Espié a mi vecina y acabé metido en un trío con su novia
Vivo en un sexto de una finca vieja del centro de Valencia, uno de esos pisos reformados que antes eran caserones de doscientos metros y que ahora los promotores han troceado en mini viviendas de cuarenta. La ventaja, y también el vicio, son las ventanas grandes que dan al patio interior. Menos de diez metros me separan de las ventanas de enfrente. Todos los vecinos vivimos con las persianas subidas en agosto, sudando, y sin querer aprendemos las rutinas de los demás.
A la del quinto la conocí en el ascensor a los pocos días de mudarse. Unos treinta y dos años, morena, con leggins negros y una camiseta ajustada que le marcaba los pezones. Se llamaba Marina, aunque eso lo supe después. Cuando salió del ascensor me quedé mirándole el culo hasta que se cerraron las puertas. Volví a mi piso pensando que aquel verano iba a ser largo.
La primera vez que la vi por la ventana fue por casualidad. Estaba meando con la persiana subida, sin miedo a que nadie me viera desde abajo, y de pronto la distinguí cruzando su salón en pantalón corto, descalza y con una camiseta de tirantes. Me quedé quieto, con la polla todavía en la mano, mirándola pasar y volver a pasar. Cuando desapareció por el pasillo me sentí un impresentable. Duró poco: veinte minutos después estaba en la cocina buscándola desde otra ventana.
El calor de agosto me convirtió en un mirón sistemático. Mi cocina, mi baño y mi dormitorio ofrecían tres ángulos distintos de su salón. Al segundo día ya conocía el recorrido: se sentaba en el sofá a ver la tele con las piernas dobladas debajo del culo, se levantaba a beber agua, volvía a hundirse en los cojines. No había mucho más, pero yo miraba como si fuera un programa que estrenaban solo para mí.
La tercera noche pasó lo que tenía que pasar. Serían las diez cuando la vi tumbarse en el sofá con la mirada fija en el televisor. De pronto se llevó una mano al pecho por encima de la camiseta y la otra a la entrepierna. Apagué la luz de la cocina para que no me viera y me acerqué a la ventana como un ladrón. Se metió los dedos en la boca, se los untó de saliva y volvió a bajarlos por dentro del pantalón corto. Al minuto siguiente se había arrancado la camiseta y estaba con las tetas al aire, unas tetas medianas y firmes, con los pezones oscuros y muy duros.
Se bajó las bragas hasta los tobillos, se las quitó de una patada y se abrió de piernas encima del sofá. Vi cómo se metía dos dedos en el coño y los sacaba brillantes. Se los volvió a chupar. Se pellizcaba un pezón mientras se frotaba el clítoris con la otra mano, cada vez más rápido. Yo me había bajado el pantalón del pijama sin darme cuenta y me estaba haciendo una paja al mismo ritmo, con la cara pegada al cristal. Cuando arqueó la espalda y se puso a temblar, apreté los dientes y me corrí contra el fregadero, con una eyaculación tan larga que llegué a manchar la pared de baldosines. Me acosté pensando que aquella mujer no podía ser real.
Estuve una semana asomándome cada rato con la esperanza de repetir. No hubo suerte, pero un mediodía vi su ropa tendida en la cuerda corredera que cruzaba el patio hasta el vecino de enfrente. Entre camisetas y calcetines colgaban unas bragas rosas. Fabriqué un gancho con un alambre atado a un cordel, lo lancé desde mi ventana, enganché el elástico y con un tirón las tuve subiendo. Cuando las tuve en la mano las olí. Solo olían a suavizante, pero da igual: me las llevé al cuarto y me hice otra paja como un adolescente.
Al día siguiente, un viernes por la tarde, coincidimos otra vez en el portal. Subimos juntos en el ascensor. Me miró de arriba abajo con una sonrisa entre chulesca y divertida, y justo antes de llegar a su planta me soltó:
—Cuando entres en tu casa, asómate a la ventana del baño. Te voy a hacer un regalo.
—¿Un regalo?
—Sorpresa.
Se abrió la puerta y salió meneando el culo sin mirar atrás. Yo subí muerto de nervios, tiré la chaqueta encima del sofá y me fui derecho a la cocina, que era mi mejor mirador. Ahí estaba, separada un metro de la pared para que yo la viera de cuerpo entero. Se quitó la falda, se remangó la camisa por encima del ombligo y se bajó las bragas. Empezó a frotarse el coño con ellas hasta empaparlas de sus jugos, y después se las metió dentro un par de veces, sacándolas cada vez más pringosas. Cuando estuvieron irreconocibles se acercó al alfeizar, las tendió con una pinza en la cuerda y me hizo una seña con la barbilla: son tuyas.
Volví a sacar el gancho. Las bajé hasta mi ventana con las manos temblando. Cuando me volví a asomar, ella se estaba tocando y me hacía gestos de que me las metiera en la boca. Obedecí. Me apreté las bragas contra la cara, me la olí, y con la otra mano empecé a masturbarme mirando cómo ella se abría de piernas en el marco de su ventana. Nos corrimos casi a la vez, ella mordiéndose el labio, yo disparando contra el radiador. Cerró la ventana y me quedé alelado, con la polla goteando y la lengua sabor a ella.
No sé qué me pasó por la cabeza. Me limpié con papel de cocina, cogí las bragas mojadas y las llaves y bajé un piso. Toqué el timbre del quinto. Me abrió en camisa, sin bragas, con la misma sonrisa de guasa.
—¿Te lo pasas bien buscando el mejor ángulo? —preguntó.
—No he podido evitarlo desde que te vi por primera vez —contesté aguantándole la mirada.
—Pues me ha encantado saber que tenía un espectador motivado —dijo apoyándose en el marco—. Lo que no me hizo gracia es pensar que me grababas.
—No te grabé. Me pareció pasarme.
Se apartó y me dejó entrar. Me sirvió una cerveza fría y nos sentamos en el mismo sofá que yo había visto cien veces desde arriba. En cuanto me acomodé me puso la mano en la bragueta y me apretó por encima de la tela.
—Vaya, no está tan dura como esperaba —dijo riéndose—. Me imagino dónde ha ido a parar la primera corrida.
—A tus bragas, básicamente —le contesté tendiéndoselas—. Toma. Considéralas devueltas.
—Quédatelas. Junto con las que me robaste el otro día. Trofeo.
Se desabrochó la camisa y me sacó las tetas sin ceremonias. Tenía los pezones ya duros, pidiendo guerra. Le agarré uno con tres dedos y apreté con fuerza. Ella respiró hondo.
—Si eso es lo más fuerte que sabes apretar, no vamos a entendernos —soltó.
Le clavé la uña y le retorcí el pezón hasta hacerla gemir. Eché la cabeza encima del otro pecho y le mordí sin miramientos, tirando con los dientes. Me agarró del pelo y me lo tiró hacia atrás. Le gustaba jugar duro y yo iba a averiguar hasta dónde.
Me levanté y me quité los pantalones y los calzones de un tirón. Tenía la polla medio dura y se me la metió en la boca sin dejar de mirarme. Empezó por el capullo y se la fue tragando entera, hasta que la garganta le tocaba los huevos. La saliva le corría por la comisura de la boca y ella misma se la esparcía por los cojones para tenérmelos brillantes.
Me subí de un salto a la silla del comedor con un pie en la mesa, para tener la polla justo a la altura de su cara.
—Chúpamela cómoda —le dije.
Me la tragó hasta la nuez, me babeó las pelotas una a una y volvió a la polla. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca, buscándole la garganta en cada embestida. Ella me miraba desde abajo con los ojos llorosos y disfrutándolo. Cuando noté que iba a correrme demasiado pronto la aparté, me di la vuelta y le enseñé el culo. Me lo abrió con las manos y me hincó la lengua en el ojete, presionando la entrada como si quisiera penetrarme con ella. Aguanté un minuto y me bajé.
La desnudé y la tumbé encima de la mesa del comedor. Le separé los muslos hasta donde daba, que era mucho, y le lamí el coño hasta que quedó chorreando. Le metí dos dedos, luego tres, luego cuatro. La tenía tan cachonda que le entraban sin apenas resistencia. Le empujé el culo hasta el borde de la mesa y le busqué el ano con la otra mano. Con dos dedos en el coño y dos en el culo se la follaba entera, apretándole el perineo desde dentro. Empezó a gritar. Cuando iba a correrse le puse la mano en la garganta y le apreté justo lo suficiente para cortarle un poco el aire. Se corrió arqueándose entera. Le solté el cuello, saqué los dedos y le clavé la lengua en el clítoris hasta que se corrió otra vez, esa segunda le llegó como un ramalazo que le hizo temblar los muslos.
La bajé de la mesa, la giré y le tumbé el torso encima de la madera con el culo al aire.
—Te la voy a meter por el culo —le dije.
—Métemela ya.
Le entró entera de una embestida. Se lo tomó como si nada, empujando hacia atrás y tensando los esfínteres para apretarme más. La follé duro, dándole con las manos abiertas en las nalgas hasta dejárselas rojas. Cuando noté que ya no aguantaba más se la saqué del culo, la hice arrodillarse en el suelo y le eché la corrida entera en la boca. Se la tragó a sorbos, sin sacarme la polla de los labios, mirándome desde abajo con esa cara de triunfo que llevaba puesta desde que abrió la puerta.
***
Nos quedamos un rato bebiendo cerveza en el sofá con la ropa a medio poner, hablando como si nos conociéramos desde siempre. Fue entonces cuando me contó lo de su novia. Se llamaba Yasmín, era marroquí, medía casi uno ochenta y era lesbiana convencida. Llevaban años juntas y Marina, que era bisexual, fantaseaba con hacer un trío. La otra nunca había querido: los hombres le daban desconfianza y el semen le producía rechazo. Habían probado a grabarse ellas dos con el móvil para tener un vídeo casero, y el resultado era un desastre: fuera de foco, mal iluminado, imposible de editar. Marina me propuso un pacto. Yo grabaría con mi cámara. Ella se encargaría de convencer a Yasmín. Si había suerte, me uniría al final.
—Y si no hay suerte, ¿qué? —pregunté.
—Si no hay suerte, te comes con los ojos a dos tías follando delante de ti y luego yo me encargo de ti como acabo de hacerlo.
Acepté sin pensarlo.
El sábado siguiente cargué la Canon, dos GoPro pequeñas, dos trípodes y un par de tarjetas de memoria nuevas. Antes de bajar me tomé una pastilla azul, por si acaso. A las cuatro de la tarde estaba en el quinto tomando café con Marina y con Yasmín. La marroquí era imponente: tacones altos, falda ajustada de piel, una camiseta blanca que le transparentaba los pezones oscuros. Me dio la mano con desconfianza. Yo le expliqué el plan de rodaje: dos cámaras pequeñas fijas a los lados y yo con la Canon buscando planos cortos. Ellas aceptaron con una sonrisa de complicidad.
Puse las GoPro en marcha y me senté con la Canon en las manos. Marina cogió a Yasmín por la cintura y le metió la lengua en la boca sin previo aviso. La otra respondió tirándole la camisa por los hombros. Se desnudaron entre besos delante de mí, sin dejar de mirarse. Marina la sentó en el borde de la mesa y le abrió las piernas. La otra tenía el coño depilado, brillante ya. Marina se agachó y empezó a comérselo despacio, subiendo y bajando por los labios, alternando con dos dedos que le entraban y salían de dentro con un chapoteo. Yasmín se pellizcaba los pezones y jadeaba mordiéndose el labio.
Yo grababa desde el suelo, buscando el ángulo del culo de Marina agachada y la cara de Yasmín corriéndose. Cambiaron de postura sin que se lo pidiera nadie. Marina se tumbó boca arriba en la alfombra, abierta de piernas, y Yasmín se le montó encima en un sesenta y nueve, con el culo sobre la cara de la otra. Se dieron un buen rato, comiéndose la una a la otra hasta que ambas se retorcieron. La marroquí se corrió primero, agitando el culo contra la boca de Marina, y esta le respondió inmediatamente después, arqueada bajo su cuerpo.
Fue en ese momento cuando Marina se incorporó y me llamó con el dedo.
—Ven, que Yasmín quiere verte follarme.
Me desnudé del todo, dejé la Canon fija en un trípode apuntando a la mesa y me acerqué. La pastilla ya me había hecho efecto: la tenía dura como una barra. Yasmín abrió mucho los ojos al verla. Marina se apoyó en la cadera de su novia y me ofreció el culo.
—Fóllame delante de ella —dijo—. Que mire bien.
Se la ensarté de golpe. Empecé a bombeársela con fuerza, agarrándola de las caderas, mientras Yasmín, sentada en el borde de la mesa con las piernas abiertas, se metía un consolador rosa en el coño sin dejar de mirarnos. Marina gritaba a cada envite. Cuando noté que perdía fricción por lo mojada que estaba, le busqué el ojete con el pulgar y presioné hasta que cedió. Se la saqué del coño y se la metí en el culo del tirón. Le arranqué un grito ronco que le hizo abrir los ojos a Yasmín como platos. La follé por el culo hasta correrme dentro, chorreándola por dentro y viendo cómo el semen le resbalaba por los muslos cuando la saqué.
Yasmín se acercó y con un pañuelo le limpió el culo a su novia, casi con dulzura. Marina se giró y la besó con la boca todavía llena de saliva. Nos quedamos los tres tumbados en la alfombra un rato, recuperando el aire.
Después fue todo cuesta abajo para las reticencias de Yasmín. Empezó Marina besándome delante de ella y frotándose contra mi cuerpo hasta ponérmela otra vez dura. Le pasó mi polla a Yasmín como quien pasa una copa de vino. La marroquí la tocó al principio con dos dedos, con cara de asco simulado, pero cuando Marina le puso la mano encima de la suya y le enseñó cómo se agarraba, empezó a hacerlo ella sola. Se agacharon las dos delante de mí, en cuclillas. Marina se la metió en la boca hasta el fondo, la sacó y me la ofreció a Yasmín como si fuera un caramelo. Yasmín se acercó, dudó, y al final la lamió por la punta con la lengua fuera. Marina la animó y siguió con ella, primero un beso encima del glande, después la cabeza entera en la boca, después media polla. Le duró poco el asco. Al cuarto de hora estaba chupándomela con las dos manos como si llevara años haciéndolo.
Marina la incorporó, le dijo algo al oído y la puso apoyada en la mesa de espaldas a mí, con las piernas separadas. Me acerqué con un preservativo puesto y le pasé la polla por los labios del coño despacio, sin meterla del todo. Marina le acariciaba los pechos y le susurraba que yo iba a ir con calma. Empecé a penetrarla poco a poco, entrando y saliendo, cada vez más adentro. La marroquí gemía sorprendida de sentir por primera vez a un hombre dentro. Marina le agarró el clítoris con dos dedos y se lo agitó. Yasmín se corrió por primera vez con una polla dentro, moviendo el culo contra mí, y yo detrás, vaciándome en el látex mientras ella gritaba con la cara pegada a la mesa.
Cuando salí de dentro, Marina me quitó el preservativo con la boca, lo mordió por la punta y se tragó el semen delante de su novia. Luego le dio un beso profundo a Yasmín con la boca todavía llena. La marroquí, que en teoría no soportaba probarlo, no le puso ningún reparo. Yo seguí apretando el disparador de la Canon hasta que la tarjeta pidió tregua.
Terminamos los tres agotados en el sofá, riéndonos. Volqué las tarjetas en el portátil, editamos un corto decente y les dejé una copia en un disco duro. No formateé las tarjetas, aunque ellas creyeran que sí. Con ese material tengo material propio para varios meses.
Con Marina la relación volvió a ser de vecinos educados. Ya casi no se asoma. A veces coincidimos en el ascensor, me mira con esa sonrisa y me dice adiós con la mano. Me utilizó, lo sé. Me usó para convencer a la novia y para tener su vídeo. Pero yo también me llevé lo mío: dos tías, una cámara y un verano en Valencia que no voy a olvidar mientras me quede una gota de semen dentro.