encontramos a Bianca y a Lucía desayunando en la mesa de fuera. Seguíamos excitados, así que les contamos lo que había ocurrido.

—Es que no podéis ni salir a correr sin acabar follando —dijo Lucía.

—Yo no sé si se lo inventan o es verdad —añadió Bianca.

—Os aseguro que es verdad —insistí.

—Es más, mirad cómo seguimos —dijo Mateo, bajándose el pantalón y dejando al aire una erección imposible de ignorar.

Las dos se miraron. Lucía alargó la mano y le cogió la polla a su marido.

—Pues sí que vienes caliente.

Bianca se acercó a mí y me acarició por encima del pantalón.

—Mmm. ¿Tú también? —metió la mano dentro y me agarró—. Pues también está dura.

Se agachó bajándome el pantalón, y mi polla le golpeó en la cara. No tardó en pasarle la lengua de arriba abajo antes de metérsela en la boca.

Mateo y Lucía se besaban; ella lo masturbaba con suavidad mientras él la agarraba de las nalgas y se apretaba contra ella. Enseguida la levantó, la apoyó en la mesa, ella le rodeó la cintura con las piernas y él la penetró de un solo movimiento.

Bianca seguía ocupada con mi polla cuando la hice incorporarse. Le acaricié los pechos mientras ella me besaba el abdomen, el pecho y subía hasta la boca. Nos besamos un momento, hasta que me susurró que la follara. La coloqué junto a Lucía y la penetré con fuerza, arrancándole un gemido.

—Mmm, ¡qué dura! ¡No pares! —jadeó.

A nuestro lado, Mateo seguía embistiendo a Lucía, que no dejaba de gemir. Una tras otra tuvieron sus orgasmos, y los dos aprovechamos para cambiar.

Se bajaron de la mesa y apoyaron los brazos en ella, ofreciéndonos sus culos. Agarré a Lucía de las caderas y apoyé mi polla en su ano. Despacio, empecé a penetrarla mientras Mateo hacía lo mismo con Bianca. Las dos se giraron y comenzaron a besarse mientras nosotros bombeábamos con fuerza.

Llevé una mano hasta el culo de Mateo y empecé a acariciárselo, deslizándola entre las nalgas hasta sus testículos. Él no se inmutó, así que llevé los dedos a su ano e introduje uno despacio. Tampoco se apartó.

Lucía, debajo de mí, se retorcía entre espasmos, empalándose en mi polla sin dejar de mover las caderas. No tardaron en tener un segundo orgasmo mientras nosotros seguíamos igual de duros.

—Joder, ¡pero cómo estáis! —exclamó Bianca.

—No sé si será la crema o el té que os dieron, pero yo quiero un poco de eso —rió Lucía—. ¡Si seguís así de duros!

Se fue a la zona de la alfombra y, tumbándose, hizo que Mateo se pusiera sobre ella en un sesenta y nueve, mientras Lucía y yo nos arrodillábamos y ella empezaba a lamerme.

Yo tenía el culo de Mateo justo delante y veía cómo su polla entraba y salía de la boca de Bianca, ahogando sus gemidos. Entonces Lucía llevó una mano al culo de su marido e introdujo primero uno y después otro dedo.

—Le tienes ganas, ¿verdad? Pues te lo voy a preparar —dijo ella.

Se colocó detrás de él y, abriéndole las nalgas, empezó a pasarle la lengua por el ano hasta dejarlo bien lubricado, y luego me invitó a acompañarla. Empecé lamiéndole los testículos y el tronco de la polla que no le cabía en la boca a Bianca.

Fue Lucía quien me cogió la polla y me colocó en posición detrás de él para ayudarme a penetrarlo. Lo hice con suavidad, despacio, hasta que el glande estuvo dentro. Paré para que su culo se acostumbrara, sintiendo cómo me apretaba mientras una de las manos de Lucía me masajeaba los testículos.

Continué despacio. Él se removía ligeramente debajo de mí, pero sin dejar de lamer el coño de Bianca, que gemía sin parar. Empecé a bombear, agarrándolo de las caderas, subiendo poco a poco la velocidad hasta encontrar un ritmo cómodo para ambos.

Lucía se puso delante y, cogiéndole la cara, la separó del coño de Bianca para besarlo, ocupándose ella misma de lamer a su amiga y meterle los dedos, alternando con besos a su marido. Sentía cómo el culo de Mateo palpitaba con cada embestida, y eso me daba tanto placer que no tardé en empezar a gemir, a punto de correrme.

Lucía me miró y luego miró a Mateo.

—Córrete dentro. Quiero que sea su primera vez —dijo.

Bombeé más rápido hasta que finalmente exploté dentro de él, justo cuando él se descargaba en la boca de Bianca y Lucía seguía lamiendo a su amiga, que no tardó en correrse también.

***

Los cuatro nos quedamos deshechos, tumbados allí. Lucía le susurraba algo al oído a Mateo mientras Bianca se apoyaba en mi hombro después de besarme. Con pereza me levanté para ducharme y los dejé a los tres tirados.

Bianca entró conmigo en la ducha y me abrazó por detrás.

—Está bien. No te preocupes —me dijo.

—No sé qué tenía ese té, pero no me esperaba este efecto. Y él, menos.

Se rió mientras bajaba la mano hasta mi polla y me masturbaba suavemente.

—No sé qué llevaría, pero no estaría mal que nos diera un poco a nosotras.

Terminamos de ducharnos enjabonándonos el uno al otro, recogimos las cosas y preparamos la vuelta a casa.

Ya en el coche, fue Lucía quien sacó el tema.

—Vaya vacaciones. Esto hay que repetirlo.

—Por mí, de acuerdo —dijo Mateo. Miró de reojo a su mujer antes de añadir—: No todo, pero bueno. No ha estado mal, lo disfruté, pero no creo que se repita.

Lo miré por el espejo retrovisor, sabiendo perfectamente a qué se refería, y no dije nada.

El resto del camino fue normal. Hablamos de todo un poco hasta llegar a casa, donde nos despedimos.

Esto fue hace mes y medio, y desde entonces, aunque los cuatro hemos seguido viéndonos, entre Mateo y yo todo es de una normalidad absoluta. No hemos vuelto a hacerlo: él dejó muy claro que aquello no se repetiría. Pero eso no impide que los cuatro lo sigamos pasando bien juntos.

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Comentarios (4)

Gringo_MZA

que relatazo!! de los mejores que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

curiosa88

Por favor seguilo! me dejo con muchas ganas de saber como termino todo. No puedo creer que cortaste ahi

VeleroMar

El ambiente del claro al amanecer lo describiste increible. Te metiste de lleno en la escena y me llevaste con vos.

PatricioW

Me recorde de un viaje en camping que hize con unos amigos hace años. No nos paso nada tan loco pero ese espiritu de libertad que transmitis, eso si lo senti. Muy bien contado!

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