El trío en Londres que cambió nuestra amistad
El mensaje de Mara llegó un martes al mediodía, cuando yo estaba cerrando el portátil y pensando en cualquier cosa menos en viajar. «Vengan este fin de semana. No acepto excusas. Hay fiesta grande, barrio lleno de gente y necesito verles la cara ya». Se lo mandó a Inés y a mí a la vez, como hacía siempre, con esa urgencia suya que convertía una idea impulsiva en un plan imposible de rechazar.
Hacía más de un año que Mara se había mudado a Londres, y aunque seguíamos hablando casi a diario, no era lo mismo. Nosotras tres llevábamos media vida juntas. Éramos de esas amigas que podían pasarse horas hablando de trabajo, de ex parejas o de cualquier tontería, y tarde o temprano acabábamos hablando de sexo con una franqueza obscena, como si nos quitáramos la ropa con las palabras antes de hacerlo con el cuerpo.
Yo fui la primera en decir que sí. Inés tardó un poco más, pero terminó cediendo. A los dos días ya teníamos los pasajes, una maleta pequeña y esa emoción ridícula de quien se reencuentra con una parte de sí misma.
Cuando aterrizamos, Mara nos esperaba en la salida con una sonrisa enorme y un abrigo claro ceñido a la cintura. Corrió hacia nosotras y casi nos tira al suelo entre gritos, abrazos y besos en la cara. Olía a perfume dulce y a frío de calle. Al apretarla sentí sus tetas contra mi pecho y me sorprendió que ese roce me dejara un calor raro en el estómago.
En el trayecto a su apartamento no paramos de hablar. De nuestras vidas, de los meses perdidos y de lo mucho que necesitábamos una noche sin medida. Cuando subimos a su piso, en una zona llena de bares y ruido, abrió una botella y nos puso música mientras elegíamos qué ponernos para salir.
Ese rato fue el primer aviso de que algo iba a cambiar. Mara apareció con una falda corta negra y un top ajustado que le marcaba el pecho de una forma descarada. Inés llevaba un vestido ceñido de manga larga que le dibujaba el culo cada vez que se inclinaba frente al espejo. Yo me quedé mirándolas más de la cuenta, y ellas no eran inocentes. Se daban vuelta, preguntaban cómo se les veía de atrás, se acomodaban el escote delante de nosotras y se reían cuando una soltaba alguna barbaridad.
—Hace demasiado que no follo —dijo Inés, echándose perfume en el cuello—. Si esta noche no me como a alguien, exploto.
—Yo no sé si quiero comer o que me coman —contestó Mara, mirándonos por el espejo—. Pero no pienso dormirme sola.
Yo me serví otro trago para disimular la oleada de calor que me subió por dentro.
—Pues yo vengo con hambre de todo —dije, y las tres nos quedamos calladas un segundo antes de romper a reír.
***
La fiesta era exactamente como Mara la había vendido: calles llenas, música saliendo por todas partes, gente bebiendo en las aceras y una electricidad en el ambiente que te obligaba a moverte de otra manera. Apenas entramos en el primer local, alguien nos empujó sin querer y las tres terminamos pegadas, riéndonos, con las manos en las caderas de la otra para no separarnos.
Bailamos durante más de una hora sin pensar demasiado. El alcohol empezó a aflojarnos la lengua y el cuerpo. Inés se pegaba por detrás cuando sonaba algo con más ritmo y me frotaba el culo con las caderas. Mara bailaba de frente, agarrándome de la nuca, y a veces bajaba las manos hasta mi cintura para arrastrarme contra ella.
Al principio todo podía pasar por juego. Luego dejó de parecer juego.
—Te juro que me estás poniendo mala —me gritó Mara al oído, con la boca rozándome la oreja.
—No soy yo, eres tú, que vas provocando desde que salimos —le contesté.
—No mientas —intervino Inés, sudada y sonriendo—. Las dos están igual de cachondas.
Nos miramos las tres. No duró mucho, apenas unos segundos, pero fue de esas miradas que dejan de ser inocentes para siempre.
Más tarde, ya dentro de un pub oscuro y lleno, nos metimos en una esquina de la barra para pedir otra ronda. Ahí fue cuando aparecieron los tres hombres. No entraron de golpe en nuestra noche; se fueron acercando con cuidado, primero con una broma, luego con una invitación a brindar, después bailando cerca. Eran atractivos, seguros y lo bastante listos como para no imponerse. Se llamaban Nico, Teo y Bruno.
Mara fue la primera en dejarse llevar. Nico y Teo se pusieron a bailar con ella, uno delante y otro detrás, y ella cerró los ojos, apoyó la cabeza hacia atrás y empezó a mover las caderas como si los tres ya se conocieran de toda la vida. Yo la miraba y sentía la garganta seca. Teo le agarró la cintura. Nico le rozó el muslo con la mano. Ella no se apartó.
Bruno se quedó con nosotras dos. Inés, que siempre había sido la más decidida, le tomó la cara y lo besó sin pedir permiso. Él respondió con la misma hambre. Yo me quedé mirando, quieta, hasta que Inés me agarró de la muñeca y me acercó.
—No te me vas a quedar mirando toda la noche —dijo, con una sonrisa torcida.
Entonces me besó a mí.
Su lengua me entró caliente, directa, sin dudas. Sentí a Bruno pegado a mi espalda y la mano de Mara en mi cadera cuando volvió con los otros dos. De pronto estábamos los seis bailando demasiado juntos, respirándonos en la cara, tanteando un límite que ya se había roto.
Fue Mara la que lanzó la propuesta cuando salimos a la calle a fumar y tomar aire.
—Mi apartamento está a diez minutos —dijo, como si hablara del clima—. Si seguimos aquí, terminamos haciendo un escándalo. Mejor subimos y vemos qué pasa.
Inés la miró con una mezcla de susto y deseo. Yo sentí un golpe seco entre las piernas.
—¿Seguras? —pregunté.
—Llevo años fantaseando con ustedes dos —soltó Inés, bajando la voz—. Si me echo atrás ahora, me voy a odiar.
Mara me sostuvo la mirada.
—Yo también.
Yo tragué saliva y asentí.
***
Al llegar al apartamento, la tensión se volvió casi visible. Dejamos abrigos, compramos más bebida en una tienda de la esquina y nos repartimos por el salón intentando actuar normales. Nadie era normal ya. La música sonaba baja. Había vasos sobre la mesa, risas cortas, silencios más largos de lo habitual. Todo olía a alcohol, perfume y expectativa.
Mara rompió el hielo. Se acercó a mí despacio, me apartó un mechón de la cara y me besó con una lentitud que me desarmó. No fue un pico de broma ni un roce curioso. Fue un beso profundo, húmedo, con su lengua recorriéndome la boca como si quisiera probarme entera. Inés se acercó por detrás y me metió una mano por debajo de la falda, apretándome el culo.
Gemí sin querer. Los tres hombres miraban en silencio.
—Quería hacer esto desde hace mucho —murmuró Inés, besándome el cuello mientras me sobaba—. Y ahora que te tengo así, no pienso parar.
Mara me soltó apenas para quitarme la blusa. Su mirada bajó a mis tetas cubiertas por el sostén y se mordió el labio. Luego me empujó hasta el sofá y me sentó. Inés se arrodilló frente a mí y me abrió las piernas. Sentí el aire frío en los muslos antes de que me apartara las bragas a un lado y me pasara los dedos por encima.
—Está empapada —dijo, mirándolos a ellos—. Ni siquiera hace falta preguntar.
Me metió dos dedos de golpe. Solté un jadeo y me eché hacia atrás. Su mano se movió firme, entrando y saliendo mientras Mara me sacaba el sostén y se inclinaba a chuparme un pezón. Su boca estaba caliente, voraz. Me lo lamía, me lo succionaba, me lo mordía justo lo suficiente para hacerme retorcer.
—Joder... —dije, con la respiración rota—. Sigan. No paren.
Los hombres se acercaron al fin. Bruno se puso detrás del sofá y me agarró el pelo para echarme la cabeza hacia atrás. Me besó la garganta mientras Nico acariciaba una de mis piernas y Teo me abría más el muslo para ver mejor cómo Inés me estaba metiendo los dedos en el coño.
El sonido era obsceno. Mi flujo ya le mojaba la mano entera. Inés sacó los dedos, se los metió en la boca y gimió.
—Quiero probarla bien —dijo.
Se hundió entre mis piernas y me abrió los labios con la lengua. Me chupó el clítoris con hambre, sin delicadeza, alternando lamidas largas con succiones que me hacían sacudir la cadera. Mara me agarró una teta con fuerza y me pellizcó el pezón. Bruno me metió dos dedos en la boca y me ordenó con una voz baja que los chupara. Lo hice sin pensar, mirándolo, notando cómo eso lo ponía aún más duro.
Inés me comía el coño como si quisiera tragarse cada gota. Cuando volvió a meterme los dedos, añadió un tercero y me arqueé soltando un gemido más fuerte.
—Así, sí... así... —balbuceé.
Mara bajó al suelo y se puso a mi lado. Apartó a Inés solo un segundo para besarla con mi sabor todavía en la boca. Verlas besándose, húmedas por mí, me terminó de volver loca. Después Mara se metió debajo y las dos empezaron a lamerme a la vez, una en el clítoris y otra más abajo, jugando con la entrada de mi coño, chupándome, mojándome, haciéndome temblar entera.
Me corrí así, con las piernas abiertas sobre el sofá, gimiendo el nombre de las dos mientras me sujetaban los muslos para que no me cerrara. El orgasmo me subió como un latigazo, me dejó sin aire y con la pelvis palpitando.
***
En cuanto pude enfocar otra vez, vi que los tres hombres ya estaban medio desnudos. Paquetes duros marcando la tela, torsos descubiertos, ojos clavados en nosotras como si llevaran una hora aguantándose. Inés se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y fue directa a desabrocharle el pantalón a Bruno.
—Nos toca jugar con ustedes —dijo.
Le bajó la ropa interior y su polla salió dura, gruesa, temblando un poco. Inés la agarró sin vergüenza, la pesó en la mano y silbó.
—Ahora sí que entiendo tu tranquilidad.
Mara se rió y se puso de rodillas al otro lado. Empezaron a chupársela entre las dos. Primero Inés le lamió el capullo despacio, recreándose en la punta húmeda, mientras Mara se ocupaba de la base y de los huevos. Luego cambiaron. Luego no cambiaron del todo y terminaron metiéndose la verga de Bruno en la boca a turnos, cruzando lenguas, saliva y gemidos alrededor de él.
Bruno respiraba como si fuera a romperse. Yo me acerqué por detrás, le bajé el pantalón del todo a Nico y me encontré con otra polla dura y brillante de excitación. La sujeté y sentí el peso caliente en la palma. Teo se puso frente a mí y me besó mientras yo pajeaba a su amigo. Nico me apartó la mano con una sonrisa tensa.
—Quiero verla en tu boca.
—Entonces dámela —contesté.
Me arrodillé y se la chupé desde la base hasta la punta, lenta al principio, luego más hondo. Tenía sabor a piel caliente y a ese líquido salado que ya se le escapaba del capullo. Escuché a Mara gemir a mi lado y levanté la vista: ahora era ella la que mamaba a Bruno hasta casi ahogarse, con Inés acariciándole el pelo y metiéndose dos dedos en el coño mientras la veía hacerlo.
Teo no quiso quedarse quieto. Me tomó de la barbilla y acercó su polla a mi cara. Lo miré un segundo y abrí la boca. Empecé a alternarlos, una mamada al uno, dos pajas al otro, saliva cayéndome por la barbilla, las manos ocupadas, el coño latiéndome otra vez con violencia.
—Joder, mírate —murmuró Teo—. Estás hecha una puta delicia.
Eso me encendió más. Agarré las dos pollas, las acerqué y me metí una en la boca mientras la otra me resbalaba por la cara y los labios. No pude tragármelas enteras a la vez, pero ver sus expresiones me bastó para seguir jugando así, húmeda, desordenada, felizmente sucia.
Detrás de mí, Inés se había subido a horcajadas sobre Mara en la alfombra. Estaban besándose con rabia, apretándose las tetas, frotando coños. Bruno se arrodilló junto a ellas y empezó a lamerles el cuello y los pezones. Mara se dejó caer hacia atrás y abrió más las piernas. Inés bajó la mano y se metió dos dedos dentro, mirándola a la cara.
—Dime cómo lo quieres —le dijo.
—Fuerte. Y ya.
Bruno fue a por preservativos mientras Nico me levantaba del suelo y me empujaba contra la pared. Me besó con hambre y metió una mano entre mis piernas. Estaba tan mojada que solo con rozarme soltó una risa grave.
—Te vas a correr otra vez en nada.
—Si sigues hablando, no —le dije—. Si me follas, sí.
***
Terminamos repartidos por el salón, pero nadie dejó de mirar a nadie. Esa era la parte más excitante: no había intimidad, solo cuerpos mezclándose, voces pidiendo más y ojos que devoraban todo. Nico me puso un condón con una habilidad tranquila y me giró de espaldas. Me abrió las piernas con la rodilla y me rozó la punta por la entrada del coño una y otra vez hasta hacerme suplicar.
—Mete esa polla de una vez —le ordené.
Entró de una embestida larga y me arrancó un gemido ronco. Estaba dura, gruesa y me llenó de golpe. Clavé las manos en la pared mientras él empezaba a follarme con ritmo firme, agarrándome de la cintura. Cada choque me sacudía las tetas y me hacía chorrear más por los muslos.
Teo se puso delante de mí. Me sacó la polla y me la apoyó en los labios. Abrí la boca sin dejar de recibir las embestidas de Nico. La combinación me desordenó por completo: una verga entrando por delante en mi garganta, otra golpeándome por detrás dentro del coño. Babear, gemir y aguantar el ritmo se volvió una sola cosa.
Nico me follaba cada vez más fuerte, hundiéndose hasta el fondo. Teo me sujetaba la cabeza y me la metía con cuidado al principio, luego con menos cuidado. Me ardían los labios, el coño, la respiración. Me encantaba.
A unos metros, Bruno estaba tumbado en el sofá y Mara cabalgaba sobre él. Subía y bajaba empalada, con la cabeza echada atrás y las tetas rebotando libres. Inés, arrodillada frente a ellos, le chupaba la polla a Mara cuando esta salía lo suficiente, lamiendo la base y el punto donde desaparecía dentro de ella. Cada vez que Bruno empujaba desde abajo, Mara soltaba un grito y agarraba a Inés del pelo.
—Sí, así, no pares —jadeaba—. Métete debajo, joder.
Inés obedeció. Se tumbó boca arriba bajo el borde del sofá y Mara, sin dejar de ser follada por Bruno, se inclinó para sentarse sobre su cara. La imagen me dejó sin aliento. Inés le abría el culo y el coño con la lengua mientras Bruno la taladraba desde abajo. Mara se corría a sacudidas, incapaz de decidir si empujar la cadera contra una boca o contra una polla.
Yo estaba al borde cuando Nico salió de mí. Pensé que iba a cambiar de postura, pero me giró, me levantó una pierna y volvió a metérmela mirándome a los ojos. Teo me siguió ofreciendo la boca llena de verga, y esta vez la acepté de rodillas. Nico me folló así, inclinada, con una pierna en su hombro, mientras yo mamaba a Teo y me corría sin poder evitarlo. El orgasmo me hizo cerrarme alrededor de Nico con tanta fuerza que maldijo en voz alta.
—Joder, aprietas como una loca.
—Entonces no aflojes —le dije, todavía temblando.
***
Inés quería más. Se le veía en la cara, en cómo se tocaba el clítoris mirando todo, en cómo se mojaba solo con observar a Mara. Se acercó a Bruno cuando él se quitó el condón usado y le puso otro sin apartar la vista de su polla.
—Ahora te quiero dentro de mí —dijo.
Se tumbó en la alfombra, abrió las piernas y Bruno se puso encima. La punta le rozó el coño brillante y ella ya estaba gimiendo antes de sentirlo entrar. Luego la embistió hasta el fondo y ella soltó una carcajada mezclada con gemido.
—Eso. Eso quería. Más fuerte.
Mara se arrodilló entre sus piernas y empezó a besarla mientras Bruno la follaba. Luego bajó. Le separó los labios del coño con los dedos y miró cómo la polla entraba y salía llena de flujo. Se inclinó a lamerle el clítoris entre embestida y embestida, volviendo loco a Bruno y a Inés a la vez.
Teo me tomó de la mano y me llevó detrás del sofá. Me puso de rodillas sobre los cojines y me abrió el culo con los dedos mojados de saliva. El gesto fue lento, atento, pero la intención era clara.
—¿Te gusta por aquí? —preguntó.
—Sí, pero no me vengas con delicadezas eternas —le respondí—. Prepáralo bien y entra.
Me masajeó el ano con dos dedos hasta que dejé de tensarme. Después apoyó la punta. Presionó poco a poco y el ardor inicial me hizo morderme el labio. Cuando por fin entró del todo, gemí más fuerte de lo que esperaba. Era una mezcla brutal de molestia y placer, de estiramiento y llenura. Teo se quedó quieto un segundo.
—¿Así?
—Así. Ahora fóllame.
Empezó despacio, pero no tardó en agarrarme de las caderas y darme embestidas secas, profundas. El sonido de sus huevos golpeándome el culo se mezcló con los jadeos de los otros. Nico apareció delante de mí, me alzó la cara y me besó mientras Teo me cogía por detrás. Luego me metió dos dedos en el coño y empezó a masturbarme al mismo ritmo. Ahí sí perdí completamente la cabeza.
Sentía el culo lleno, el coño palpitando alrededor de sus dedos, la boca ocupada a ratos por los besos de Nico. Cuando metió un tercer dedo y me rozó el punto justo, me corrí otra vez, apretando el culo alrededor de la polla de Teo y dejando escapar un gemido sucio, largo, sin ninguna vergüenza.
Del otro lado del salón, Inés ya estaba a cuatro patas. Bruno la embestía desde atrás con una mano en su cintura y otra apretándole la nuca. Mara, tumbada debajo de ella, le ofrecía la boca para que se sentara encima. Inés restregaba el coño en la cara de su amiga mientras era follada, y Mara le chupaba el clítoris, los labios, todo lo que podía alcanzar entre empujón y empujón.
—Me voy a correr, me voy a correr —repetía Inés.
—Pues córrete en mi cara —murmuró Mara.
Inés obedeció. Se estremeció entera y dejó caer el orgasmo sobre la boca de su amiga mientras Bruno seguía dándole duro desde atrás. Ver eso me puso otra vez al límite.
***
La última media hora fue puro desorden y pura claridad al mismo tiempo. Ya no había pudor, solo ganas de aprovechar cada segundo. Mara quiso probar a Nico y me aparté para verla. Se puso de rodillas frente a él y lo chupó despacio, casi con elegancia, hasta que él no pudo más y la levantó para sentarla en la mesa del comedor. Ahí le abrió las piernas y la penetró mientras ella se agarraba al borde y nos miraba a todos con esa sonrisa de triunfo y calentura.
Inés vino hacia mí todavía temblando. Me besó con sabor a sudor, saliva y sexo. Me metió la mano entre las piernas y empezó a frotarme el clítoris mientras Teo seguía dentro de mi culo, más lento ahora, más profundo. Yo le agarré la nuca y la besé con desesperación. Quería sentirla también. Bajé la mano y le metí dos dedos en el coño. Estaba chorreando.
—No sabes cuánto he deseado esto —me dijo contra la boca.
—Yo sí. Porque yo también.
Nos corrimos casi a la vez besándonos, con Teo enterrado en mi culo y Nico follando a Mara a pocos pasos. Bruno, ya sin condón y masturbándose, nos observaba como si no pudiera decidir dónde mirar. Al final Inés se arrodilló frente a él y volvió a tragarse su polla con hambre. Yo la seguí. Nos pusimos una a cada lado, mamándosela y pajeándola mientras él soltaba jadeos cada vez más desesperados.
—Me corro, me corro ya —avisó.
Nos apartamos apenas lo justo. Se corrió sobre nuestras caras y nuestras tetas, caliente y espeso. Inés recogió un poco con los dedos y me los llevó a la boca. Se los chupé sin apartar la mirada de la suya.
Nico salió de Mara y se quitó el condón. Teo hizo lo mismo detrás de mí. Mara bajó de la mesa y se arrodilló en medio del salón, con el cuerpo sudado y brillante, respirando rápido.
—Vengan —dijo—. Quiero terminar así.
Las tres nos pusimos frente a ellos. Mara empezó a chupar a Nico. Yo me ocupé de Teo. Inés volvió con Bruno. Durante unos segundos solo se escucharon mamadas húmedas, respiraciones cortadas y el golpeteo de manos masturbando. Entonces empezaron a correrse casi al mismo tiempo.
Nico se vino primero en la boca y la barbilla de Mara. Teo me llenó la lengua y me salpicó los labios. Bruno terminó sobre el pecho de Inés. Nos miramos las tres en ese estado sucio, agotado, satisfecho, y nos echamos a reír con una felicidad casi infantil, absurda y total.
Cuando ellos se fueron, ya de madrugada, el apartamento quedó en silencio salvo por nuestra respiración cansada. Nos tiramos las tres desnudas sobre el sofá, entre vasos vacíos, ropa por el suelo y olor a sexo pegado en la piel.
Mara apoyó la cabeza en mi hombro. Inés nos abrazó desde el otro lado.
—Bueno —dijo, cerrando los ojos—. Supongo que ya no somos exactamente las mismas amigas.
Le besé la frente a Mara y le acaricié la pierna a Inés.
—No —contesté—. Ahora somos mejores.
Ninguna discutió eso. Nos quedamos así, desnudas, abiertas del todo entre nosotras por primera vez, sabiendo que el viaje había empezado como un reencuentro y había terminado convirtiéndose en la fantasía que llevábamos años alimentando en secreto.
Y que, después de esa noche, ninguna iba a volver a fingir que solo hablábamos de sexo por jugar.