Le pedí a mi novio que trajera a su mejor amigo
La invitación de Vero para su fiesta de aniversario me tenía a mí y a Damián discutiendo qué ponerme desde las siete de la tarde. Terminé eligiendo una falda negra corta y una blusa fina, sin sostén, porque el calor de esa noche de marzo no daba para más. Estaba pintándome la boca frente al espejo del baño cuando él apareció detrás con esa mirada que ya me conocía de memoria.
—Póntelo —me dijo, y dejó la caja azul sobre el lavabo—. Para la fiesta.
Lo miré por el reflejo. Sabía de qué me hablaba sin abrir la caja. Era el plug anal que me había regalado hacía unos meses. Lo habíamos usado un puñado de veces, siempre en la cama, siempre para calentarlo a él mientras me miraba entrar y salir. Nunca lo había sacado a la calle.
—¿En la fiesta? —pregunté, con el labial suspendido a media boca.
—Antes de salir —dijo, y me apoyó las manos en los hombros—. Y no te lo quitás hasta que yo te diga.
No contesté. Abrí la caja, saqué el juguete, lo lubriqué y me apoyé en el borde del lavabo. Damián se puso detrás. Sentí sus dedos separándome, la punta fría del plug empujando con esa presión que siempre me hacía cerrar los ojos y morderme el labio. Dolió un segundo, ese estirón conocido, y después la llenura. Me quedé quieta, respirando por la nariz, mientras él me acomodaba la ropa interior y me bajaba la falda con una palmada en el culo.
—Listo —dijo—. Ahora nos vamos.
Bajamos las escaleras del edificio agarrados de la mano. Cada paso era un recordatorio. No dolía, pero estaba ahí, denso, caliente, un secreto que caminaba conmigo entre la ropa. La calle estaba fresca, casi vacía. Damián no me soltó los dedos en las dos cuadras que nos separaban de la casa. Cada tanto apretaba y sonreía sin mirarme, como si supiera exactamente lo que sentía yo con cada movimiento de cadera.
La música se escuchaba desde la vereda. Bajos que hacían vibrar los vidrios, luces rojas y azules parpadeando detrás de las cortinas. Cuando abrió la puerta, el calor y el ruido me pegaron en la cara.
—¡Ya llegaron los que faltaban! —gritó alguien desde el living.
Saludos, sonrisas, un vaso de plástico en la mano y a seguir. Damián me guió hasta la cocina, donde la música pesaba menos. Me apoyé en la mesada. Cada vez que me reía o me estiraba para agarrar la cerveza, el plug se movía un milímetro y yo sentía todo: el estómago, el clítoris, las piernas, todo caliente y tenso.
—¿Estás bien? —me preguntó él, con la boca pegada a mi oreja.
Le mordí el lóbulo por respuesta. Damián soltó una risa baja y me dio un beso corto en el cuello.
Alguien subió el volumen. Un reguetón lento, sucio, empujó a la gente al centro del living. Damián me llevó ahí, me pasó las manos por las caderas y me apretó contra él. No era bailar, era rozarse. Su bulto, ya duro, presionaba contra mi espalda baja, justo en el borde donde estaba el plug. Me tuve que morder el labio para no gemir en voz alta en medio de veinte personas.
Y entonces sentí a Nicolás.
Un calor nuevo, cerca. Se había acercado a bailar con nosotros, guardando la distancia justa. Nicolás era el mejor amigo de Damián desde hacía años. Alto, de brazos anchos, con esa sonrisa lenta que se armaba en un solo lado de la boca. Yo lo había mirado más de una vez, y él a mí, y los dos nos habíamos hecho los tontos siempre.
Damián no se hizo el tonto esa noche. Sin sacarme las manos de la cadera, giró la cabeza y le habló por encima de mi hombro.
—¿Te vas a quedar mirando toda la noche, Nico?
Nicolás debe haber contestado algo, porque Damián se rió, corto y cómplice. Después me aflojó el agarre. No me soltó. Me abrió, más bien. Me dejó espacio. Y le habló otra vez, ahora más claro.
—Dale.
Nicolás se deslizó frente a mí en un solo movimiento. Damián me guió con la mano para que mi espalda quedara pegada a su pecho, y ahora tenía la cara de Nicolás enfrente, la sonrisa a media asta, los ojos fijos en mi boca. Damián me abrazó por atrás, las manos abiertas sobre mi vientre, marcándome el lugar entre los dos.
—Ahora bailá con él —me murmuró en la oreja.
Yo obedecí, con la cara ardiendo y el plug palpitando en cada movimiento. Nicolás bajó las manos a mis muslos, apenas, un roce por encima de la falda. Damián apretó los brazos alrededor de mi cintura. Me quedé quieta un segundo, atrapada entre los dos cuerpos, y entendí que me estaba gustando. No a medias, no de a poco. Me gustaba entera, con el coño mojado bajo la ropa interior y las tetas duras contra la blusa.
Nicolás me bajó la mirada de los ojos a la boca, y yo di el paso. Me estiré hacia adelante y lo besé. Fue rápido, urgente, con sabor a cerveza. Cuando me separé, Damián ya me estaba agarrando la mano.
Me sacó de la pista sin decir una palabra. Cruzamos el pasillo esquivando gente, empujó una puerta y me metió en un cuarto chico, con una cama sola, un placard y una lámpara apagada. Cerró detrás nuestro. En la oscuridad su respiración era todo lo que se escuchaba, además de la mía.
Me estampó contra la puerta y me besó con los labios abiertos, la lengua entera, las manos por adentro de la blusa buscándome las tetas. Me pellizcó los pezones y me arrancó un gemido que él se tragó con la boca. Después separó los labios lo justo para hablarme pegado a la mía.
—Te puse el plug por una razón —dijo, con la voz ronca—. Esta noche te voy a coger el culo.
Me quedé sin aire. Iba a decirle algo y me volvió a besar, más fuerte, mordiéndome el labio. Después me bajó la boca al cuello, chupando, mordiendo, marcándome la piel como si quisiera dejar una huella permanente.
—Y hay más —gruñó contra mi piel—. Otra cosa que quiero.
Levantó la cara. En la penumbra apenas le veía los ojos, pero le sentía la respiración caliente en la cara.
—Quiero un trío. Con Nico. Acá. Ahora.
Las piernas se me aflojaron. Me sostuvo. Sus manos bajaron por mi espalda hasta las nalgas y me apretó, posesivo.
—Lo estuve pensando desde que llegamos —siguió—. Verte bailar con él, verlo mirarte. Yo te lo di. Y quiero más. ¿Y vos? ¿No sentiste nada con él ahí pegado?
No le contesté la pregunta. No podía. Sí había sentido, había sentido demasiado, y ya me imaginaba las dos cosas a la vez, las dos vergas, la que ya conocía y la nueva, una en cada lado, y me daba vergüenza decirlo. Así que le dije lo único que podía decir sin morirme.
—Andá y decile.
Damián salió del cuarto. Me quedé sola dos minutos, apoyada en la puerta, sintiendo el plug caliente y las tetas todavía duras contra la tela. La puerta se abrió. Entraron los dos.
Nicolás no traía cara de sorpresa. Traía cara de quien había estado esperando toda la noche que lo llamaran. Damián cerró con llave y vino directo a mí. Me agarró la cara y me besó, hondo, posesivo, marcando el territorio. Y entonces sentí las otras manos. Las de Nicolás. Grandes, calientes, subiendo por mi cintura por atrás, empujándome la blusa hacia arriba, agarrándome una teta desde atrás mientras Damián me besaba adelante.
Nunca había sentido cuatro manos al mismo tiempo. Era imposible seguirle el ritmo a todas. Una de Damián en mi nuca, la otra apretándome la cadera. Una de Nicolás pellizcándome un pezón desde atrás, la otra colándose por debajo de la falda, subiendo por el muslo hasta la bombacha, encontrando la humedad ahí antes de tocarme. Nicolás gruñó contra mi hombro cuando descubrió cómo estaba.
Me sacaron la ropa entre los dos. La blusa por arriba, la falda al piso, la bombacha que Damián me bajó con cuidado de no mover el plug. Me pusieron desnuda en el medio del cuarto, con la luz mala de la calle entrando por la ventana. Se sacaron las remeras, los pantalones. Los dos tenían la verga dura, marcada. La de Nicolás era un poco más gruesa, un poco más corta que la de Damián. Se me hizo agua la boca sin poder evitarlo.
Damián me empujó a la cama, boca abajo, en cuatro. Me abrió las piernas con las rodillas. No hubo preparación, no había hecho falta: me la metió de una embestida hasta el fondo, en el coño, sin sacarme el plug del culo. Se me escapó un grito ahogado, mitad dolor, mitad puro placer. Sentirlo dentro con la otra cosa apretándome desde adentro era otra dimensión. Empezó a moverse de entrada, duro, sin darme tiempo a acomodarme.
Nicolás se arrodilló frente a mí. Me tomó la cara entre las manos y me acercó a su verga. Abrí la boca. Le agarré la base con una mano y me la clavé más adentro, ahogándome un poco, dejando que me la cogiera de la boca al ritmo que a Damián le daba la gana atrás.
—Mirá cómo la abre —le dijo Damián a Nicolás, con la voz cortada por las embestidas—. Mirá cómo se la come.
Nicolás gruñó. Los dos estaban hablándome, hablando de mí, y a mí me encantaba. Yo ya no sabía si estaba gimiendo o llorando. Solo sentía la verga de uno atrás y la del otro adelante, y cómo cada embestida de Damián me empujaba a hundirle más la boca a Nicolás, ahogándome sin querer soltarlo.
Estuvieron un rato así. Después cambiaron sin avisar. Damián se salió y se puso frente a mí. Nicolás pasó atrás. Sentí otras manos en las caderas, otro ancho, otra manera de entrar. Nicolás me la metió con un solo empuje largo y me arrancó un jadeo que Damián me tapó con la boca. Otro ritmo, más lento, más profundo. Damián frente a mí ya no me la puso en la boca: se agachó y me besó con lengua, mordiéndome el labio, mientras Nicolás me embestía atrás y el plug se movía dentro mío en cada golpe.
Se turnaron. Otra vez y otra vez. Cada cambio era una descarga nueva. Cada uno con su ritmo, su ángulo, sus manos. Yo estaba empapada, temblando, ya sin capacidad de pensar. Estaba siendo cogida en serio, por dos, y quería más.
Nicolás estaba dentro de mí cuando lo dije. Levanté la cabeza, lo miré a los ojos y las palabras me salieron antes de poder taparlas.
—Sacame el plug —jadeé—. Los quiero a los dos. Adentro. A la vez.
Damián, que estaba frente a mí con la mano en mi mandíbula, soltó un gruñido de triunfo. Los ojos se le pusieron negros de lujuria.
—¿La oíste? —le dijo a Nicolás.
Nicolás asintió con una sonrisa salvaje. Se salió despacio. Damián se movió detrás. Sentí sus dedos conocidos buscando la base del plug, empujando de a poco, y después un instante de vacío raro cuando lo sacó. Lo dejó caer al costado de la cama con un ruido sordo.
—Acostate —le ordenó Damián a Nicolás.
Nicolás obedeció, de espaldas en el medio de la cama, la verga parada contra la panza. Damián me agarró las caderas y me guió sobre él. Me acomodé con las rodillas a los costados y bajé despacio. Sentí a Nicolás llenándome el coño, todavía empapada del otro, y me arqueé con un gemido largo. Él me agarró las tetas y empezó a empujar hacia arriba.
Damián se puso atrás. Sentí la punta de su verga, mojada con mi propia humedad, presionando contra el otro agujero, ahora vacío, ahora abierto de haberme tenido el plug toda la noche.
—Relajate —me dijo al oído. No era un pedido.
Un empuje lento y firme, y sentí cómo me abría, cómo me estiraba de una manera nueva mientras ya estaba llena de Nicolás por delante. Se me atascó un grito en la garganta. Fue una plenitud imposible, un llenado total, como si me fueran a partir en dos y a mí me gustara.
Ahí me tenían. Empalada entre los dos, cada centímetro ocupado, cada respiración compartida con sus movimientos. El mundo se redujo a un punto de presión y calor.
Empezaron a moverse. Al principio alterno: cuando Damián se retiraba, Nicolás empujaba desde abajo; cuando Nicolás se hundía, Damián avanzaba desde atrás. Una coreografía brutal y perfecta que estiraba cada límite de mi cuerpo. Después encontraron el ritmo, se sincronizaron. Un empuje, un retroceso, dos vergas llenándome desde los dos frentes al mismo tiempo. Yo gemía sin control, sonidos guturales que no reconocía como míos. Damián me gruñía cosas obscenas contra la nuca —«así, puta», «cómo te gusta», «mirá cómo te la damos entre los dos»— y Nicolás me apretaba los muslos, jadeando, los ojos cerrados en una concentración extática.
Me acabé con un grito ahogado sin querer, sin avisar. Se me sacudió todo, el coño se me cerró alrededor de Nicolás, el culo alrededor de Damián, y ellos gruñeron los dos a la vez. Fue la corrida más larga y más rara de mi vida, sacudiéndome desde dos lugares al mismo tiempo, mientras seguían empujando y prolongándomela hasta que casi no podía respirar.
Nicolás fue el primero en terminar. Un gruñido corto, un empuje final desde abajo, y lo sentí soltarse dentro mío, caliente. Se salió rápido, jadeando, y se derrumbó a un lado. Damián no. Me agarró de las caderas con las dos manos, más fuerte, y me cogió más hondo con Nicolás afuera, tres o cuatro embestidas brutales, hasta que rugió contra mi hombro y sentí su corrida llenándome por dentro, palpitando en cada latido.
Después, silencio. Peso, jadeos, el colchón hundido bajo tres cuerpos. Damián se dejó caer encima. Nicolás al costado. Yo aplastada contra el colchón, sonriendo como una idiota, tratando de acordarme cómo se respiraba normal.
Un rato después, dos manos empezaron a acariciarme, una desde cada lado. La de Damián en el costado, dibujando círculos lentos en la piel sensible. La de Nicolás en el hombro, bajando por el brazo con una suavidad que no le había conocido en la cama. Nadie dijo nada. Solo esas manos, calmando los temblores que todavía me subían por dentro.
Esa noche, en un cuarto ajeno que olía a sudor y a nosotros tres, algo se rompió para siempre. No fue el plug. No fue el trío. No fue Damián metiéndomela por el culo mientras Nicolás me la metía por el coño. Fue el deseo. Mi deseo. Dejó de ser una respuesta a lo que él me pedía y se convirtió en una voz mía, clara, exigente, sin vergüenza.
Cuando le dije «los quiero a los dos», no estaba obedeciendo a nadie. Estaba pidiendo lo que quería. Y me lo dieron.
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