La fiesta grupal que montamos en el apartamento
Todo empezó en el último tramo de un curso agotador, cuando ya solo pensábamos en beber, salir y acostarnos con quien nos diera la gana antes de que cada uno siguiera su vida. Yo rondaba los treinta ahora al recordarlo, pero aquella tarde también era adulta y muy consciente de lo que quería. Mi amiga Lara llevaba semanas diciendo que estaba harta de los hombres que presumían mucho y luego se acobardaban cuando una mujer hablaba claro.
—Pues esta vez no van a poder hacerse los tontos —me dijo por teléfono—. He quedado en revisar el apartamento de mi tía mientras está fuera, y pienso usarlo para una fiesta privada.
Le pregunté cuánta gente pensaba invitar. Se rio con esa risa suya de mujer que ya había tomado una decisión y solo esperaba ver arder el resto.
—Unos cuantos amigos. Los que siempre miran, los que insinúan, los que dicen que harían de todo. Quiero ver cuántos tienen polla y cuántos tienen huevos.
Yo debía haberle dicho que estaba loca. En lugar de eso, sentí un calor inmediato entre las piernas. Lara siempre había tenido ese descaro que a mí me empujaba a cruzar límites.
—¿Y qué quieres que haga yo? —pregunté.
—Lo que te dé la gana. Mirar, tocar, chupar, follar. Pero vente. Sola no pienso montar ese lío.
Acepté sin hacerme mucho la difícil. La verdad era simple: me excitaba la idea de un salón lleno de hombres adultos, tensos, incómodos al principio y después rendidos al deseo. También me excitaba pensar en Lara soltando la bomba con esa cara de santa que engañaba a cualquiera durante cinco minutos.
El apartamento estaba en una zona tranquila, en un edificio discreto, con muebles viejos pero limpios y un sofá amplio frente a una mesa baja. Llegué una hora antes. Lara ya había abierto las ventanas, puesto hielo en un cubo y dejado la cama del dormitorio principal con sábanas nuevas.
—Míralo bien —dijo señalando el pasillo—. Salón para calentar, dormitorio para rematar.
Se había puesto un vestido corto negro, sin mangas, y unas sandalias que le hacían las piernas todavía más largas. Yo llevaba una falda ajustada y una blusa fina que no ocultaba demasiado. Ninguna de las dos iba disfrazada de inocente.
—Dime la verdad —le pregunté mientras servía dos copas—. ¿Qué has dicho exactamente para que vengan?
—Que habría tragos, música y una reunión solo entre gente de confianza. Lo justo para que sospechen algo, pero no tanto como para asustarse.
Me acerqué a la ventana y vi llegar a los primeros. Hombres que conocíamos de salidas, cenas, reuniones y mensajes ambiguos a medianoche. Todos adultos, todos mayores de veinticinco, todos con esa mezcla de seguridad y nervios que se nota en la forma de mirar.
Entraron de uno en uno, luego en grupos de dos. Saludaron, bromearon, preguntaron por qué éramos tan pocos. Lara les ofrecía bebida y sonrisas mientras yo observaba cómo sus ojos se quedaban pegados a nuestras piernas, a nuestras bocas, al escote de mi blusa, a la curva de su cintura.
Al cabo de un rato ya éramos diez en el salón: nosotras dos y ocho hombres. El ambiente tenía ese zumbido incómodo de las reuniones donde todos saben que pasa algo, pero nadie se atreve a nombrarlo. Lara me miró por encima de su copa. Supe que había llegado el momento.
Dejó el vaso en la mesa, se puso en pie en medio del salón y habló sin temblar.
—Voy a ser directa para que nadie pierda el tiempo. Los he invitado porque me apetece follar esta noche, y porque a mi amiga también le apetece jugar. El que quiera quedarse, se queda. El que no, la puerta está ahí.
Hubo silencio. Uno soltó una carcajada incrédula. Otro pensó que era una broma. Yo no dije nada; solo me levanté despacio y empecé a desabotonarme la blusa.
Las conversaciones murieron de golpe. Oí una respiración más fuerte, una copa apoyándose con manos torpes sobre la mesa, un «no jodas» murmurado por alguien al fondo. Lara se quitó el vestido por la cabeza sin prisa, quedándose con un conjunto de lencería negro que le marcaba las tetas y el culo de forma obscena. Yo dejé caer la blusa, luego la falda, y me quedé en sujetador y tanga.
—Última oportunidad para salir —dijo ella.
No se movió nadie.
Sonreí. Yo tampoco quería que se movieran.
Lara fue más allá. Se metió los dedos bajo la braguita, la bajó por las piernas y la apartó con el pie. Luego me señaló.
—Tú decides por dónde empezamos.
Se me secó la boca de pura excitación. Miré a los hombres. Algunos tenían ya el bulto duro bajo el pantalón. Otros se lamían los labios. Uno evitaba mirarme a los ojos porque se le notaba demasiado el hambre.
—Empezamos por la boca —dije.
Me acerqué al sofá y agarré de la mano al que tenía más cerca, un moreno alto con barba de dos días. Lo hice sentarse y me arrodillé entre sus piernas. Noté cómo el resto contenía el aliento al verme abrirle el cinturón. Bajé la cremallera despacio, le metí la mano dentro del bóxer y le saqué la polla, ya tiesa y caliente.
—Joder —soltó él.
Eso fue justo lo que quería oír.
Le pasé la lengua por la punta, recogiendo el primer brillo de líquido, y luego la deslicé por el tronco mientras mi mano apretaba la base. Su polla me llenó la boca en cuanto la fui tragando poco a poco, con calma, disfrutando cómo se endurecía todavía más sobre mi lengua. Le oí gemir arriba, tenso, sin saber si tocarme o quedarse quieto.
—Tócame —le dije sin sacármela del todo—. No te quedes como un idiota.
Su mano terminó en mi pelo. La otra se atrevió a bajar hasta mi hombro, mi espalda, el cierre del sujetador. Lara se acercó por detrás, me desabrochó ella misma y me dejó las tetas al aire mientras yo seguía mamando. El salón cambió de golpe. Ya no había duda ni vergüenza; solo respiraciones pesadas y ganas de participar.
Uno de los otros se plantó a mi lado. Lara lo besó sin preámbulos, metiéndole la lengua hasta arrancarle un gruñido. Luego le abrió el pantalón y le sacó la polla delante de todos. La acarició un momento y me la ofreció junto a la boca.
—A ver si puedes con dos —me provocó.
Separé los labios del primero y giré la cabeza. Chupé la segunda polla por la punta, alternando una y otra. Una en la boca, la otra entre los labios y la lengua. El sofá crujía con los movimientos. Mis manos se ocuparon de lo que mi boca no alcanzaba: pajas firmes, lentas al principio, luego más rápidas cuando sentía los gemidos volverse urgentes.
Lara ya estaba montada sobre las rodillas de otro, frotándose contra su pantalón mientras él le chupaba una teta con desesperación. Ella lo agarró de la nuca y me miró.
—Esto sí se está poniendo bueno.
Uno de los hombres se arrodilló detrás de mí y me apartó el tanga a un lado. Sus dedos me abrieron el coño con descaro. Yo ya estaba empapada, y el muy cabrón lo comprobó metiéndome dos dedos hasta el fondo. Solté un gemido con una polla entre los labios, y eso volvió loco al resto.
—Mírala cómo moja —dijo él, sacando los dedos para enseñarlos brillantes.
La humillación suave, dicha así, me encendió más. Seguí tragando polla mientras me sobaba el clítoris con círculos firmes. Empecé a mover el culo contra su mano sin disimulo. Uno de los hombres del fondo ya se estaba masturbando mientras miraba, incapaz de esperar turno.
El primero fue el moreno. Se tensó entero, me avisó con una maldición entre dientes y me llenó la boca de corrida. Fue abundante y caliente. La sentí golpearme la lengua y la garganta mientras seguía chupando hasta sacarle el último espasmo. Tragué sin apartarme y él se dejó caer contra el respaldo con la cara ida, como si le hubieran vaciado el cerebro.
El segundo no tardó mucho más. Lara me sujetó el pelo y me obligó a mantener la boca abierta mientras su polla me bombeaba en los labios. Acabó soltando chorros espesos sobre mi lengua y parte de mi barbilla. Ella pasó dos dedos por el semen que me caía y me los metió en la boca.
—No desperdicies nada.
Los chupé mirándola a los ojos. La muy perra sonrió, satisfecha.
***
Después de aquello ya no hizo falta invitar a nadie. El salón se convirtió en un desorden de cuerpos, ropa en el suelo y manos por todas partes. Me quité el tanga de una vez y me subí al sofá, abierta de piernas, dejando que me vieran bien el coño hinchado y mojado. Quería que lo vieran, quería provocar ese hambre animal que ya les estaba ganando la cara.
Uno se arrodilló entre mis piernas y me lamió de abajo arriba con una lengua ancha y torpe al principio. Le agarré la cabeza y lo guié.
—Así no. Aquí. Aprieta la lengua en el clítoris, joder.
Aprendió rápido. Empezó a comerme el coño como si quisiera ahogarse ahí dentro, metiendo la lengua, chupando, respirando contra mis labios hinchados. Mi cuerpo respondió enseguida. Las piernas me temblaron y el culo se me levantó solo, buscando más presión. Mientras tanto, otro me agarró las tetas y se puso a chuparme los pezones con ansia, alternando mordiscos y lamidas que me hacían arquearme.
Lara estaba en el suelo sobre una alfombra, de espaldas, con las piernas abiertas mientras dos hombres se repartían su cuerpo. Uno le follaba la boca agarrándola del pelo; el otro le abría el coño con los dedos, excitándola hasta volverla loca antes de metérsela. Sus gemidos llenaban el salón, roncos, directos, sin una pizca de pudor.
—No me mires y ven —me dijo uno de los hombres a mi lado, bajándose los pantalones por completo.
Tenía una polla gruesa, dura, con la punta roja y brillante. Me incorporé, aparté al que me estaba comiendo el coño y la agarré con la mano. Le di un par de lamidas lentas, saboreándolo, y enseguida me la clavé en la boca hasta donde pude. Era de esas pollas que obligan a trabajar: gruesa, pesada, exigente. Me la follé con la garganta mientras su dueño me sujetaba la mandíbula con una mano y me acariciaba la nuca con la otra.
Otro se puso detrás de mí. Sentí la punta caliente rozándome los labios del coño. Me quedé quieta un segundo, con la boca llena, esperando. Él empujó despacio primero, abriéndome. Después, al notar que yo cedía, me la metió de una embestida larga que me arrancó un gemido ahogado alrededor de la otra polla.
Ahí sí perdí toda la compostura.
Empezó a follarme con ritmo firme, sujetándome de las caderas, empujando hasta el fondo una y otra vez mientras yo mamaba delante. Cada embestida me hacía balancearme. Sentía los huevos golpearme el culo, la polla entrando y saliendo empapada, el salón entero mirándome usar la boca y el coño al mismo tiempo. Era sucia, intensa y exactamente lo que había deseado al aceptar aquella invitación.
El de delante me sacó la polla de la boca un momento para ver cómo babeaba sobre ella.
—Qué puta maravilla —dijo.
Volví a tragármela. No quería hablar. Quería seguir sintiendo el cuerpo lleno.
El que me follaba por detrás bajó una mano y me apretó el clítoris entre dos dedos en el momento justo. Eso bastó. Me corrí con un espasmo brutal, cerrándome alrededor de su polla mientras el placer me trepaba por la barriga y me dejaba sin aire. Mi coño palpitó tanto que él soltó una maldición y empezó a embestir más rápido, descontrolado.
Se corrió dentro a los pocos segundos, enterrado hasta el fondo. Lo sentí caliente y espeso, y ese detalle me hizo gemir otra vez, más por morbo que por sorpresa. Cuando salió, una parte de su corrida me escurrió por los muslos.
Lara se acercó entonces, sudada, con el rímel corrido y una sonrisa de auténtica depravada. Me pasó un dedo por la entrepierna, recogiendo la mezcla.
—Te estás poniendo perdida —susurró.
Le chupé el dedo. Ella me besó en la boca, probando todo: saliva, semen y el sabor ácido de la excitación. Ese beso fue más obsceno que muchas penetraciones.
***
Nos movimos al dormitorio cuando el salón ya se había quedado pequeño. La cama acabó rodeada de cuerpos y ropa. Uno cerró la puerta, no para esconder nada, sino para dejarnos dentro como si ese cuarto ya no perteneciera al resto del mundo.
Lara fue la primera en subirse al colchón de rodillas. La agarraron por la cintura y en segundos ya tenía una polla en la boca y otra preparándose entre sus muslos. Yo me acomodé junto a ella, tumbada de lado al principio, mientras un hombre me besaba el cuello y otro me abría las piernas.
El que se colocó entre mis muslos sabía lo que hacía. No fue a lo bruto. Me besó el interior de los muslos, respiró sobre mi coño y me chupó despacio, con dedicación, como si quisiera dejarme lista para que me follaran sin descanso. Sus dedos me entraban y salían al ritmo de la lengua. Yo le apretaba la muñeca, jadeando, sintiendo cómo mi cuerpo se reblandecía de puro deseo.
—Quiero una polla ya —dije sin aguantar más.
No tuve que repetirlo.
Un hombre de pecho ancho y brazos fuertes se colocó frente a mí. Se arrodilló en la cama, me alzó una pierna sobre su hombro y me apuntó la polla al coño. La primera embestida fue lenta, abriéndome. La segunda ya entró hasta el fondo. A la tercera me estaba follando de verdad, duro, sin delicadeza, tal como yo había pedido.
Mis tetas rebotaban con cada golpe. El hombre que estaba a mi lado me metió dos dedos en la boca y luego me ofreció su polla. La chupé mientras el otro seguía entrando y saliendo de mi coño con un ritmo que hacía chirriar la cama contra la pared.
Lara, a menos de un metro, estaba siendo penetrada por detrás mientras se tragaba otra polla de rodillas. Levantó la cabeza un segundo y nuestras miradas se cruzaron. Las dos estábamos completamente entregadas, sudadas, desordenadas, usadas y felices de serlo.
La cama se convirtió en una cadena de relevos. Cuando uno se cansaba o se corría, entraba otro. Yo pasé de estar tumbada con una pierna alzada a ponerme a cuatro, empujando el culo hacia atrás para que me la metieran mejor. En esa postura me dieron más profundo, golpeando ese punto que me hacía ver chispas cada vez.
Uno me agarró del pelo y me hizo arquear la espalda mientras me follaba. Otro se colocó delante de mi cara y me ofreció la polla. La besé, la chupé, me la metí hasta la garganta cuando la cama me empujaba hacia delante con cada embestida. La saliva me caía por la barbilla. El hombre de atrás me daba sin pausa, y yo sentía el coño cada vez más sensible, más caliente, más abierto.
—Te gusta que te usen así, ¿verdad? —me dijo el de delante.
Saqué la polla de mi boca lo justo para responder.
—Sí. Así. Sigue.
Me la volvió a meter entera, y yo agradecí no tener que fingir absolutamente nada. En ese cuarto nadie fingía. Solo había cuerpos respondiendo al placer de la forma más directa.
Volví a correrme a cuatro, con la polla clavada hasta el fondo y otra llenándome la boca. Esta vez el orgasmo fue más largo, más tembloroso, acompañado de una sensación de vacío dulce en el estómago. Apreté tanto al que me follaba que terminó corriéndose también, soltándomelo dentro con un gemido seco y cayendo un instante sobre mi espalda.
Cuando se apartó, otro ocupó su sitio casi de inmediato. Yo estaba tan caliente que apenas me importaba el cambio, solo quería seguir. Me tumbé boca arriba y abrí más las piernas. Uno me penetró mientras otro me sobaba las tetas y Lara, sentada a mi lado, me besaba el cuello y me metía dos dedos en la boca para que los chupara.
—Míranos —me dijo ella—. Tú llena por abajo y yo por los dos lados. Menuda fiesta.
Tenía razón. Era una fiesta y también una confesión brutal de lo que ambas llevábamos tiempo deseando: sexo sin pedir permiso, sin esconder el hambre, sin el juego falso de aparentar decencia entre adultos que sabían perfectamente lo que querían.
El hombre que me estaba follando en ese momento era el más callado de todos. Había pasado desapercibido al principio, pero en la cama resultó ser el más intenso. Me agarró las muñecas, las inmovilizó sobre la almohada y empezó a embestir con una concentración casi feroz. Cada golpe era exacto, profundo, sin desperdicio.
—No pares —le pedí.
No paró. Me folló hasta que tuve que girar la cara para gemir contra el brazo de Lara. Entonces se sacó la polla, me hizo ponerme de lado y volvió a metérmela desde otro ángulo, todavía más hondo. Sentí que me abría por completo. Me corrí otra vez casi sin aviso, con un jadeo ronco y las piernas temblando.
Él acabó después, sacándola justo a tiempo para correrse sobre mi vientre y mis muslos. Miré el semen caliente sobre la piel y noté ese golpe de satisfacción obscena que solo da sentirse completamente tomada.
***
La madrugada nos encontró exhaustos, desnudos y desordenados. Algunos dormían medio vestidos sobre el sofá del salón. Otros fumaban junto a la ventana del dormitorio con la misma cara de incredulidad satisfecha que queda después de una noche que nadie se había atrevido a imaginar en voz alta.
Lara y yo acabamos juntas en la cama, todavía pegajosas, compartiendo una botella de agua. Me pasó la mano por el muslo y soltó una risa cansada.
—Al final no se rajó ninguno.
—Ni nosotras tampoco —respondí.
Me miró entre divertida y orgullosa. Tenía marcas rojas en el cuello, el pelo hecho un desastre y la expresión luminosa de quien ha hecho exactamente lo que quería.
—¿Te arrepientes?
Negué con la cabeza. Me dolía el cuerpo entero, tenía el coño sensible, la garganta trabajada y una paz extraña, casi tierna, debajo de toda la suciedad deliciosa de la noche.
—Ni un poco.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro. Durante un rato nos quedamos en silencio, escuchando los ruidos apagados del apartamento y recordando entre sonrisas algunas escenas: el primer gemido, la primera polla en mi boca, el instante en que el salón se convirtió en una jauría ordenada por el deseo, la cama rechinando mientras nos corríamos una y otra vez.
Al día siguiente hubo rumores, mensajes, preguntas mal disimuladas y caras demasiado curiosas. Nada de eso importó demasiado. Los que habían estado allí sabían lo que había pasado de verdad, y ese recuerdo nos pertenecía más a nosotros que a cualquier chisme.
Yo solo sé que, cada vez que vuelvo mentalmente a ese apartamento, no recuerdo la vergüenza ni el escándalo. Recuerdo las rodillas en el suelo, el sabor de la primera corrida, la sensación de tener una polla en la boca y otra dentro, el cuerpo de Lara brillando de sudor bajo la luz amarilla del dormitorio, y la certeza de que esa noche hicimos exactamente lo que deseábamos.
Y por eso sigue poniéndome caliente recordarlo.
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