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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el balcón con la otra pareja

Habíamos pasado casi dos meses hablando por mensajes antes de animarnos. Primero fueron preguntas tontas, después fotos, y al final una conversación larga, de madrugada, en la que los cuatro pusimos sobre la mesa lo que buscábamos. Mariano y yo llevábamos tiempo coqueteando con la idea de compartir la cama con otra pareja, pero una cosa es fantasearlo en voz baja antes de dormir y otra muy distinta reservar una casa frente al mar para que dejara de ser un juego de palabras.

La pareja se llamaba Lucía y Damián. Vivían en otra ciudad, así que el encuentro tenía algo de viaje y de escapada al mismo tiempo. Quedamos en una casa alquilada sobre la costa, con un balcón enorme que daba directo a la playa y el ruido del agua metiéndose por todas las ventanas. Llegamos un viernes a media tarde, cargados de bolsas, de nervios y de una tensión que se podía cortar con la mano.

—Tranquila —me dijo Mariano en el ascensor, apretándome la cintura—. No tenemos que hacer nada que no quieras.

El problema era justo ese. Quería. Quería que me la metieran hasta el fondo, quería mamar una polla nueva, quería que mi marido se cogiera a otra mujer al lado mío. Y me daba vergüenza cuánto lo quería.

Lucía abrió la puerta descalza, con un vestido fino que se le pegaba al cuerpo todavía húmedo del mar. Se le marcaban los pezones duros a través de la tela y no llevaba bombacha: la sombra del coño se adivinaba clarita cada vez que la luz le pegaba de frente. Damián apareció detrás, alto, con una sonrisa que ya había visto en las fotos pero que en persona tenía otro peso, y un bulto marcado en el pantalón corto que no se molestó en disimular. Nos saludamos con dos besos torpes, como si fuéramos viejos conocidos que en realidad no se conocían de nada, y enseguida alguien abrió una botella de vino para tapar el silencio.

***

La primera noche no pasó casi nada, y esa fue la mejor decisión que tomamos. Cenamos en la terraza pescado y ensalada, hablamos hasta tarde, nos reímos de lo incómodo que era todo y, poco a poco, lo incómodo se fue convirtiendo en otra cosa. Lucía me contó cómo habían empezado ellos, yo le conté de Mariano, y mientras tanto las piernas se iban acercando bajo la mesa sin que nadie lo dijera en voz alta.

Cuando me levanté a buscar más hielo, Damián vino conmigo a la cocina. Se apoyó en la encimera mientras yo abría el congelador, y sentí su mirada recorriéndome la espalda como una mano.

—¿Estás bien con todo esto? —preguntó en voz baja.

—Más de lo que debería —contesté, y me sorprendió mi propia honestidad.

No me tocó. Solo se quedó ahí, cerca, dejando que la distancia hiciera el trabajo. Volvimos a la terraza con el hielo y nadie sospechó que en esos treinta segundos algo se había decidido.

***

El sábado amaneció de un azul imposible. Pasamos la mañana en la arena, los cuatro tirados bajo una sombrilla, y ahí las reglas que habíamos acordado por mensaje empezaron a flexibilizarse solas. Mariano le ponía protector solar en la espalda a Lucía y ella arqueaba el cuello como una gata, con la parte de arriba de la bikini medio corrida, dejándole ver una teta entera a mi marido. Damián me ofrecía agua y nuestros dedos se rozaban más de lo necesario. Nadie disimulaba ya. Habíamos venido a esto y el cuerpo lo sabía antes que la cabeza. Yo estaba mojada desde el desayuno.

Volvimos a la casa pasado el mediodía con la piel caliente y la boca seca. Lucía propuso una ducha y, entre risas, terminamos repartidos en los dos baños sin que las parejas coincidieran como habían llegado. Cuando salí, envuelta en una toalla, Damián estaba en el pasillo esperándome.

Esta vez sí me tocó.

Me apoyó contra la pared con una lentitud que me puso la piel de gallina, me apartó el pelo mojado del cuello y me besó justo debajo de la oreja. No fue un beso de los que se piden permiso. Fue de los que se toman. Sentí su mano abriéndose paso por debajo de la toalla, subiendo por el muslo, y cuando los dedos me llegaron al coño se le escapó un gruñido bajito al encontrarlo empapado.

—Mirá cómo estás —murmuró, hundiéndome dos dedos de una vez—. Estabas esperándome desde ayer, ¿no?

—Sí —jadeé, abriendo más las piernas—. Sí, hace horas.

La toalla cayó al suelo. Damián me arrancó el nudo con la otra mano y me dejó desnuda contra la pared, mientras me metía los dedos con un ritmo lento que me hacía apretar los dientes. Bajó la boca por mi cuello, por el escote, y me chupó un pezón con hambre, tirándolo suave con los dientes hasta que se me escapó un gemido más fuerte de lo que quería.

—¿Acá? —murmuré.

—Donde quieras —dijo él contra mi piel.

Desde el salón llegaba la risa de Lucía y el murmullo grave de Mariano. Saber que ellos estaban del otro lado, haciendo exactamente lo mismo que nosotros, me prendió fuego de una manera que no esperaba. No había culpa. Había permiso. Y el permiso, descubrí, era lo más excitante de todo.

***

Esa tarde el reparto quedó claro sin que nadie lo dijera con palabras. Yo con Damián, Mariano con Lucía. Mi marido y yo no nos tocamos entre nosotros en todo el fin de semana, y lejos de molestarnos, había algo casi tierno en mirarnos desde la otra punta de la cama, cada uno entregado a otra persona, sosteniéndonos la mirada un segundo de más.

Damián tenía manos pacientes. Me llevó al dormitorio principal levantándome en brazos, me tiró en la cama y me abrió las piernas de un tirón. Se arrodilló entre mis muslos y se quedó mirándome el coño abierto un rato largo, con esa cara de tipo que estaba por comerse algo que había estado esperando mucho tiempo.

—Tenés un coño hermoso —dijo, y bajó la cabeza sin esperar respuesta.

La primera lamida me arqueó entera contra el colchón. Damián comía como si le fuera la vida, con la lengua ancha y plana subiendo desde abajo hasta el clítoris, chupándomelo con los labios, metiendo la lengua adentro y sacándola con un ruido húmedo que me hacía morderme el dorso de la mano para no gritar. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí, egoísta, sin pudor. Él dejó escapar una risa contra mi coño que me hizo temblar los muslos, y me metió dos dedos mientras seguía chupándome el clítoris, moviéndolos en gancho, buscando ese punto que hacía años nadie encontraba tan rápido.

Me corrí en su boca en menos de cinco minutos, apretándole la cabeza con los muslos, con la espalda arqueada del colchón. Damián no paró. Siguió lamiéndome despacio mientras yo bajaba, hasta que la segunda ola vino sola, más chica, temblorosa, y me dejó riéndome de puro nervio.

—Todavía no —murmuró él, subiéndome por el cuerpo con la boca brillante—. Recién empezamos.

Me arrastré por la cama hasta ponerme de rodillas frente a él. Le bajé el short de un tirón y se le sacudió la polla afuera, dura, gruesa, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Le pasé la lengua desde la base hasta la cabeza y le arranqué un gemido ronco que me hizo apretar los muslos. Me la metí entera en la boca, hasta la garganta, y empecé a mamársela con ganas, con las dos manos, chupando la punta con los labios y bajando de nuevo, dejando que el hilo de saliva le corriera por los huevos.

—Así —jadeó él, agarrándome del pelo—. Así, no pares, chupámela así.

Se la mamé como si quisiera memorizarla, oyéndolo gruñir cada vez que me la clavaba hasta el fondo. Cuando sentí que estaba a punto, me la sacó de la boca con un tirón suave del pelo.

—Adentro —dijo, casi sin aliento—. Quiero acabar adentro tuyo.

Sacó un preservativo del cajón, se lo puso con manos rápidas, y me tumbó de espaldas otra vez. Cuando me la metió, despacio, centímetro a centímetro, se me escapó un gemido largo. Era más gruesa que la de Mariano, me estiraba distinto, me llenaba en un ángulo nuevo que me hizo cerrar los ojos y agarrarme de las sábanas. Se quedó quieto un segundo, adentro hasta el fondo, dejándome sentirlo.

—¿Cómo te queda? —murmuró.

—Grande —jadeé—. Grande, cogeme fuerte.

Empezó a moverse con embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a clavarla de una, haciendo golpear los huevos contra mi culo con cada envión. La cama chirriaba, mis tetas rebotaban con el ritmo, y desde la habitación de al lado se colaban los sonidos de Mariano y Lucía: golpes rítmicos contra la pared, el jadeo agudo de ella pidiendo más, la voz ronca de mi marido diciéndole cosas que nunca me había dicho a mí y que me pusieron todavía más caliente.

Damián me dio vuelta y me puso en cuatro. Me agarró de las caderas con las dos manos y me la volvió a meter de una, sacándome un grito que ya no me molesté en aguantar. Me la clavaba con fuerza, haciéndome avanzar sobre las rodillas con cada empujón, mientras con una mano me agarraba una teta y con la otra me apretaba el culo, abriéndomelo con el pulgar.

—Estás cerrada acá —dijo, apretando el pulgar contra mi ojete—. Otro día.

—Otro día —jadeé, riéndome sin aire.

Me la siguió clavando por atrás hasta que sentí que se me venía el segundo orgasmo, más profundo, más denso. Metió una mano por delante, me buscó el clítoris con dos dedos y me lo frotó rápido, sin parar de cogerme, hasta que me corrí gritando contra la almohada, apretándole la polla adentro con los espasmos. Damián gruñó, embistió tres o cuatro veces más, cortas y salvajes, y se corrió con un gemido largo, hundiéndose contra mí, apretándome las caderas con tanta fuerza que al día siguiente tenía las marcas de sus dedos.

Terminé temblando, con la cara hundida en el hombro de Damián cuando se derrumbó encima mío, riéndome de pura adrenalina, sintiendo el preservativo caliente adentro y su respiración agitada en la nuca.

***

La noche del sábado cenamos los cuatro otra vez, ahora sin ninguna timidez, mezclados, las manos paseándose con total naturalidad. Lucía me dio un beso en la boca a la mitad del postre, con lengua, tranquila, como si fuera algo que hiciéramos todas las noches, y Mariano y Damián se quedaron mirándonos con la cara colorada. La fiesta siguió hasta tarde, con música baja y mucho vino, y en algún momento las dos parejas terminamos juntas, sin pared de por medio, mirándonos hacer y dejándonos mirar.

Fue la noche más intensa de mi vida, sin exagerar. Damián me cogía sobre la alfombra mientras yo miraba a Lucía cabalgar a mi marido en el sillón de al lado, con las tetas saltándole con cada movimiento y la boca abierta. En un momento ella se bajó, se arrastró hasta mí, y me chupó las tetas mientras Damián me seguía clavando por detrás. Vi a mi marido arrodillado atrás de Lucía, cogiéndosela en cuatro justo al lado de nosotros, y crucé una mirada con él que fue casi más íntima que cualquier cosa que hubiéramos hecho juntos en años. Buena comida, buen vino, buena compañía y un deseo que se renovaba cada vez que creía que ya no me quedaba nada.

Y entonces vino el balcón.

Era de madrugada. Lucía y Mariano se habían quedado dormidos enredados en el sofá, ella con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de mi marido, todavía con el semen secándose entre los muslos. Damián y yo salimos a fumar al aire libre, todavía desnudos bajo dos toallas, con el mar negro rugiendo abajo. La brisa estaba fría y el cielo lleno de estrellas. Me apoyé en la baranda y él se puso detrás, abrazándome, y lo que empezó como un gesto cariñoso se convirtió en otra cosa en cuestión de segundos.

Sentí su polla dura contra mi culo por encima de la toalla. Me la abrió sin decir nada, me la deslizó por la espalda y la dejó caer al piso. Yo hice lo mismo con la de él. Me inclinó suave sobre la baranda, con una mano en la nuca y otra en la cadera, y me la metió de una embestida sola, sin preámbulos, arrancándome un gemido que se llevó el viento.

—Otra vez —le pedí, y ni siquiera lo pensé.

Lo hicimos ahí mismo, contra la baranda, con la ciudad dormida y el ruido del agua tapando todo lo demás. Fue rápido, urgente, sin nada de la paciencia de la tarde. Me clavaba fuerte, con las manos en mis caderas, tirándome hacia atrás con cada embestida hasta que los muslos me temblaban contra el hierro frío. Le sentía la polla más caliente que nunca, la piel contra la piel, sin nada en el medio. Y en el calor del momento, ninguno de los dos se acordó del preservativo. Lo supe cuando ya llevaba un minuto adentro mío a pelo, y no me detuve. Él lo supo y tampoco. Al contrario: cuando me di cuenta y él se dio cuenta, me apretó más fuerte, me la clavó más hondo, como si el hecho de estar rompiendo la única regla que quedaba nos hubiera calentado a los dos hasta un punto que no estaba previsto.

—Voy a acabar —jadeó contra mi oreja—. ¿Adentro?

—Adentro —contesté, apretando los dientes—. Adentro, no salgas.

Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo detrás mío, cómo la polla se le hinchaba una última vez adentro de mí, y después el latido caliente del semen soltándose en oleadas. Me apreté contra él, temblando, con el clítoris pulsándome sin haber tocado siquiera. Nos dejamos llevar, y cuando terminó dentro de mí los dos nos quedamos en silencio un rato largo, con él todavía adentro, abrazados, mirando el mar. Sentí un hilo tibio bajarme por el muslo cuando finalmente la sacó.

—No le digamos nada a nadie —murmuré.

—De acuerdo —dijo él.

Era el último secreto que me quedaba por guardar, y lo guardé como una tonta.

***

El domingo nos despedimos con esa mezcla de cansancio feliz y nostalgia anticipada que dejan los buenos viajes. Lucía me abrazó fuerte y me hizo prometer que repetiríamos. Damián me dio un beso largo en la frente. En el auto, de vuelta a casa, Mariano me tomó la mano y no la soltó en todo el camino. No hablamos mucho. No hacía falta. Los dos sabíamos que habíamos cruzado una línea juntos y que del otro lado se estaba bien.

Lo del balcón me lo guardé.

***

Pasó un mes y medio antes de que el cuerpo me empezara a hablar. La regla no me venía, y cada día que pasaba el silencio de mi calendario se hacía más ruidoso. Al principio me lo negué. Después empecé a contar los días con la calculadora del teléfono, una y otra vez, como si la suma fuera a cambiar. No cambiaba.

Una noche, mientras lavábamos los platos, junté el coraje.

—Tengo que contarte algo —le dije a Mariano—. Y prefiero decírtelo de frente.

Le conté lo del balcón. Lo del descuido. Que Damián se había corrido adentro mío sin goma. Lo que llevaba semanas tragándome sola. Vi cómo le cambiaba la cara, cómo apretaba la mandíbula, cómo dejaba el plato en la pileta con más cuidado del necesario para no romperlo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, y la voz le salió más dolida que enojada.

—Porque me dio vergüenza. Porque fue una estupidez de un momento.

Se quedó callado un rato largo, mirando el agua correr. Después suspiró y me abrazó por detrás, apoyando la frente en mi hombro.

—Está bien —dijo al fin—. Estamos los dos metidos en esto. Las reglas las pusimos juntos y las rompimos juntos. No vas a pasar por esto sola.

Lloré ahí, en la cocina, con las manos llenas de espuma. No de miedo, sino de alivio. Estaba enojado, claro que lo estaba, pero no me soltó.

***

Compramos una prueba esa misma noche, de las rápidas, de farmacia. Esperamos los tres minutos sentados en el borde de la bañera, tomados de la mano como dos adolescentes. Salió negativa. Pero los días seguían pasando y la regla no aparecía, así que la tranquilidad nos duró poco.

Pedimos turno con una médica. Análisis de sangre, una ecografía, preguntas incómodas que respondí con la verdad. La espera en la sala fue eterna. Mariano me sostuvo la mano todo el tiempo, sin reproches, leyendo conmigo los carteles de la pared para no pensar.

No estaba embarazada.

La médica habló de estrés, de cambios hormonales, de cómo un susto grande puede atrasar el ciclo por su cuenta. El cuerpo, dijo, a veces reacciona al miedo antes que a cualquier otra cosa. Salimos del consultorio y nos quedamos un rato en el auto, en silencio, hasta que Mariano se largó a reír, una risa nerviosa que se me contagió enseguida.

—Te juro que no me vuelvo a olvidar de nada —le dije.

—Más te vale —contestó, y me besó.

***

Fue solo un susto. Uno de esos que te ordenan la cabeza de golpe. No nos arrepentimos del fin de semana —fue uno de los mejores de nuestra vida y todavía lo recordamos así—, pero aprendimos que el deseo necesita reglas justamente para poder soltarse sin miedo. Las reglas no están para apagar el fuego. Están para que el fuego no queme la casa.

A Lucía y a Damián los volvimos a ver, meses después, esta vez con la cabeza más fría y los preservativos más a mano. Pero esa ya es otra historia. La del balcón, la que estuvo a punto de cambiarnos la vida, prefiero contarla así, completa, para que quede claro que detrás de cada fantasía hay dos personas reales que también tienen miedo, y que a veces lo más íntimo no es el sexo, sino lo que decidís contarle a quien duerme a tu lado.

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Comentarios(8)

Inquieto68

tremendo relato!!! la tension que construis desde el principio es impresionante

MarceloBN_22

Por favor necesito una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber que paso despues

RominaVK

Se nota que hay algo real detras de esto, esa espera de semanas hablando por mensajes antes de que pase todo... muy creible. Me encanto

PabloSur23

Excelente!!! Sigue escribiendo asi que te leo con mucho gusto

Bailarina88

jajaja me recordo a una situacion parecida que me paso en un viaje, aunque no llego tan lejos. El titulo ya me atrapo desde el principio

NocheEnBaires

Una pregunta, los cuatro ya se conocian de antes o fue un encuentro mas improvisado? porque la dinamica entre ellos se siente muy natural

SoledadR

La ambientacion frente al mar le da un toque diferente, muy bien narrado. Se lee de un tiron sin querer parar

MauroBaires

me puso al 100 desde el primer parrafo jajaja. Uno de los mejores de esta categoria que lei ultimamente, en serio

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