Mi primera vez en un trío de hotel
Siempre he cuidado mucho mi cuerpo. Me gusta entrenar, depilarme, verme bien en el espejo y sentirme deseable. No lo digo con vergüenza, al contrario: parte de mi excitación viene de saber que provoco miradas, que entro en una habitación y alguien se fija en cómo marco el pantalón o en cómo me queda una camiseta ajustada.
Por esa época, además, llevaba meses fantaseando con una pareja. No con una mujer sola, ni con un polvo rápido sin más, sino con meterme en la cama de dos personas que ya se deseaban entre sí y dejar que me arrastraran a su juego. Me masturbaba pensando en eso: una mujer entre dos cuerpos, dos bocas turnándose conmigo, manos por todas partes, órdenes, nervios, morbo y la sensación de estar entrando en un terreno que no conocía del todo.
Por pura curiosidad, me abrí un perfil en una web liberal. Puse fotos recientes, cuerpo entero, alguna insinuante y alguna mucho más directa. Dejé claro que buscaba un trío con pareja y que tenía curiosidad bisexual, aunque en ese momento todavía no sabía hasta dónde llegaría si se presentaba la ocasión.
La respuesta tardó menos de un día.
Me escribió un hombre que se hacía llamar Darío. Decía que estaba con su mujer, que les había gustado mi perfil y que llevaban tiempo hablando de invitar a otro hombre. Lo que más me llamó la atención fue una frase muy concreta: —A ella le gustaste, pero yo también quiero probar ciertas cosas contigo, si te dejas.
Leí ese mensaje varias veces antes de responder. Me puso cachondo y me puso nervioso al mismo tiempo. Le dije que sí, que no tenía problema en dejarme tocar, que estaba abierto a ver qué pasaba si había química y respeto. A los pocos minutos me pasó su número y quedamos para tomar algo unos días después.
Nos vimos en una plaza concurrida, en la terraza de un bar. Era una tarde calurosa y los reconocí enseguida. Él era moreno, ancho de hombros, con barba corta y una manera de mirar demasiado directa; ella, en cambio, tenía una calma que contrastaba con sus dedos inquietos sobre la copa. Llevaba un vestido ligero que le dejaba las piernas casi enteras a la vista, y desde que me senté supe que me estaba desnudando con los ojos.
Hablamos con bastante naturalidad. De sexo, de límites, de lo que les daba morbo. Ella admitió que estaba nerviosa porque nunca había estado con dos hombres. Él confesó que parte de su excitación venía de verme tocarla, pero también de comprobar qué sentía al tocar a otro hombre en un contexto así.
—Nada forzado —dije—. Si en algún momento algo no os gusta, se para.
—Eso mismo queremos —respondió ella, sonriendo por primera vez de verdad—. Pero queremos hacerlo.
Salí de ahí con el cuerpo acelerado. No pasó esa noche ni al día siguiente. De hecho, tardaron más de una semana en volver a llamarme, y durante esos días me masturbé imaginando todas las variantes posibles. En algunas, solo me follaba a ella mientras él miraba. En otras, él acababa de rodillas frente a mí. En casi todas terminábamos los tres sudados sobre una cama deshecha.
La llamada llegó un martes por la tarde.
—¿Puedes el jueves? —preguntó Darío sin rodeos—. Te recogemos a las cuatro.
Le dije que sí con una tranquilidad que no sentía. En cuanto colgué, me entró un vuelco en el estómago. Tenía dos días para pensar, para arrepentirme o para excitarme más. Elegí lo segundo.
El jueves me preparé como si fuera a una cita decisiva. Me duché con calma, me depilé lo que hacía falta, me arreglé el pelo, me puse unos bóxers ceñidos y ropa cómoda. Quería gustarles desde el primer segundo, pero también quería sentirme seguro. Iba cachondo, sí, pero sobre todo iba dispuesto a vivir algo que llevaba demasiado tiempo imaginando.
Me recogieron en un punto cercano a mi casa. Ella iba en el asiento del copiloto y se giró para darme un beso en la mejilla. Él conducía con una mano y me observó por el retrovisor con una sonrisa ladeada.
—Te ves incluso mejor que en las fotos —dijo.
—Vosotros tampoco estáis mal —contesté, intentando sonar menos tenso de lo que estaba.
Fuimos directamente a un hotel discreto de las afueras. Entramos desde el aparcamiento y subimos sin pasar apenas por zonas comunes. Todo fue tan rápido que cuando la puerta de la habitación se cerró detrás de nosotros sentí que ya no había vuelta atrás, y la verdad es que no quería que la hubiera.
Darío descorchó una botella de cava que ya estaba en la habitación. Brindamos por quitarle hierro al momento, aunque los tres sabíamos por qué estábamos ahí. Ella se sentó en la cama con las piernas juntas, respirando hondo, y yo me acerqué despacio. Me senté a su lado, le acaricié la rodilla y noté cómo se le erizaba la piel.
—Tranquila —le dije en voz baja—. Vamos poco a poco.
Ella asintió, pero en lugar de hablar se abrazó a su marido. Aquello no me frenó; al contrario, me dejó claro cuál era la dinámica: necesitaba seguridad antes de soltarse. Me coloqué detrás de ella, aparté su pelo y empecé a besarle el cuello mientras Darío le acariciaba la cara. Mi mano fue subiendo por su muslo hasta perderse bajo el vestido, y cuando toqué el borde de sus bragas sentí que ya estaba húmeda.
El primer gemido se le escapó cuando le metí la mano por dentro y le pasé un dedo lentamente entre los labios. Cerró los ojos, apretó las piernas y volvió a agarrarse a él, pero no para apartarme, sino para soportar la tensión. Seguí acariciándola con calma, rozándole el clítoris, entrando apenas con la yema de los dedos y sacándolos para volver a abrirla despacio.
—Mírala —dijo Darío, mirándome a mí—. Está chorreando.
Le bajé las bragas hasta los tobillos y me arrodillé frente a la cama. Separé sus muslos y le besé la cara interna de las piernas antes de meter la lengua de lleno en su coño. Estaba caliente, mojada, con ese sabor salado y limpio que me vuelve loco. La lamí de abajo arriba, hundiendo la lengua, alternando chupadas en el clítoris con pasadas largas que la hicieron retorcerse sobre las sábanas.
Ella me agarró del pelo casi sin darse cuenta. Ya no estaba rígida ni escondida; estaba abierta de piernas, jadeando, dejando que le comiera el coño con hambre. Mientras yo la lamía, Darío se sacó la polla y se la acercó a la boca. Ella abrió los labios y empezó a chupársela con torpeza al principio, todavía pendiente de lo que yo le estaba haciendo entre las piernas.
Eso nos calentó a los dos enseguida. Yo me desabroché el pantalón, me quedé en bóxers y noté que ella se excitaba más al vernos a los dos desnudos de cintura para abajo. Le metí dos dedos y se arqueó con un gemido ronco, moviendo la cadera contra mi mano.
—Así, joder... no pares —murmuró.
Le abrí más las piernas y seguí comiéndosela mientras los dedos entraban y salían bien mojados. Darío le sujetaba la nuca para que no dejara de chuparle, aunque a ratos apartaba su polla solo para mirarla con esa mezcla de posesión y morbo que lo tenía casi temblando.
Cuando ella ya estaba bastante suelta, él le indicó que se pusiera a cuatro patas. Lo hizo obediente, todavía jadeando, con el vestido subido a la cintura. La imagen me puso a cien: su culo frente a nosotros, el coño abierto y brillante, su espalda curvada esperando. Darío se colocó detrás y empezó a follársela de una embestida contenida, primero despacio, tanteando. Ella soltó un quejido agudo y clavó las manos en el colchón.
Yo me puse delante para que me la chupara. Me bajé los bóxers y se encontró mi polla dura, tensa, pidiéndole boca. La tomó con los labios mientras su marido la penetraba por detrás, y aquel contraste me enloqueció: su boca caliente deslizándose sobre mí al ritmo de las embestidas que la hacían balancearse. Cada vez que Darío le hundía la polla, ella se la tragaba un poco más sin poder evitarlo.
—Buena chica —le dijo él—. Chúpale bien mientras te follo.
Yo le acariciaba el pelo y miraba cómo se la metía. No tardó en coger un ritmo más duro. Su polla entraba y salía con un sonido húmedo cada vez más marcado, y ella comenzó a gemir con la boca ocupada, dejando vibraciones deliciosas alrededor de mi glande. Duré como pude, frenándome para no correrme demasiado pronto.
Al cabo de un rato la giramos. Quedó boca arriba, despeinada, con las mejillas encendidas y los muslos abiertos. Se subió encima de mí guiándose con la mano y me fue metiendo poco a poco. Su coño estaba tan lubricado por lo anterior que me tragó casi entera de una sentada. Los dos soltamos un gemido al mismo tiempo.
Se quedó un momento quieta, respirando con la frente apoyada en mi pecho. Yo le agarré las caderas y empecé a empujar desde abajo, primero suave, después más firme. Notaba sus paredes apretándome, calientes, vivas, y cómo se humedecía todavía más cada vez que Darío se acercaba a besarla o a tocarle las tetas por detrás.
—Fóllame tú —me pidió ella al oído.
La tumbé con cuidado y me coloqué encima. Le abrí bien las piernas y la penetré de nuevo, esta vez marcando el ritmo yo. Entraba hasta el fondo y salía despacio, solo para volver a clavarme con más fuerza. Ella me rodeó la cintura con las piernas y empezó a pedirme más, más duro, más rápido. Darío estaba a un lado masturbándose y mirando cada embestida con la polla roja y brillante en la mano.
La habitación se llenó de jadeos, golpes de cama y frases cortas. Yo la follaba con hambre, besándole la boca a ratos y bajando después a morderle el cuello. Ella me arañó la espalda cuando aceleré de verdad, y su coño me apretó con una contracción larga que me hizo pensar que estaba a punto de correrse.
Pero no se corrió. No todavía. Ninguno de los tres parecía querer terminar demasiado pronto, así que el juego siguió cambiando.
***
Fue ella quien propuso las vendas. Lo dijo medio en broma, medio excitada, y los tres nos miramos con esa sonrisa de «vamos a hacerlo». Darío encontró un antifaz en un cajón del mueble y se lo colocó primero a ella. La tumbamos en medio de la cama, completamente desnuda, con el pecho subiendo y bajando deprisa.
Sin ver, se dejó llevar mucho más. Yo me puse entre sus piernas y volví a lamerle el coño; Darío le acercó la polla a la boca, y ella, ciega y caliente, empezó a alternarnos casi sin pensar. A veces me encontraba con sus dedos buscándome para masturbarme mientras seguía mamándosela a él. Otras veces se abría más para mi lengua y murmuraba obscenidades que antes no se atrevía a decir.
—Me encanta teneros a los dos así —jadeó—. Uno en la boca y otro comiéndome el coño... joder...
La sensación de compartir ese cuerpo con otro hombre era más morbosa de lo que había imaginado. No había rivalidad; había coordinación, hambre, curiosidad. Mientras yo la lamía, mi mano acabó rozando la de Darío. Ninguno la apartó.
Al rato, ella misma se quitó la venda y se echó a reír, roja y excitada. Entonces Darío, con un brillo distinto en los ojos, se tumbó boca arriba sobre la cama y dijo:
—Ahora quiero sentir qué hacéis sin mirar.
Se puso la venda él solo. Aquello cambió el aire de la habitación. Ella lo miró, me miró a mí, y sin decir nada se arrodilló entre sus piernas. Yo hice lo mismo al otro lado. Su polla estaba tan dura que parecía a punto de explotar. Ella la agarró por la base y me susurró:
—Vamos los dos.
Nos inclinamos al mismo tiempo. Empecé lamiéndole el glande, lento, marcando círculos con la lengua mientras ella se la tragaba más abajo. Oír cómo gemía sin vernos fue brutal. Ella levantaba la cara para besarme con la boca húmeda de su polla y después volvía a bajarla. Yo aprovechaba para chuparle el frenillo, para meterme el glande entero en la boca y dejarle saliva por toda la punta antes de cedérselo otra vez.
Darío soltaba gemidos cada vez más rotos.
—Joder... sí... así... no paréis...
Ella me agarró la nuca y me besó mientras seguía pajéandolo. Después los dos volvimos a chuparle la polla a la vez, alternando bocas, lenguas y manos. No veía nada, pero por cómo se tensaba se notaba que estaba entendiendo perfectamente que éramos dos sobre él, y eso le estaba volviendo loco.
Cuando ya estaba al límite, se incorporó, se quitó la venda y me miró fijamente. No dijo nada. Solo cogió el antifaz y me lo puso a mí.
La oscuridad me disparó los nervios de golpe. Me hicieron sentarme primero y luego tumbarme de espaldas. Sentí cuatro manos recorriéndome entero: pecho, abdomen, muslos, pies, culo. Me tocaron los pezones, me abrieron las piernas, me acariciaron la polla hasta dejármela más dura todavía. Ella empezó a chupármela con una suavidad deliciosa, jugando con la lengua en la punta y tragándosela después hasta casi hacerme perder la cabeza.
Al mismo tiempo, noté la mano de Darío entre mis nalgas. Tenía los dedos llenos de lubricante. Me masajeó el ano despacio, con paciencia, presionando en círculos, sin meter nada al principio. Me tensé por puro reflejo, y él me dio una palmada suave en el muslo.
—Relájate —me dijo al oído—. Si no quieres, no sigo.
Yo tragué saliva. La boca de ella seguía subiendo y bajando por mi polla, volviéndome blando por dentro aunque estuviera duro por fuera. Negué con la cabeza.
—Sigue.
Me metió un dedo despacio. Ardió un poco, pero el lubricante y el modo en que ella me chupaba hicieron que el cuerpo acabara cediendo. Lo movió dentro, lo sacó, volvió a entrar. Luego metió otro. Yo jadeé más fuerte y abrí las piernas sin querer, ofreciéndome más de lo que habría imaginado unas semanas antes.
De pronto me colocaron algo húmedo sobre la boca. Era el coño de ella. Entendí la posición enseguida: ella se había puesto sobre mi cara. Abrí la lengua y empecé a comerle el coño mientras Darío seguía preparándome por detrás. La combinación fue una locura. Su sabor llenándome la boca, sus gemidos cayéndome encima, y esos dedos abriéndome el culo al mismo tiempo me dejaron completamente entregado.
—Está listo —escuché decir a Darío con la voz ronca.
Sentí su polla rozándome el ano. La cabeza empujó despacio, insistente, obligándome a respirar hondo. El primer tramo quemó, no voy a mentir. Gemí contra el coño de ella y ella respondió apretándome la cara con los muslos. Darío siguió empujando sin brusquedad, dejándome tiempo para acostumbrarme, hasta que entró más de la mitad. Entonces se detuvo un segundo.
—Joder —murmuró—. Cómo aprietas.
Yo apenas podía hablar. Tenía la cara enterrada entre las piernas de ella y el culo lleno por primera vez de una polla de verdad. Cuando volvió a avanzar y me la metió casi entera, se me escapó un gemido largo, sucio, que me sorprendió hasta a mí. Dolía y excitaba al mismo tiempo. Dolor abierto, presión, calor. Y debajo de todo eso, morbo puro.
Darío empezó a follarme con embestidas cortas al principio, para no romper el ritmo de mi cuerpo. Cada vez que entraba, yo respondía lamiéndole más fuerte el clítoris a ella. Sus gemidos se volvieron más agudos, más constantes, y eso me ayudó a dejar de pensar. Me abandoné a lo que estaba pasando: un hombre penetrándome por detrás mientras una mujer me montaba la cara y me chupaba a ratos la polla cuando cambiaban de posición.
Él fue cogiéndome confianza y aceleró. Ya no eran solo empujes cuidadosos. Me follaba de verdad, con ganas, agarrándome de las caderas para clavármela hasta el fondo. Yo sentía cada golpe dentro del culo, húmedo por el lubricante y por el propio movimiento, y al mismo tiempo su mano me masturbaba con firmeza. Era demasiado estímulo junto, una sensación brutal que me tenía temblando.
—Eso es... así... —jadeaba él—. Qué bien te dejas follar, joder.
Ella, excitadísima por la escena, se bajó de mi cara y volvió a tragarme la polla mientras él seguía dándome por detrás. Aquello terminó de destrozarme. Su boca subiendo y bajando y su marido penetrándome a la vez me arrastraron a un punto en el que ya no sabía si quería que pararan o que fueran más fuerte. La respuesta de mi cuerpo era clara: empujaba hacia ambos lados como un animal.
Darío me levantó un poco más las piernas y empezó a embestir con un ritmo duro, constante, cada vez más cerca del descontrol. Lo escuchaba jadear, perder el aire, decir tacos entre dientes. Me masturbaba rápido, mojándome la polla con la saliva que dejaba ella, y yo ya estaba al borde.
Entonces lo sentí correrse dentro de mí.
Fue un gemido grave, casi un gruñido, seguido de varias sacudidas profundas. Su corrida me llenó el culo de calor y me hizo estremecer entero. No salió de golpe y ya; fue una descarga intensa, espesa, sostenida, con sus caderas pegadas a las mías mientras terminaba de vaciarse dentro. Notar eso por primera vez me disparó todavía más la excitación.
Él siguió masturbándome aun después de correrse, respirando como si acabara de correr una carrera. Ella me chupaba la punta y me lamía los huevos, rematando lo que él empezaba con la mano. Aguanté unos segundos más, los justos para sentir cómo se me tensaba todo el cuerpo.
Me corrí con un espasmo seco, soltando la leche sobre mi vientre y parte del pecho mientras gemía sin ninguna dignidad. Ella levantó la cara a tiempo para ver cómo salía, y sonrió con una satisfacción obscena antes de pasar dos dedos por mi corrida y llevárselos a la boca.
Nos quedamos unos minutos sin hablar, respirando los tres como animales agotados. Cuando por fin me quitaron la venda, la habitación tenía ese olor espeso de sexo reciente que solo aparece cuando se ha follado de verdad. Ella estaba entre nosotros, despeinada, con el maquillaje corrido y una sonrisa de puro vicio. Darío seguía medio desnudo, tumbado de lado, mirándome como si aún no terminara de creer lo que acababa de pasar.
—Ahora sí que ya no eres un principiante —dijo ella, riéndose.
Yo me eché a reír también, todavía con las piernas flojas.
—En esto, desde luego, ya no.
***
Después descansamos un rato, pero la tensión no se había ido. Había bajado lo suficiente para dejarnos hablar y reírnos, no para apagar el deseo. Ella fue la primera en reactivarlo. Se incorporó, se sentó a horcajadas sobre mis muslos y me besó con una tranquilidad distinta, más segura, como si el primer encuentro hubiera roto una pared.
Le agarré el culo y la apreté contra mí. Mi polla todavía estaba sensible, pero al notar su coño húmedo rozándome ya empezaba a endurecerse otra vez. Darío, en lugar de intervenir enseguida, se quedó a un lado mirando. No como un espectador pasivo, sino con esa atención encendida de quien disfruta viendo cómo la mujer con la que comparte la cama se entrega a otro.
Ella me la agarró y se la colocó sola. Bajó despacio, gimiendo apenas cuando volvió a sentirme dentro. Esta vez no había nervios torpes ni tanteos. Se movía con naturalidad, subiendo y bajando sobre mí, llevándose una mano al clítoris para frotarse mientras yo le sujetaba las caderas y la ayudaba a marcar el ritmo.
—Mírame —me dijo.
Lo hice. Y verla correrse fue casi tan excitante como tocárselo. Su cara se transformó; la boca entreabierta, las cejas tensas, el cuerpo contrayéndose en pulsos cada vez más cortos mientras me apretaba dentro. Se corrió de verdad esa vez, sin duda ninguna, mojándome más y dejándose caer sobre mi pecho con una risa temblorosa.
Darío se acercó entonces para besarla y luego me besó a mí en la comisura de la boca, un gesto rápido, casi instintivo, pero cargado de una confianza que no estaba al principio. Se tumbó a un lado mientras yo volvía a follármela despacio, mirándolo. Él se masturbaba sin apartar la vista y eso nos dio a los dos un último empujón.
Acabé corriéndome sobre su vientre, caliente y espeso, después de sacarla a tiempo. Ella extendió la leche con la mano por su piel y volvió a reírse, agotada y satisfecha. La escena tenía algo de surrealista y algo de íntimo al mismo tiempo: tres adultos tumbados en una cama de hotel, sudados, llenos de fluidos y de complicidad, como si lleváramos más tiempo explorándonos del que en realidad habíamos compartido.
Nos quedamos así un buen rato, con ella en medio, hablando a ratos y callando a ratos. Yo seguía procesando lo que había pasado. Había entrado creyendo que iba a cumplir una fantasía con una pareja; salía sabiendo que la fantasía se me había quedado corta.
Cuando decidí irme ya anochecía. Podría haberme quedado más, quizá incluso dormir allí, pero preferí llevarme la experiencia entera vibrando todavía en el cuerpo. Darío me acercó de vuelta y durante el trayecto apenas hizo falta hablar demasiado. A veces una tarde de sexo deja pocas palabras útiles.
Antes de bajar del coche, ella se giró desde el asiento delantero y me dijo:
—La próxima vez vendrás menos nervioso.
Sonreí.
—La próxima vez —respondí— ya sabré exactamente a lo que voy.
Y eso era lo más cierto de todo. Mi primer trío no fue solo una fantasía cumplida. Fue la tarde en que entendí que el deseo, cuando se deja hacer, siempre va un poco más lejos de donde una vez juraste que terminaba.