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Relatos Ardientes

El trío donde J descubrió a Alma

Voy a aprovechar que esa vez me quedé sin mi pareja en casa para contarlo yo, porque si lo narrara otra persona seguro se dejaría fuera la cara exacta que puso Darío cuando vio a Vera. Y esa cara fue media historia.

Yo me llamo Clara. Soy una mujer adulta, de curvas marcadas, cintura estrecha, caderas anchas y unas tetas grandes que siempre llaman la atención antes de que yo abra la boca. No me molesta. De hecho, aquella tarde lo usé a mi favor desde el primer minuto.

Se iban a quedar unos días con nosotras tres viejos amigos: Bruno, Lía y Vera. Hacía bastante que no coincidíamos y, como la casa iba a estar tranquila, les propuse venir sin pensarlo demasiado. Sabía que el ambiente iba a cargarse rápido.

Bruno era un animal de casi dos metros, hombros enormes, pecho duro y esa seguridad obscena de los hombres que saben perfectamente el efecto que provocan al entrar en una habitación. Lía era todo lo contrario en energía, pero no en impacto: alta, morena, ojos claros, cuerpo firme, tetas generosas y una manera de sonreír que parecía una invitación.

Y luego estaba Vera.

Vera tenía el tipo de belleza que obligaba a mirar dos veces. Cabello oscuro rizado, facciones delicadas, piel cuidada, figura esbelta, culo bonito y una calma burlona en la mirada. Quien no la conocía primero pensaba en un ángel; quien se la follaba descubría enseguida lo peligrosa que podía ser. Además, era una mujer trans y tenía una polla preciosa, gruesa, bien formada, que sabía usar con una precisión que pocas personas podían igualar.

En casa estaban también Mara y Darío conmigo. Mara llevaba semanas hablándonos de una fantasía que Darío todavía no terminaba de admitir en voz alta, aunque se le notaba cada vez que alguna conversación se desviaba hacia ciertas posibilidades. Él era adulto, guapo, fuerte, con esa mezcla de timidez y hambre sexual que a mí siempre me ha parecido explosiva.

Cuando sonó el timbre, Mara prácticamente corrió hacia la puerta.

—Ya era hora —dijo, antes de abrazar a Bruno del cuello.

Nos besamos, nos reímos, dejamos las maletas a un lado y descorchamos vino casi de inmediato. El salón se llenó rápido de voces, miradas largas y ese tipo de tensión que no hace falta nombrar porque se pega a la piel.

—¿Y el famoso Darío? —preguntó Lía, cruzando las piernas en el sofá mientras daba un sorbo.

—Haciendo unas compras —respondí—. En un rato llega.

Vera sonrió despacio.

—Me intriga. Mara habla demasiado bien de él.

—Porque es un cielo —dijo Mara—. Así que compórtense un poco.

—Un poco —repitió Bruno, soltando una carcajada.

Seguimos charlando hasta que escuchamos la puerta. Darío entró con bolsas en ambas manos, dio dos pasos hacia el salón y se quedó quieto al vernos. Primero miró a Bruno, midiéndolo de arriba abajo. Luego a Lía. Y finalmente a Vera. Ahí fue cuando se le abrió la boca apenas un poco y se le encendió esa expresión de niño pillado fantaseando.

Mara fue a recibirlo, le quitó una bolsa y lo llevó de la mano hasta nosotras.

—Ven, que no te comen. Bueno, no todavía.

Las risas lo pusieron colorado. Besó a cada uno al saludar, algo torpe, y cuando le tocó a Vera ella le sostuvo la mirada un segundo de más. Él lo notó. Yo también.

La conversación siguió ligera al principio, pero el tono cambió en cuanto Lía decidió divertirse.

—Mara nos contó que estás muy bien equipado —dijo, sin apartar la vista de la entrepierna de Darío.

Él soltó una risa nerviosa.

—Mara habla demasiado.

—Solo cuando merece la pena —dije yo.

Bruno se recostó en el sillón, muy cómodo.

—Podemos comprobarlo y salir de dudas.

—Ni de coña —contestó Darío, aunque ya tenía el bulto marcado bajo el pantalón.

Vera alzó una ceja.

—Eso ha sonado a miedo.

—O a ganas —corrigió Mara.

Nos miramos entre nosotras y ya no hizo falta hablar. Mara se levantó hacia Bruno y yo fui detrás de Darío. Les soltamos el cinturón, desabrochamos los pantalones y, antes de que protestaran de verdad, se los bajamos junto con la ropa interior hasta los tobillos.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero fue hermoso.

Darío tenía la polla ya casi dura del todo, gruesa, larga, con el glande asomando y un temblor claro en el abdomen. La de Bruno era directamente descomunal, pesada, oscura, dura como una barra y tan grande que incluso yo, que ya la conocía, sentí un golpe de excitación al verla otra vez.

Lía se mordió el labio.

—Joder.

Vera soltó una risa baja.

—Pues sí que había de qué hablar.

Pasé la mano por las nalgas de Darío desde atrás, separé apenas sus piernas y le agarré la polla por debajo, subiendo despacio la piel para dejar el glande más expuesto. Él soltó aire por la nariz.

—Míralo —le susurré al oído—. Ya está temblando.

Mara hizo lo mismo con Bruno, aunque con las dos manos, porque la verga de ese hombre lo pedía. Ella la acarició con descaro y luego miró a Darío.

—No tienes nada que envidiarle, cariño.

—Eso dilo después de probarlas —respondió Lía.

Y se arrodilló delante de Darío.

Lo primero que hizo fue sacar la lengua y pasarla despacio por el glande, rodeándolo con saliva. La polla de él dio un espasmo tan claro que todos lo vimos. Lía sonrió contra esa piel sensible y se la metió en la boca sin pedir permiso, bajando hasta donde pudo mientras yo seguía apretándole los huevos desde atrás.

Darío apoyó una mano en mi muslo para no perder el equilibrio.

—Joder... —murmuró.

Yo me agaché más, le abrí las nalgas y le pasé la lengua por el culo. Solo el primer contacto le arrancó un gemido seco. Cuando volví a lamer y notó la lengua más firme, se le tensaron los muslos enteros.

Al otro lado del salón, Mara y Vera ya estaban ocupándose de Bruno. Una se tragaba la punta, la otra le lamía el tronco y los huevos, turnándose con una coordinación obscena. Bruno tenía una mano en el pelo de cada una y los miraba a todos con esa sonrisa de macho encantado de ser el centro.

Yo me quité el vestido mientras Lía seguía mamándosela a Darío. Me quedaron las tetas libres, los pezones duros, y él no podía dejar de mirarlas cada vez que Lía soltaba la polla un momento para respirar. Luego Lía se levantó, se desnudó también y le restregó el cuerpo entero por la espalda antes de arrodillarse detrás de él.

—Relájate —le dijo—. Hoy vas a probar más de una cosa.

Le lamió el culo con ganas, sin pudor, mientras yo ocupaba su sitio delante y me metía la polla de Darío en la boca. Estaba dura del todo ya, caliente, sensible, y la chupé despacio al principio para hacerlo sufrir. Él jadeaba, miraba a Mara, miraba a Vera, miraba a Bruno, sin saber a qué estímulo entregarse primero.

Mara se acercó desnuda, le tomó la cara con ambas manos y lo besó con ternura.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí —dijo él, ronco.

—Pues abre bien la mente.

Fue entonces cuando vio mejor a Vera. Ella se había sentado en el sofá con las piernas abiertas, completamente desnuda ya, mostrando su coño liso y, entre los muslos, la polla aún semidura apoyada sobre el vientre. Bruno estaba de rodillas entre sus piernas, lamiéndole abajo con hambre, pasando la lengua por el clítoris y luego subiendo a chuparle la verga a la vez, como si el cuerpo entero de Vera fuera un banquete.

Darío dejó de respirar un instante.

Yo seguí mamándosela mientras Lía le metía un dedo bien lubricado en el culo. Despacio al principio, dejándolo entrar apenas, y luego más adentro cuando notó que el cuerpo de él cedía. El gemido que soltó fue tan sucio que me mojó todavía más de lo que ya estaba.

—Eso es —dijo Lía—. Déjate hacer.

No tardó mucho en correrse. Lo sentí en la lengua antes de verlo, esa pulsación brusca en la base, y entonces me llenó la boca con una corrida abundante, espesa, que tragué casi toda. Un poco me resbaló por la comisura y me cayó al pecho. No me aparté. Al contrario, le seguí chupando la punta hasta que le temblaron las piernas.

Vera se acercó a cuatro patas, sonriendo, y lamió despacio el resto de semen que quedaba sobre la polla de Darío. Luego subió la lengua por mi pecho y me limpió también a mí, deteniéndose en mis pezones con una calma deliciosa. Su boca era suave, pero la intención no tenía nada de inocente.

—Bendita juventud —dije, viendo que la erección de Darío volvía enseguida.

Lo llevamos hasta el sofá. Se sentó entre cojines, todavía aturdido, y yo me coloqué sobre él sin más preámbulo. Bajé despacio, guiando su polla hasta mi coño bien abierto y mojado, y me la fui metiendo centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo él me agarraba las nalgas con fuerza para ayudarme a bajar hasta el fondo.

—Así —jadeé—. Toda dentro. Joder, así.

Empecé a cabalgarlo con un ritmo lento al principio, disfrutando del grosor, y Vera se arrodilló entre sus piernas para lamerle los huevos y la base de la polla cada vez que mi cuerpo subía un poco. Darío no sabía dónde poner las manos: en mis caderas, en mis tetas, en el respaldo, en el pelo de Vera. Al final me sujetó los pechos y empezó a apretarlos mientras embestía hacia arriba.

Bruno se acercó por detrás y me agarró una teta con una mano enorme, pellizcándome el pezón. Con la otra mano me abrió un poco más las nalgas para ver cómo la polla de Darío entraba y salía de mi coño brillante. Sentí luego su palma caerme en el culo, una nalgada fuerte, seca, que me arrancó un grito.

—Fóllatela bien —dijo Bruno a Darío.

Y Darío obedeció.

Empezó a bombear desde abajo con más decisión, mientras yo me dejaba caer sobre él. Cada choque me sacudía el vientre. Mis tetas rebotaban delante de su cara y él alternaba entre morderme los pezones y besarme con hambre. Vera seguía abajo, lamiendo donde podía, a veces la base de la polla, a veces mis labios hinchados cuando él salía apenas lo justo para dejar espacio a su lengua.

En la alfombra, mientras tanto, Mara se había puesto a cuatro patas y Bruno la estaba penetrando por detrás con esa polla enorme que le entraba despacio pero completa. Lía, tumbada delante de Mara, le ofrecía el coño abierto y ella se lo comía con fruición, sin dejar de gemir cada vez que Bruno le clavaba otra embestida. El salón entero era un coro de respiraciones agitadas, saliva, piel golpeando piel y frases sucias dichas a medias.

Yo me corrí primero. Lo sentí subir como un nudo caliente desde abajo hasta el vientre y exploté sobre la polla de Darío con espasmos visibles, apretándolo dentro de mí. Él notó cada contracción y respondió metiéndome más rápido, dándome dos palmadas en el culo antes de dejarme vaciarme del todo encima de él.

Me aparté jadeando, pero no me fui lejos. Quería ver lo siguiente de cerca.

Lía se tumbó en la alfombra con las piernas abiertas. Vera fue hacia ella a gatas, besándole primero la boca, luego el cuello, luego las tetas, hasta bajar entre sus muslos. Darío se incorporó del sofá con intención de acercarse a Lía, pero Mara le puso una mano en el pecho.

—Espera. Ahora viene la parte que de verdad querías y no te atrevías a decir.

Él tragó saliva. Miró a Vera mejor. Ya no había duda posible. La polla de ella estaba dura otra vez, erguida entre sus piernas mientras le lamía el coño a Lía.

—Joder... —susurró.

Me acerqué por detrás y le agarré la verga con firmeza.

—No pasa nada. Si no quieres, no haces nada. Pero si quieres, hazlo de verdad.

Vera se colocó sobre Lía y empezó a meterle la polla despacio en el coño. Lía arqueó la espalda, gimiendo al sentirla entrar. Yo llevé a Darío detrás de Vera, coloqué su mano en una cadera suya y con la otra guié su polla hasta el culo bien lubricado de ella.

Vera giró la cara para mirarlo.

—Métela despacio —le dijo—. Tranquilo. Me gusta.

Eso fue todo lo que él necesitó. Empujó con cuidado, apenas la punta al principio. Vera soltó un gemido ronco y movió las caderas hacia atrás para tragársela mejor. Cuando notó que el cuerpo de Darío seguía tenso, Mara se acercó y lo besó mientras yo seguía guiándolo.

—Eso es, cariño. Déjate llevar.

Poco a poco le fue metiendo toda la polla por el culo a Vera mientras ella, al mismo tiempo, seguía follándose a Lía. La escena era una locura perfecta: Vera embistiendo hacia delante en el coño de Lía y recibiendo por detrás la verga de Darío, con sus gemidos mezclados y el cuerpo entero brillando de sudor.

—Más —dijo Vera—. No me trates como si fuera de cristal. Fóllame.

Darío soltó el aire y empezó a moverse de verdad. Primero con timidez, luego con hambre. Cada vez que entraba, Vera se lo tragaba hasta el fondo y respondía empujando su propia polla en Lía, que estaba abierta, mojada y gimiendo sin parar.

—Así, joder —decía Lía—. Los dos, así. No paren.

Yo me tumbé cerca de Bruno y empecé a pajearle la polla mientras observábamos. Él ya estaba duro otra vez, como si ese cuerpo no supiera agotarse. Le pasé saliva por la punta y deslicé la mano de arriba abajo.

—Hoy no te escapas —le dije.

—Ni pienso —contestó él.

Me tumbé de espaldas en la alfombra y abrí las piernas para recibirlo. Bruno se colocó entre mis muslos, me acarició el coño con dos dedos para comprobar lo mojada que estaba y después me restregó el glande por los labios, subiendo hasta el clítoris, bajando otra vez, sin entrar.

—No juegues —gruñí.

—Me gusta oírte pedir.

Metió solo la punta y la volvió a sacar. Casi le araño el pecho.

—Cabrón, métela ya.

Le rodeé la cintura con las piernas y tiré de él. Bruno sonrió, pero esta vez cedió. Me la fue metiendo muy despacio, abriéndome milímetro a milímetro hasta que la sentí entera dentro, pesada, enorme, llenándome tanto que tuve que gemir con la boca abierta. Me agarró las tetas y empezó a follarme a golpes de cadera cada vez más firmes.

Mientras Bruno me destrozaba el coño con ese ritmo brutal, yo miraba de lado la otra escena. Vera respiraba cada vez más rápido. Darío ya no tenía nada de tímido. Le sujetaba las caderas con ambas manos y se la metía por el culo con ganas, embistiendo una y otra vez mientras Vera se corría dentro del coño de Lía con un gemido largo, temblando de muslos y abdomen.

—No pares, Darío —dijo Vera, todavía clavada en Lía—. Joder, no pares.

Lía se corrió justo después, apretando la polla de Vera dentro de sí, y esa contracción terminó de descontrolarlo todo. Darío siguió bombeando en el culo de Vera hasta que se corrió también, quedándose dentro de ella mientras jadeaba como si acabara de descubrir una puerta nueva en su propia cabeza.

Los tres se desplomaron a un lado, enredados.

Yo aún seguía con Bruno encima, tragándome cada embestida. Lía se arrastró hasta mi cara y se me sentó encima sin pedir permiso, abriéndose los labios del coño con dos dedos para ofrecérmelo. Empecé a lamerla mientras Bruno me follaba. El sabor de ella, mezclado con el peso de él entrando y saliendo de mí, me volvió loca.

Lía se corría a sacudidas sobre mi boca y, al mismo tiempo, con una mano me frotaba el clítoris. Yo no tardé en explotar otra vez, esta vez con un orgasmo más corto pero más violento, apretando el coño alrededor de Bruno. Él soltó un gruñido y siguió unos segundos más hasta vaciarse dentro de mí con una corrida caliente y abundante.

Nos quedamos tirados, desordenados y sudados, recuperando el aire. Pero no duró demasiado. Desde el sofá se oyó la voz de Vera, divertida.

—Este hombre no se cansa nunca.

Giramos la cabeza. Darío tenía otra vez una erección seria entre las piernas, y Mara se estaba riendo mientras le acariciaba el pecho. Vera le pasaba los dedos por el muslo, disfrutando claramente de su reacción.

—Me toca a mí probarlo bien —dijo Lía.

Se arrodilló frente a él y, sin más charla, se sentó sobre su polla de golpe lento, tragándosela toda en el coño. Darío dejó caer la cabeza hacia atrás. Mara se colocó detrás de Lía para abrirle las nalgas y meterle un dedo en el culo, luego dos. Vera, mientras tanto, se sentó sobre el pecho de Darío y le acercó la polla a la boca.

—Si no quieres, no lo hagas —le dijo, aunque ambos sabíamos que sí quería.

Darío la miró un segundo, luego sacó la lengua y lamió el glande con una mezcla de curiosidad y deseo que resultaba casi tierna. Vera cerró los ojos. Él repitió, más seguro, y después rodeó la punta con los labios. La polla de ella fue poniéndose más dura dentro de su boca a medida que la chupaba mejor.

Lía seguía cabalgándolo con fuerza, subiendo y bajando sobre esa polla incansable, mientras Mara le trabajaba el culo con los dedos. Vera gemía arriba, sujetándole el pelo, dejándolo aprender el ritmo a su manera.

—Así, guapo —murmuró—. Chúpamela así.

Bruno y yo observábamos desde la alfombra. Yo le acariciaba la verga todavía semidura y notaba cómo volvía a crecer.

—Tú tampoco andas mal de resistencia —le dije.

—Entonces ayúdame a rematar la fiesta.

Se la chupé un rato, lo justo para ponerla otra vez dura como una piedra. Después fue hacia Lía, que seguía montada sobre Darío, y se colocó detrás de ella. Mara apartó la mano y abrió más las nalgas de su amiga. Bruno apoyó el glande en el culo de Lía y empujó despacio. Ella soltó un gemido agudo al sentirlo entrar, pero lejos de frenarse, siguió moviéndose sobre la polla de Darío.

La imagen era de una obscenidad perfecta: Lía ensartada por delante y por detrás, subiendo y bajando sobre una polla mientras otra le abría el culo; Vera sentada sobre el pecho de Darío, haciéndole meter media verga en la boca; Mara besándolo en la mejilla y diciéndole cosas al oído; yo arrodillada al lado, tocándome mientras los miraba.

—Despacio, hijos de puta —jadeó Lía—. Qué dos pollones... joder...

No iban nada despacio, la verdad. Bruno le marcaba el ritmo por detrás y Darío respondía desde abajo, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba. Los gemidos de Lía se hicieron más descontrolados hasta que se corrió con un grito claro, apretándose sobre ambos a la vez. Darío no tardó en seguirla. Se vació dentro de su coño mientras seguía chupándosela a Vera, y eso bastó para que Vera acabara también, retirándole la polla de la boca justo a tiempo para correrse sobre su lengua y sus labios.

Bruno terminó el último, saliéndose del culo de Lía para correrse sobre sus nalgas y la espalda baja, respirando hondo como una bestia satisfecha.

Después sí. Después ya no hubo prisa para nada.

Quedamos desparramados por el salón, en el sofá y la alfombra, con vasos a medio acabar sobre la mesa y la ropa mezclada por todas partes. Mara se acurrucó junto a Darío, Vera al otro lado, y él les acariciaba las tetas a las dos con una expresión de felicidad agotada que daba risa y ternura a la vez.

—¿Entonces? —preguntó Mara, besándole la sien—. ¿Te gustó la encerrona?

Darío la miró con fingida seriedad durante dos segundos. Luego se echó a reír.

—Contigo todo termina siendo una locura —dijo—. Y sí. Me gustó muchísimo.

Vera le dio un beso lento en la boca.

—A mí también me gustaste tú.

Nos levantamos más tarde a preparar algo de comer entre risas, manos en culos ajenos, pellizcos y besos robados en la cocina. Pero la historia de aquel fin de semana no terminó en ese primer polvo grupal en el salón. Al contrario. Aquello fue solo la manera en que Darío conoció a Vera.

Y créeme: después de verla desnuda, follarla por el culo y chuparle la polla mientras otra mujer lo cabalgaba, ya no hubo forma de que se la sacara de la cabeza.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí trans en Mar del Plata.

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Comentarios(5)

JulianCordo

tremendo relato!!! me encanto de principio a fin

Pame_lectora

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas de J

NachoCba87

Me gusto mucho, se siente muy real y el final con la sorpresa no me lo esperaba para nada. Muy bien narrado

Liberal45

buenisimo!!! sigan subiendo cosas asi

DiegoRioA

Que sorpresa la de J jajaja, no me la vi venir para nada. Muy buen giro

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