Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi esposa se soltó en la playa con tres hombres

Siempre digo que las mejores locuras no se planean del todo. Mi mujer y yo habíamos aprovechado unos días libres para escaparnos solos a una casa frente al mar que nos prestó un familiar. Nuestra hija se había quedado con su abuela, así que por primera vez en mucho tiempo teníamos una semana entera para nosotros, sin horarios, sin ruido y sin nadie pidiendo nada.

La casa estaba apartada, en una zona tranquila, con una escalera de madera que bajaba directo a una playa casi privada. Apenas llegamos, dejamos los bolsos en el cuarto, abrimos unas cervezas y nos miramos con esa sonrisa que solo aparece cuando los dos estamos pensando exactamente lo mismo: descanso, sexo y ningún tipo de prisa.

Entonces sonó mi teléfono.

Eran tres conocidos: dos amigos de confianza y un primo mío, todos adultos, todos de nuestra misma edad más o menos, que andaban por la zona y buscaban dónde caer esa noche. Les conté de la casa, del espacio y de la playa. Me preguntaron si podían sumarse.

Tapé el micrófono del teléfono y miré a mi esposa. Ella no dijo nada al principio. Solo levantó las cejas y sonrió con un brillo descarado en los ojos. Yo ya conocía esa mirada. No era una mirada inocente ni casual. Era la misma que ponía cuando algo le encendía la cabeza antes de abrirme las piernas.

—¿Pensaste lo mismo que yo? —le pregunté en voz baja.

Se acercó, me besó rápido y me respondió al oído:

—Estamos pensando exactamente la misma porquería.

Me reí, confirmé que podían ir y colgué. Ella me agarró de la mano, me llevó al cuarto y apenas cerró la puerta me bajó el cierre del pantalón. Me sacó la polla con una naturalidad obscena, se arrodilló frente a mí y me la chupó con hambre, como si quisiera dejar claro desde ese momento que la semana no iba a ser tranquila.

—Quiero ponerme bien caliente antes de que lleguen —murmuró, con mis huevos en la mano.

Le acaricié el pelo mientras la veía metérsela hasta el fondo. Su boca húmeda, el ruido de la saliva, la forma en que me miraba desde abajo, todo me puso tieso de inmediato. Se apartó un poco, escupió sobre la punta y siguió mamándomela despacio, alternando lengua y labios hasta que tuve que agarrarla del mentón para que parara.

—Si sigues así, me corro ahora mismo.

—No te corras todavía —me dijo—. Guárdame esa leche para más tarde.

Nos cambiamos y bajamos a la playa. Estuvimos un rato metidos en el agua, besándonos, tocándonos por debajo de la superficie y disfrutando de esa complicidad que siempre habíamos tenido. A ella le excitaba que otros la miraran. A mí me volvía loco verla sabiendo que lo disfrutaba. No era la primera vez que fantaseábamos con compartirla, pero sí la primera vez que el escenario parecía tan servido.

Un rato después escuché el claxon del carro y subí a recibirlos. Llegaron cargados de botellas, hielo y ese ánimo de fin de semana que ya venía medio sucio desde el camino. Los saludé, les mostré la casa y en cuanto vieron la playa se fueron conmigo escaleras abajo.

Mi esposa seguía en el agua. Cuando se acercaron a saludarla, los tres se quedaron mirándola sin disimulo. Ella llevaba un bikini oscuro mínimo, pegado al cuerpo, y el agua le marcaba las tetas y el culo como si la estuviera dibujando. Yo me reí de la cara de todos.

—Disimulen, cabrones —les dije.

—Perdón, hermano —respondió uno entre risas—, pero está imposible.

Ella no se molestó. Al contrario. Se acomodó el pelo mojado hacia atrás, salió un poco más del agua y les regaló una sonrisa lenta, sabiendo perfectamente el efecto que causaba. Desde ahí supe que la noche no se iba a quedar en tragos.

Comimos algo simple, bebimos más de la cuenta y cuando cayó la noche salimos un rato a ver el movimiento del pueblo. Volvimos tarde, cansados, con ese calor pegado al cuerpo que deja la playa y el alcohol. Yo me tiré un rato en la cama, medio adormecido, mientras ellos seguían bebiendo en la terraza con mi esposa.

Antes de salir del cuarto, ella se inclinó sobre mí y me susurró:

—Si escuchas algo raro, no te asustes.

—Haz lo que te dé la gana —le respondí, dándole una palmada en el culo.

No pasó mucho hasta que el silencio me despertó. Me levanté, salí del cuarto y encontré la terraza vacía. La ropa estaba tirada por las sillas, y eso me hizo sonreír antes incluso de asomarme. Bajé la mirada hacia la arena y ahí estaban los cuatro, cerca de la orilla, iluminados por la luna y por la luz tenue que salía de la casa.

Los tres hombres estaban desnudos. Mi esposa llevaba solo una tanga empapada y las tetas al aire. Tenía la cabeza echada hacia atrás mientras uno le besaba el cuello y otro le apretaba una teta con toda la mano. El tercero la tocaba entre las piernas por encima de la tela mojada.

Bajé con otra botella en la mano. Cuando me vieron, ninguno se apartó. Ella apenas giró la cabeza y me miró con esa cara de puta feliz que tanto me excitaba.

—Ya era hora de que bajaras —dijo.

Uno de mis amigos, sin dejar de acariciarle el muslo, habló claro:

—Tu mujer nos contó que entre ustedes hay confianza. Si te jode, paramos ahora mismo.

Miré a mi esposa. Tenía los labios hinchados de tanto beso y el pecho subiéndole y bajándole rápido. No había vergüenza en su cara. Había puro deseo.

—Si ella quiere —respondí—, yo no tengo ningún problema.

Ella misma se bajó la tanga sin ceremonia y la dejó caer a la arena.

—Yo quiero —dijo—. Y no quiero perder tiempo.

La rodeamos como animales alrededor de un fuego. Uno la besó en la boca mientras otro le lamía una teta y el tercero se arrodilló frente a ella para abrirle las piernas. Desde donde estaba yo podía ver cómo el agua salada le resbalaba por los muslos mezclada con lo mojada que ya estaba. El primero que metió los dedos soltó una carcajada ronca.

—Está empapada, joder.

—No hables y sigue —contestó ella.

Le metió dos dedos de golpe y ella se arqueó, agarrándose de los hombros de otro. Yo me acerqué por detrás y le apreté el culo. Estaba suave, tenso y abierto a mis manos. Le separé las nalgas y vi cómo el otro hombre le hundía los dedos en el coño una y otra vez, mojándoselos hasta la palma.

Mi esposa gemía sin ningún intento de ocultarse. El sonido del mar se mezclaba con su respiración y con el chapoteo de las manos sobre su cuerpo. Uno le chupaba los pezones, otro le mordía el cuello, otro la hacía jadear a base de dedos, y yo me puse delante para que me besara mientras todo eso pasaba.

—Mírame —le dije.

Me miró con la boca entreabierta y los ojos brillantes.

—Quiero que disfrutes cómo me usan —me soltó.

Eso me terminó de encender. Metí la mano entre ambos y le froté el clítoris mientras el otro seguía penetrándola con los dedos. Ella empezó a temblar. El hombre que estaba abajo se inclinó y le hundió la cara entre las piernas. Le abrió el coño con los pulgares y se lo lamió con hambre, de abajo arriba, sin delicadeza, como si quisiera beberla. Mi esposa dio un grito corto y se sujetó de mi nuca.

—Así, así, no pares —decía entre jadeos—. Méteme más dedos, cabrón.

El otro obedeció y le metió un tercer dedo mientras el de abajo seguía lamiéndola. La combinación la dejó temblando. Se corrió ahí mismo, de pie, con las rodillas flojas, apretándome el brazo mientras le salía un gemido largo y sucio.

—Ahora sí —dijo cuando recuperó aire—. Quiero pollas.

Nos fuimos adentro porque el viento ya pegaba fuerte y ella dijo que tenía frío, pero la realidad era otra: quería una cama, espacio y más. Entramos riéndonos, desnudos, dejando huellas mojadas por toda la casa. Nos secamos apenas lo justo y fuimos directo al cuarto principal.

La cama era grande, pero igual arrastré un colchón al suelo para que no faltara sitio. Cuando volví, ya la tenían doblada sobre el borde del colchón, en cuatro, con el culo bien abierto. Mi primo estaba detrás de ella, alineándose para meterle la polla, y uno de mis amigos le sujetaba la cara para besarla mientras otro le amasaba las tetas.

—Dale —dijo ella sin mirarme siquiera—. Que entre de una vez.

Mi primo le agarró la cintura y se la clavó entera de un empujón. El ruido fue seco, húmedo, brutal. Mi esposa soltó un alarido y después un gemido grave que me atravesó el pecho. Él empezó a embestirla sin compasión, sacándola casi hasta la punta y volviéndola a meter hasta el fondo.

—Joder, qué coño más apretado —gruñó.

—No me jodas y sigue —respondió ella—. Más duro.

Yo me quedé unos segundos mirándola. Su espalda arqueada, el culo recibiendo cada golpe, la polla entrando y saliendo mojada, sus tetas moviéndose al ritmo de las embestidas. Saqué mi polla y empecé a pajearme sin apartar la vista. Verla así, tomada por otro delante de mí, me puso al borde.

Uno de los amigos se puso frente a ella y le ofreció la verga. Mi esposa levantó la cabeza y empezó a mamársela sin dejar de recibir las embestidas por detrás. Se la tragaba con dificultad, babeándola, mientras el otro hombre la agarraba del pelo para marcarle el ritmo.

—Eso, puta, chúpala bien —le decía.

Ella respondió con un gemido ahogado alrededor de la polla. El tercero se tumbó debajo de ella cuando la pasamos al colchón del suelo. Mi esposa se acomodó encima de su cara, abriéndose para que él le lamiera el coño mientras seguía empalada por detrás. La escena era una barbaridad: uno en su boca, otro en su coño, otro debajo comiéndosela, y yo mirándola desde un lado, cascándomela con la respiración cortada.

—Mírenla —dije casi sin voz—. Le encanta.

Y sí, le encantaba. Tenía la cara roja, los labios húmedos, las piernas temblándole. Cada vez que el de abajo le pasaba la lengua por el clítoris, ella empujaba el culo hacia atrás, buscando más verga. Mi primo le daba cada vez más fuerte, agarrándole la cintura con fuerza, dejando el sonido de los huevos golpeándole la piel en todo el cuarto.

Al rato ella se soltó la polla de la boca y habló jadeando:

—Quiero el culo también.

Hubo un segundo de silencio cargado. Luego todos nos reímos como bestias porque sabíamos que con ella esas frases nunca eran adorno. La pusimos de lado para lubricarla bien. Uno le escupió en el culo, yo le pasé los dedos despacio para abrirla y ella empujó hacia atrás, impaciente.

—No me preparen tanto —protestó—. Métanmela ya.

Uno de mis amigos le apoyó la punta en el ano mientras mi primo seguía dentro de su coño. Entró despacio al principio, por la resistencia, y ella se quejó fuerte, mezclando dolor y gusto en el mismo sonido. Yo le sujeté la mano y la besé mientras la segunda polla terminaba de abrirse paso.

—Respira —le dije.

—No pares —contestó—. No saquen ninguna.

Quedó llena por los dos agujeros y esa imagen me volvió loco. Empezaron a moverse primero con cuidado y después sincronizados, hasta encontrar un ritmo en el que una verga salía mientras la otra entraba. El colchón golpeaba contra el piso. Ella gritaba, maldecía, gemía, pedía más. El hombre que tenía libre se la volvió a meter en la boca, y entonces quedó completamente ocupada, tragando una polla, recibiendo otra en el coño y otra en el culo.

Yo me tumbé cerca de su cara y le acaricié la mejilla. Ella me miró como pudo y se sacó la polla de la boca un instante.

—Te toca —me dijo—. Quiero sentirte también.

Cambiamos posiciones. Saqué a mi primo de su coño y me coloqué yo. Estaba tan mojada y abierta que al meterme sentí un calor descomunal. El otro seguía en su culo, así que apenas entré empezamos una doble penetración perfecta: yo delante, él detrás, nuestras caderas golpeando a distinto ritmo hasta encontrar el mismo compás. Mi esposa abrió más las piernas y dejó caer la cabeza hacia atrás, rendida al placer.

—Sí, así, así... fóllenme los dos —decía casi gritando.

Le agarré una teta y empecé a clavársela más duro. Notaba cómo se apretaba por dentro cada vez que el otro le abría el culo desde atrás. El sonido era indecente, todo piel húmeda, respiración rota y gemidos. El tercer hombre se arrodilló junto a ella para que se la mamara otra vez, y mi esposa, obediente y desesperada, volvió a llenar su boca.

La escena duró mucho, con cambios, pausas breves para beber agua, más saliva, más manos. Todos la cogimos por turnos y en combinaciones distintas. Uno la puso boca arriba y le abrió las piernas para follársela mirándola de frente, agarrándole los tobillos, mientras yo le metía dos dedos en el culo. Otro la sentó sobre su polla para que cabalgara, y desde atrás le apreté el clítoris hasta hacerla correrse otra vez sobre él.

Después se puso de rodillas sobre la cama y empezó a mamárnosla a los cuatro, una polla tras otra, sin pudor ni apuro. Nos la chupaba, nos lamía los huevos, nos masturbaba con las manos cuando no le cabía todo en la boca. Tenía saliva corriéndole por la barbilla y los ojos húmedos del esfuerzo, pero seguía con una sonrisa de pura calentura.

—Me encanta tenerlas todas para mí —dijo antes de volver a tragarse otra.

El cuarto olía a sexo, sudor y mar. La sábana estaba hecha un desastre. Sus muslos tenían marcas de dedos. Su culo seguía enrojecido de tanto castigo. Y aun así pedía más, siempre más. La puse al borde de la cama y se la metí por detrás mientras uno de ellos le daba palmadas en las tetas y otro se la acercaba a la boca. Mi esposa se dejó usar con una entrega que me dejó hipnotizado.

Al final, cuando ya todos estábamos al límite, ella fue la que dio la orden.

—Ahora uno por uno —dijo, respirando con dificultad—. Quiero que se corran adentro de mi coño. Todos.

La miré para asegurarme. Ella sostuvo mi mirada y asintió sin dudar.

—Hazlo tú también —me pidió—. Quiero sentir cómo me llenan.

La tumbamos boca arriba, con las piernas bien abiertas. El primero se colocó entre sus muslos y empezó a follársela con embestidas rápidas, desesperadas. Ella se agarró las tetas y las apretó mientras él se corría dentro, gimiendo con la cabeza hundida en su cuello. Cuando salió, ya se veía la mezcla resbalando apenas desde su coño abierto.

El segundo entró enseguida, usando la humedad y la corrida anterior como lubricante. La penetró hondo, varias veces, hasta que se tensó completo y se vació también adentro. Mi esposa soltó un quejido de puro gusto al sentir otra descarga caliente llenándola.

El tercero no tardó nada. Ya estaba al borde desde hacía rato. Se la metió con fuerza, le agarró una pierna al hombro y se corrió temblando dentro de ella mientras ella le decía obscenidades para que no se contuviera.

Yo fui el último. Me coloqué entre sus piernas ya empapadas, miré cómo la mezcla de semen y flujo le brillaba entre los labios y se la metí despacio, disfrutando la sensación espesa, caliente, indecente. Mi esposa me rodeó la cintura con las piernas.

—Termina conmigo —susurró.

No aguanté mucho. La follé mirando su cara, besándola, oyéndola jadear mi nombre entre toda la suciedad de esa noche, hasta que me corrí adentro de ella con una intensidad brutal. Me quedé quieto unos segundos, vaciándome por completo, sintiendo cómo ella me apretaba y cómo un poco de semen ya le escurría por el culo y por los muslos.

Cuando salí, la corrida de todos empezó a resbalarle lentamente entre las piernas. Ella bajó la mano, recogió con dos dedos lo que caía y se lo llevó a la boca con una sonrisa cansada y satisfecha que nos dejó a todos mudos.

—Ni una gota se desperdicia —dijo.

Nos echamos alrededor de ella, agotados, sudados y todavía excitados aunque ya sin fuerzas. Mi esposa terminó dormida un rato con una pierna sobre mí y una mano apoyada en el pecho de otro. La luna seguía entrando por la ventana y el rumor del mar parecía acompañar el cansancio.

***

A la mañana siguiente todo fue extrañamente natural. Nos levantamos tarde, desnudos o medio cubiertos con lo primero que encontramos, y ella salió a la cocina a preparar café como si nada extraordinario hubiera pasado. Saludó a todos con un beso, se rió de nuestras caras de resaca y se puso a hacer desayuno.

Pero la tensión seguía ahí, viva, debajo de lo cotidiano. Cada roce tenía memoria. Cada mirada recordaba la noche anterior. Mientras ella cortaba fruta en la cocina, pasé por detrás y le toqué el culo. Estaba sensible todavía.

—¿Dolida? —le pregunté.

—Un poco —respondió con una sonrisa—. Y con ganas de más.

Ese mismo día fuimos a otra playa cercana. Entre una cosa y otra, terminamos usando las duchas de un baño amplio donde apenas cabían dos personas a la vez. Ella entró primero. Yo fui detrás y la encontré bajo el agua, con el pelo pegado a la espalda y una expresión de vicio que no dejaba dudas.

La acorralé contra la pared mojada y le metí dos dedos en el coño en cuanto cerré la puerta. Estaba sensible y caliente de nuevo. Me la chupó rápido, a escondidas, con el agua corriéndonos por encima, hasta que alguien golpeó la puerta y tuvimos que contener la risa.

Luego fueron entrando los otros por turnos con cualquier excusa, y aunque no había espacio para una locura como la de la noche anterior, sí hubo manos, bocas, besos sucios y pequeñas folladas rápidas bajo la ducha, robadas al tiempo y al riesgo. Cada vez que salía uno, ella quedaba más excitada para el siguiente.

Así siguió el resto de la escapada: con una complicidad obscena, natural para nosotros, sin dramas ni reclamos. De día playa, comida y risas. De noche cama, colchón en el suelo y mi esposa recibiendo, eligiendo, guiando, disfrutando. A veces dormía un rato con ellos y antes del amanecer volvía conmigo, me contaba al oído lo que habían hecho y terminábamos follando otra vez, lentos, íntimos, embarrados todavía en el olor de los demás.

Lo mejor de todo no fue solo verla con otros hombres. Fue verla libre, dueña de su deseo, segura de sí misma y de lo nuestro. Esa semana no rompió nada entre nosotros. Al contrario. Nos dejó una de esas memorias a las que vuelvo cada vez que quiero correrme duro: la imagen de mi esposa en una casa frente al mar, desnuda, abierta, feliz, pidiendo más mientras cuatro hombres hacíamos exactamente lo que ella quería.

Y cada vez que me la recuerda al oído, todavía se me pone la polla como aquella primera noche.

¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts VIP en Recoleta esperando tu mensaje.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(5)

lucasrv88

Que relato mas bestia!!! espero la segunda parte, por favor

TensionMaxima

Lo lei de una sola sentada, imposible parar. Muy buen trabajo

LorenaZ22

Ay dios, me dejo temblando jajaja. Muy bien escrito

SoloCamping22

Me recordó a unas vacaciones que tuve hace años, la playa de noche tiene algo especial que se presta a estas cosas. Muy bien narrado, se siente real

Willy_MZA

excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.