Mi regalo bisexual de cumpleaños
Después de mi separación, cuando todavía andaba aprendiendo a dormir solo y a llenar los silencios del departamento sin volverme loco, conocí a Luciana. No fue una historia larga, pero sí lo bastante intensa como para moverme el piso en más de un sentido. Con ella no había rutina: cada cita terminaba en una cama revuelta, en una fantasía improvisada o en una conversación descarada que me dejaba pensando durante días.
Luciana era de esas mujeres que disfrutan mirando cómo reaccionas antes incluso de tocarte. Morena, de cuerpo suave y firme a la vez, con esa sonrisa de «ya sé lo que te pasa por la cabeza» que desarma cualquier defensa. Yo iba a su casa creyendo que pasaría una noche tranquila y siempre acababa descubriendo algo nuevo de ella o de mí.
Una tarde de domingo estábamos tirados en su sofá viendo porno, algo que hacíamos a veces para calentarnos. La película era una más entre tantas, hasta que apareció una escena con dos mujeres besándose, metiéndose mano, abriéndose de piernas una frente a la otra mientras un hombre solo miraba, con la polla dura, esperando su turno. No sé qué me disparó exactamente, pero sentí el golpe del deseo al instante.
Luciana lo notó antes de que yo dijera nada. Me acarició por encima del pantalón, apretó mi erección con la palma y se rio bajito.
—Vaya, eso sí te puso duro de verdad.
—Me ponen las mujeres —contesté en tono de broma, aunque mi voz salió más ronca de lo normal.
Ella no respondió enseguida. Se acomodó a horcajadas sobre mí, me besó con calma y empezó a frotarse contra mi muslo mientras seguíamos oyendo los gemidos de fondo de la pantalla. Terminamos olvidándonos por completo de la película. Le metí la mano por dentro del short, encontré su coño húmedo y caliente, y ella me bajó la bragueta para sacarme la polla.
—Entonces demuéstrame cuánto te ponen —susurró.
Se escupió en los dedos, me rodeó el tronco y empezó a masturbarme con una lentitud calculada, mirándome fijo. Yo le metí dos dedos en el coño y sentí cómo se abría para recibirlos. Se arqueó contra mí, me mordió el cuello y empezó a moverse más rápido, buscando mi mano con desesperación.
—Así, no pares.
Le froté el clítoris mientras ella me acariciaba la polla cada vez con más fuerza. La escena del televisor seguía ahí, dos mujeres lamiéndose sin pudor, y yo no podía apartar la vista. Luciana siguió la dirección de mis ojos y sonrió como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.
Me desabrochó el cinturón del todo, se arrodilló entre mis piernas y me la chupó con hambre. No con delicadeza, sino tragándome media polla, subiendo y bajando la cabeza con ruido húmedo, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla. Yo le agarré el pelo y la guié sin cuidado, empujando un poco más cada vez, y ella respondió gimiendo con mi verga todavía en la boca.
Cuando ya estaba a punto de correrme, se apartó. Subió de nuevo al sofá, se quitó el short y la tanga de una sola vez y me mostró el coño brillante.
—Ven. Fóllame mirando la pantalla.
La penetré ahí mismo, con una pierna de ella colgando del borde del sofá y la otra sobre mi hombro. Entré de una embestida hasta el fondo y soltó un grito corto, feliz, obsceno. Empecé a follármela fuerte, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mi polla mojada mientras ella se tocaba el clítoris y volvía la cara hacia la televisión.
—Así te quería —jadeó—. Míralas y fóllame.
Eso hice. La escena de las dos mujeres me tenía encendido, pero la realidad de su coño tragándome, de sus tetas rebotando con cada embestida y de sus palabras sucias en mi oído me llevó más lejos. Acabó primero ella, con las piernas temblando y el cuerpo duro bajo el mío. Después me hizo salir, me masturbó rápido con ambas manos y me corrí sobre su vientre y sus pechos.
Nos quedamos un rato tirados, sudados, recuperando el aire. La película había dado la vuelta y seguía sonando de fondo. Fue durante la cena, ya más tranquilos, cuando Luciana retomó el tema con la misma naturalidad con la que otros comentan el clima.
—Aquella escena te volvió loco.
—Sí —admití—. Ver a dos mujeres me pone muchísimo.
Ella jugó con el tenedor y me sostuvo la mirada.
—¿Te gustaría verlo en directo?
—¿Un show?
Se rio.
—No. Yo con otra mujer. Para ti.
Se me secó la boca. Mi cumpleaños estaba cerca, pero jamás pensé que aquella conversación fuera en serio. Aun así, la idea me atravesó de inmediato.
—Claro que me gustaría.
—Entonces escucha bien —dijo, inclinándose sobre la mesa—. Te lo regalo con una condición. Si yo te doy esa fantasía, tú me devuelves el favor después. A mí también me gusta mirar a dos hombres. Y no solo mirar.
Me quedé callado unos segundos. Aquello ya no era una simple fantasía lanzada al aire. Era una propuesta real, concreta, sucia. Y también una provocación.
—Nunca he estado con un hombre —le dije al fin—. Ni siquiera sé si podría.
—No te estoy pidiendo una promesa ciega. Te estoy proponiendo una puerta. Tú decides si la cruzas.
Me guiñó un ojo y levantó la copa. Yo choqué la mía con la suya casi por reflejo. En el fondo pensé que probablemente todo quedaría ahí, en charla calentona de domingo. Me equivoqué.
***
El domingo anterior a mi cumpleaños me llamó para invitarme a cenar a su casa. Dijo que tenía listo mi regalo. Fui con una botella de vino, medio excitado y medio incrédulo, convencido de que a lo sumo jugaríamos un poco con el tema y terminaríamos follando como siempre. Pero cuando abrió la puerta entendí que Luciana iba muy en serio.
Llevaba una camisa blanca masculina, una de las mías que yo había dejado alguna vez en su armario. Apenas abotonada, sin nada debajo. A su lado estaba otra mujer, alta, de hombros anchos, piernas fuertes de gimnasio y una seguridad en la mirada que imponía. También vestía una camisa abierta hasta el escote, mostrando la piel suficiente para dejar claro que no llevaba sostén.
—Pasa —dijo Luciana con una sonrisa descarada—. Ella es Mara.
Mara me saludó como si ya supiera exactamente lo que iba a pasar esa noche. Me dio un beso en la mejilla, lento, sosteniéndome un segundo más de lo normal, y me rozó el abdomen con los dedos al apartarse. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para ponerme otra vez duro.
Durante la cena casi no probé bocado. Ellas hablaban conmigo y entre ellas, pero todo el tiempo jugaban. Luciana se abría un poco más la camisa al servir el vino. Mara se humedecía los labios mientras la miraba. Una le daba de probar comida a la otra con los dedos. Yo apenas podía seguir la conversación: estaba pendiente de sus manos, de sus risas, de cómo se tocaban sin prisa delante de mí.
—Estás muy callado —dijo Mara.
—Estoy disfrutando el regalo.
—Todavía ni empezó —respondió, y se llevó a la boca una gota de vino que había quedado en el pulgar de Luciana.
Con eso bastó para romper lo poco de formalidad que quedaba. Luciana se recostó en la silla, separó un poco las piernas y dejó ver el interior de los muslos. Mara se levantó, rodeó la mesa y se puso detrás de ella. Le apartó el cuello de la camisa, le mordió el hombro y deslizó una mano entre sus piernas.
Luciana jadeó sin disimulo. Yo me quedé inmóvil, mirando cómo Mara le metía los dedos por debajo de la tela mientras con la otra mano le apretaba una teta. Mi polla ya empujaba el pantalón con fuerza.
—Míralo —dijo Luciana, mirándome a mí mientras Mara la tocaba—. Está a punto de romperse.
Mara me sostuvo la vista y empezó a frotarle el coño con movimientos lentos, precisos, como quien conoce bien lo que hace. Luciana echó la cabeza hacia atrás, abrió más las piernas y dejó escapar un gemido largo. La tela de la camisa se le separó por completo, mostrando las tetas pesadas moviéndose con su respiración agitada.
—Ven —ordenó Mara.
Me acerqué. Pensé que me haría tocar a Luciana enseguida, pero no. Me hizo quedar de pie frente a ellas, mirando, mientras ella arrodillaba a Luciana junto a la mesa y la besaba con una agresividad deliciosa. Sus bocas chocaban con ruido húmedo, sus lenguas se buscaban, y Luciana ya tenía la camisa tan abierta que parecía llevarla solo para que se la arrancaran.
Mara la empujó un poco hacia atrás, pasó el vino por entre sus pechos y dejó que el líquido resbalara por el centro de su torso hasta perderse entre las piernas.
Luciana no esperó indicaciones. Se inclinó, abrió más las rodillas de Mara y empezó a lamerle el coño por encima de la camisa levantada, primero despacio y luego con auténtica hambre. Mara le agarró el pelo, la obligó a pegar más la cara y soltó una risa entrecortada.
—Así, puta, cómeme bien.
La visión me dejó clavado en el lugar. Luciana le abría el coño con los dedos y le metía la lengua con descaro, saboreándola como si llevara años haciéndolo. Mara tenía el cuerpo tenso, los muslos marcados, la mano hundida en el pelo de mi amante. Cada vez que empujaba su cadera hacia adelante, la boca de Luciana quedaba más enterrada entre sus piernas.
Yo ya me estaba tocando por encima del pantalón cuando Mara me señaló.
—Sácatela. Quiero verte.
Obedecí. Me bajé la cremallera, liberé la polla y empecé a masturbarme sin apartar la vista. Sentí vergüenza apenas un segundo; luego desapareció bajo la excitación. Mara me vio mover la mano y sonrió con auténtico gusto.
—Eso. Pero no te corras todavía.
Luciana seguía chupándola con una entrega feroz. Le oía los ruidos de la lengua y la respiración cortada. Mara empezó a temblar, a apretar más fuerte su cabeza, hasta que explotó con un gemido ronco que le sacudió todo el cuerpo.
Cuando terminó de correrse, tiró suavemente de Luciana para levantarla. Tenía la cara empapada, la boca brillante, los ojos encendidos. Sin decir nada, Mara la llevó hasta el sillón y la hizo sentarse muy al borde, con las piernas bien abiertas.
Entonces vi el coño de Luciana en toda su humedad: hinchado, brillante, abierto. Mara se arrodilló entre sus piernas, le metió un dedo, luego dos, y empezó a abrirla despacio mientras la besaba en el vientre.
—Relájate para mí —le dijo—. Sé buena.
Luciana asintió, respirando fuerte. Mara siguió metiéndole dedos, curvándolos, sacándolos y volviéndolos a hundir hasta la base. La escena tenía algo de control total que me excitó de una forma inesperada. No era solo sexo entre dos mujeres: era dominación, era entrega, era ver a Luciana dejarse manejar por alguien más fuerte y más fría.
—Bésala —me ordenó Mara sin dejar de mover la mano.
Me acerqué al sillón y besé a Luciana. Su boca sabía a vino y a coño. También a la corrida reciente de Mara. La besé más hondo, pasando la lengua por sus labios mientras escuchaba sus gemidos escaparse entre los dos.
—Traga su sabor —dijo Mara—. Quiero que lo disfrutes.
Yo estaba tan duro que me dolía. Mara siguió metiéndole los dedos a Luciana, uno más, luego acomodando la mano con paciencia brutal. No fue un movimiento torpe ni gratuito, sino un trabajo lento de abrirla, escuchar su cuerpo, ver hasta dónde quería llegar. Luciana gemía cada vez más fuerte, con los muslos temblándole, suplicando más sin llegar a decirlo.
—Mírala —me dijo Mara—. Le encanta.
Y era verdad. El coño de Luciana se apretaba y se soltaba alrededor de aquella mano que la llenaba cada vez más. Yo no había visto nunca algo así tan de cerca. Le acaricié el cuello, le chupé un pezón y sentí cómo ella se arqueaba aún más, ofreciendo el cuerpo entero al juego.
—No pares, por favor —jadeó—. No pares.
Mara la folló con la mano durante un largo rato, entrando y saliendo con el puño parcialmente cerrado, manteniendo el ritmo exacto que la volvía loca. El sillón crujía. Luciana gritaba ya sin pudor. Yo me masturbaba al lado, al borde del orgasmo, viendo cómo la otra mujer la llevaba hasta un punto en el que yo nunca la había visto.
—Ahora tú abajo —me dijo de pronto Mara.
No dudé. Me tumbé en la alfombra. Ella se colocó sobre mi cara, apartándose la camisa hacia la cintura y bajándome de golpe la cabeza con una mano. Sentí su coño caliente aplastarse contra mi boca.
—Cómeme y sigue pajeándote. Si te corres sin permiso, paras el juego.
La lamí de inmediato. Mara sabía fuerte, intensa, y además seguía usando la otra mano para follar a Luciana desde arriba. Era una locura: yo tenía el coño de una mujer en la cara, el cuerpo de la otra gimiendo a centímetros, y mi propia mano subiendo y bajando por la polla tensa mientras obedecía órdenes que me excitaban más de lo que habría imaginado.
Mara empezó a moverse sobre mi boca, frotando el clítoris contra mi lengua, guiando la presión con la cadera. Cada vez que yo acertaba el ritmo, me premiaba con un gemido. Cada vez que aflojaba, me apretaba el pelo y me obligaba a volver a meter la cara.
—Así, muy bien. Chúpame bien, cabrón.
Escucharla mandarme de esa manera me puso la cabeza del revés. Luciana, desde el sillón, me miraba con los ojos borrosos de placer, completamente abierta, completamente exhibida. Mara hundía y sacaba la mano de su coño mientras yo le comía el suyo. Aquello ya no era solo mi fantasía de mirar: yo estaba adentro, mezclado en ella, probando el deseo de las dos.
Luciana se corrió primero. Lo sentí en el cambio brusco de sus gemidos, en cómo apretó las piernas y luego volvió a abrirlas de golpe, temblando entera. Mara siguió unos segundos más hasta arrancarle otro orgasmo más corto, más convulso. Después se vino también ella sobre mi boca, restregándose con fuerza hasta dejarme empapado.
Se apartó de mi cara y me hizo levantar. Yo estaba fuera de mí, con la polla roja, húmeda de mi propia mano, latiendo. Luciana seguía medio tumbada en el sillón, jadeante, con la boca entreabierta y el coño enrojecido.
—Ponte encima de ella —ordenó Mara.
Lo hice, apoyando una rodilla a cada lado del cuerpo de Luciana. Mi polla quedó justo sobre su pecho, apuntando a su cara.
—Pajéate sobre ella.
Empecé a masturbarme con movimientos rápidos. Luciana me miraba como si quisiera tragarme entero. Tenía los labios brillantes y una expresión hambrienta que me terminó de romper.
—Y tú —dijo Mara, agarrándole la mandíbula a Luciana—, abre bien la boca. Quiero ver cómo se lo tragas.
Luciana obedeció. Sacó la lengua un poco, me sostuvo la mirada y dijo:
—Córrete para mí.
Eso bastó. Me corrí con una sacudida violenta, soltando chorros espesos sobre su lengua y dentro de su boca abierta. Luciana no apartó la cara. Recibió toda mi corrida y la tragó despacio, sin dejar de mirarme, mientras algunos hilos le resbalaban por la comisura.
Mara sonrió, satisfecha.
—Ahora bésala.
La besé al instante. Sentí el sabor de mi semen mezclado con el de sus jugos y con el de la otra mujer todavía fresco en su lengua. Fue un beso sucio, largo, obsceno, de esos que no se parecen a nada romántico sino al puro placer compartido. Y sin embargo, en medio de toda esa crudeza, había también una intimidad feroz.
Acabamos en la ducha los tres, limpiándonos entre risas cansadas y caricias todavía encendidas. Mara se marchó un rato después, ya vestida, dándole a Luciana un beso lento de despedida y a mí una mirada que parecía una promesa o una advertencia.
Cuando la puerta se cerró, me quedé a solas con Luciana en la cama. Pensé que dormiríamos, pero ella se volvió hacia mí y me acarició la polla, todavía sensible.
—Falta una parte del regalo —susurró.
—¿Todavía más?
—Todavía más honestidad.
Se pegó a mí y me hizo acostarme boca arriba. Se montó sobre mi cintura, volvió a besarme y comenzó a masturbarme despacio, sin buscar ya el espectáculo sino la confesión.
—Dime qué sentiste cuando Mara te mandaba.
Tragué saliva.
—Me excitó.
—¿Y besarme con el sabor de su coño?
—También.
Su mano siguió moviéndose sobre mí. Me estaba poniendo duro otra vez.
—¿Y saber que después me tocará a mí mirarte con otro hombre?
Ahí dudé. No por rechazo, sino por vértigo. Luciana lo notó.
—No tienes que fingir conmigo —dijo—. Si no quieres, no quieres. Pero si una parte de ti tiene curiosidad, admítelo.
Cerré los ojos un instante. Vi la escena de la tarde en el sofá. Vi mi reacción. Vi a Mara dándome órdenes. Vi el placer brutal de dejarme llevar. Y entendí que no era solo una fantasía ajena la que me excitaba. Había algo mío ahí, algo que llevaba tiempo esperando una grieta para salir.
—Tengo curiosidad —admití al fin.
Luciana sonrió como si no esperara otra respuesta. Bajó la cabeza y volvió a chuparme la polla, esta vez más lento, más profundo, dejándome espacio para pensar y para sentir al mismo tiempo. Me la mamó hasta ponerme completamente duro otra vez y luego se sentó encima de mí, guiándome dentro de su coño mojado.
Empezó a cabalgarme con un ritmo constante, usándome para rematar la noche. Cada descenso me hundía en su calor; cada subida me dejaba la polla reluciente un segundo antes de volver a tragármela. Le agarré las caderas y la acompañé desde abajo.
—Dímelo otra vez —jadeó.
—Tengo curiosidad.
—Más claro.
—Quiero probar.
Eso la encendió. Empezó a moverse más rápido, frotándose duro, con el pelo pegado a la cara por el sudor. Yo también perdí el control y empecé a embestir desde abajo, clavándome en ella con fuerza. La habitación se llenó de golpes húmedos, jadeos y esa mezcla de cansancio y excitación salvaje que solo llega después de una noche ya demasiado intensa.
Luciana se corrió otra vez sobre mi polla, apretándome tanto que casi me hace acabar con ella. Se dejó caer sobre mi pecho, me besó y me susurró al oído:
—Entonces la semana que viene me devuelves el regalo.
Le di la vuelta, la puse de espaldas y la penetré una vez más, ahora desde atrás, sujetándola por la cintura. Quería terminar dentro de su cuerpo, con esa confesión todavía vibrando entre nosotros. La follé fuerte, sin hablar, hasta que el orgasmo me subió desde los huevos y me hizo corrérmele dentro con un gemido que salió casi como un gruñido.
Nos quedamos así un rato, yo todavía dentro de ella, ambos respirando agitadamente. Luego se giró, me acarició la cara y soltó una risa baja.
—¿Ves? A veces los mejores regalos no son los que te dan. Son los que te obligan a descubrirte.
Tenía razón. Aquella noche no solo había mirado a dos mujeres follar. No solo me había corrido viendo y participando en una fantasía que me venía calentando desde hacía tiempo. También había reconocido algo que llevaba años enterrado por costumbre, por miedo o por simple falta de oportunidad.
Mi bisexualidad no apareció como una etiqueta elegante ni como una gran revelación dramática. Apareció entre vino, saliva, órdenes, coño, semen y una mujer que supo empujarme exactamente hasta el borde correcto. Y, una vez que la vi de frente, ya no tuve ganas de negarla.