Eligió a tres desconocidos en el último vagón
Renata salió del trabajo con el cuerpo pidiendo guerra. Se cambió deprisa en el vestuario, se soltó el pelo y caminó hasta la estación con esa idea clavada en la cabeza desde hacía días: la de los chicos jóvenes y las mujeres como ella. ¿Todavía les gusto a los veinteañeros? Llegó al andén sudando por el calor de agosto, entre veraneantes con toallas y turistas despistados que arrastraban maletas.
Alguna vez se había colado en el último vagón, donde manos sin rostro la habían toqueteado en la oscuridad del túnel; una tarde incluso había vuelto a casa con una mancha pegajosa en la falda. Iba ligera de ropa: blusa de tirantes color crema, minifalda vaquera y conjunto interior blanco. Consultó cuánto faltaba para el siguiente tren y se metió al baño de la estación.
Dentro del cubículo se quitó el sostén y las bragas, que ya olían a deseo contenido. Se volvió a poner la minifalda y la blusa, esta vez abierta lo justo para que se le marcaran los pezones bajo la tela fina. Más claro, imposible. Guardó la lencería en el bolso y volvió a la vía, buscando con la mirada algún muchacho al que enredar.
Solo había un grupito de tres, recién cumplidos los veinte, con mochilas de playa, toallas y una nevera portátil. Los tres estaban de buen ver, pero Renata no se detuvo en facciones; en ese estado los hombres eran simples pedazos de carne. Le costaba elegir uno. Al diablo. Se acercó justo cuando el tren entraba a la estación.
Subieron todos en tropel. El vagón iba abarrotado y ella, usando sus artes, se metió en medio del grupo de amigos. Los dejó callados de golpe.
Primer paso, cumplido.
Los dos chicos de delante le miraron las tetas sin demasiado disimulo. Ella se hizo la tímida, y cuando sus ojos se cruzaron les regaló una sonrisa. Uno arqueó las cejas hacia el otro y ambos se la devolvieron. Renata se giró hacia la puerta y los tres se juntaron a cuchichear a su espalda.
Su oído, afinado por las noches en vela cuidando a su hija, captó retazos de los susurros.
—Vaya tetas —dijo uno.
—No lleva sostén —apuntó otro.
—Chsss —los mandó callar el tercero.
A los dos minutos llegaron a la siguiente parada. Subió más gente y no bajó nadie; el vagón se apretó tanto que los cuerpos casi se rozaban, pero todavía nadie se atrevía a tocarla. Oyó más murmullos, y de reojo vio a uno manipulando el móvil con cara de niño que hace una travesura.
—A ver… —musitó uno.
—…por delante… —alcanzó a oír entre el traqueteo.
El chico de su izquierda parecía el más nervioso. Los otros lo empujaban y le daban codazos, y él respondía con un «ya, ya» entre dientes. Disimulaba fatal: bajó el teléfono con la mano derecha, levantó apenas la cámara y tanteó la pantalla con el pulgar. Miró el resultado, no le gustó y volvió a intentarlo. Renata le facilitó la tarea poniéndose de costado, arrimándose al móvil, aprovechando que en la siguiente parada parte del pasaje se removía para bajar.
El muchacho miró la foto, se puso colorado y se giró hacia sus amigos.
—¡Parece que no lleva nada debajo!
—Para ya, nos va a pillar y nos cae una buena.
Renata ardía por dentro. No podía dejar escapar la ocasión, y la torpeza del móvil le dio una idea. Sacó su teléfono y le escribió a Damián, su novio, primero un mensaje discreto que ellos no podían ver: «sígueme el rollo, estoy de caza y lo van a leer por encima de mi hombro». Esperó el doble tic azul y borró esa parte de la conversación.
Después levantó bien el móvil, lo justo para que los tres leyeran sin esfuerzo, y empezó a teclear frases cortas, fáciles de pillar al vuelo.
«Estoy muy caliente.» No le dio tiempo a responder. «Qué pena no vernos hoy, tengo unas ganas de que me folles…» Damián contestaba con caritas ambiguas, siguiéndole el juego. «Espero que disfrutes de mis bragas y mi sostén. Yo voy fresquita, sin nada.»
Los chicos farfullaban detrás, removiéndose inquietos, conteniendo la risa.
«Me arde el coño, solo pienso en una buena polla.» «Llego a casa, me desnudo y me hago un dedo.» Caritas de diablillo como respuesta. Renata subió la apuesta. «Aunque, como estoy, igual ni llego a casa.» Se acariciaba el escote mientras tecleaba. «Desde que me divorcié solo pienso en follar.»
—¿Conmigo? —respondió Damián, entrando al trapo.
—Con quien sea. Necesito follar ya, no aguanto más.
—¿No te puedes esperar a mañana?
—Creo que no. Me buscaré a alguien para esta tarde.
Más murmullos a su espalda. Uno se arrimó tanto que sintió su aliento leyendo por encima del hombro. Notó un dedo en el muslo, un roce sutil al que ella no reaccionó. El dedo subió despacio hasta el borde de la falda, hasta el filo de la nalga. Los chicos se reían, envalentonados.
Había bajado bastante gente. Era evidente que la rondaban, aunque se hacían los remolones. Al primer traqueteo fuerte, el chico de detrás le golpeó la entrepierna contra el trasero.
—Perdón —dijo.
Renata giró la cabeza y asintió con una sonrisa. Cuando volvió la vista al frente, a uno se le escapó una carcajada.
En la siguiente estación subió más gente y fue la excusa perfecta: el de atrás se pegó a ella sin disimulo. Con cada movimiento del vagón, el bulto duro le frotaba las nalgas. Risas y más risas. Cada vez la arrimaba más, más rato. Renata se dejaba hacer e incluso movía despacio el trasero. El del dedo seguía acariciándole el muslo, casi imperceptible. El de atrás lo tiene claro. Este, en cambio… Se giró un poco para acercarle la mano a la cara delantera. Desde ahí debía notar el calor que desprendía.
—Ven… acércate —le susurró el de atrás al tercero, que se colocó a su derecha. Este, con menos tacto, le posó el dorso de la mano en el muslo, también cerca de la cadera.
Pronto llegaría su parada y aquello iba demasiado lento. Subamos el nivel. Volvió al teléfono. «Hay unos chicos en el tren que me están poniendo a mil.» «Me tocan y me encanta.» «Ya me bajo, qué lástima, me encantaría que se vinieran conmigo y me follaran.»
Los dos de los lados cuchichearon con el de atrás casi un minuto, soltándola del todo. ¿Los habré espantado?
—Perdona —le dijo el de atrás, haciendo que se girara—. Bajamos aquí, ¿nos dejas salir? —El tren ya frenaba.
—Yo también bajo aquí —contestó ella, repasándolos de arriba abajo. Veraneantes, jóvenes, guapos, lampiños.
***
Salieron al andén. Renata iba delante; ellos la seguían cuchicheando. Tomó rumbo al polígono pegado a la estación, y cada pocos pasos se giraba y les sonreía de reojo, provocando un nuevo revuelo a su espalda. A apenas cincuenta metros, ya en la zona de descampado, se agachó fingiendo recoger algo del suelo, mostrándoles el trasero desnudo bajo la falda.
—¡Joder! —se le escapó a uno.
Los miró otra vez sonriendo. Estaban los tres tapándose la boca, muertos de risa. El más alto le arqueó las cejas como diciendo «hooola».
No había nadie a esas horas. Era el polígono viejo de su pueblo, lleno de naves abandonadas, solares en ruinas y botellas rotas entre las cañas. A su derecha, un muro a medio caer, resto de una antigua nave. Antes de rebasarlo y entrar al descampado, los volvió a mirar.
Conocía un caminito que usaban vagabundos y porreros. Esquivaba cañas mientras oía, a pocos metros, cómo la seguían. Llegó a la única estructura medio en pie, lo que parecía una vieja caseta del transformador, sin puerta ni rastro de cobre. Entró y se fue a la zona más oscura, iluminada solo por los agujeros del techo. En el suelo había un colchón desvencijado. Qué glamour. Sacó del bolso un spray antimosquitos y roció el colchón entero; después extendió encima la bata del trabajo.
—Creo que ha entrado aquí —dijo uno fuera.
—Pues pasa tú.
—¡Pasa tú, que no hay huevos!
El más valiente entró primero. Renata se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y con el mismo dedo le hizo señas de que se acercara. Él avanzó con pasos cortos, temeroso, y aceleró cuando ella se desabrochó la blusa y le enseñó las tetas, grandes, redondas, firmes. Renata se sentó en el colchón.
Cuando lo tuvo a tiro, le bajó el bañador y le sacó la polla, ya dura, de buen tamaño y bien depilada. Se la acarició mirándolo a los ojos, le guiñó y siseó como una serpiente para que no hablara; no quería conocerlos, eso le daba más morbo. Se la llevó a la boca y empezó a mamar. Lamía, chupaba, le metía un testículo entre los labios y volvía a tragar el tronco entero.
Cuando la tuvo bien dura, se la sacó de la boca y se la masturbó con la mano. Él se atrevió a amasarle las tetas. No avisó: de golpe levantó la cara y se vació en un par de espasmos. Un chorro le saltó a la mejilla, otro al pecho, el resto le resbaló por el dorso de la mano. ¿Ya? Malditos críos.
Le sacó la última gota. El chaval se apartó agradecido, dejándola con las ganas. Se metió la polla en el bañador y volvió a la entrada, iluminado por la luz del techo como un mensajero, y les hizo señas a sus amigos para que entraran en silencio. Obedecieron. Les señaló hacia ella y, tapándose la boca, les susurró algo al oído.
Los dos nuevos se acercaron despacio, uno a cada lado; el primero, detrás. Renata les sacó la lengua, se lamió el labio superior y, cuando llegaron, ellos se miraron entre sí. El de atrás los azuzó. Con timidez, se tocaron los bultos primero, y ella se los acarició por encima de la tela.
Uno y otro se descubrieron apenas la punta de la polla por encima del bañador. ¡Joder, qué ritmo! Renata, más rauda, se las sacó del todo y las masturbó a dos manos. El de atrás les daba palmadas en la espalda.
—¿Veis? —los oyó decir.
Alternó mamarla y masturbarlas, una y otra, esta vez con un tempo más calmado. Esta vez no me fastidiáis. Las soltó, se echó hacia atrás sobre la bata, subió las rodillas y abrió las piernas para mostrarles el sexo bajo la minifalda, que se levantó del todo. Buscó en el bolso una caja de condones nueva y se la tendió a uno. El chico, ilusionado, la abrió, sacó uno y, tras darle varias vueltas con torpeza, se lo puso.
Mientras el otro, algo más diestro, hacía lo mismo, el primero se arrodilló entre sus piernas, colocó la punta en la entrada y se recostó sobre ella. Tenía los brazos jóvenes y fuertes estirados, sosteniendo su peso para no aplastarla. Renata buscaba su mirada, pero él la tenía clavada por encima de su cabeza. Lo vio cerrar los ojos y empujar despacio hasta el fondo.
—Mmm… —gimió ella, mordiéndose el labio, agarrándolo de las nalgas por encima del bañador.
El chico empezó a follarla lento y torpe. Si aguantó dos minutos, fue mucho, antes de quedarse muy quieto dentro de ella. Se levantó sin mirarla y se quitó el condón con la punta llena. Qué decepción.
El siguiente ocupó su lugar y repitió el rito: se arrodilló, observó bien el sexo enrojecido, colocó la polla en la entrada y se recostó. Este se mantuvo algo más erguido, con una verga más grande. Apoyado en un brazo, con la mano libre le masajeaba las tetas. Renata dobló una rodilla para que entrara más hondo; la follaba a buen ritmo y le gustaba mucho más. Este sí parece que me va a hacer terminar.
—Ah… ah… —gemía ella mientras él la embestía rápido y fuerte, tirándole del pezón.
No alcanzó a terminar la frase mental. El chico se detuvo de golpe, muy adentro, suspiró y se quedó inmóvil. ¿Cómo? Me cago en todo. Suerte que no la miraba a los ojos: no vio su cara de rabia. Se salió rápido, dejándole un vacío entre las piernas, y se quitó el condón sin que sus amigos lo notaran.
El primero, el único que la miraba de verdad, se dio cuenta.
—Creo que no se ha corrido —les susurró, al verla subirse más la falda y frotarse el clítoris con furia.
Qué avispado. Los apartó y se volvió a sacar la polla del bañador. Se agachó a por un condón, pero Renata lo detuvo con un gesto. Ya bastantes decepciones por hoy.
Aun así, el chico empezó a masturbarse mirando cómo ella se abría el sexo con los dedos, hundiéndoselos, frotándose el clítoris. Le acarició el muslo, como pidiendo permiso, y subió hasta las tetas. Renata lo observaba pajearse; levantó ambas rodillas, los pies al aire, se abrió cuanto pudo, y estalló en un orgasmo húmedo y sonoro. Tres tíos y termino yo sola.
El chaval se la machacaba muy rápido entre sus piernas. Venga, seré buena. Se abrió más, sujetándose los labios con ambas manos. Él no aguantó: apoyó la punta en la entrada sin meterla y descargó unos cuantos chorros sobre ella. Se miraron, él con los ojos entornados, sudando de calor. Buena paja, parecían decirse. Luego él arqueó las cejas, intrigado, mirándola fijo. ¿Y ahora qué le pasa?
Se levantó y fue a hablar con sus amigos, que la despidieron con la mano por cortesía mientras ella se limpiaba con una toallita húmeda. Recogió sus cosas; por suerte no se habían manchado, y el colchón no parecía tener bichos. Aun así, lo primero que haría al llegar sería una ducha bien caliente. Cuando salió a la penumbra de la entrada, vio a los chicos alejarse por el camino. Esperó unos segundos y se fue ella también.
***
Tenía que cruzar de nuevo junto a la estación para volver a casa. Los tres chavales entraron en ella y Renata aprovechó para apurar el paso, pero el semáforo del paso de cebra estaba en rojo. Esperó, paciente, a que se pusiera en verde.
—Hola —oyó a su espalda.
Era el chico con el que había empezado y terminado todo. Se puso a su lado y la sobresaltó, aunque comprobó que venía solo.
—Hola… —respondió, recelosa.
—Ha estado bien.
Ella asintió con timidez. ¿Qué quieres ahora?
—¿No nos conocemos? —preguntó el chaval, siguiéndole el paso por la acera.
—No, no creo. —Y espero que no, mala suerte sería.
—¿No eres la madre de Daniela?
Casi le da un vuelco el corazón. ¿Cómo lo sabe? Estaba a un par de calles de casa. Intentó hacer memoria, esta vez fijándose de verdad en sus facciones. Ni idea de quién eres.
—Soy Adrián… monitor del campamento de verano.
—Ah… ¡Ah! —exclamó ella. Mierda, es verdad.
—Su hija es muy buena niña. Yo voy por aquí. Si quiere que nos veamos otro día…
—Adrián —lo cortó, mirándolo a los ojos, seria—. Eres muy majo, pero esto ha sido solo un juego. Y espero discreción.
—Sí, sí, claro —se apresuró él—. Sin problema.
—Venga, nos vemos —se despidió, acelerando el paso, viéndolo perderse entre la gente.
Vaya suerte la mía. Entre padres, profesores y ahora un monitor, voy a terminar follándome a todos los que conocen a la niña. Con razón dicen que los críos son imanes para el sexo.
Sacó el teléfono y le contó a Damián lo que había pasado antes de entrar al portal.
—Eres un caso, cariño. Te pierde lo puta que eres.
—Y lo que te gusta —respondió ella, con una carita sonriente.