Lo que pasó en la suite de Mallorca con dos desconocidos
Lorena llevaba cinco días en Mallorca y todavía no había pisado la arena. La empresa la había mandado a auditar un laboratorio anexo, y lo que sobre el papel parecía una semana de isla y mojitos se había convertido en turnos de guardia, informes a medias y un olor a amoníaco que no se le iba de la nariz.
—¿En esta isla se trabaja más en festivo que en día laborable? —le había preguntado al encargado el primer domingo, sin obtener respuesta.
Sus amigas, en cambio, sí estaban de vacaciones. Carla y Marta se habían apuntado al viaje aprovechando un puente, con vuelos de saldo y una suite que pagaba la empresa. Mientras Lorena revisaba procesos, ellas se bronceaban, se bañaban y se tomaban una cosa detrás de otra. Por la noche cenaban juntas en el restaurante del hotel, las tres, y luego ellas salían de marcha y Lorena subía a derrumbarse en la cama de matrimonio.
Caía tan rendida que ni notaba a Carla y a Marta meterse en la supletoria de al lado. Me estoy perdiendo Mallorca por un laboratorio de los años ochenta, pensaba antes de quedarse frita.
***
El penúltimo día por fin terminó pronto. Salió del laboratorio con un suspiro de alivio, se cambió en la habitación y bajó a buscarlas a un chiringuito de la playa. Pidió un mojito y removió la menta con la pajita mientras las escuchaba quejarse de que en cinco días no habían ligado con nadie decente.
—Te estás perdiendo el desfile —dijo Marta señalando con la barbilla.
Lorena levantó la vista. Un grupo de chavales de poco más de veinte años daba tumbos por la orilla, borrachos, dándole patadas a un balón. Fornidos, de gimnasio, pero críos.
—Ya tienen carnet de conducir, ¿no? —dijo guiñándole un ojo a Marta—. Ataca.
—Calla, qué vergüenza —respondió su amiga escondiéndose en la copa.
No fueron los chavales los que les cambiaron la tarde. Fueron los dos que llegaron después y tendieron sus toallas justo al lado, porque no quedaba sitio libre. Treinta y pocos, calculó Lorena. Altos, con pelo en pecho, fibrados sin pasarse. Uno llevaba una barba recortada con mimo y se sentó a teclear en un portátil; el otro se metió en el agua y volvió goteando como un perro.
—Ejecutivos sin traje —murmuró Lorena. Conocía bien a los de su calaña.
***
El del portátil se quejó de que no tenían nada para beber, y Lorena, sin pensarlo demasiado, abrió la nevera de tela y les lanzó un par de latas.
—No es cerveza, pero algo es algo.
—¡Gracias! Muy amables.
Bastó eso. El que se había bañado se acercó a pedir recomendaciones para cenar, y diez minutos después las dos toallas estaban pegadas a las de ellas. Se llamaban Rubén —el de la barba— e Iván, comerciales de una empresa de software de Málaga, recién llegados y sin idea de dónde estaba nada. Carla y Marta se perdieron buscando un restaurante en el mapa del móvil mientras Lorena hacía los honores de la conversación.
—¿Química? Aquí te harías de oro —se rió Rubén—. Llevamos dos días y ya hemos visto a media isla pasándose «material» antes del mediodía.
No tuvo que preguntar si estaba casado. A media charla se levantó a contestarle un mensaje a una mujer que preguntaba por su estancia, y omitió el pequeño detalle de que la estancia incluía a tres desconocidas en bikini. Hombres, pensó Lorena sin darle importancia.
Cuando descubrieron que se alojaban en el mismo hotel, el plan se cerró solo: ducha rápida y cena los cinco.
***
En el ascensor, en cuanto se cerraron las puertas, las tres se cogieron de las manos y empezaron a saltar como quinceañeras.
—¡Estás loca! —le dijo Marta.
—Mejor pescado no vas a encontrar —contestó Lorena—. Con pasta, guapos, y uno de ellos casado, así que sin riesgo de que se enamore.
—Y bien dotados —añadió Carla, que se había fijado en sus bañadores—. Sobre todo el de la barba.
—Esta noche follamos —sentenció Lorena.
La cena fue larga, regada y divertida. Rubén estaba pendiente de Lorena, Iván repartía atención entre Carla y Marta, y no las dejaron pagar. Ellas devolvieron el gesto invitándolos a copas en un pub frente al mar, y de ahí saltaron a una discoteca donde bailaron pegados hasta que el tuteo era de viejos amigos y las manos empezaron a perder los modales.
—Si queréis estar más tranquilos, podemos seguir en el hotel —sugirió Lorena cuando ya iban todos achispados.
El sí fue unánime.
***
En la suite siguieron bebiendo y bailando al son del altavoz de Marta. Rubén bailaba pegado a la espalda de Lorena, las manos rozándole el vientre; Carla se sumó al baile y las dos amigas se restregaron una contra otra mientras los chicos aplaudían.
—Hace calor aquí —dijo Iván abriendo una ventana.
—¡Pues quitaos la camiseta! —les soltó Lorena medio en broma.
Se la quitaron sin pudor. Y entonces Rubén fue a su cartera y sacó una bolsita con unas pastillas rosas, repartiendo una a cada uno.
—¿Qué es esto? —preguntó Marta, la más temerosa.
Lorena se la acercó a la lengua. Ácida, amarga, sabor a limón. La reconoció. Miró a sus amigas, después a los dos hombres en calzoncillos, y se dijo «qué más da». La tragó, y las animó a hacer lo mismo.
***
Veinte minutos después el calor era otra cosa. A Lorena le ardía la piel y la cabeza se le iba hacia un sitio sin esquinas, donde solo existían las ganas. Se quitó la blusa entre aplausos. Carla y Marta bailaban toqueteándose y dejándose toquetear, y la timidez de Marta se había evaporado con la pastilla.
Con Iván a su espalda y Rubén de frente, Lorena se bajó la cremallera de la falda meneando las caderas y la dejó caer, quedándose en lencería negra. Volvió a ellos relamiéndose, dejó que Iván le besara la nuca y que Rubén le mordisqueara el brazo. Me arde todo, pensó, y supo, por cómo la miraban, que ellos también lo olían.
Carla soltó el sujetador a Marta, que acabó tirándoselo a Iván a la cabeza entre carcajadas. Lorena se quitó el suyo de un gesto y los dos comerciales dejaron de disimular: no le quitaban ojo. Se acercó a Rubén, le frotó el trasero contra el bulto, le cogió las manos y se las colocó en los pechos.
—¡Joder, cómo estoy! —fue lo único que alcanzó a pensar en voz alta.
***
Cogió una camisa del suelo y, jugando con ella como una bailarina, se acercó de nuevo a Rubén. Le dio un lametón en los labios y luego se besaron a fondo.
—¡Eh, que tú estás comprometido! —chilló Marta desde el sofá, donde Iván ya le devoraba los pechos.
—Y tú, Rubén —se rió Iván—. ¡El único soltero aquí soy yo!
Lorena le puso la camisa en las manos a Rubén. Tápame, le susurró. Se giró hacia sus amigas para que la miraran, quedó oculta tras la tela y fue bajando, besando, hasta el borde del bóxer. Lo acarició, lo bajó despacio. La camisa se balanceaba al ritmo de su cabeza, y por mucho que la tapase no dejaba lugar a dudas.
—¡Sí que se la está chupando! —anunció Carla asomándose por un lado, muerta de risa.
Lorena se la sacó solo para darle un lametón de arriba abajo y volver a engullirla, mirándolo a los ojos. Después se incorporó, le restregó los pechos por toda la verga y lo besó otra vez.
***
El salón se había convertido en otra cosa. En el sofá, Iván desnudaba a Marta entre besos mientras Carla, ya sin ropa, le acariciaba la espalda a él y le mordía el hombro a su amiga. Lorena se bajó las bragas empapadas y, sin pensarlo, se las pasó a Rubén por la boca como una mordaza improvisada; él, lejos de apartarse, cerró los ojos un segundo antes de tirarlas al sofá.
—Necesito follar —dijo Lorena, y no era una insinuación.
Iván sacó unos preservativos de la cartera y le tendió uno a Rubén sin dejar de besarse con Carla. Marta, roja como un tomate pero incapaz de parar, tiró de Iván hacia el dormitorio; no estaba dispuesta a hacerlo delante de todos.
—Tienes más en la cartera —le recordó Lorena a Rubén, señalando con el mentón a la pareja que se marchaba.
***
Se acomodó en el brazo del sofá, una pierna arriba y la otra en el suelo, abierta de par en par. Rubén le hundió los dedos, sacándolos para repartir el flujo en círculos, mirándola con una concentración que a ella le encendió todavía más. Lorena le quitó el preservativo de las manos, lo abrió con los dientes y se lo desenrolló ella misma.
Lo guió a la entrada. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, y Lorena arqueó la espalda cuando lo notó entero.
—Ah… mmm —gimió.
Rubén se agarró a sus muslos y empezó a moverse, parándose solo para secarse el sudor de la frente con el antebrazo. Carla, que se había quedado sola en el sofá, no perdía detalle: se acercó gateando y le comió los pechos a Lorena mientras Rubén la embestía, las tres bocas, las dos lenguas y el calor de la pastilla mezclándolo todo hasta que dejó de saber dónde terminaba ella y dónde empezaba su amiga.
Del dormitorio llegaban los gemidos de Marta. Del salón, los suyos. Lorena se corrió aferrada al cuello de Carla, con Rubén clavado hasta el fondo, y por primera vez en toda la semana pensó que el viaje había merecido la pena.
***
A la mañana siguiente, con el cuerpo molido y la cabeza pidiendo agua, Lorena se cruzó con Rubén en el pasillo enmoquetado. Por la puerta entreabierta vio a Iván metiendo ropa en una maleta, con prisa.
—¿Vais muy justos de tiempo? —preguntó.
—Algo de prisa tenemos —contestó él, sosteniéndole la puerta—. Pero si podemos ayudarte en algo…
Lorena sonrió. Abajo la esperaban Carla y Marta con dos mojitos y la maleta a medio hacer. Le quedaba un último día en Mallorca, y por fin, pensó, iba a pisar la playa con la conciencia tranquila de quien ya ha cumplido todas sus vacaciones de una sola noche.