La cabaña nevada donde cruzamos todos un límite
Me llamo Adrián y quiero contar algo que me pasó el invierno pasado, una de esas noches que sabes que difícilmente se repetirá. Todavía me cuesta creer que ocurriera, pero ocurrió, y prefiero dejarlo escrito antes de que la memoria lo suavice.
Nos fuimos unos días a la montaña dos parejas: mi mujer, Carla, y yo, por un lado; nuestros amigos Rubén y Noelia, por el otro. Rondábamos todos los cuarenta y pico. Con Rubén y Noelia llevábamos media vida de cenas, viajes y confidencias, esa clase de amistad en la que ya no hay poses ni cuidado. Dos parejas estables, cuatro amigos que se conocían demasiado bien.
Alquilamos una casa rural en un pueblo del Pirineo aragonés con la idea de hacer senderismo y recorrer un par de rutas con fama de bonitas y fáciles. Salimos un jueves al mediodía, cada pareja en su coche, y llegamos a media tarde. Nos dieron las llaves, deshicimos el equipaje y bajamos al supermercado más cercano a comprar lo que faltaba.
Sabíamos que el tiempo podía complicarse. Lo que iban a ser cuatro copos se anunciaba ahora como algo más serio, pero teníamos ganas y decidimos correr el riesgo. Cenamos sin darle importancia, nos acostamos pronto y, al amanecer, nos esperaba la sorpresa.
La nevada no había sido épica, pero sí suficiente para cubrir las calles. El problema de verdad fue otro: un camión había volcado en la única carretera de acceso, desparramando la carga por todo el asfalto. Hasta que no llegaran los peritos no entraban ni las máquinas quitanieves. Conclusión: encerrados en un pueblo de apenas cien habitantes.
Rubén y yo nos vinimos abajo: teníamos ganas de estrenar las raquetas de nieve. Carla y Noelia, en cambio, le quitaron hierro enseguida: siempre podíamos encender la barbacoa, alargar la sobremesa como cuando éramos jóvenes y descansar, que falta nos hacía.
Visto así, el plan no era tan malo. Almorzamos algo y salimos a estirar las piernas por el pueblo, a ver el paisaje nevado. Era un espectáculo que no acostumbrábamos a ver, y lo disfrutamos.
Hacia el mediodía encendimos el fuego en el asador, bien cubierto por un tejadillo. Mientras cogía cuerpo, abrimos un buen tinto y nos preparamos un vermut, charlando de anécdotas de otros años. Asamos panceta, chistorra y unas chuletillas de cordero, y de postre torrijas, helado y café. Para rematar, un licor de la zona. Cuando quisimos darnos cuenta eran casi las cinco de la tarde.
Con el primer pacharán, riquísimo, la conversación empezó a derrapar. Hablamos del amor, del sexo, de las relaciones de pareja. Los cuatro pensábamos parecido y eso daba pie a debates largos y cómplices. Se nos hicieron las nueve sin sentirlo. Aprovechamos las sobras y una tortilla de patatas que había traído Carla y, ya puestos, nos preparamos un gin-tonic.
Fue entonces cuando salió el tema de una pareja conocida que acababa de separarse, los dos infieles, cada uno por su lado. Yo decía que el amor seguía ahí pero había llegado el aburrimiento; Rubén, que el amor se había ido; Carla, que habían buscado fuera lo que no encontraban dentro. Y entonces Noelia nos sorprendió a todos.
—Yo lo entiendo —dijo, encogiéndose de hombros—. No me parece motivo para divorciarse.
La frase obligó a una segunda ronda. Según ella, toda una vida con la misma persona tenía que ser aburridísimo, y era normal tener ganas de otros cuerpos. A Rubén aquello le cayó como aceite hirviendo.
—¿O sea que tú te irías con otro? ¿O ya te has acostado con alguien? —soltó medio en broma, medio no.
—No, tonto, no me he acostado con nadie —contestó ella, serena—. Pero me gustaría.
La calma con que lo dijo fue lo más inquietante de todo.
—¿Perdona? —Rubén alucinaba.
—Que ojalá nos hubieran educado de otra manera y se pudieran hacer estas cosas sin que nadie se sintiera traicionado. El problema de las infidelidades no es el sexo, Rubén. Es la mentira, el secreto, la confianza que se rompe. A mí no me importaría que probaras con otras mujeres, siempre que me lo contaras.
—Estoy de acuerdo —se anticipó Carla, y me dejó con la boca abierta.
—Otra, no me jodas —dije yo.
—¿Pero qué lleva esta ginebra que has comprado, Adrián? —bromeó Rubén, y los cuatro nos reímos.
La conversación siguió por ahí, cada vez más suelta. Coincidimos en que el problema está en cargar el sexo con un peso que a veces no tiene, en dar por hecho que al acto físico siempre va aparejado un sentimiento, y en que era una lástima limitar algo tan poderoso al estrecho ámbito de la pareja.
Carla, para mi sorpresa, sacó el tema de las parejas liberales, los swingers, cada vez más de moda. Relaciones abiertas con sus propias reglas, en las que cada pareja decidía cómo vivir su vida sexual, a veces incluyendo a otras personas.
—O sea, a ponerse los cuernos y aquí no pasa nada —resumió Rubén a lo bruto.
—No hay cuernos si los dos lo saben y lo acuerdan —aclaró Carla—. A veces meten a una tercera persona en la cama. Otras lo hacen con otra pareja afín.
—¿Como en el porno? —preguntó Noelia, con interés sincero.
—Es una forma de verlo. A veces ni siquiera se tocan entre parejas: cada uno con el suyo, en la misma habitación, mirándose.
—Uy, mira, eso suena bien la verdad —volvió a sorprendernos Noelia.
—¡Olé la moderna! —dijo Rubén, divertido.
—A mí esa idea siempre me ha llamado la atención —añadió Carla.
—Pues yo nunca me lo había planteado, pero visto así no pinta mal —reí—. Aunque igual son los gin-tonic. Voy a hacerme otro, a ver si me gusta más todavía.
Todos se apuntaron. No sé si fue la ginebra, el cansancio acumulado o la complicidad de siempre, pero aquella noche se abrió una puerta a temas que nunca habíamos tocado, a posibilidades que estaban ahí sin que las hubiéramos mirado de frente.
—Yo no sé si podría ver a mi Noelia con otro hombre —lanzó Rubén.
—A mí me costaría, para qué mentir —dije.
—Pues a mí verte disfrutar me pone mucho. Creo que sí podría —dijo Noelia.
—Opino igual —se sumó Carla.
—Lo que sí creo es que ver a otra pareja al lado me gustaría —admitió Rubén, y nos señaló a Carla y a mí entre risas—. De hecho, antes me he imaginado a vosotros dos y hasta me he animado, ¿eh?
—Pues yo no he tenido esa ocurrencia, cerdo —contesté para picarlo—. Aunque pensar en ver a tu mujer desnuda tiene su punto, no te voy a engañar.
—¡Eh, un respeto, que estamos delante! —protestó Noelia, riéndose.
—Eso, machotes —añadió Carla—. A lo mejor las que no queremos veros a vosotros desnudos somos nosotras, y nos buscamos a dos chulazos.
—¿Y eso de que no te importaría que te vieran? —me preguntó Carla, con una ceja levantada—. No sabía yo eso.
—Bueno, alguna vez lo había pensado —reconocí.
—Pues ahora podríamos comprobarlo —me arrinconó—. Seguro que a Rubén y a Noelia no les importa.
—Al revés, yo encantado —corrió Rubén.
—Gracias, amigo —le dije con una mueca de broma.
—Yo por ver a Carla, ya sabes. A ti te tengo muy visto.
—Pues yo a ti no —saltó Noelia—, así que por mí tampoco hay problema.
La cara de Rubén cambió un segundo, pero enseguida volvió a reírse. El salón ayudaba: amplio, con dos sofás grandes enfrentados y una chimenea eléctrica que imitaba el fuego.
—Más fácil que ahora no lo vas a tener —le dijo Carla a Rubén.
—Pero llevas mucha ropa para eso, ¿no? —bromeé.
—Si el problema es ese, lo soluciono —se envalentonó ella.
—Soluciona, soluciona —dijo Rubén.
—Tú calla y no te metas —le ordenó Noelia, aunque sonreía.
—Eso, calla —añadió Carla—, no vaya a ser que tengas que ayudarme tú a quitármela.
—Lo que haga falta, yo por ayudar —se ofreció el cabrón—. Si a ti no te parece mal, cariño.
—Me parece bien, si Carla quiere —concedió Noelia.
—Quiero —respondió mi mujer.
—Pues adelante, quiero verlo —dije, convencido de que era una bravata que no llegaría a nada.
Me equivocaba. Carla se levantó sin dudar, cruzó el salón y se plantó frente a Rubén. Noelia, para ponerlo más en aprietos, se vino a sentar al hueco que había dejado mi mujer, a mi lado. Hubo un silencio. Yo pensé que ahí quedaría. Pero Carla se quitó el jersey y, sin pausa, la camiseta, hasta quedarse en sujetador.
—Uy, amor mío, me parece que estás en un aprieto —se burló Noelia al ver la cara de su marido.
—Te pasa por bocazas —le dije a Rubén, todavía seguro de que aquello no iría más lejos.
—¿Me ayudas o no? —dijo Carla, subiendo una bota a la rodilla de él.
—Si es que pierdes la fuerza por la boca —echó leña Noelia.
Rubén miró a su mujer, miró a la suya, vio el vaso que Noelia alzaba a modo de permiso, y algo se le encendió en los ojos. Le desabrochó una bota, luego la otra. Carla quedó descalza.
—El cinturón —ordenó ella, con una decisión y una lujuria en la voz que pocas veces le había escuchado.
Rubén obedeció. Le soltó el botón del pantalón, le bajó la cremallera y, con las manos a ambos lados de la cintura, fue bajándole los vaqueros despacio. El culo de Carla quedó a la vista, con un tanga negro que le sentaba como un guante. Aquellos dos parecían haberse olvidado de nosotros. Yo, lo admito, estaba disfrutando; una erección empezaba a notarse en mi entrepierna. A mi lado, Noelia se removía inquieta en el sofá.
—Bueno, ya está, ¿no? —dijo Rubén.
—¿Tú crees que queda ropa, chicos? —preguntó Carla sin volverse, midiendo hasta dónde podíamos llegar.
—Yo veo mucha tela todavía. Espabila, cariño, y ayuda a nuestra amiga —se anticipó Noelia, que sin que yo me diera cuenta se había pegado un poco más a mí.
Rubén se estiró hacia el broche del sujetador. Carla se giró para facilitárselo, y vi su cara: la conocía bien. Era la confirmación de que iría hasta el final. Cuando él soltó el cierre, ella sujetó las copas, volvió a girarse y, frente a él, las dejó caer.
—Joder… —entendimos que murmuraba Rubén.
—¿Te gustan? —quiso saber Carla.
—¿Te gustan, Rubén? —añadí, ya metido del todo en el juego. Ver así a mi mujer terminó de desinhibirme.
—No seas mentiroso, di lo que piensas —le pidió Noelia.
—Están increíbles —soltó él al fin, con una risa nerviosa.
—¿Te gustaría tocarlas? —siguió Carla, completamente suelta.
—No, no, gracias.
—Hombre, si a Noelia le da igual y Carla quiere, no te cortes ahora —intervine—. ¿Verdad, Noelia?
—Por mí no hay problema.
—Solo diez segundos —avisó Carla—. Los de atrás, contad.
Empecé la cuenta en alto. Rubén alcanzó los pechos de mi mujer y los palpó con mimo y creciente ansia, siempre con respeto, aunque su excitación ya era imposible de disimular. Al llegar a diez, Carla, que es muy viva y no había perdido detalle, miró a Rubén a los ojos.
—Noelia, ya puedes soltar, que eran solo diez segundos.
Rubén volvió a la tierra y buscó el sentido de aquellas palabras. Lo encontró al ver cómo Noelia retiraba la mano de mi bulto, que se había animado a agarrar por encima del pantalón, apretando primero y esbozando después algo parecido a una masturbación. Aquello casi me hace estallar allí mismo.
—¿Qué cojones…? —se exaltó Rubén, fingiendo enfado.
—Eso, Rubén, ¿qué cojones? Aquí igualdad —y sin pedir permiso, Carla estiró la mano y agarró la erección de él por encima de la ropa. Rubén, boquiabierto, solo acertó a emitir un sonido más cercano al placer que a la queja.
—Eso es, igualdad —repitió Noelia, levantándose frente a mí y desnudándose de cintura para arriba. Tenía dos pechos un poco más pequeños que los de Carla, pero más redondos y firmes, otro diez por donde se mirara—. Venga, Adrián, que esos van por delante.
Le cogí los pechos a Noelia, al límite de explotar dentro de los pantalones. Ella cerró los ojos, soltó un suspiro sugerente e inclinó la cabeza hacia atrás para concentrarse en sentir.
—¡Diez! Ya está —cortó Carla.
—Qué rápido, qué pena —se quejó Noelia.
—Lo bueno dura poco, hija —replicó mi mujer.
—Esto se nos está yendo de madre —intentó poner cordura Rubén.
—Yo creo que ellas están bien, y yo también, no te voy a engañar —dije, y los tres reímos mientras él fingía no estar convencido.
—Pues él tampoco se queja —añadió Carla—. No sabéis lo dura que la lleva, y lo a gusto que me ha cogido y chupado los pechos.
—¿Chupado? —saltamos Noelia y yo a la vez.
—Sí, sí, aquí don «esto se está yendo de madre», cuando le he agarrado su cosa, ha aprovechado para chuparme un pecho. Y luego el otro.
—Vaya, vaya, mi maridito, y parecía que no quería —rio Noelia. Después se quitó el pantalón y quedó solo en bragas, como Carla, y recogió los cuatro vasos—. Aquí lo que veo es que se nos han acabado los gin-tonic y que hay dos personas medio desnudas y dos completamente vestidas.
—Espabilad, que lo dice por vosotros —añadió Carla, acompañándola a la cocina—. Cuando volvamos, esperamos que esté todo igualado.
Y allí nos dejaron, a los dos, vestidos, uno frente al otro, mirándonos. Él con cara de pocos amigos; yo sonriente; ambos cachondos como monos.
—¿Y ahora qué? —me preguntó.
—Ahora nada. Lo que digan ellas y lo que fluya —contesté, poniéndome de pie y empezando a desvestirme.
—¡Será una broma, Adrián!
—Para nada, Rubén. Se vive una vez. Hay confianza, nos caemos bien y, a la vista está, nos atraemos un poco. Desde aquí te veo a gusto —dije señalando su bulto—. No hay por qué hacer nada que no queramos, pero se puede jugar y explorar los límites, ¿no crees?
—No sé… Ganas me han entrado, claro. Pero no quiero que pienses…
—Yo no pienso nada. Carla y yo sabemos lo que sentimos. Noelia es una amiga con un cuerpo espectacular, pero una amiga, y tu mujer. No hay más.
Tras unos segundos de reflexión, Rubén se levantó y se desnudó también. Cuando ellas volvieron, nos encontraron sentados juntos, en calzoncillos, sonrientes y expectantes.
—Uy, míralos, qué majos y qué bien mandados —rio Carla dejando dos vasos en la mesa.
—Ya podían ser así siempre —añadió Noelia con los otros dos—. Pero ahí no estabais sentados. A vuestro sitio.
Obedecí. Noelia vino hacia mí, Carla hacia Rubén. Charlamos un poco para dejar las cosas claras y brindamos por la amistad.
—Ya que está claro, termina lo que empezaste, Rubén —dijo mi mujer, de pie junto a él.
Rubén entendió perfectamente. Con cierto pudor, le quitó el tanga a Carla, deleitándose en cada centímetro hasta clavar la mirada en su pubis depilado. Mientras tanto, Noelia se pegó a mí, pasó una pierna por encima de las mías y deslizó la mano dentro de mi bóxer, donde mi erección ya pugnaba por salir. No le costó nada hacerse con ella.
—Muy bien, Rubén, y ya que estás y sabemos que te gusta, sé bueno… —y rodeándole la nuca, Carla lo guio hasta su entrepierna. Él se dejó llevar, y al notar su lengua, ella soltó un suspiro que lo animó a entregarse a un cunnilingus cada vez más intenso.
Ver aquello me puso durísimo. Noelia, sin vacilar, se inclinó y se la metió en la boca, despacio, casi entera, después de una lamida inicial. Qué placer. Se me escapó un gemido, mi mujer se giró y nuestras miradas se cruzaron, cómplices, encendidas, llenas de amor y lujuria a la vez. Para corresponder, aparté la braga de Noelia y empecé a acariciarla. Estaba tan excitada como yo: cada roce sobre su clítoris le arrancaba un gemido y le hacía mover las caderas buscando más, sin dejar de atenderme a mí.
—Ven, que te tengo solo trabajando —oí decir a Carla, que apartó la cabeza de Rubén para que, por primera vez, viera cómo estábamos su mujer y yo—. Te toca disfrutar.
Arrodillándose frente a él, le bajó el bóxer y le dedicó una felación que le hizo olvidarse de que mi pene estaba en la boca de su esposa. Yo decidí participar más: tumbé a Noelia boca arriba y me adentré con la lengua entre sus piernas, devolviéndole lo que me había dado. Rubén, mientras tanto, se las ingeniaba para masturbar a Carla.
—Necesito metérmela ya —oí decir a mi mujer. Me giré a tiempo de verla incorporarse, dirigir el miembro de Rubén hacia su entrada y sentarse encima de golpe. Se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados, mientras él le acariciaba el culo y le besaba los pechos.
—Yo también la necesito dentro, Adrián, por favor —pidió Noelia.
—No me lo digas dos veces.
Apunté y le acaricié el clítoris con el glande un par de veces, lo que la hizo morderse el labio inferior, antes de entrar despacio. Aquello fue la señal de salida. Carla empezó a cabalgar a Rubén, primero con cuidado, luego rápido, luego muy rápido. Noelia, que tenía visión directa de la escena, se encendió y movió las caderas para acompañar mi ritmo. Los cuatro empezamos a gemir cada vez más alto, y los primeros «me voy a correr» se dejaron oír. No sé quién fue primero ni quién último, pero en algún momento solapamos los cuatro un mismo tramo de placer.
Al terminar nos quedamos tumbados, exhaustos, sudorosos, en silencio. Sin necesidad de decir nada, por una química especial, cada uno se fue con su pareja a su habitación a descansar.
***
Lo que pasó a partir de aquella noche, y los días que aún nos quedaban encerrados por la nieve, es asunto de otra historia. Solo diré que ninguno de los cuatro volvió a mirar igual una tormenta.