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Relatos Ardientes

La invitación de los dos amigos que no era solo un trago

A Mateo lo conocí hace casi un año en un bar del centro, uno de esos lugares con luces bajas donde la música apenas te deja escuchar tu propia voz. Era alto, moreno, con hombros anchos que se le marcaban debajo de una camiseta negra ajustada, y unas venas que se le tensaban en los antebrazos cada vez que apretaba la botella. Cuando me acerqué a la barra a pedir un mojito, me miró de arriba abajo sin ninguna vergüenza y me soltó una frase que todavía recuerdo palabra por palabra.

—Si sigues moviéndote así con esos jeans, voy a tener que invitarte a algo más que un trago.

Me reí, pero sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas. Le devolví la mirada, y algo en sus ojos oscuros me dijo que ese hombre estaba acostumbrado a conseguir lo que se le antojaba, cuando se le antojaba.

A Iván lo conocí esa misma noche, media hora después. Era el mejor amigo de Mateo, más delgado pero definido, con la piel más clara, el pelo negro revuelto y unos ojos verdes que parecían burlarse de todo. Tenía una boca inquieta, siempre a punto de decir alguna barbaridad. Cuando me dio la mano, me la retuvo un segundo de más y me rozó el pulso con el pulgar, mirándome fijo.

—Camila, ¿verdad? Mateo no ha parado de hablarme de ti… ahora entiendo por qué.

Desde esa noche, los tres nos vimos muchas veces. En cumpleaños de amigos comunes, en bares, en un par de asados en casa de gente que ni siquiera recuerdo. Y siempre el mismo juego: los dos coqueteando sin disimulo, manos que me rozaban la cintura «sin querer», comentarios sobre lo bien que me quedaba una falda, mensajes a medianoche con fotos de ellos en el gimnasio o en la playa y frases del tipo «te queremos ver acá, entre los dos».

—Algún día te vamos a tener, preciosa —me escribió Mateo una noche, cuando ya sabía que estaba sola en la cama.

—Y no va a ser para conversar —agregó Iván, en un mensaje aparte, un minuto después.

Yo les seguía el juego con emojis de fuego y risas, pero por dentro me imaginaba la escena una y otra vez, y me mojaba solo de pensarla. Nunca les había dicho que sí, pero tampoco les había dicho que no. Y ellos lo sabían.

Ese sábado, cuando me escribieron los dos al mismo tiempo pidiéndome que me sumara a unos tragos, ya sabía a lo que iba. Y ellos también.

***

Llegué al bar cerca de las diez, con jeans negros pitillo que me marcaban las piernas y el culo, una blusa negra escotada que dejaba ver el nacimiento de las tetas, el pelo suelto cayéndome por la espalda y los labios pintados de rojo oscuro. Sabía perfectamente qué estaba haciendo cuando me vestí frente al espejo.

Ellos ya me esperaban en una mesa del fondo. Mateo llevaba una camiseta gris pegada al pecho definido, jeans oscuros y una sonrisa lenta que se le dibujó apenas me vio aparecer en la puerta. Iván tenía una camisa blanca con los dos primeros botones abiertos, dejando ver el inicio de un pecho firme, y unos pantalones ajustados que no dejaban dudas de lo que tenía entre las piernas.

Me sentaron entre los dos sin preguntar. Desde el primer trago, empezó el ataque coordinado.

La mano grande y caliente de Mateo se me apoyó en el muslo derecho apenas me acomodé. Fue subiendo despacio, con la palma abierta, hasta rozar la costura interna de los jeans. Iván me pasó el brazo por los hombros y empezó a jugar con mi pelo, dedos que cada tanto bajaban a rozarme el costado del pecho «casualmente», como si no supiera lo que hacía. Cada vez que me reía, cada vez que giraba la cara, uno de los dos me tenía la boca a un centímetro del oído.

Yo tampoco me quedaba quieta. Le apreté el bíceps a Mateo y sentí el músculo duro debajo de la camiseta. Le pasé la mano por el muslo a Iván, hasta el borde del bulto, y noté cómo se le endurecía al instante. Nos mirábamos a los ojos hablando de cualquier estupidez, pero el aire estaba tan cargado que se podía cortar con un cuchillo.

Al tercer trago, Mateo se inclinó y me habló bajo, con el aliento caliente contra el cuello.

—Nos vamos a nuestro apartamento. Iván y yo vivimos juntos ahora. Y te queremos ahí. Ya.

Iván me besó la sien y agregó, casi susurrando.

—Llevas toda la noche poniéndonos duros. Es hora de que nos dejes hacer lo que llevamos meses imaginando.

No dije nada. Solo asentí, mordiéndome el labio, y me terminé el trago de un tirón.

***

En el Uber me senté en medio. El conductor, un señor de unos cincuenta, apenas nos miró por el retrovisor cuando arrancó. Después fingió concentrarse en la vía, pero ajustaba el espejo cada tanto y respiraba más fuerte de lo normal. Sabía perfectamente lo que estaba pasando en el asiento de atrás.

Apenas dobló la primera esquina, las manos se me tiraron encima. Mateo empezó a besarme el cuello, la lengua tibia dibujándome la línea de la clavícula, mientras la mano se le metía por dentro de los jeans y sus dedos gruesos rozaban el borde de la tanga. Ya estaba empapada. Cuando lo notó, gruñó bajito contra mi piel.

—Estás toda mojada, Camila. Y ni siquiera hemos empezado.

Iván me agarró la mano y me la llevó directo a su entrepierna. La polla se le sentía dura como piedra debajo de la tela. Empecé a acariciarlo lento, siguiéndole la forma con los dedos, sintiendo cada vena y cada latido. Al mismo tiempo, Mateo me metió dos dedos debajo de la tanga y empezó a frotarme el clítoris en círculos lentos y profundos. Yo mordí el hombro de Iván para no gemir alto y me reí contra su piel, medio borracha, muy caliente.

El conductor tosió una vez, ajustó el retrovisor otra vez, y no dijo una palabra. Yo tampoco. Solo abrí un poco más las piernas y dejé que Mateo me hiciera lo que quisiera.

***

Subimos al ascensor del edificio como si fuéramos animales sueltos. Mateo me empujó contra el espejo del fondo, me agarró las tetas con las dos manos por encima de la blusa y empezó a apretarme los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras a través de la tela. Me besó con la lengua profunda, y yo se la mordí.

Iván se puso detrás. Me bajó los jeans hasta la mitad del muslo, me metió una mano entre las nalgas y empezó a masajearme el culo mientras me mordía el hombro y el cuello. La otra mano me la pasó por delante, la hundió entre mis piernas, la sacó brillante y se la llevó a la boca a Mateo, que le chupó los dedos húmedos con los ojos clavados en los míos.

—Espera a llegar al cuarto —me dijo Mateo—. Ahí te vamos a coger como se debe.

El ascensor sonó. Nos abalanzamos al pasillo casi cayéndonos uno sobre el otro.

***

Apenas cruzamos la puerta del apartamento, se acabó cualquier freno.

Me quitaron la blusa entre los dos, casi arrancándola. Los jeans me los bajaron con las dos manos de Mateo mientras Iván me sostenía por la cintura. La tanga cayó al piso. Quedé desnuda en medio del living, con la piel erizada, las tetas firmes rebotándome con cada respiración agitada, el culo redondo y alto, el coño depilado y brillando de tan mojada que estaba.

Mateo se sentó en el sofá y se abrió los jeans. La polla le saltó afuera: gruesa, venosa, con la cabeza brillante y ya goteando. Me agarró de la cintura y me sentó a horcajadas encima. Me guio despacio con la mano, y yo me dejé caer sobre él de un solo movimiento, hasta el fondo. Grité. La espalda se me arqueó sola. Me llenaba entera.

—Joder, qué apretada estás —masculló apretándome las nalgas con las dos manos—. Móntame así.

Empecé a moverme sobre él, lento al principio, después más fuerte, sintiendo cómo me abría entera con cada bajada. Iván se me acercó por detrás. Se arrodilló entre nuestras piernas y empezó a besarme la espalda, a lamerme la columna hacia abajo, hasta que me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua por el culo mientras Mateo seguía embistiéndome desde abajo. La sensación fue devastadora. Se me escapaba una palabra sucia detrás de otra.

—Sigan… así… no paren…

Después empezaron los cambios. Iván me dio vuelta y me tumbó de espaldas sobre el sofá, con las piernas abiertas de par en par, y bajó la boca directo a mi coño. Empezó a comerme con lengua larga y experta, chupándome el clítoris con los labios, metiéndome dos dedos que me curvaba adentro con cada empujón. Mateo se me paró al lado de la cara, la polla mojada de mi propio flujo, y me la puso en la boca. Yo la agarré con las dos manos y empecé a mamársela profundo, sintiéndolo empujar despacio hasta la garganta.

—Así, preciosa. Trágala toda —me decía, agarrándome el pelo con el puño cerrado—. Toda para ti.

Yo gemía con la polla adentro, y los gemidos vibraban contra su verga mientras Iván me comía el coño como si le fuera la vida en eso. Sentí el primer orgasmo montándose rápido. Me temblaron los muslos, se me contrajo el vientre, y me vine gritando alrededor de la polla de Mateo, con la cara empapada de saliva y sudor.

Pero ellos no habían terminado. Ni de cerca.

Iván se levantó y me dio vuelta otra vez, esta vez de rodillas en el sofá, con el culo levantado y las manos apoyadas en el respaldo. Se me puso detrás, agarró la polla y me la pasó despacio por la raja, mojándola con mi propio jugo. Empujó con cuidado, dándome tiempo. Yo apreté los dientes y me abrí para él. Cuando la cabeza me entró en el culo, exhalé todo el aire de golpe. Cuando la sentí completa adentro, gemí como no había gemido en mi vida.

—Ábrete para mí, Camila. Toda —me dijo, acariciándome la espalda.

Mateo se me plantó adelante, se sentó en el borde del sofá y me metió la polla en la boca otra vez. Los dos empezaron a moverse en contratiempo. Cuando uno entraba, el otro salía. Cuando uno empujaba fuerte, el otro me sostenía la cara para follarme la boca despacio, mirándome a los ojos. Yo era el punto medio entre los dos, atravesada, cogida entera, sin saber ya qué gemido salía de qué lado.

—Mírala, hermano —dijo Iván, apretándome las caderas con las dos manos—. Es todo lo que imaginamos.

—Y más —contestó Mateo, con la mano cerrada en mi mandíbula.

Sentí que se me venía el segundo. Este fue distinto: más largo, más profundo, empezando en la panza y subiéndome por toda la columna. Me temblé de arriba abajo, apretándolos con todo el cuerpo, el culo apretándole la polla a Iván, la boca ordeñándole la de Mateo. Grité algo que ni yo entendí.

Ahí terminaron ellos.

Mateo me sacó la polla de la boca justo a tiempo y me acabó sobre las tetas y el vientre, chorros calientes que me dibujaron una línea desde el cuello hasta el ombligo. Iván se enterró hasta el fondo y se vino adentro con un gruñido que le salió de las tripas, apretándome las caderas hasta clavarme los dedos en la piel. Sentí el calor propagándose por dentro y me estremecí una vez más, todavía con la boca abierta y el pelo pegado a la cara.

Nos quedamos así unos segundos, respirando pesado, los tres apoyados el uno contra el otro. Iván salió despacio. Mateo me limpió el vientre con el dorso de la mano y se rio bajito. Yo me dejé caer entre los dos, con la piel brillando de sudor y de ellos, sin ganas de moverme nunca más.

—Esto no queda acá, ¿verdad? —susurré, con la voz ronca.

Mateo me pasó la mano por el pelo y me besó la sien.

—Esto recién empieza, Camila.

Iván se rio bajito contra mi cuello.

—Llevábamos meses imaginándolo. No vamos a soltarte tan fácil.

Y esa noche, del bar al apartamento, no fue el final de nada. Fue el comienzo de algo que ninguno de los tres iba a querer que se terminara jamás.

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Comentarios(6)

Romi_lectora

Que bueno!!! me encanto de principio a fin

Matias_cba

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termino todo esa noche jaja

SilviaNochera

me recordo algo parecido que me paso una vez, aunque mucho menos interesante jaja. Muy bien escrito!

CuriosaLectora34

fue real o ficcion?? se siente muy autentico como lo contas. Sigue publicando!

DiegoLector_ok

Excelente!! La tension del comienzo esta muy bien lograda, te engancha desde el primer momento

lauri88

increible!!!

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