Trío con mi profesora y una compañera
Yo no suelo contar estas cosas, pero aquella tarde se me quedó clavada en la cabeza por lo bien que salió y por lo lejos que decidimos llegar. Todo empezó con las tutorías privadas de Mara, una profesora adulta de letras que tenía fama de estricta, elegante y demasiado segura de sí misma. Yo iba justo en otra materia y una compañera, Lucía, me convenció de pedirle ayuda porque ella ya había pasado por su despacho más de una vez.
La ayuda no tardó en mezclarse con otra cosa. Mara no era una mujer tímida, y a mí me calentaba esa manera de hablar despacio, de corregirme de cerca, de apoyar una mano en mi hombro como si supiera perfectamente el efecto que me hacía. La primera vez que me masturbó bajo la mesa entendí que no quería solo agradecimiento; quería control.
Eso fue lo que empezó a molestarme. Me gustaba follármela, sí, y me ponía muchísimo verla abrir las piernas con esa actitud de mujer que sabe mandar. Pero cada encuentro terminaba igual: ella decidiendo el ritmo, la postura, cuándo podía tocarla y cuándo tenía que quedarme quieto. Después de varias tardes así, quise darle la vuelta.
Lucía fue la primera persona a la que se lo conté. Ella también era adulta, iba a las tutorías por otro motivo y ya había tonteado con Mara delante de mí, sin esconderse demasiado. Una tarde, al salir, me dijo que la profesora la había besado contra una estantería y que todavía seguía pensando en su lengua. Ahí supe que podía pasar algo más grande.
El tercero fue Bruno, un amigo mío con cara de inocente y alma de hijo de puta. Cuando le solté que tenía montado algo con una profesora y una compañera, se rio como un cabrón y me pidió detalles. Se los di casi todos. Le expliqué que Mara me tragaba la polla como si fuera un premio para ella misma, que Lucía se mojaba solo con oírla gemir, y que yo estaba cansado de obedecer.
—Quiero que entres en el momento justo —le dije aquella tarde, sentados en un bar del centro—. Que la pilles casi desnuda y con el móvil en la mano. No hace falta ni enseñar nada a nadie; con que ella crea que puedes hacerlo, bastará.
Bruno levantó las cejas, divertido.
—¿Y después?
—Después te la follas si te apetece. Pero de verdad. Nada de mirar.
Se tomó un trago y soltó una carcajada baja.
—Joder, ahora sí me interesa.
Pasé el resto de la semana pensando en la escena. En la ducha me la imaginaba con una claridad que me ponía la polla dura en segundos: Mara arrodillada, Lucía con las piernas abiertas sobre la mesa, Bruno entrando con esa sonrisa de matón, y yo por fin llevando la situación a donde me diera la gana. Me corrí aquella mañana antes de salir de casa, apretándome la polla con la mano enjabonada mientras fantaseaba con el culo de Mara temblando bajo una embestida que no iba a controlar ella.
Fui al despacho un poco antes de la hora. Me había puesto ropa cómoda y ni siquiera llevaba calzoncillos, porque quería desnudarme rápido. Al entrar, vi sobre un mueble lateral un par de bandejas metálicas llenas de carpetas; pesaban lo suficiente como para armar un escándalo si las tiraba. Sonreí. Ya tenía la señal.
Mara llegó pocos minutos después. Llevaba una falda oscura, una blusa ceñida y ese perfume limpio que siempre me daba ganas de hundir la cara entre sus tetas. Tenía el pelo recogido, el gesto tranquilo y la seguridad de quien cree que domina el terreno.
—Hoy has llegado puntual —dijo, cerrando la puerta detrás de ella.
—No quería perderme mi recompensa.
Sonrió con una malicia suave. Lucía apareció justo después, saludó con naturalidad y se sentó en el borde de la mesa grande del despacho. Ya sabíamos todos que aquella reunión no tenía nada de académica.
—Os prometí un premio si mejorabais —dijo Mara, acercándose primero a Lucía—. Y me gusta cumplir.
La besó sin prisa. Lucía respondió abriéndole la boca con la lengua y agarrándole el culo por encima de la falda. Yo me quedé mirándolas unos segundos, notando cómo se me endurecía la polla al instante. Mara me lanzó una mirada de reojo, como si quisiera recordarme que ella seguía al mando incluso besando a otra.
Se acercó a mí y me frotó el paquete por encima del pantalón. Lo hizo con experiencia, moviendo la mano justo donde más tensión sentía. Yo solté aire por la nariz, conteniéndome. Lucía ya le estaba desabrochando la blusa a ella, y cuando la tela se abrió aparecieron sus tetas, llenas y firmes, sujetas por un sujetador sencillo que no duró ni medio minuto puesto.
—Siéntate —me ordenó Mara.
Lo dijo con ese tono que antes me excitaba por completo. Me senté en una silla frente a ella. Se arrodilló, me bajó el pantalón de un tirón y me sacó la polla dura, pesada, ya húmeda en la punta. Lucía se colocó detrás de Mara, le subió la falda y le apartó la ropa interior hacia un lado. Ver a la profesora con el coño expuesto y a mi compañera metiéndole la mano entre las piernas me puso al límite.
Mara me lamió el glande despacio, mirándome desde abajo. Sabía chupar como una especialista: primero la lengua alrededor de la punta, luego la boca bajando poco a poco, apretando lo justo, dejando saliva de sobra para que cada pasada me hiciera temblar. Yo le agarré el pelo por reflejo, pero enseguida ella me apartó la mano y me clavó los ojos.
—No. Aquí mando yo.
Eso fue lo último que me dijo antes de que todo cambiara.
Lucía ya le había metido dos dedos en el coño y se los sacaba llenos. Luego bajó la cabeza y empezó a comérselo desde atrás, separándole las nalgas con las manos y hundiendo la lengua entre sus labios mojados. Mara soltó un gemido corto sin sacar mi polla de la boca. Yo la veía atragantarse a medias mientras Lucía la lamía, y era un espectáculo brutal: una chupándome, la otra poniéndola a gemir, y yo a punto de activar lo que habíamos preparado.
Empujé con el pie las bandejas metálicas.
El golpe contra el suelo fue seco, fuerte, imposible de ignorar. Mara levantó la cabeza sobresaltada. Lucía se incorporó. Y en ese segundo la puerta se abrió de golpe.
Bruno entró con el móvil en la mano, grabando. Cerró la puerta con el pie y sonrió al ver el cuadro: la profesora de rodillas, la blusa abierta, la falda subida, mi polla fuera y Lucía con la boca brillante de humedad.
—Vaya, vaya —dijo—. Qué clase tan completa.
Mara se puso en pie de golpe, colorada de rabia.
—Apaga eso ahora mismo.
—¿Seguro? —Bruno levantó un poco más el móvil—. Porque bastaría un minuto para que esto corriera por todas partes.
Lucía no dijo nada. Me miró a mí. Yo sostuve la mirada de Mara y por primera vez la vi dudar. No perdió la arrogancia, pero se le notó el cálculo, la velocidad con que entendió que esa tarde ya no iba a decidir sola.
—¿Qué quieres? —preguntó ella al final.
Bruno se acercó despacio, guardó el móvil sin dejar de sonreír y se sacó la polla delante de ella. Ya la tenía medio dura.
—Para empezar, que uses esa boca conmigo.
Mara me miró con una mezcla de furia y excitación que me calentó todavía más. Sabía perfectamente que aquello no era casualidad. Podía haber gritado, haberse largado o darnos una bofetada a todos. En vez de eso, respiró hondo, se arrodilló otra vez y abrió la boca para Bruno.
Ahí empezó de verdad la tarde.
Mientras ella se tragaba la polla de mi amigo, yo levanté a Lucía y la senté sobre la mesa. Le abrí las piernas y me encontré el coño ya empapado. Tenía los labios hinchados, el clítoris duro y una mirada sucia que me pidió más sin hablar. Le metí la lengua de abajo arriba, desde la entrada hasta el clítoris, y ella soltó un jadeo largo, echando la cabeza hacia atrás.
—No pares —me dijo—. Cómeme bien.
Le agarré los muslos y me puse a hacerlo sin prisa, chupándole el clítoris, lamiéndole la entrada, alternando con dos dedos dentro que salían mojados y volvían a entrar más hondo. Lucía se retorcía sobre la madera, empujándome la cara con la pelvis. Cuando bajé un poco más y le pasé la lengua por el culo, abrió todavía más las piernas y soltó un gemido ronco.
—Ahí, cabrón... así.
Le comí el culo un rato, hundiendo la lengua mientras con la mano le frotaba el coño. La noté tensarse. Subí de nuevo al clítoris y se corrió en mi cara, temblando, agarrándome del pelo con fuerza. Me empapó la boca y la barbilla, y yo seguí lamiendo hasta que empezó a suplicarme que bajara la intensidad porque no aguantaba más.
Detrás de mí, Bruno ya estaba follándole la boca a Mara con descaro. Le tenía el pelo recogido en una mano y se la metía hasta la garganta, sacándola llena de saliva. Mara intentaba mantener el control apoyándole las manos en los muslos, pero cada embestida le dejaba un ruido húmedo y obsceno que llenaba el despacho.
—Mírame —le dijo Bruno—. Eso es. Chúpala bien.
Yo me subí a la mesa y Lucía se arrodilló entre mis piernas. Me chupó la polla con ganas, sin pose, como una mujer cachonda de verdad. Bajaba hasta donde podía, tragaba saliva, volvía arriba y me lamía el frenillo con precisión. La verga me latía tanto que tuve que sujetarle la cabeza un segundo para hacerla parar, porque si seguía así me corría ahí mismo.
Mara se apartó tosiendo un poco, con el rimel apenas corrido y la boca brillante. Se giró hacia nosotros y vi su expresión cambiar: seguía enfadada, sí, pero también estaba excitadísima. Tenía las piernas apretadas y el coño mojándole el interior de los muslos.
—Ahora te toca a ti —le dije.
La puse a cuatro patas sobre la alfombra del despacho. Le levanté la falda del todo, le aparté la ropa interior y le vi el coño abierto y húmedo, pidiendo polla. Le pasé la mano por las nalgas y le metí dos dedos de golpe. Mara gimió, bajó la cabeza y empujó hacia atrás.
—Más —dijo entre dientes—. No me tengas así.
Lucía se tumbó boca arriba al lado de ella y se llevó dos dedos al coño, mirándonos mientras se los metía y se los sacaba lentos. Bruno se colocó frente a Mara para que volviera a chuparle. Yo aproveché ese momento para meterle la polla en el coño de una embestida seca.
Mara gritó con la boca ocupada. Le entré hasta el fondo, de una vez, y me quedé un segundo quieto disfrutando de cómo me apretaba por dentro. Estaba caliente, resbaladiza y muy abierta de excitación. Empecé a moverme despacio, marcando el ritmo yo, sosteniéndole las caderas.
—Así no mandas nada —le dije al oído—. Hoy te follamos nosotros.
Su respuesta fue empujar el culo hacia atrás para pedirme más. Aceleré. Cada embestida sacaba un ruido húmedo, espeso, y su coño me ordeñaba la polla como si quisiera dejarme seco. Bruno seguía metiéndosela en la boca, alternando con caricias bruscas en las mejillas, y Lucía se había acercado a besarle una teta, mordiéndole el pezón mientras yo la follaba.
La escena se volvió un caos delicioso de manos, saliva y gemidos. Lucía se puso debajo de Mara, entre sus piernas, y empezó a lamerle el clítoris mientras yo la penetraba. Sentí cómo el coño se contraía alrededor de mi polla y cómo las piernas de la profesora temblaban. Bruno la obligó a tragarle otra vez justo cuando empezó a correrse.
Mara tuvo un orgasmo brutal. Se quedó rígida, luego se le doblaron los brazos y casi cae al suelo. El chorro de humedad me salpicó los huevos y la alfombra. Yo no paré. Seguí follándola mientras se corría, más fuerte cada vez, aprovechando lo sensible que estaba para arrancarle gemidos todavía más sucios.
—Joder... sí... sí... así... —balbuceó cuando Bruno le soltó la boca.
La saqué un momento y le di una palmada en el culo. Luego metí dos dedos lubricados con sus propios fluidos en su ano, primero uno y luego otro. Mara se tensó, pero no se apartó. Al contrario: abrió más las piernas y apoyó la frente en el suelo.
—Despacio al principio —murmuró, casi jadeando.
Lucía sonrió al oírla. Se acercó y le escupió entre las nalgas antes de meterle un dedo más para abrirla un poco. Ver a mi compañera preparándole el culo a la profesora me dio una descarga directa al estómago. Le agarré el pelo a Lucía, la besé con saliva y sabor a coño, y luego volví a centrarme en Mara.
Se la metí en el coño otra vez mientras Lucía seguía jugando con su culo. Noté perfectamente cómo sus dedos se movían al otro lado, cómo ella gemía por la doble sensación, cómo se abría todavía más. Entonces me aparté y miré a Bruno.
—Tu turno ahí atrás.
Bruno no lo dudó. Se escupió la polla, se colocó detrás de Mara y fue empujando la punta contra el ano ya abierto por los dedos de Lucía. La primera entrada fue lenta, tensa. Mara apretó los dientes y soltó un quejido grave, mitad dolor, mitad gusto. Bruno se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse.
—Joder, qué culo —dijo, agarrándole las caderas.
Yo le levanté la cara a Mara para que me mirara y, mientras Bruno empezaba a entrar y salir de su culo con embestidas cortas, le metí la polla otra vez en el coño. Ahí sí perdió del todo la compostura. Se le fue el aire, se le escapó un grito ronco, y empezó a menear la cadera atrapada entre los dos ritmos.
La follamos así un buen rato. Yo delante, en su coño; Bruno detrás, en su culo. Lucía a un lado, besándole la boca cuando podía, chupándole los pezones, frotándose su propio coño con dos dedos mientras nos veía. El despacho olía a sexo, a sudor y a perfume roto. Los golpes de nuestras pelvis contra el cuerpo de Mara retumbaban en las paredes.
—Más fuerte —pidió ella al fin—. No me tratéis con cuidado.
Eso fue lo que quería oír. Apreté sus caderas y empecé a embestirla con ganas de verdad, hundiéndome hasta el fondo y saliendo casi por completo antes de volver a clavarme. Bruno hizo lo mismo atrás, usándola sin piedad. Mara gemía sin filtro, con la saliva cayéndole por la barbilla y las tetas balanceándose en cada golpe.
Lucía se colocó frente a ella y le metió dos dedos en la boca. Mara los chupó sin dejar de recibir polla por delante y por detrás. Era una imagen tan obscena que casi me corro solo de verla. Aguanté mordiendo aire y seguí dándole duro.
Al cabo de unos minutos saqué la polla del coño de Mara y tiré de Lucía hacia el suelo. La tumbé boca arriba, le levanté las piernas y le entré de golpe. Estaba tan mojada que casi resbalé dentro. Soltó una carcajada ahogada que se convirtió enseguida en gemido cuando empecé a follarla a un ritmo rápido, continuo, aprovechando que ya venía encendida desde antes.
—Así, así... no pares —me decía—. Fóllame fuerte.
Le agarré las caderas y me dediqué a clavársela hasta el fondo. Su coño me apretaba una barbaridad. Cada vez que salía, me dejaba la polla cubierta de brillo, y cada vez que entraba le sacaba un jadeo nuevo. Lucía me rodeó con las piernas y me arañó la espalda, acercándome más. Yo bajé la mano y le froté el clítoris mientras la penetraba, y eso la lanzó al borde enseguida.
Detrás, Bruno seguía con Mara. La puso completamente tumbada boca abajo y le cerró un poco las piernas para follarle el culo con más presión. Ella gemía contra la alfombra, con una mano bajo el cuerpo y la otra agarrando la pata de una silla. De vez en cuando levantaba la cabeza para mirarnos a Lucía y a mí mientras yo la reventaba a pollazos en el suelo.
Lucía se corrió primero. Se le tensó el vientre, me apretó con las piernas y se quedó temblando debajo de mí mientras yo seguía dándole unas cuantas embestidas más. No pude aguantar mucho después. Me corrí dentro de su coño con una sacudida profunda, soltando el aire de golpe y dejándome caer un segundo sobre su cuerpo.
Pero la tarde no había terminado.
Nos separamos jadeando. Lucía, aún agitada, se arrodilló al lado de Mara y empezó a masturbarla por delante mientras Bruno le daba por detrás. Yo me acerqué a la profesora, le metí dos dedos en la boca y le dije que los chupara. Obedeció sin apartar el culo de las embestidas. Luego le deslicé esos mismos dedos por el clítoris y la noté otra vez empapada.
—Te gusta que te usen entre todos, ¿verdad? —le solté.
Ella no respondió con palabras. Empujó hacia la mano de Lucía, hacia la polla de Bruno y hacia mis dedos al mismo tiempo. Su cuerpo entero estaba diciendo que sí.
Bruno se corrió en su culo poco después, con varios golpes secos y un gruñido bajo. Se quedó inmóvil un instante, hundido hasta el fondo, y luego salió despacio. Parte de su corrida le resbaló entre las nalgas. Lucía, sin ningún asco, pasó dos dedos por allí y se los enseñó a Mara antes de volvérselos a meter en la boca. La profesora los chupó con los ojos medio cerrados.
Yo ya volvía a tener la polla dura. La recuperación rápida de aquella edad tenía sus ventajas, y ver ese espectáculo me la levantó sin esfuerzo. Hice que Mara se diera la vuelta y la senté en una silla. Lucía se agachó entre sus piernas para comerle el coño otra vez mientras yo me acercaba por delante con la polla en la mano.
Mara abrió la boca sola esta vez. Me la chupó con más hambre que al principio, como si después de todo ya no quedara rastro de orgullo, solo ganas. Le empujé la cabeza con suavidad primero y luego con más autoridad, marcándole el ritmo. Lucía seguía lamiéndole el clítoris y metiéndole la lengua, así que Mara gemía con mi polla dentro de la boca y el sonido me vibraba en el glande.
No duré mucho así. Saqué la verga, le di un par de pasadas por la cara y me corrí sobre su boca abierta y su barbilla, dejándole la leche en los labios. Ella cerró los ojos, respiró hondo y se limpió con los dedos antes de chupárselos despacio. Verla hacerlo me dejó vacío y satisfecho.
Nos quedamos los cuatro tirados por el despacho, recuperando el aliento. La luz de la tarde ya casi se había ido y solo quedaba la lámpara del escritorio encendida. Mara se recolocó la blusa sin mucha prisa, aunque todavía tenía la falda torcida y la cara de haber sido follada de todas las maneras posibles.
—Erais unos cabrones —dijo al fin, mirándome a mí primero y luego a Bruno.
—Sí —contesté—. Pero no parece que lo hayas pasado mal.
Lucía soltó una risa corta y apoyó la cabeza en mi hombro. Bruno se encogió de hombros, satisfecho como un animal bien alimentado. Mara nos observó unos segundos y acabó sonriendo con una mezcla de cansancio y descaro.
—La próxima vez —dijo— no me montéis teatro. Llamad y ya está.
Nos miramos los tres y nos reímos. Lo mejor no fue solo habérsela devuelto a su manera; lo mejor fue descubrir que, debajo de todo ese afán de control, a Mara le excitaba tanto como a nosotros perderlo por una tarde entera.
Cuando salimos del edificio ya era de noche. Yo todavía llevaba en la piel el olor de las tres, la polla medio sensible y esa sensación de haber cruzado una línea de la que no pensaba volver. Y supe, sin necesidad de decirlo, que aquel despacho iba a quedarse pequeño para todo lo que todavía nos quedaba por hacer.
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