Trío y morbo en el restaurante del centro
Me llamo Nadia, y desde hace años mi esposo y yo compartimos un juego que nos enciende como pocas cosas: exhibirme frente a otros adultos y alimentar ese morbo hasta el límite. No se trata solo de que me miren, sino de sentir cómo esas miradas me desnudan, cómo me abren las piernas sin tocarme, cómo me convierten en el centro de una tensión que acaba explotando. Esa noche salimos con esa idea muy clara, aunque ninguno de los dos imaginó hasta dónde iba a llegar.
Me arreglé despacio, disfrutando cada detalle. Elegí un vestido corto azul, ceñido al cuerpo, sin sostén, con la tela marcándome los pezones cada vez que respiraba hondo. Debajo me puse una tanga blanca mínima, casi simbólica, y unos tacones altos que me levantaban el culo y me obligaban a caminar con una seguridad que ya de por sí calentaba.
Cuando me vio salir del cuarto, mi esposo Darío se quedó callado un segundo y después me agarró de la cintura con fuerza.
—Así no llegamos ni al coche —me dijo al oído, apretándome una nalga.
Yo me reí y le aparté la mano.
—Más tarde. Quiero que me miren así.
Él me recorrió con los ojos de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas y en el escote liso del vestido, donde se notaba que no llevaba nada debajo. En su cara apareció esa expresión que conozco bien, mitad orgullo y mitad hambre. Cuando salimos del departamento, yo ya iba húmeda.
El lugar era un restaurante bar elegante del centro, con luces bajas, madera oscura y mesas lo bastante cercanas para que una mirada sostenida significara algo. Nos ubicaron junto a una zona donde había un grupo de hombres y dos parejas compartiendo tragos. Nada exagerado, solo adultos pasándola bien. Adultos atentos. Adultos con ojos.
Al sentarme, crucé las piernas como una mujer correcta durante los primeros minutos. Pedimos bebidas, picamos algo, y yo fingí seguir la conversación mientras notaba cómo varios me miraban con disimulo. Uno de ellos, un hombre canoso y corpulento en la barra, no apartaba la vista más de lo necesario. Más tarde descubriría que era el dueño.
Darío me rozó la rodilla por debajo de la mesa.
—Ya empezaron.
—Lo sé —le respondí, sin mirarlo.
Deslicé un pie fuera del zapato y lo llevé lentamente por su pantorrilla, pero al mismo tiempo separé un poco las piernas. Solo un poco al principio. El vestido era corto, y desde ciertos ángulos se veía el borde blanco de la tanga. Bastó eso para que dos hombres de la mesa de enfrente cambiaran de postura y buscaran una línea de visión más clara.
Me gustó sentirme observada. Me gustó tanto que abrí un poco más las rodillas, con movimientos lentos, naturales, como si no me diera cuenta. La tela se tensó sobre mis muslos y dejé ver más. Darío casi no hablaba ya; estaba demasiado concentrado en mi juego y en las reacciones alrededor. Yo también.
Uno de los hombres levantó su vaso al descubrir que lo había atrapado mirándome. Yo le sostuve la mirada dos segundos y sonreí. No una sonrisa amable, sino esa que dice sí, sé lo que estás viendo, sigue. El efecto fue inmediato. Se acomodó en la silla y bajó la vista a mi entrepierna sin ningún pudor.
La excitación me subió de golpe. Sentía los pezones duros contra la tela y el coño empapándome la tanga. A esas alturas ya no estaba jugando a sugerir nada; estaba mostrando. Moví la cadera hacia el borde de la silla y abrí bien las piernas un instante, lo justo para que varios vieran claramente la tela pegada a mi sexo mojado.
Darío soltó un jadeo apenas contenido.
—Mierda, Nadia. Estás chorreando.
—Entonces imagina lo que están viendo ellos.
Su mano subió a mi muslo y me apretó fuerte, cerca del borde de la tanga, sin meter los dedos. Solo presionando. Yo tuve que morderme el labio para no gemir. Aquello me ponía al rojo vivo: saber que podía tocarme, pero que prefería dejarme así, exhibida y necesitada, para que otros terminaran de calentarme.
Al cabo de un rato, me levanté para ir al baño. Pasé entre las mesas despacio, sintiendo los ojos clavados en mis piernas, en mi culo ajustado por el vestido, en la línea de mi espalda. Antes de entrar, crucé mirada con el hombre de la barra. Alto, maduro, ancho de hombros, traje oscuro. Sonrió apenas, como si entendiera perfectamente el tipo de noche que estábamos construyendo. Le devolví la sonrisa.
En el baño me miré al espejo y vi una mujer excitada de verdad. Me levanté el vestido, aparté la tanga a un lado y pasé dos dedos por mi coño. Estaba tan húmeda que los saqué brillando. Temblé. Podría haberme corrido ahí mismo, pero en lugar de eso me quité la tanga y la guardé unos segundos en la mano. Después decidí volver con ella.
Cuando regresé, me senté, abrí el bolso bajo la mesa y le pasé la prenda a Darío enrollada en la palma.
Él la reconoció al instante.
—No jodas…
—Ya no la necesito.
Se llevó la tanga a la nariz sin disimulo, cubriéndose apenas con el mantel, y soltó una risa ronca de puro morbo. Yo volví a abrir las piernas, esta vez completamente desnuda debajo del vestido. El aire fresco del salón me rozaba el coño, y la posibilidad de que cualquiera lo viera me hizo palpitar entera.
Las miradas ya no eran tímidas. Unos se inclinaban, otros fingían conversación mientras buscaban el ángulo. Yo veía bultos marcándose bajo varios pantalones. Ver que los estaba poniendo así me excitaba todavía más. No me sentía usada. Me sentía poderosa, provocadora, obscena y libre.
Media hora después, con las piernas húmedas por dentro y la cabeza ardiendo, le dije a Darío que volvía al baño. Esta vez no me acomodé el vestido al levantarme. Caminé dejando que, de frente, se adivinara todo, y de espaldas se me marcaran las nalgas apretadas por la tela. Oí una silla moverse detrás de mí, aunque no volteé.
Entré al baño, respiré hondo y fui a lavarme las manos para ganar un segundo de calma. No la tuve. La puerta se abrió y entró uno de los hombres de la mesa, moreno, barba corta, camisa remangada. Cerró sin echar seguro, como si la urgencia le ganara.
Se me acercó con decisión y me habló pegado a la nuca.
—Andas desesperada por verga, ¿verdad?
No me ofendió. Al contrario. Sentí un escalofrío directo al clítoris. Lo miré por el espejo y no dije que no. Apenas negué con una media sonrisa, pero mi respiración me traicionaba.
Su mano se metió por debajo del vestido y me encontró abierta, caliente, mojada a más no poder. Cuando deslizó los dedos entre mis labios, gemí sin remedio.
—Joder, estás empapada.
—No me hagas esperar.
Me giró de golpe, me alzó el vestido hasta la cintura y sacó la polla. No era enorme, pero sí dura y directa, y me la clavó de una sola embestida. El golpe me arrancó un jadeo salvaje. Me sostuvo por las caderas, me levantó un poco y me sentó sobre el borde de un sanitario cerrado, abriéndome las piernas más de lo que yo sola habría hecho.
Empezó a follarme con hambre, entrando y saliendo con un ritmo brusco, seco, sin preguntas innecesarias. Yo me aferré a sus hombros y le recibía cada embestida con la pelvis, sintiendo cómo su polla me llenaba y me golpeaba por dentro. El sonido húmedo de nuestros cuerpos rebotaba en los azulejos.
—Así querías, puta —me dijo entre dientes.
—Sí… así… fóllame.
Sus dedos bajaron a mi clítoris mientras seguía penetrándome, y esa mezcla me puso al borde enseguida. Me abrí más, dejé caer la cabeza hacia atrás y empecé a correrme sacudiendo las piernas, con espasmos cortos y un gemido ahogado. Él no frenó. Aprovechó mi orgasmo para embestir más fuerte, hasta correrse también dentro de mí con una tensión brusca en la mandíbula y un gruñido bajo.
Se salió y apenas tuve tiempo de enderezarme cuando la puerta volvió a abrirse. Entraron otros dos hombres. Uno alto y delgado, otro más bajo, ancho de pecho, los dos con la misma cara de animal excitado. El primero miró mi vestido subido, las piernas abiertas, el semen aún escurriendo de mi coño, y sonrió sin sorpresa.
—Con razón tardabas tanto —dijo.
Yo debería haber parado aquello si no quisiera. No lo hice. Los miré, jadeando, con las piernas temblorosas, y me limité a separarlas otra vez.
El de pecho ancho se acercó y me besó con fuerza, metiéndome la lengua mientras el otro me agarraba del pelo para hacerme mirar. Me bajaron al suelo del baño, no con violencia cruel, sino con esa urgencia torpe de varios cuerpos queriendo usar el mismo fuego. Quedé sobre mis rodillas y manos, el vestido arremangado sobre la espalda, desnuda salvo por los tacones.
El alto me tomó de la barbilla.
—Abre la boca.
Lo hice. Me sacó la polla y me la metió despacio al principio, dejándome sentir el peso sobre la lengua, y luego más hondo. Mientras yo chupaba, el otro se arrodilló detrás de mí y me abrió las nalgas para lamerme el coño con hambre. El contraste casi me desarma: una polla empujándome la garganta y una lengua dura, insistente, recorriéndome el clítoris y la entrada empapada.
Baboseé la polla del primero mientras el segundo me comía como si quisiera beberse toda mi excitación. Yo gemía alrededor del miembro, tragando saliva, moviendo las caderas hacia esa boca que me hacía perder la cabeza. Cuando por fin me soltaron la cara, giré jadeando y el de atrás me metió dos dedos primero, luego tres, trabajándome el coño abierto y sensible.
—Está blandita de tanto correrse —dijo, riéndose.
—Entonces métemela de una vez —contesté, sin vergüenza.
Me la clavó hasta el fondo. Sentí el golpe en el vientre. Adelante, el otro me volvió a ofrecer la polla, y yo la tomé con la boca mientras recibía las embestidas por detrás. Uno me follaba el coño y el otro me usaba la garganta, alternando caricias bruscas con órdenes cortas. La escena tenía algo de sueño sucio hecho realidad: yo abierta para varios, tragando, gimiendo, chorreando, sin esconder nada.
El que me estaba penetrando cambió de ángulo, me agarró de la cintura y empezó a darme más duro, haciendo sonar mis nalgas contra sus caderas. Sentía su pelvis estrellándose contra mí una y otra vez, y cada golpe me empujaba hacia la polla de mi boca. Se me corría la saliva, las lágrimas me picaban en los ojos, y aun así no quería apartarme.
Saqué la boca para respirar y me corrí otra vez. Esta vez fue un orgasmo más largo, más sucio, con el clítoris latiendo y el coño apretándose alrededor de la polla que me follaba sin piedad. Grité. No me importó si se oía afuera. El hombre de atrás se vació poco después con una serie de embestidas cortas y tensas, metiéndome toda la corrida dentro.
Cuando se salió, el otro me giró y me puso contra la pared. Yo todavía estaba temblando. Me alzó una pierna, me abrió más y me penetró él, entrando rápido en un coño ya hinchado, lleno y resbaloso. La fricción era brutal, deliciosa. Su mano me apretaba el cuello sin asfixiarme, solo marcando dominio, mientras me follaba mirándome a los ojos.
—Mírate —me dijo, obligándome a vernos en el espejo—. Viniste a enseñar el coño y terminaste dejándote usar por todos.
Esa frase me incendió. Me agarré al lavabo, arqueé la espalda y empecé a moverme contra él, buscando más. Cada vez que entraba hasta el fondo me dejaba vacía un segundo y después volvía a llenarme de golpe. Metió la mano entre nosotros y me frotó el clítoris con movimientos rápidos, firmes. Duré poco. Me corrí apretándole la polla con todo el cuerpo, y él se vació enseguida, sacándola al final para eyacular sobre mis muslos y mi vientre.
Quedé inclinada, respirando como si hubiera corrido una carrera, cubierta de sudor, semen y temblores. Los dos salieron casi sin hablar, arreglándose la ropa. Yo intenté bajar el vestido, pero tenía las manos torpes y las piernas flojas.
Entonces entró el hombre de la barra.
Lo reconocí al instante por su presencia. No necesitó preguntar nada. Cerró la puerta, me tomó del brazo con firmeza y me sostuvo cuando notó que casi se me doblaban las rodillas.
—Así que eras tú la que tenía loco a medio local —dijo con una voz grave, tranquila.
Estaba más cerca que antes, y su tamaño imponía de verdad. Debía rondar los cuarenta largos, fuerte, seguro de sí mismo, con ese aire de hombre acostumbrado a mandar. Me levantó la cara y me besó sin prisa al principio, pero con una lengua profunda, invasiva, sabiendo exactamente cómo apropiarse del momento. Yo le abrí la boca enseguida.
Su mano se deslizó por mi muslo y llegó hasta mi sexo. Me encontró completamente abierto, mezclado de fluidos. Hizo un ruido seco de aprobación.
—Te han dejado lista.
—No he terminado.
La respuesta lo hizo sonreír. Me empujó hasta un banco estrecho junto a la pared y me inclinó sobre él. No se apresuró a sacarse la polla; antes metió dos dedos en mi coño y otro en mi culo, tanteando, abriéndome despacio mientras me besaba el cuello. Yo gemí fuerte. Después de todo lo anterior, su mano seguía sintiéndose grande, dura, dominante.
—Relájate —ordenó—. Quiero follarte bien.
Cuando por fin sacó la polla, entendí por qué hablaba así. Era gruesa, pesada, más grande que las anteriores, y solo verla me hizo apretar los muslos por reflejo. La sostuvo contra mi entrada, frotando la cabeza entre mis labios hinchados, mojándola más con todo lo que chorreaba de mí.
—No me va a caber —dije, excitada y nerviosa a la vez.
—Sí te va a caber. Y lo vas a disfrutar.
Empujó despacio al principio, abriéndome de verdad. Sentí la presión brutal de la cabeza entrando, estirándome, y tuve que soltar el aire por la boca. Luego siguió centímetro a centímetro, firme, sin retroceder. Me agarré al borde del banco, notando cómo esa polla me iba llenando más de lo acostumbrado, separándome, haciéndome consciente de cada músculo.
Cuando la tuvo casi toda dentro, me quedé quieta, jadeando. Él me sujetó de la cintura y esperó un segundo. Después empezó a moverse. No eran embestidas descontroladas, sino golpes largos y profundos, de hombre que sabe sostener el ritmo hasta romperte por dentro de placer. Cada vez que salía un poco y volvía a hundirse, yo sentía una mezcla de presión, ardor y gozo que me hacía temblar.
—Joder… sí… así…
—Mira cómo la tragas —dijo, llevándome otra vez hacia el espejo.
Ver su cuerpo grande detrás del mío, su mano agarrándome el pelo, mi vestido arrugado sobre la cintura y esa polla entrando y saliendo de mi coño abierto me disparó otro orgasmo. Esta vez me corrí con un grito roto, casi obsceno, y mis piernas cedieron. Él me sostuvo y aprovechó el espasmo para follarme más fuerte, más rápido, arrancándome pequeños gemidos sin aire.
Luego me giró y me puso de espaldas contra la pared. Me levantó una pierna, penetrándome de nuevo mientras con la otra mano me apretaba una teta por encima del vestido, pellizcándome el pezón. Yo ya no pensaba. Solo recibía. Solo quería más.
—Date la vuelta.
Obedecí. Me inclinó sobre el lavabo, me abrió las nalgas y apoyó la punta en mi culo. Mi cuerpo se tensó al instante.
—Despacio —le pedí—. Si no, me revientas.
No se burló. Me acarició el ano con dos dedos untados en mis propios fluidos, masajeándolo hasta aflojarme. Después empezó a entrar muy poco a poco. La presión fue intensa, casi dolorosa, y se me escapó un quejido. Él se quedó quieto, dejándome adaptarme.
—Respira.
Lo hice. Cuando volvió a empujar, entró más. Otra vez. Otra. Hasta que terminó clavándomela entera. El culo me ardía, pero debajo del ardor crecía un placer oscuro, profundo, distinto. Un placer que me obligó a empujar hacia atrás por pura necesidad.
—Eso es —gruñó—. Ya la quieres toda.
Empezó a darme por el culo con un ritmo firme, contundente, sacándola casi completa para volver a meterla hasta el fondo. Cada embestida me desordenaba la respiración y me hacía chocar contra el lavabo. Bajó una mano a mi coño y me frotó el clítoris con brutal eficacia, usando el hecho de que yo estaba completamente desbordada a su favor.
El dolor se volvió gozo sin que pudiera marcar el instante exacto. Gemía, decía incoherencias, le pedía más y al mismo tiempo le rogaba que no parara. Mi culo se fue abriendo al ritmo de su polla gruesa, y cada vez que me penetraba hasta el fondo me arrancaba un estremecimiento que me recorría de la espalda al vientre.
Me corrí una vez más así, con su mano en mi clítoris y su polla machacándome el culo. Fue un orgasmo animal, casi humillante de tan intenso, porque me dejó sin fuerza, chorreando, contraída, totalmente entregada. Él siguió unos segundos más, gruñendo cada vez más grave, hasta que se vació dentro con una descarga caliente que sentí latir.
Se quedó quieto un instante, respirando fuerte detrás de mí. Luego salió despacio, y sentí cómo el semen empezaba a escurrirme por los muslos. Me miró en el espejo, me dio una nalgada seca y sonrió satisfecho.
—Eres una puta maravilla de mujer —dijo—. Cuando quieras volver, yo invito.
Se fue sin prisa, arreglándose los puños de la camisa. Yo seguí unos segundos apoyada en el lavabo, intentando recomponerme. Entre las piernas me escurría todo: semen del coño, del culo, el exceso de lubricación, el cansancio convertido en calor. Tenía el maquillaje un poco corrido, los labios hinchados y una sonrisa indecente que no podía borrar.
Al rato entró Darío. No hizo preguntas tontas. Solo me vio y entendió. Se acercó, me levantó el vestido un poco y observó el desastre entre mis piernas con una mezcla de orgullo, lujuria y asombro.
—Mierda, Nadia… te dieron hasta cansarse.
—Y todavía me quedan ganas.
Eso bastó. Se sacó la polla allí mismo y me hizo inclinarme otra vez. Con una mano me abrió las nalgas, miró cómo chorreaba, y empezó a frotarse contra mi culo sensible, duro como una piedra.
—Te quiero mía después de todos —murmuró.
Me la fue metiendo poco a poco por detrás, aprovechando que ya estaba abierta y resbalosa. Gemí de inmediato. El cuerpo todavía me temblaba por todo lo anterior, así que cada centímetro se sentía amplificado. Cuando estuvo dentro, me agarró de la cintura y empezó a embestir con rabia contenida, posesivo, usando mi agotamiento y mi excitación en la misma medida.
—Así… así… —le dije, empujando hacia atrás.
Su respiración se volvió áspera. Me folló el culo con ganas, golpeando rápido, y yo me masturbé el clítoris con dos dedos para rematar lo que ya era una noche desbordada. No tardé mucho en correrme otra vez, más breve pero igual de intensa. Mi orgasmo le disparó el suyo. Se hundió hasta el fondo y se vació con un gemido grave, apretándome las caderas con fuerza.
Nos quedamos así unos segundos. Después me ayudó a bajar el vestido y a limpiarme como pudo. Salimos del baño despacio, con cara de nada, aunque yo caminaba notando cada gota escurriéndome por dentro. La mesa del grupo ya estaba vacía. Desde la barra, el dueño alzó una copa en nuestra dirección y nos avisó con un gesto que la cuenta estaba pagada.
No dijimos mucho camino a casa. No hacía falta. Yo iba mirando por la ventana, con las piernas apenas juntas, sintiendo el recuerdo físico de cada polla, de cada mano, de cada mirada. Había salido queriendo provocar desde una mesa. Terminé convertida en la fantasía de un restaurante entero, y en la mía propia.
Esa noche dormí tarde, con el cuerpo molido y la cabeza reviviendo cada escena. Durante días, al moverme de cierta forma, volvía a sentirlo todo: el morbo de abrir las piernas en público, la urgencia del baño, la boca llena, el coño usado, el culo tomado, la mirada satisfecha de mi esposo. Y cada vez que lo recordaba, me mojaba otra vez.
Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en San Nicolás, con fotos reales.