Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El capricho de mi esposa en un club privado

Volvemos a contar juntos otra de nuestras aventuras, aunque esta vez conviene decir desde el principio que todo lo que pasó fue idea de ella. Mi esposa, Vera, tiene una forma de mirar que ya me avisa cuando se le ha metido una fantasía en la cabeza. No necesita explicarla mucho: le basta sonreír, cruzar las piernas despacio y esperar a que yo pregunte.

Esa noche, en casa, me dijo lo que quería con una tranquilidad que me puso duro al instante. Quería exhibirse en un club privado de la costa, subir a un escenario, dejar que la miraran hombres desconocidos y ver hasta dónde llegaba todo si el ambiente y las personas le gustaban. Entre nosotros existe una regla muy simple: nada se hace a escondidas, pero casi todo se puede probar si los dos lo deseamos de verdad.

Me tocó a mí moverlo todo. Cambié nombres, lugares, condiciones, pregunté discretamente y terminé encontrando un local a las afueras de una ciudad turística del Mediterráneo. No era un antro cualquiera. Era un club elegante, caro, con reservados, clientes extranjeros y un encargado que no perdía el tiempo con tonterías.

Se llamaba Mílan, un tipo alto, de barba muy cuidada y ojos fríos, de esos que parecen estar evaluándolo todo mientras sonríen apenas. Le hablé de mi esposa, de su gusto por exhibirse, de su seguridad, de lo directa que podía llegar a ser cuando se excitaba. Él escuchó sin interrumpirme y luego me soltó la verdad sin adornos.

—Aquí no basta con bailar y enseñar las tetas —me dijo—. Mis clientes pagan por intensidad. Pagan por ver deseo de verdad. Si tu mujer viene, tiene que entenderlo.

—¿Te refieres a sexo? —pregunté.

—Me refiero a que nadie viene aquí a aburrirse.

Volví a casa con esa frase dándome vueltas en la cabeza. Cuando se lo conté a Vera no pareció asustarse; al contrario, vi cómo se le endurecían los pezones bajo la camiseta antes de que siquiera me contestara. Se acercó, me desabrochó el pantalón y me sacó la polla con esa calma suya que siempre me vuelve loco.

—Llámalo ahora —me ordenó—. Y cierra el trato.

Su boca me envolvió justo cuando marqué el número. Chupaba despacio al principio, con la lengua rodeando el glande, empapándolo mientras me miraba desde abajo. Yo apenas podía hablar sin jadear. Mílan contestó y empezó a repetir las condiciones del club mientras mi esposa me tragaba media polla y me masajeaba los huevos con una mano.

—Quiero verla antes —dijo él al otro lado—. Una videollamada. Quiero saber si de verdad tiene lo que hace falta.

Vera se apartó de mi cuerpo solo lo justo para sonreír. Se quitó la ropa delante de mí sin ninguna prisa: primero la camiseta, luego el sujetador, dejando los pechos libres, pesados y tensos; después bajó la falda y la ropa interior hasta los tobillos. Cuando quedó desnuda, me indicó con un gesto que colocara la cámara frente al sofá.

La pantalla se encendió y apareció Mílan en su despacho, perfectamente vestido, con una copa en la mano. Su mirada cambió apenas la vio abrir las piernas. Vera se sentó despacio, echó la espalda hacia atrás y se acarició las tetas mientras separaba más los muslos para enseñarse entera.

—Así que tú eres la esposa atrevida —dijo él.

—Depende de quién mire —respondió ella.

Su mano bajó desde el pecho hasta el vientre y luego al coño. Se acarició los labios despacio, abriéndolos con dos dedos para mostrar la humedad que empezaba a asomar. Yo acerqué la cámara más, siguiendo sus indicaciones mudas. A Vera le encanta saberse observada. Se le nota en la respiración, en cómo se muerde el labio, en el modo en que ofrece el cuerpo como si provocara a propósito.

—Más —pidió Mílan.

Ella se giró en el sofá, se puso a cuatro patas y me pidió que la enfocara de cerca. Separó las nalgas con las manos y mostró el culo depilado, limpio, apretado. Luego se chupó un dedo y se lo metió en el ano muy despacio, mirándolo a la cámara con una sonrisa descarada. Lo sacó, volvió a meterlo, girándolo dentro, y dejó escapar un gemido grave que me hizo apretar la mandíbula.

—Buen culo —dijo él—. ¿También sabe usar la boca mientras se toca?

Vera ni respondió. Se acercó a mí, me sentó en el borde del sofá y se tragó mi polla de golpe, hasta donde le dio la garganta. Mientras me mamaba, seguía metiéndose el dedo en el culo con una mano y con la otra se frotaba el clítoris. La mezcla de verla así, desnuda, abierta, tragándome y ofreciéndose a un desconocido por la cámara, me estaba volviendo loco.

—Joder —murmuré sin poder evitarlo.

Ella soltó mi polla con un hilo de saliva cayéndole por la barbilla. Luego se subió encima de mí, agarró mi verga con la mano y la frotó entre sus labios empapados, enseñando el movimiento a la cámara antes de dejarse caer. Mi polla desapareció dentro de su coño con un sonido húmedo y claro. Vera echó la cabeza atrás y empezó a follarme a sentadas, subiendo y bajando sin quitar la vista de la pantalla.

—¿Te gusta verme así? —preguntó—. ¿Te gusta ver cómo me la meto sola?

Yo le agarraba la cintura mientras ella se abría las tetas con las manos, las apretaba, se pellizcaba los pezones y se clavaba más en mi polla. Cada bajada era más brusca. Cada vez que subía, mi verga salía brillando de sus jugos antes de volver a desaparecer hasta el fondo.

—Enséñame el culo con la polla dentro —pidió Mílan, ya sin tono profesional.

Vera sonrió, se bajó de mí y se giró. Se volvió a montar, esta vez dándome la espalda, y empezó a rebotar con las piernas abiertas para que la cámara captara mi polla entrando y saliendo de su coño. Yo le puse una mano en la espalda y la otra en una nalga, abriéndola un poco más. Ella se tocó el clítoris mientras me cabalgaba y entonces supe que estaba a punto de correrse.

—No pares —me dijo a mí—. Fóllame así.

La sujeté de las caderas y empecé a embestir desde abajo con fuerza. Vera gimió, se llevó dos dedos al culo y se los metió hasta los nudillos mientras seguía tragándose mis embestidas. Del otro lado de la pantalla, Mílan respiraba cada vez más fuerte.

—Venid el viernes —dijo por fin—. Quiero verla en mi club.

Vera se corrió casi en ese mismo momento. Le temblaron las piernas, apretó el coño alrededor de mi polla y soltó un gemido ronco, largo, mientras seguía metiéndose los dedos en el culo. Yo no tardé mucho más. Me vine dentro de ella y nos quedamos inmóviles unos segundos, los dos jadeando frente a la cámara, con la decisión ya tomada.

***

Dos días después llegamos al apartamento que el club nos había reservado cerca de la costa. Tenía terraza, vistas al mar y el tipo de lujo discreto que sirve para que uno entienda que allí se mueve mucho dinero. Mílan pasó a recibirnos antes de la apertura y se comportó como un anfitrión impecable, aunque no dejaba de mirar a Vera con hambre contenida.

Ella se preparó con una dedicación que me excitó casi tanto como la propia idea del club. Se duchó, se depiló de nuevo aunque no lo necesitaba, se maquilló con cuidado y salió del dormitorio con un vestido negro mínimo, pegado, con la espalda descubierta y un escote que apenas sujetaba sus pechos. No llevaba bragas. Eso me lo susurró al oído mientras me dejaba ponerle una mano en el culo antes de salir.

El club era mucho más refinado de lo que imaginaba: barra larga, luces bajas, mesas separadas, reservados con cortinas de terciopelo y un escenario central con un sofá redondo. En cuanto Vera entró, varias miradas se clavaron en ella. La vi crecerse de inmediato. Hay mujeres que se incomodan con la atención; a mi esposa la enciende.

Una de las bailarinas la llevó al camerino. Yo me quedé fuera con una copa y con el corazón golpeándome el pecho. Mílan se me acercó y me dijo que la primera salida sería con otra mujer del club para ayudarla a soltarse. No me pidió permiso. En el fondo sabía que no hacía falta.

La otra mujer se llamaba Nadia. Morena, de unos cuarenta, curvas firmes, mirada intensa. Cuando se abrió el telón y las vi aparecer juntas, comprendí por qué Mílan la había elegido. Nadia tenía experiencia, seguridad y una forma de tocar que convertía todo en un espectáculo sin parecer ensayado.

Empezaron pegadas, moviendo las caderas al ritmo de una música lenta. Nadia besó a Vera en la comisura de la boca y luego directamente en los labios. Mi esposa respondió sin vacilar. Al segundo beso ya estaban comiéndose la boca con hambre, apretándose los cuerpos mientras el público guardaba un silencio tenso, de esos que solo se rompen con respiraciones más pesadas.

Nadia llevó las manos a los pechos de Vera y se los desnudó bajándole el vestido hasta la cintura. Los pezones de mi esposa estaban duros, brillando bajo la luz suave. Ella se los acarició para exhibirse más todavía, y luego fue ella quien tiró de la ropa de Nadia, descubriéndole las tetas y agarrándolas con una mezcla de curiosidad y deseo que no fingía.

No tardaron en desnudarse del todo. Vera quedó de pie, completamente desnuda, con una mano en el pecho de Nadia y la otra entre sus piernas. Nadia la giró de espaldas al público, abrió sus muslos y metió la mano entre ellos para acariciarle el coño desde atrás. Vi a Vera doblar un poco las rodillas cuando los dedos encontraron el clítoris.

—Mírala —oí murmurar a un hombre a mi lado.

Y yo no podía apartar la vista. Nadia le lamía el cuello a Vera mientras le metía dos dedos en el coño, sacándolos lentamente para volver a hundirlos con ritmo. Mi esposa abrió la boca, jadeó y se frotó las tetas mientras dejaba que todo el salón la viera siendo manoseada. Después se giró y respondió metiendo su mano entre las piernas de Nadia, acariciándola por encima de una tira mínima de tela antes de apartarla.

Cuando Vera se arrodilló frente a ella, el club entero se volvió un único ruido bajo. Le abrió las piernas a Nadia y le pasó la lengua desde abajo hasta el clítoris, despacio primero, luego con más hambre. La otra mujer se agarró al respaldo del sofá y echó la cabeza hacia atrás. Mi esposa la lamía de verdad, sin pose, hundiendo la lengua y chupándole el clítoris mientras dos dedos le abrían el coño mejor para saborearlo todo.

Nadia la llevó hasta el sofá redondo y se tumbó con las piernas abiertas. Vera se colocó entre ellas y siguió comiéndosela con una entrega que me dejó duro hasta el dolor. Movía la cabeza con decisión, alternando lengua y labios, chupando, lamiendo, metiendo un dedo y luego dos. La otra acabó corriéndose con las caderas temblando y un gemido ronco que se escuchó por encima de la música.

Los aplausos cayeron enseguida, junto con billetes sobre el escenario. Vera se levantó con la boca brillante, besó a Nadia de nuevo y ambas desaparecieron tras la cortina. Yo tardé varios segundos en recordar cómo se respiraba normalmente.

***

Mílan regresó con una propuesta directa: una sesión privada para dos clientes y la posibilidad de que yo lo viera todo desde un cristal oculto. El dinero era obsceno, pero a esas alturas el dinero era lo de menos. Quise confirmar con Vera. Cuando entré al camerino, la encontré besándose con Nadia contra la pared, una mano de cada una metida entre las piernas de la otra.

Se apartaron solo lo justo para mirarme. Vera tenía las mejillas rojas y los labios hinchados.

—Quiero seguir —me dijo—. Quiero ver qué pasa ahí dentro.

La sala privada era roja, amplia y silenciosa, con una cama redonda en el centro y sofás alrededor. Desde una habitación contigua, tras un espejo, yo podía verlo todo. Entraron dos parejas maduras, elegantes, de esas que no necesitan disimular su dinero. No parecían nerviosos; parecían acostumbrados a pagar por caprichos muy concretos.

Vera y Nadia aparecieron con lencería mínima, apenas dos piezas que tapaban lo imprescindible. Se acercaron a las parejas, bailaron unos segundos y enseguida empezaron a besarse y tocarse otra vez. No hizo falta más. Una de las mujeres se desabrochó la blusa; uno de los hombres se sacó la polla. El reservado se convirtió en otra cosa en menos de un minuto.

Vi a Vera acercarse a una de las mujeres primero, besarla, meterle la mano entre las piernas y luego dejar que el marido de esa mujer le acariciara el culo. Nadia, mientras tanto, estaba de rodillas mamándosela al otro hombre, con una habilidad obscena. Todo era rápido, consentido y sin la menor vergüenza.

Uno de los hombres puso a Vera a cuatro patas sobre la cama. Le abrió las nalgas y le escupió en el culo antes de empezar a meterle un dedo, luego dos. Mi esposa gimió y empujó hacia atrás, pidiendo más con el cuerpo. Una de las mujeres se colocó delante de ella y le ofreció el coño. Vera no dudó: empezó a lamerla mientras seguían preparándole el culo desde atrás.

La escena me dejó clavado. Mi esposa comiéndole el coño a una desconocida, gimiendo con dos dedos en el culo, expuesta ante todos como si llevara años deseándolo. La mujer de delante se corría en su boca mientras el hombre de atrás le sacaba los dedos y le frotaba la punta de la polla por la entrada del ano.

—Mírala bien —susurró una voz a mi espalda.

Me giré y vi a una chica del club que había entrado sin que la oyera. Se llamaba Irina, rubia, pechos generosos, cara tranquila y una seguridad casi insolente. Se acercó a mí, me bajó la cremallera y me sacó la polla ya dura.

—Tu esposa está disfrutando muchísimo —dijo—. No te quedes solo mirando.

Me la mamó despacio, con una mano en la base y la otra acariciándome los huevos. Yo seguía mirando a través del cristal. Vi cómo al fin el hombre de atrás le metía a Vera la polla en el culo. Entró poco a poco al principio, porque era gruesa, pero una vez pasó la punta ella misma empujó hacia atrás, ansiosa, mientras seguía lamiendo el coño de la otra mujer.

Le vi la cara cuando la polla quedó enterrada entera. Abrió la boca, dejó escapar un gemido sucio y empezó a mover las caderas. El hombre la folló anal con embestidas lentas al principio, luego más fuertes. Cada golpe le hacía balancearse la espalda mientras la mujer de delante le frotaba el clítoris con dos dedos mojados.

Irina dejó de chupármela, se giró y me ofreció el culo. Le bajé el tanga y le separé las nalgas. El ano estaba depilado, pequeño y cerrado. Escupí en la entrada, la acaricié con la punta y fui entrando muy despacio. Ella apoyó las manos en el cristal y dejó caer la cabeza hacia un lado.

—Métemela toda —me pidió en voz baja.

La fui follando mientras miraba a Vera ser follada a su vez. Mi esposa ya no solo recibía por el culo. Uno de los hombres se había colocado delante y le metía la polla en la boca entre embestida y embestida del otro. Nadia estaba a un lado, abierta de piernas, dejándose comer el coño por una de las clientas mientras se masturbaba mirando a Vera.

La habitación era un caos de bocas, culos, coño, pollas y manos. Una de las mujeres acabó tumbada y Vera se colocó sobre su cara, sentándose casi en su boca para que la alabara con la lengua mientras el hombre seguía clavándosela por detrás. Cada vez que él salía un poco, el culo de Vera se abría húmedo y brillante antes de tragárselo otra vez.

Yo empecé a follar a Irina con más fuerza, agarrándola de las caderas. Ella gemía contra el cristal y se frotaba el coño con dos dedos mientras yo la abría el culo a embestidas. Ver a mi esposa así, convertida en el centro de una orgía elegante y salvaje, me sacó toda contención.

Dentro, Vera cambió de posición. Se tumbó boca arriba y uno de los hombres le abrió las piernas para meterle la polla en el coño mientras el otro la seguía preparando el culo con los dedos. La mujer que antes le había ofrecido el sexo ahora le metía los dedos en la boca para que los chupara, empapados de sus propios jugos. Nadia se montó sobre su cara y Vera empezó a lamerla otra vez, atrapada entre piernas femeninas mientras una polla la follaba.

La escena subió todavía más cuando el hombre del coño cambió al culo. Sujetó la polla con la mano, la colocó en la entrada anal ya abierta y empujó con firmeza hasta metérsela entera. Vera gritó, no de dolor, sino de puro exceso, y se arqueó tanto que casi levantó a Nadia de su cara. La otra mujer siguió frotándole el clítoris sin piedad.

Yo ya estaba al límite. Saqué la polla del culo de Irina y se la metí en la boca. Ella se la tragó hasta el fondo, mirándome mientras se masturbaba. Me corrí dentro de su garganta con varias sacudidas, y aun así seguí mirando el reservado.

Vera se corrió poco después. Lo supe por cómo se le tensaron los muslos, por cómo se cerró alrededor de los dedos que le trabajaban el clítoris, por ese temblor que le recorre el vientre cuando pierde el control. El hombre que la tenía por detrás siguió un poco más y se vació dentro de su culo. Vi salir parte de la corrida cuando la sacó, resbalándole entre las nalgas.

***

Creí que la noche terminaría ahí, pero aún faltaba lo mejor. Irina me agarró de la mano y me llevó directamente al reservado. Nadie se sorprendió al vernos entrar. El sexo ya había borrado cualquier distancia. Vera estaba tumbada junto a Nadia, besándola despacio ahora, como si después de tanta brutalidad necesitara saborearla con calma.

Me acerqué y mi esposa me miró con esos ojos turbios que pone después de correrse fuerte. Me besó. Le supe a sudor, saliva, semen y perfume caro. Me excitó más de lo que habría creído posible.

Nadia se colocó entre las piernas de Vera y volvió a abrirlas. Empezó a comerle el coño con una lentitud exquisita, como si quisiera alargarlo todo. Su lengua se hundía entre los labios, luego subía al clítoris y se quedaba allí con círculos pequeños y firmes. Vera me agarró de la muñeca y me llevó la mano al pecho. Quería que la tocara mientras la otra la lamía.

Irina se subió sobre mí y me metió la polla en su coño de un solo descenso. Estaba empapada. Empezó a cabalgarme mirando cómo Nadia le abría el coño a mi esposa con la lengua. Yo le agarré las tetas y luego la cadera, ayudándola a clavarse más. Pero mis ojos seguían yéndose a Vera.

Nadia le metió dos dedos en el coño y uno en el culo al mismo tiempo. Vera abrió más las piernas y gimió mi nombre. La otra mujer la conocía ya lo suficiente como para jugar con su cuerpo con una mezcla perfecta de delicadeza y mala leche. La besaba por dentro con la lengua y luego le golpeaba el clítoris con la punta rápida, arrancándole espasmos.

—Ven aquí —le dijo Vera a Nadia, tirando de su pelo.

La morena subió y se besaron con una profundidad obscena. Vera aprovechó para darle la vuelta y ponerla boca arriba. Le abrió las piernas y se puso a lamerla ahora ella, con ansia renovada, como si todavía no hubiera tenido suficiente de su sabor. Le pasaba la lengua del coño al culo y vuelta al clítoris, chupando y gimiendo contra su carne.

Irina seguía subiendo y bajando sobre mí, frotándose el clítoris con la palma mientras yo le empujaba desde abajo. Le metí dos dedos en el culo y ella se estremeció sin dejar de moverse. La vista de las dos mujeres sobre la cama me tenía a punto otra vez.

Entonces apareció Mílan. No con prisas, no imponiéndose, sino como quien entra en un cuarto al que pertenece. Se acercó a Vera, le acarició la espalda y le dijo al oído:

—Ahora te quiero para mí también.

Mi esposa lo miró, luego me miró a mí. En nuestras reglas siempre ha sido así: una mirada basta. Asentí.

Mílan se desabrochó el pantalón y sacó una polla gruesa, dura, brillante de ganas. Vera se tumbó boca arriba y abrió las piernas sin apartar la vista de él. Nadia se colocó a su lado para besarla y morderle un pezón mientras él le frotaba la punta entre los labios del coño.

La penetró despacio, centímetro a centímetro, dejándola sentir el grosor. Vera apretó los dientes al principio y luego soltó el aire cuando la tuvo dentro entera. Mílan no empezó a follarla enseguida. Se quedó quieto unos segundos, mirándola, disfrutando de verla llena. Después empezó con embestidas cortas, hondas, firmes.

Nadia se bajó entre sus piernas y le lamió el clítoris mientras Mílan se la clavaba. Vera se arqueó sobre la cama, atrapada entre la polla de uno y la boca de la otra. Yo, debajo de Irina, ya estaba empujando con furia también. La habitación entera se había reducido a un ritmo común de jadeos, carne golpeando carne y órdenes murmulladas.

Mílan sacó la polla del coño de Vera y se la llevó al culo. La entrada estaba trabajada de antes, abierta y húmeda. La fue empujando con paciencia, disfrutando cómo mi esposa respiraba hondo y se relajaba para recibirlo. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, le dio una nalgada seca y empezó a follarla anal con más fuerza que antes.

Vera gritó y buscó la boca de Nadia para tragarse el gemido. La otra mujer seguía acariciándole el coño con dos dedos, manteniéndola al borde mientras la polla de Mílan le abría el culo una y otra vez. Yo veía su cara desencajada de placer, la saliva en la comisura de los labios, los pechos balanceándose con cada embestida.

Irina se inclinó sobre mí para besarme y yo aproveché para ponerla a cuatro patas en la alfombra. Le metí la polla de nuevo en el coño y la follé mirándolos a ellos. Mi esposa, debajo de Mílan, estaba completamente entregada. Nadia le chupaba el coño con avidez, recogiéndole los jugos que le corrían por los muslos mientras él la taladraba por detrás.

—Me voy a correr —dijo Vera con voz rota.

—Hazlo —le respondió Mílan, sin aflojar.

Y se corrió de una forma brutal. Le tembló todo el cuerpo, cerró las piernas sobre la cabeza de Nadia y se agarró a las sábanas con tal fuerza que se le marcaron los nudillos. El orgasmo le sacudió el vientre y el culo, apretando la polla de Mílan dentro. Él gruñó y siguió unas cuantas embestidas más antes de vaciarse en su interior.

Yo me vine casi al mismo tiempo dentro de Irina, enterrado hasta el fondo en su coño. Ella siguió moviendo las caderas hasta exprimir las últimas sacudidas de mi polla. Cuando al fin paramos, la habitación quedó llena de respiraciones pesadas y cuerpos brillantes de sudor.

Vera seguía abierta sobre la cama, con Nadia abrazada a un costado y Mílan aún cerca de su culo, del que empezaba a deslizarse la corrida espesa. Me acerqué, la besé despacio y le aparté el pelo pegado a la frente. Sonrió con esa expresión satisfecha que solo le he visto después de las noches que realmente cumplen una fantasía completa.

Más tarde hubo ducha, silencio y una cena tardía con copas caras, como si todos supiéramos comportarnos después de habernos visto en los rincones más sucios del deseo. Para nosotros fue solo el principio. Aquel capricho de mi esposa dejó de ser un juego en cuanto cruzamos la puerta del club. Lo que descubrimos allí fue otra forma de excitarnos juntos: mirarla ofrecerse, verla disfrutar de verdad y comprobar que, cuando se siente libre, es capaz de llevar el placer mucho más lejos de lo que yo mismo imaginaba.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(3)

GabrielMR

que buen relato, me enganche de principio a fin!!!

SantiMdz

Por favor seguí con esto, la historia da para mucho mas. Quedé con ganas de saber cómo siguió todo

Marcos_76

Me recordo a un viaje que hice con mi pareja hace unos años... no llegamos a tanto pero esa tension que describis se siente muy real jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.