El marido me pidió que me follara a su mujer
Todo empezó una madrugada de febrero, en uno de esos chats gratuitos de contactos en los que uno se mete sin buscar nada concreto y termina leyendo anuncios hasta las tres de la mañana. Me escribió un tipo llamado Álex, de la Costa Brava, decía tener cuarenta y pocos y buscaba un maduro bien dotado para montar un trío con su pareja. Le contesté, intercambiamos alguna foto, y me dijo que era justo lo que estaban buscando.
Nos pasamos a Telegram. Durante casi tres semanas hablamos de todo un poco: fantasías, gustos, límites, lo que le ponía cachonda a Silvia —así se llamaba ella— y lo que a él más le calentaba de mirar. No había prisa. Los dos éramos adultos, casados, con nuestras responsabilidades a cuestas, y organizar una noche así requería que todo cuadrara.
Un sábado por la mañana me llegó su mensaje.
—Silvia está muy caliente hoy. Lleva toda la semana pensándote. ¿Te vienes esta noche?
Estaba libre. Me pidieron solo dos cosas: reservar una habitación en un hotel de la costa y llevar condones. Reservé una junior suite en un cuatro estrellas de Palamós, pasé por una farmacia, compré una caja de condones XL y me metí en el coche con el estómago hecho un nudo. Cuarenta minutos de autopista, música baja, la boca seca. Álex me había mandado una única foto de Silvia y no era gran cosa: un culo blanco, redondo, apoyado contra una sábana revuelta. Del resto no tenía ni idea. Ni cara, ni tetas, ni cómo se movía, ni cómo hablaba.
A las ocho menos cuarto ya estaba en la habitación. Le mandé el número por WhatsApp y me contestó al instante.
—Estamos entrando al hotel. Deja la puerta sin cerrar del todo. Te queremos encima de la cama, desnudo, con la polla bien tiesa.
Solté una carcajada nerviosa contra la pantalla. Me desnudé, doblé la ropa en la silla, dejé la caja de condones abierta en la mesilla y encendí solo la lámpara del rincón. Me tumbé encima del edredón, con las manos detrás de la cabeza. La polla no se me ponía tiesa por más que me la tocaba: los nervios podían más que las ganas. Me pasé la mano por el prepucio, me apreté la base, respiré hondo. Al final la dejé estar y esperé, medio empalmado.
La puerta se abrió con un chirrido suave. Entró Álex primero —chaqueta gris, barba de tres días, mirada burlona— y detrás ella.
Silvia era mucho mejor de lo que había imaginado. Rondaría los cuarenta y dos, pelo castaño con mechas rubias por debajo de los hombros, boca grande, labios pintados de un rojo apagado. Vestido negro corto, tacones. Me miró desde la puerta de arriba abajo con una sonrisa que no supe leer, y por un segundo me sentí ridículo tumbado ahí, con la polla a medio hacer, expuesto como un plato en la mesa.
—Cariño —le dijo Álex sin dejar de mirarme—, aquí lo tienes. Este es el que te va a dar placer un buen rato.
—Hola —dijo ella acercándose despacio.
—Hola —contesté yo, y me incorporé apoyándome en un codo.
Silvia se agachó y me dio un pico corto en los labios, tan casual como si nos conociéramos de siempre. Olía a jazmín y a piel caliente.
—Voy un momento al baño a ponerme cómoda —susurró—. Tú no te muevas de ahí.
Cerró la puerta del baño y me quedé a solas con Álex. Él ya se estaba quitando el jersey.
—Tranquilo, hombre —dijo mientras se bajaba el pantalón—. Lo que a mí me pone es verla disfrutar. No voy a interrumpir.
Se quitó los calzoncillos. Tenía una polla normal, ni grande ni pequeña, y me miró con una media sonrisa cuando notó que yo miraba.
—Por eso te llamé —añadió—. Que lo mío no le llega a lo que ella quiere hoy.
No supe qué responder. Me limité a asentir. Se sentó en la butaca junto a la cama y esperó, con la polla en la mano, mirándome como si yo fuese el trofeo.
Cuando Silvia salió del baño, se me puso dura de golpe.
Se había quitado el vestido y llevaba solo unas bragas negras diminutas. Las tetas medianas, redondas, con los pezones ya erguidos apuntando al techo. El coño rasurado se marcaba a través de la tela húmeda. Se acercó despacio, contoneándose sobre los tacones, y se sentó a horcajadas encima de mí.
—A ver esa boca —dijo.
Me devoró. Fue ella la que puso el ritmo. Metió la lengua a fondo, me mordió el labio inferior, me agarró la cara con las dos manos y no me dejó respirar. Yo le pasé las palmas por la espalda desnuda, bajé hasta el culo, se lo apreté por encima de las bragas. Álex, desde la butaca, se acariciaba la polla despacio, sin quitarnos ojo.
—Cómele la boca fuerte —le dijo a ella—. Sabes que me pone verte devorarlo.
Silvia gimió contra mis labios y aceleró. Le rodeé el cuello con una mano y con la otra le desabroché el sujetador. Le liberé las tetas y bajé la boca hasta uno de los pezones. Duro como una piedra. Lo chupé, lo mordí un poco, lo lamí en círculos. Ella arqueó la espalda y se pegó más a mí.
—Joder, qué buenas tetas tiene tu mujer —dije, mirando de reojo a Álex.
—Todas tuyas esta noche, campeón —contestó él con la voz ronca—. Chúpalas hasta que no puedas más.
Le pasé el otro pezón por la lengua mientras le bajaba las bragas por las caderas. Ella se movió para ayudarme a quitárselas del todo. Cuando quedó desnuda, me eché atrás para mirarla entera. El coño rasurado brillaba, los labios ya hinchados y separados. Álex se acercó por detrás, le pasó dos dedos entre los labios del coño, los sacó empapados y me los mostró a la altura de la cara.
—Mira cómo está. Lleva toda la tarde pensando en esa polla que te vas a comer, ¿verdad, cariño?
—Sí… —murmuró ella con los ojos entrecerrados—. La quiero dentro. Ya.
La cogí de las caderas, la giré con cuidado y la tumbé de espaldas en el colchón. Le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Antes de meterle nada, me incliné y le pasé la lengua por todo el coño, de abajo arriba, muy despacio. Silvia clavó los dedos en la sábana y soltó un jadeo largo.
—Joder… así… no pares…
Le chupé el clítoris con los labios cerrados, le metí la lengua a fondo, alterné lametones planos con succiones cortas. Cada vez que le rozaba el clítoris, se le contraían los muslos alrededor de mi cabeza. Le colé dos dedos por dentro mientras seguía lamiéndola arriba, buscándole el punto con las yemas. Álex, sentado otra vez en la butaca, se pajeaba mirando cómo se la comía a su mujer, sin decir palabra.
—Cómesela entera —soltó al rato, con la voz espesa—. Que se corra en tu boca si le apetece.
Silvia empezó a mover las caderas, follándome la cara, buscando más presión de mi lengua. Al minuto me agarró del pelo y tiró hacia atrás con fuerza.
—Para… para… si sigues así me corro ya. Y quiero correrme con tu polla dentro.
Me incorporé con la boca y la barbilla empapadas de sus flujos. Cogí un condón XL de la mesilla, lo rasgué con los dientes y me lo puse con cuidado. La polla estaba tan dura que casi dolía. Silvia se lamió los labios mirándome desenrollarlo.
—Madre mía… sí que la tienes grande…
—Ya te lo dije, cariño —intervino Álex desde el sillón—. Ahora te la mete hasta el fondo.
Me tumbé sobre ella, apoyándome en los antebrazos. Le pasé la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, sin meterla todavía. Ella arqueó las caderas buscándola con impaciencia.
—No me hagas esperar más. Métemela ya.
Empujé despacio. La cabeza entró sin problema. Cuando llevaba la mitad, la noté tensarse y paré en seco.
—¿Bien?
—Sigue… despacito… me encanta cómo me abres.
Fui entrando poco a poco, con embestidas cortas, hasta que mis huevos tocaron su culo. Los dos gemimos a la vez. Estaba caliente, apretada, mojada como pocas veces había sentido. Me quedé un segundo dentro sin moverme, saboreando la sensación, y después empecé a moverme de verdad.
Al principio despacio. Salidas largas, entradas hasta el fondo. Las tetas de Silvia se movían con cada embestida, arriba y abajo, hipnóticas. Álex se puso de pie, se acercó a la cama y le acarició el pelo mientras me miraba fijamente.
—Fóllatela fuerte —dijo—. Le encanta que la empotren. ¿Verdad, amor?
Ella asintió con la boca abierta, sin poder articular una palabra. Aceleré. La cama empezó a crujir. Los golpes de mis caderas contra su culo sonaban por toda la habitación, secos y rítmicos. Silvia me clavó las uñas en los hombros y empezó a soltar frases entrecortadas.
—Más… así… joder qué rica polla… me estás partiendo por la mitad…
Álex se pajeaba de pie, junto a la cama. La miraba a ella, me miraba a mí, se relamía. Después de unos minutos así, Silvia me apoyó las manos en el pecho y me empujó suavemente.
—Espera. Sal. Quiero de otra forma.
Salí. Ella se giró en el colchón y se puso a cuatro patas, con el culo en pompa. Blanco, rotundo, un poco enrojecido por las embestidas. Miró por encima del hombro con los ojos brillantes y una sonrisa turbia.
—Ahora por detrás. Métemela hasta dentro.
Me arrodillé detrás. Le agarré las caderas con las dos manos y la penetré de una sola embestida, hasta el fondo. El grito que soltó rebotó contra las paredes. Empecé a bombear con fuerza, viendo cómo su culo se movía con cada golpe, cómo la piel se le ponía rosada. Álex trepó a la cama por delante de ella y se puso de rodillas frente a su cara.
—Chúpamela mientras te la mete —le pidió.
Silvia abrió la boca y se la tragó entera de golpe, sin dudar. Verla así, empalada por los dos lados, fue de las imágenes más morbosas que había vivido nunca. Yo por detrás dándole caña; Álex por delante, con la polla dentro de la boca de su propia mujer. Ella gemía en torno a su marido cada vez que yo la penetraba hasta el fondo.
—Así, cariño —jadeaba Álex, con los ojos cerrados—. Chúpamela mientras te follan.
Yo seguía embistiéndola, cada vez más rápido. El coño se le contraía, se le apretaba en torno a mi polla, y notaba que se acercaba. Le clavé los dedos en las caderas y aceleré todavía más.
—No pares —soltó ella con la boca llena—. Me voy a correr…
Un par de embestidas más y el cuerpo de Silvia se puso rígido entero. Empezó a temblar, apretó los muslos, soltó un gemido largo y ronco alrededor de la polla de Álex. Se corrió tan fuerte que estuvo a punto de arrastrarme a mí también. La sentí contraerse una y otra vez sobre mi polla, con espasmos que le sacudían todo el cuerpo, desde las corvas hasta los hombros.
Cuando las contracciones empezaron a ceder, sacó la polla de Álex de la boca, jadeando. Se giró para mirarme por encima del hombro, con las mejillas coloradas y los labios hinchados.
—Ahora quiero verte a ti. Sal, quítate el condón y córrete en mi cara.
Salí de ella, me arranqué el preservativo con cuidado y me puse de pie junto a la cama. Silvia se acomodó de rodillas frente a mí, con el pelo revuelto pegado a la frente. Álex se colocó al lado, también de pie, con la polla apuntándole a la mejilla. Los dos empezamos a pajearnos rápido, mirándonos por encima de su cabeza como dos tíos que han hecho equipo por una noche.
Silvia sacó la lengua, cerró los ojos, esperando. Yo fui el primero. Solté un chorro potente que le cayó en la lengua, le manchó los labios y le resbaló por la barbilla hasta el cuello. Ella gimió sin abrir los ojos, saboreándolo. Un segundo después, Álex le soltó su corrida encima: le cruzó la mejilla y le cayó por el cuello, hasta la clavícula, mezclándose con la mía.
Nos quedamos los dos jadeando, mirándola con la cara y el pecho llenos de semen. Silvia pasó la lengua por los labios, recogió lo que pudo y nos miró desde abajo con una sonrisa cansada y pícara.
—Joder… qué gusto —dijo casi sin voz—. Hacía mucho que no me corría así.
Se dejó caer de espaldas en el colchón, todavía temblando un poco. Álex y yo nos miramos, agotados, con esa complicidad extraña de dos desconocidos que acaban de compartir a una mujer sin rozarse siquiera.
—¿Sabéis qué? —dijo ella al cabo de un rato, mirando al techo—. Esto hay que repetirlo. Pero la próxima vez venís a casa. Que nos vean los vecinos entrar los tres juntos.
Álex soltó una carcajada.
—Yo que pensaba que hoy era solo la prueba, campeón. Parece que has aprobado con nota.
Nos reímos los tres. Cogí una toalla del baño y se la pasé a Silvia, que se limpió despacio, sin prisa, con la sonrisa todavía en la cara. Yo seguía sin creerme del todo lo que acababa de pasar, pero de una cosa estaba seguro: aquella no iba a ser la última noche que pasábamos los tres juntos.
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