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Relatos Ardientes

El trío en el hotel con el hincha rival

Siempre me ha gustado provocar. No solo por las fotos, ni por los comentarios, ni siquiera por esa descarga inmediata que da ver un teléfono llenarse de mensajes de hombres calientes. Lo que de verdad me pone es saber que al otro lado hay alguien imaginándome, deseándome, pajeándose con una imagen mía mientras yo decido hasta dónde lo dejo llegar.

Estoy casada, sí, y mi marido lo sabe todo. De hecho, a estas alturas ya no solo lo sabe: participa, lo busca, lo alimenta. Lo que empezó como un juego de fotos, de mensajes y de fantasías contadas en voz baja en la cama, terminó convirtiéndose en una costumbre muy concreta: yo elijo, yo caliento, yo cito, y luego él mira, graba y se traga todo lo que le hago vivir.

Esta vez empezó con una tontería. Yo había subido una foto con la camiseta de mi equipo, ajustada, escote abierto, sonrisa de zorra satisfecha. En menos de una hora tenía decenas de comentarios, pero uno me llamó la atención porque no intentó hacerse el educado. Fue directo.

—Si me plantas delante de ti con esa camiseta, te la arranco y te follo hasta que no puedas hablar.

El tipo, además, era del equipo rival. Eso me hizo gracia. Le respondí por puro morbo, esperando una conversación corta, una más entre tantas. Pero no. Contestó al instante, con decisión, sin parecer desesperado. Me dijo que podía desplazarse sin problema y que no quería seguir perdiendo el tiempo detrás de una pantalla.

Durante varios días hablamos de todo lo que importaba de verdad: qué me gustaba, cómo me gustaba que me trataran, qué le excitaba a él, y, sobre todo, qué tan lejos estaba dispuesto a llegar si mi marido estaba presente. No se asustó. Al contrario. Le excitó aún más saber que yo no iba sola, que el hombre con el que me había casado iba a estar en la habitación viendo cómo otro me abría de piernas.

Mi marido también leyó parte de esos mensajes. Una noche, tumbados en la cama, me pidió el teléfono y se quedó repasándolos en silencio. Yo conocía esa cara: mezcla de nervios, morbo y sumisión. Cuando terminó, me miró con esa necesidad tan suya de que alguien le empujara un poco más allá.

—Quiero verlo todo —me dijo—. Quiero estar ahí cuando te folle.

—¿Solo mirar?

Se humedeció los labios antes de responder.

—Mirar... y obedecer, si se da.

Eso me calentó más de lo que voy a admitir en voz alta. Porque una cosa es fantasear con que tu marido te comparta y otra muy distinta es ver cómo empieza a encontrar placer en quedar por debajo de otro hombre. Yo sabía que ese paso lo excitaba y quería dárselo bien dado, sin medias tintas.

Reservamos un hotel para el fin de semana. Un sitio discreto, bonito, de esos donde nadie hace preguntas si suben y bajan personas distintas mientras se mantenga el tono educado. Viajamos por la tarde. En el coche hubo una tensión deliciosa. Yo iba sin bragas, con la camiseta de fútbol debajo de una chaqueta ligera, y cada vez que mi marido apartaba una mano del volante para acariciarme el muslo notaba cómo le temblaban los dedos.

—Estás húmeda ya —murmuró.

—Y todavía no ha llegado.

En la habitación lo dejé ordenándolo todo como si necesitara una tarea para no venirse abajo. Colocó el móvil, comprobó la batería, dejó una botella de agua en la mesita. Yo me retoqué un poco frente al espejo, me solté el pelo y me miré con la calma de quien sabe perfectamente qué va a pasar.

—No te pongas nervioso —le dije.

—No estoy nervioso.

—Mientes fatal.

Sonrió, pero tenía la mandíbula tensa. Le acaricié la cara y le di un beso corto, casi tierno. Luego lo dejé en la habitación y bajé al vestíbulo.

Lo reconocí en cuanto entró. Alto, ancho de hombros, barba corta, una seguridad tranquila que no necesitaba exhibirse. No era un crío ni un fantasma de internet. Era un hombre hecho y derecho, de esos que llegan sabiendo que han venido a usar el cuerpo de una mujer que ya los desea antes incluso del saludo.

—Así que eras real —le dije.

—Y tú más de lo que esperaba.

Nos dimos dos besos. Su mano me rozó la cintura un segundo más de la cuenta. Cuando subimos al ascensor, me miró de arriba abajo sin disimulo. Yo sostuve la mirada y crucé una pierna delante de la otra, solo para que imaginara mejor lo que no llevaba debajo.

Mi marido abrió la puerta al primer toque. Se saludaron con una naturalidad que siempre me hace gracia. Dos hombres estrechándose la mano como si no fuera evidente que en un rato uno de ellos me iba a tener la polla dentro mientras el otro lo miraba sin poder hacer nada salvo aceptar.

Hablamos un poco, lo justo. Una broma sobre las camisetas, un comentario sobre el viaje, un sorbo de agua. Yo los observaba a los dos y sentía crecer ese calor bajo el ombligo. No quería perder tiempo con cortesías. Esa noche no.

Me puse de pie y me acerqué a ellos.

—Basta de charla. Quiero ver una cosa.

Los dos me miraron. Fui primero hacia mi marido.

—Desnúdate.

No discutió. Se quitó la ropa con esa obediencia cada vez más aprendida que tanto me enciende. Luego me volví hacia el otro.

—Tú también.

Se desabrochó el pantalón sin bajar la vista. Cuando sacó la polla, entendí por qué en las fotos parecía tan exagerada. En persona imponía mucho más. No era solo larga; era gruesa de verdad, pesada, de esas que llenan la mano y obligan a abrir bien la boca y también las piernas.

Me arrodillé entre los dos. Puse una mano en la polla de mi marido y la otra en la del invitado. La diferencia me arrancó una sonrisa lenta, mala.

—Míralas —le dije a mi marido—. Quiero que las mires bien.

Se quedó en silencio. Yo cerré la mano sobre la suya, pequeña y conocida, y luego deslicé los dedos por la otra, sintiendo el grosor, el peso, la vena dura bajo la piel.

—No hay comparación —murmuré—. Esta noche casi no te voy a sentir.

Vi cómo tragó saliva. No apartó los ojos. Eso me gustó. Que se quedara ahí, recibiéndolo.

Sin dejar de mirarlo, saqué la lengua y lamí la punta de la polla grande. Despacio primero, probándolo, notando el sabor de la piel y el leve temblor de respuesta. Luego abrí la boca y la fui metiendo poco a poco, porque no cabía de golpe sin esfuerzo. Sentí cómo me tensaba la mandíbula, cómo me llenaba la lengua, cómo el hombre soltaba el aire por la nariz al verme trabajarla.

Mi marido seguía al lado, quieto, con su polla dura pero ridícula en comparación. Lo agarré también a él, apenas unas pasadas rápidas, solo para mantenerlo excitado y para dejar claro que en esa escena su sitio era secundario.

—Graba —le ordené sin sacar la boca del todo.

Obedeció al instante. El sonido de la cámara me calentó aún más. Empecé a chupar de verdad, usando saliva, mano y garganta. No tenía sentido fingir delicadeza con una polla así. Había que trabajarla. Lamí el tronco, besé los huevos, volví a la punta y me la clavé más hondo hasta notar el amago de arcada. Eso hizo que el otro hombre me sujetara el pelo por detrás y me marcara el ritmo con una firmeza que me encantó.

—Eso es —dijo—. Ábrete bien para mí.

Obedecí encantada. Cada vez que me la sacaba, me caía saliva por la barbilla. Mi marido grababa y, de vez en cuando, se tocaba. Lo veía por el rabillo del ojo, pajeándose con movimientos torpes mientras contemplaba cómo yo me afanaba con una polla que hacía que la suya pareciera la de un adolescente, aunque éramos los tres adultos de sobra y sabíamos exactamente lo que estábamos haciendo.

Al cabo de un rato me puse de pie y me quité la chaqueta. Debajo seguía con la camiseta ajustada y un tanga mínimo. El invitado me la subió hasta por debajo de las tetas y me las apretó por encima de la tela, fuerte. Después me giró hacia mi marido.

—Ven. Si quieres que entre, mójala más.

Esa frase bastó para poner a mi marido en su sitio. Me incliné sobre la cama y él se arrodilló detrás de mí. Apartó el tanga a un lado y me abrió el coño con los dedos. Yo ya estaba mojada, pero aun así empezó a lamerme con ganas, chupando el clítoris, metiendo la lengua, tragándose mis gemidos. El otro hombre, sentado en el borde de la cama, me ofreció la polla de nuevo, y yo fui a por ella como una hambrienta.

La escena me volvió loca: mi boca llena por delante y la lengua de mi marido trabajando por detrás para dejarme lista. Gemía alrededor de la polla, notando cómo me vibraba en la garganta mientras me comían el coño. Entonces el invitado me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Dile a tu marido para qué sirve esta noche.

Saqué la boca un momento, jadeando.

—Para prepararme... para grabar... y para obedecer.

—Buena chica.

Mi marido redobló el esfuerzo al oírlo, como si esa aprobación también le mojara el cerebro. Me corrí la primera vez ahí, con la cara llena de polla y la lengua de mi marido dándome duro. Me temblaron las piernas y tuve que apoyar una mano en el muslo del otro para no venirme abajo.

***

Después me hicieron ponerme a cuatro patas. El invitado se colocó detrás, y mi marido a un lado con el móvil en la mano. Yo moví el culo despacio, provocando, enseñándoles el coño abierto y brillante.

—Quiero que se la pongas tú —le dije a mi marido.

Se quedó inmóvil un segundo, procesándolo.

—¿Yo?

—Sí. Agárrasela y colócala en mi entrada.

Lo hizo. Ver la mano de mi marido envolviendo la polla del otro hombre fue uno de esos momentos que se te quedan grabados para siempre. La sostuvo con cuidado, casi con respeto. Yo eché la cadera hacia atrás, ansiosa. La punta me rozó el coño y sentí al instante la diferencia: era demasiado grande para entrar sin más.

—Aprieta —murmuré.

Mi marido me abrió las nalgas, el otro me sujetó por la cintura y empezó a empujar. La punta cedió despacio, estirándome de una forma brutal. Solté un quejido largo, mezcla de placer y esfuerzo. No me importó. Eso era precisamente lo que había venido a buscar.

—Joder —dije entre dientes—. Métemela.

Empujó más. Me noté abrirme alrededor de ese grosor exagerado, notar cada centímetro, cada avance lento y pesado. Cuando por fin estuvo completamente dentro, me quedé inmóvil unos segundos, respirando hondo, sintiéndome llena como pocas veces.

—Mírala —le dijo el otro a mi marido—. Mira cómo se la traga.

Y entonces empezó a follarme.

Las primeras embestidas fueron medidas, dejándome adaptarme. A la quinta ya no. Me agarró de las caderas y me dio con fuerza, seca, directa, haciendo crujir la cama y sacándome gemidos que ya no podía controlar. Mi marido grababa desde abajo, desde un lado, desde donde pudiera captar mejor cómo esa polla me entraba y salía con el coño chorreando.

—Más fuerte —le pedí.

No necesitó que se lo repitiera. Me dobló sobre la cama, me sujetó por la nuca y empezó a darme como si yo fuera exactamente lo que quería: una mujer casada puesta allí para que él la usara delante del marido. Sentía cada golpe dentro, el choque de sus huevos contra mí, el ruido húmedo de mi coño respondiendo. Yo solo podía gemir, agarrar las sábanas y ofrecerle más culo.

De vez en cuando llamaba a mi marido con un gesto.

—Acércate. Mira cómo le entra.

Mi marido obedecía. Y yo, entre embestida y embestida, buscaba sus ojos para ver esa mezcla de fascinación y derrota que tanto me excita. Saber que me ama y aun así necesita verme así, abierta para otro, me pone de una manera sucia y adictiva.

El invitado me sacó la polla y me hizo girarme. Quedé boca arriba, con las piernas abiertas. Me escupió en el coño sin pedir permiso y volvió a penetrarme de una sola vez. Grité tan alto que luego no me extrañó que alguien golpeara una vez la pared o la puerta, ya no sé cuál de las dos. En ese momento me importaba una mierda el hotel entero.

—Que te oigan —dijo él.

Y me oyeron.

Me folló así un buen rato, cambiando el ángulo, levantándome las piernas, apretándome los muslos contra el pecho. Yo le chupaba los dedos cuando me los metía en la boca, o le pedía agua y volvía a abrirme enseguida. Mi marido no dejaba de masturbarse mientras grababa. Yo se lo veía en la cara: estaba al límite, pero no se atrevía a correrse sin permiso.

En un momento, mientras el otro me daba duro con mis piernas abiertas, alargué una mano hacia mi marido.

—Ven aquí. Quiero probar las dos.

Se acercó de inmediato. Yo me incorporé lo justo para meterme su polla en la boca mientras seguía siendo penetrada. Era una sensación obscena y deliciosa: la polla grande machacándome el coño y la de mi marido entrando y saliendo de mi boca, pequeña, fácil, casi un juguete en comparación. El contraste me calentó tanto que empecé a gemir alrededor de él mientras el otro no aflojaba ni un segundo.

—Eso, cabrón —le dijo el invitado a mi marido—. Mira a tu mujer. Está más loca por esto que por cualquier otra cosa.

Tenía razón. Lo estaba.

Mi marido me acarició la cara y me dijo en voz baja:

—Te amo.

No saqué la boca de su polla. Solo lo miré y luego señalé la otra con la mano.

—Sosténsela.

Y lo hizo. Se puso al lado, agarrando la polla del otro para acercármela a la boca mientras este seguía clavándomela dentro. Ese gesto me rompió la cabeza del gusto. Mi marido sosteniéndome otra polla para que yo la chupara mientras un desconocido me follaba sin contemplaciones. No hay manera elegante de decirlo: me sentí una puta completa, y me encantó.

***

Más tarde me puse encima. Quería sentirla entrar desde arriba, controlar la bajada y a la vez dejarme caer con todo mi peso. Me agarré a sus hombros y empecé a cabalgarlo, despacio al principio, luego cada vez más rápido. La polla me abría y me golpeaba por dentro de una forma que me hacía perder el ritmo de la respiración.

Mi marido se sentó contra el cabecero, desnudo, empalmado, mirando como si le estuvieran proyectando la mejor película de su vida. Yo me incliné hacia él y lo besé con saliva, con gemidos, con el cuerpo del otro aún dentro de mí.

—Tócate —le dije—. Pero no te corras hasta que te lo digan.

Asintió. Yo seguí subiendo y bajando sobre la polla del invitado, que me agarraba el culo con las dos manos y me ayudaba a clavármela más hondo. Cada vez que me hundía del todo, sentía que me temblaban las piernas. Me corrí otra vez así, encima de él, con un orgasmo brusco que me dejó medio doblada sobre su pecho.

Él aprovechó para voltearme y ponerme de rodillas en la orilla de la cama. Mi marido estaba justo enfrente. Me sujetó la barbilla para que lo mirara mientras el otro volvía a entrarme por detrás.

—No apartes la vista de él —me ordenó.

Obedecí. Mi marido me miraba hipnotizado mientras yo recibía cada embestida. Se tocaba despacio, tragando saliva, viendo cómo se me iba la cara de placer. Era humillante para él y excitante para los dos. Yo lo sabía y lo exploté sin ninguna compasión.

—¿Ves? —jadeé—. Así sí me follan. Así.

Le dolió. Y le puso más dura la polla.

Al cabo de un rato, el invitado decidió empujarlo un poco más. Lo llamó con un gesto seco.

—Ven. Métela un momento.

Mi marido casi no reaccionó, como si no creyera haber oído bien. Yo seguía a cuatro patas, abierta, respirando agitada.

—Pero no te corras —añadió el otro—. Ni se te ocurra correrte dentro de ella. Úsala y ya está.

Mi marido se colocó detrás, esperando su turno como quien pide permiso para tocar algo sagrado. Cuando intentó entrar mientras yo seguía abierta y dilatada, apenas sentí su polla. Esa falta de sensación me resultó sucia y excitante al mismo tiempo. Gemí más por la humillación del momento que por el roce real.

—Joder —murmuré—. Después de esta, casi ni te noto.

Lo dije sin dulzura. El invitado se rió y volvió a ocupar su sitio, apartándolo con naturalidad. Mi marido obedeció, colorado y más empalmado todavía.

Eso me terminó de disparar. Me corrí otra vez, de golpe, con el coño apretándose alrededor de la polla grande mientras él me sujetaba de la cintura y me la metía hasta el fondo una y otra vez. Sentí cómo se me mojaban los muslos y cómo él maldecía al notar mi cuerpo reaccionar de esa manera.

—Mira cómo se pone por una polla de verdad —dijo hacia mi marido.

No habría podido negarlo ni aunque hubiera querido.

***

Ya llevábamos mucho rato cuando el ambiente cambió. No porque aflojara, sino porque se volvió más intenso. Más personal. Más sucio. Me tumbó boca arriba y se inclinó sobre mí, besándome con hambre por primera vez en toda la noche. Yo le rodeé la espalda con las piernas mientras seguía entrando y saliendo con un ritmo fuerte, constante, devastador.

Mi marido se había quedado al lado, sentado, exhausto de tanto tocarse y mirar, pero todavía duro. El otro lo miró y sonrió de medio lado.

—Ahora sí. Córrete encima de ella.

Mi marido me buscó los ojos al instante. Seguía necesitando ese permiso mío, y me encantó dárselo.

—Hazlo —le dije—. Quiero verte correrte.

Me incorporé un poco y empecé a pajearlo mientras la otra polla seguía dentro de mí, golpeándome sin descanso. Era dificilísimo coordinarlo todo, pero precisamente eso era lo que tenía de morboso. Mi marido jadeaba, casi al borde del llanto, viendo cómo yo le tocaba mientras otro me follaba como a una muñeca obediente.

No aguantó mucho. Se corrió sobre mi vientre y mis tetas con sacudidas intensas, soltando chorro tras chorro mientras gemía mi nombre. Yo miré esa corrida con una mezcla rara de ternura y desprecio caliente. Había sido bueno, había obedecido, se había ganado ese permiso.

Pero la noche no giraba alrededor de él.

En cuanto terminó, el invitado me agarró de los muslos y aceleró. Se notaba que también estaba cerca. La fuerza de las embestidas cambió, más profunda, más desesperada, más centrada en su propio final. Me abrió más las piernas, hundió la cara en mi cuello y me dijo al oído una frase sucia, brutal, dicha solo para incendiarme en ese último instante.

Yo respondí con un gemido ronco y un sí casi animal. No necesitaba que fuera real para excitarme la idea. Lo que me calentó fue oír esa intención posesiva mientras me tenía completamente abierta debajo de él.

Un segundo después se corrió dentro. Lo sentí clarísimo: el pulso de la polla, el calor espeso descargándose hondo, la forma en que se quedó clavado mientras vaciaba todo sin prisa. Me apreté alrededor de él por puro instinto y me corrí al mismo tiempo, con un orgasmo largo que me dejó temblando y aferrada a su espalda.

Se quedó dentro unos segundos más, respirando fuerte, hasta que por fin salió. Noté el semen deslizándose fuera de mí y eso me arrancó otro escalofrío. Miré a mi marido, todavía con restos de su corrida sobre mí, y le sonreí.

—Ven.

Él ya sabía para qué.

Se arrodilló entre mis piernas sin vacilar y empezó a lamerme el coño, tragándose lo que el otro acababa de dejarme dentro. Lo hizo con concentración, con una obediencia tan completa que casi resultaba obscena por sí sola. Yo le acaricié el pelo, satisfecha, mientras el invitado nos observaba desde un lado de la cama recuperando el aliento.

Se oía claramente cómo mi marido sorbía, cómo lamía, cómo no quería desperdiciar nada. Cuando levantó la cabeza tenía la boca brillante. Yo me incorporé, lo besé en los labios y probé en su lengua lo que acababa de limpiar.

—Muy bien —le susurré.

Ese elogio lo desarmó más que cualquier humillación de la noche.

Nos quedamos un rato tumbados, los tres sudados, satisfechos, en ese silencio espeso que solo llega después de follar de verdad. Mi marido guardó el móvil. El invitado se vistió despacio. Yo fui al baño, me miré en el espejo con el pelo revuelto, las marcas en la piel, la expresión de mujer completamente saciada, y supe que iba a recordar ese fin de semana durante mucho tiempo.

Antes de irse, el hombre me besó una vez más y me dio una palmada suave en la cadera.

—Avísame cuando quieras repetir.

—Lo haré.

Mi marido cerró la puerta y se quedó apoyado en ella unos segundos. Luego vino hacia mí con una sonrisa cansada y devota.

—¿Te gustó?

Me reí.

—Me dejó el coño temblando. Así que imagínate.

Nos metimos en la cama otra vez. Él apoyó la cabeza en mi pecho y yo le acaricié el pelo, todavía sintiendo entre las piernas el recuerdo físico de una polla demasiado grande y de todo lo que habíamos cruzado juntos esa noche. Hay parejas que se rompen cuando el deseo se vuelve incómodo. Nosotros, en cambio, aprendimos a mirarlo de frente.

Y cuando lo hacemos, lo hacemos sin frenos.

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Comentarios(1)

Pako_noche

Que relato!!! me enganche desde la primera linea y no pude soltar. Muy bien

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