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Relatos Ardientes

El cóctel de la empresa nos llevó más lejos de lo previsto

Habían pasado apenas un par de semanas desde aquel fin de semana en mi casa con Rodrigo, y la rutina de la oficina ya volvía a torcerse por su culpa. Don Rodrigo, nuestro director, era un hombre callado y discreto, de esos que dicen poco y planean mucho. Por eso me sorprendió cuando un lunes me hizo llamar a su despacho.

—Para el miércoles necesito a cuatro de ustedes aquí —dijo sin levantar la vista de sus papeles—. Minifalda, tacones altos, la mejor presentación. Habrá un cóctel con clientes y quiero que la empresa luzca.

Tres de las elegidas eran obvias: las de confianza, las cercanas a él. Daniela y yo nos rompimos la cabeza buscando a la cuarta.

—Alta, elegante, que sepa comportarse y, sobre todo, discreta —fue lo único que él aclaró cuando le mandé preguntar.

Nos decidimos por Renata, que siempre vestía bien, tenía buena charla y, lo más importante, era alegre y se prestaba a nuestras locuras. Lo único que nos faltaba confirmar era si sabía guardar un secreto.

—Yo nunca he caminado en tacón alto —confesó Brenda, la recepcionista, con cara de pánico.

—Pues vas a aprender —le dije—. Tú eres la cara del grupo. A ti es a la que más van a mirar.

***

Esa misma tarde fuimos a la zapatería que Rodrigo nos había indicado, un lugar de lujo en el centro comercial, con sillones individuales y dependientes de traje. Un señor amable, de unos cincuenta y todavía guapo, nos atendió con una paciencia infinita.

Con Brenda se dio cuenta enseguida de que la pobre no tenía idea. Ella solo sabía moverse con botas en su moto y con chanclas en la oficina. Le fue probando modelo tras modelo hasta encontrar un tacón medio con el que al menos no se mataría.

—Este es el que se está usando ahora —le explicó—. Pero tendrás que practicar ya mismo si te presentas ante tu jefe el miércoles. Pídele ayuda a tus amigas, no es tan difícil. Solo no le tomes odio a los zapatos.

Otro de los dueños se acercó mientras nos empacaban todo. Se llamaba Adrián y, entre risas, nos contó que él, Gerardo y un tercer socio, Saúl, llevaban el negocio.

—Así que las manda Rodrigo —comentó divertido—. Las quiere ver siempre bonitas. Salúdenmelo y díganle que nos encantó conocer a sus bellezas.

La tragedia empezó al salir a la calle. Brenda dio dos pasos, se tambaleó y se agarró de mi brazo.

—¿Qué voy a hacer? ¡Me voy a romper la cara!

—Llegando a mi casa te los pones y empezamos las lecciones —la cortó Daniela—. Tenemos cuarenta y ocho horas. Vas a ir en tacones y encima te vas a reír.

***

Renata no llegó ese primer día, pero al siguiente Daniela me la trajo, conquistada del todo. Le habían vendido unos tacones con plataforma por fuera que la hacían parecer aún más alta de lo que ya era. Quedamos todas en juntarnos esa tarde en El Mirador, el lugar discreto al que íbamos cuando queríamos estar solas, sin horarios ni miradas ajenas.

Renata llegó apretada en el coche de Daniela, nerviosa y curiosa a partes iguales. Traía todavía el uniforme de la empresa y, aun así, se veía preciosa. Sacó los zapatos de una bolsa solo para enseñárnoslos.

—En la zapatería el dependiente me trató de maravilla —contó bajando la voz—. Se propasó un poquito, pero no me quejo. Me metió la mano por debajo de la falda con la excusa de subirme las medias, y me clavó dos dedos en el coño ahí mismo, con la puerta del probador entreabierta. Casi me corro parada.

Entramos a la habitación de siempre. Más tarde aparecieron Brenda y Noelia, y el cuarto se llenó de risas. Renata miraba todo con los ojos muy abiertos.

—Quítate ese uniforme horroroso —le ordenó Noelia—. Aquí cada una, la primera vez, dejó el suyo. Es la regla.

Entre las cinco la desvestimos sin darle tiempo a protestar. Le arrancamos la blusa, le bajamos la falda de un tirón y quedó en sostén y bragas blancas, con las mejillas rojas y la respiración agitada.

—¡Pero nadie me dijo que esto era entre puras mujeres! —se rió, colorada.

—No te apures —le contesté—. Ponte cómoda. ¿Qué quieres beber?

Brenda, que se había quedado quieta observándola, se acercó a Renata y le rozó un pecho con la punta de los dedos, por encima del encaje.

—Qué bonitas tetas tienes —murmuró—. No te molestes, es que se ven muy ricas. Dan ganas de mamártelas.

—Gracias —respondió Renata, sin apartarse—. Me gusta que le gusten a alguien.

A mí también me dieron ganas. Ella misma se soltó el broche del sostén, se sacó un pecho con las dos manos y me lo acercó a la boca. Le atrapé el pezón con los labios, se lo lamí en círculos y se lo chupé fuerte, tirando con los dientes hasta escucharla gemir por primera vez. Me pasé al otro y le hice lo mismo, más despacio, mientras Brenda se arrodillaba a su lado y le mordía el cuello. Le terminé de bajar la ropa interior y le mostré los míos, riéndome de la diferencia.

—No se comparan —dije, y todas estallaron en carcajadas.

Antes de seguir, tuve que ponerme seria un momento y darles las instrucciones reales.

—El cóctel es para cuatro clientes importantes. De gala. Esos huéspedes suelen creer que somos algo más que anfitrionas y se toman libertades. Defiéndanse como puedan, con elegancia. O sucumban, si así lo deciden. Pero discreción ante todo.

—¿Y si se sobrepasan? —preguntó Renata, otra vez nerviosa.

—Piénsalo tú —le dije—. Decide algo elegante. O déjate llevar, si te nace. Si te ponen la polla en la mano y a ti te da hambre, chúpasela. Nadie te va a juzgar.

***

Llegaron las bebidas, dobles como siempre, y con ellas un catálogo de juguetes. Daniela eligió de inmediato uno enorme para Brenda, negro y venoso, recordándole entre risas sus vacaciones en Montreal. Noelia y yo dudamos un rato hasta que tomé uno largo, grueso y de doble cabeza, con las dos puntas moldeadas como vergas de verdad.

—¿Y eso cómo se usa? —preguntó Renata, curiosísima.

—Se mete una punta en un coño y la otra en el otro coño —le expliqué sin rodeos—. Se folla una a la otra hasta que las dos se corren. Cada una elige el suyo y se lo guardan para la próxima visita. Si no te gustó, lo cambias. Anímate.

Pidió uno igual al mío y, además, otro más corto pero igual de grueso, para el culo. Las que aún tenían alguna prenda terminaron de quitársela. El cuarto entero se volvió un enredo de piel, tetas apretadas contra tetas y risas cada vez más roncas.

—¿Puedo contigo? —me preguntó Renata, ya desnuda del todo, con los pezones duros y las piernas apenas abiertas.

—Ven. Recuéstate —le dije—. ¿Alguna vez te lo hicieron por detrás? ¿Alguien te ha metido algo en el culo?

—Nunca. Soy novata en todo esto. ¿Me tienes paciencia?

—Vamos a aprender probando.

Me abrazó y me besó con una urgencia que no esperaba de alguien tan tímida un minuto antes. Su lengua se me metió en la boca con hambre, buscándome, y nuestros pechos se aplastaron uno contra el otro, los pezones tocándose y frotándose como si tuvieran vida propia. Bajó a mamarme las tetas con fuerza, chupándome un pezón hasta dejármelo enrojecido, mirándome de reojo cada tanto, como pidiendo permiso que ya tenía concedido.

—Sigue bajando —le dije, empujándole suavemente la cabeza.

Renata obedeció. Me lamió el ombligo, me recorrió la cadera con la lengua y se acomodó entre mis piernas abiertas. La primera lamida fue tímida, apenas la punta de la lengua sobre mi coño ya empapado. La segunda ya no. Me abrió los labios con dos dedos y me chupó el clítoris entero, succionándomelo despacio, con una intuición que me sorprendió.

—Así, chúpame ahí, no pares —jadeé, agarrándole el pelo—. Métele la lengua. Métemela adentro.

La metió. Me la clavó todo lo que pudo y empezó a follarme con ella, entrando y saliendo, mientras me subía y bajaba el pulgar por el clítoris. Yo abría más las piernas, empujando la pelvis contra su cara, embarrándole la boca de mi jugo. Cuando ya estaba a punto, la aparté.

—Ahora yo a ti. Abre.

La acomodé hasta quedar las dos enfrentadas, sexo contra sexo, y le abrí el coño con los dedos. Estaba brillante, hinchado, chorreando. Le metí dos dedos de golpe y ella arqueó la espalda. Los saqué empapados y los deslicé hacia atrás, hasta rozarle el ojete del culo. Se lo mojé con su propio jugo, dando vueltas alrededor del agujero, apretando apenas la punta del dedo.

—Relájate. No te va a doler si te relajas.

Bajé la cabeza y le chupé el clítoris al mismo tiempo que le hundía el dedo en el culo hasta el nudillo. Renata pegó un grito que llenó la habitación. Su cuerpo respondía con temblores largos, la vagina se le contraía sobre mis otros dos dedos y el ano le apretaba el que tenía metido. Tomé el juguete corto que había pedido, lo humedecí bien con saliva y con lo que le chorreaba a ella, y empecé a introducírselo por el culo, muy despacio.

—Nunca lo había sentido así —jadeó, cerrando las piernas por instinto y volviéndolas a abrir—. Sigue. Por favor, sigue. Métemelo. Métemelo entero.

Cada vez que aflojaba la tensión, el juguete entraba un poco más. La fui acostumbrando sin prisa, cinco centímetros, siete, diez, hasta que ella misma empezó a empujar las caderas hacia atrás buscando más. Cuando lo tuvo hasta el fondo, se lo dejé quieto y le lamí el coño otra vez, sintiendo cómo el juguete apretaba contra mi lengua desde el otro lado de la pared.

—¿Y el otro extremo? —preguntó entre suspiros, señalando el doble.

—Es para compartir. ¿Quieres probar?

La giré boca arriba, le abrí las piernas y me coloqué frente a ella, con las mías también abiertas como una tijera, nuestros coños casi tocándose. Le metí un extremo del juguete en la vagina, hundiéndoselo hasta la mitad. Ella se estremeció y agarró la otra punta con las dos manos.

—Ahora tú. Métemelo tú a mí —le pedí.

Renata me acercó la otra cabeza y empezó a forzarla dentro de mi coño. Estaba tan mojada que el juguete se hundió sin resistencia. Nos movimos con fuerza, torpes al principio, embistiéndonos las dos al mismo tiempo, hasta que los dos extremos quedaron bien adentro y nuestras pelvis empezaron a chocar de verdad, coño contra coño con la goma en el medio.

—Aprieta contra mí, hasta el fondo —le pedí—. Así, mueve el culo. Cuando sientas que mi clítoris toca el tuyo, ahí viene todo.

Así fue. Nuestros pubis se aplastaron uno contra el otro, húmedos, resbalosos, y el juguete desapareció entero entre las dos. Empecé a moverme en círculos, restregándole el clítoris con el mío, y Renata se sacudía sin control, con el otro juguete todavía metido en el culo, doblemente penetrada. Sus gemidos me contagiaron y yo, que casi nunca hago ruido, terminé gritando tan fuerte como ella. Me corrí primero, apretando el doblador entre las piernas, y sentí cómo Renata se venía detrás, arqueada, con la boca abierta y las tetas saltándole al ritmo de las contracciones.

Las otras tres nos miraban sin moverse. Noelia me abrazó de pronto por la espalda, me metió una mano entre las piernas y me acarició el clítoris hinchado mientras yo todavía temblaba. Daniela atrapó a Brenda, que seguía hipnotizada observándonos con una mano metida en las bragas.

—Qué bien les entró, con lo gordo que es —comentó Brenda, lamiéndose los labios—. Me mojé de solo verlas.

Renata y yo seguimos moviéndonos despacio hasta sacarnos el juguete con un chasquido húmedo. Nos quedamos quietas, agotadas y riéndonos. El resto de la tarde fue de eso: probar juguetes, turnarnos para mamárselos a Brenda como si fueran vergas de verdad, enseñarle a Renata a montar el pilar de goma que Noelia le clavó en el centro de la cama, ayudarla a caminar en tacones desnuda entre tropezones y aplausos. Cuando se hizo de noche, Renata me siguió a mi casa para que le enseñara, con calma, lo que en El Mirador apenas habíamos empezado. Esa noche le metí los dedos hasta el codo y le enseñé a corrérseme en la cara.

***

El día del cóctel las cuatro fuimos impresionantes. Tacones, vestidos ajustados, escotes calculados al milímetro. Hasta hubo fotógrafos: Carmen, la secretaria de Rodrigo, había anunciado en redes que habría modelos, y aparecieron como avispas. Renata, con su altura, fue la primera en robar miradas. Brenda caminó segura, sin un solo tropiezo, orgullosa de su nueva destreza.

Mi trabajo era recibir a los invitados. La primera en llegar fue una mujer que ninguna esperaba: Valeria, socia del negocio, divorciada, elegante hasta la médula. Rodrigo me pidió en voz baja que me ocupara de ella.

Quedamos sentadas juntas durante toda la velada y, sin proponérnoslo, congeniamos. Hablamos de nuestras hijas, de bobadas, de la vida. Tenía una forma de mirarme que no dejaba lugar a dudas, y en un momento me puso la mano en el muslo, por debajo del mantel, y me la fue subiendo hasta rozarme la ingle. Antes de despedirse intercambiamos teléfonos y prometimos vernos pronto.

La recepción terminó bien para todas. Renata salió del brazo de Saúl, el de la zapatería, que resultó conocerla de antes; al cruzar la puerta me guiñó un ojo, feliz, y me susurró al oído que iba a dejarse coger en tres agujeros. Rodrigo, por su parte, no disimulaba: se marchó pegado a Brenda, con la mano en el culo de ella. Y Daniela también tenía esa sonrisa de quien ya tenía dos vergas apalabradas para la noche.

***

Apenas había llegado a casa cuando sonó el teléfono. Era Valeria.

—Pásate por mi casa antes —me dijo—. Tengo algo para ti.

Su residencia era moderna, con un jardín precioso y cuatro perritos correteando. Me hizo subir y me mostró un baby doll transparente que había comprado para ella pero que, según decía, no le quedaba.

—Pruébatelo. Estoy segura de que es tu talla.

Lo era. Me quedaba perfecto, tan corto que se me veían las bragas de encaje y tan fino que se me marcaban los pezones a través de la tela. Me recostó en la cama con la excusa de abrocharme los broches del tiro y, muy despacio, sus dedos hicieron mucho más que abrochar. Me apartó las bragas hacia un lado, deslizó dos dedos entre mis labios y me buscó el clítoris con la yema del pulgar, presionando justo donde más se siente, fingiendo torpeza.

—¿Rico? —susurró, metiéndomelos hasta el fondo—. No me había fijado al comprarlo, pero verte así me prende. Estás empapada. Eres bellísima. Quédatelo.

Los dedos entraban y salían con un chapoteo que no dejaba lugar a dudas. Se agachó y me sopló el clítoris antes de darle una lamida larga, de abajo hacia arriba, chupándome después con los labios apretados. Yo le agarré la cabeza y le apreté la cara contra mi coño, moviéndole las caderas encima de la boca. Ella comía como si tuviera hambre acumulada de años, sacando la lengua todo lo que podía, buscándome adentro. Cuando ya estábamos las dos encendidas, con ella con la cara embarrada y yo a punto, volvió a sonar mi teléfono. Era Brenda, con la voz nerviosa, pidiéndome quedarse a dormir en mi casa. Valeria, que escuchaba con la boca todavía pegada a mi muslo, se rió.

—Dile que sí. Nos juntamos las tres y vemos qué inventamos —propuso—. Pero que lleve compañía. De la buena. Que traiga vergas.

Media hora después, en mi sala, todo se ordenó solo. Brenda llegó, y detrás de ella aparecieron Rodrigo y dos hombres más: Mateo, al que yo ya conocía, y Diego, un muchacho lindo que veía por primera vez, alto, moreno, con las manos grandes.

—¿Así que tú eres la pareja? —se rió Valeria al ver a Rodrigo, y se abrazaron con una efusividad que no dejaba dudas.

Sacamos bebidas y la foto que Valeria me había tomado con el baby doll pasó de mano en mano entre risas. La charla derivó pronto en lo inevitable. Fue Brenda quien empezó, desnudando a Rodrigo entre bromas, jalándole el cinturón mientras nosotras la animábamos. Le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y le sacó una verga ya medio dura, gruesa, con los huevos apretados. Se arrodilló ahí mismo y se la metió en la boca hasta la garganta, mamándosela con los ojos cerrados, mientras Rodrigo le agarraba la nuca y le marcaba el ritmo.

Valeria y yo nos quedamos atrás solo un momento. Después ella se llevó a Mateo al sillón grande y yo agarré a Diego de la mano y me lo llevé al sofá de al lado. Le abrí el pantalón, le saqué la verga, y me quedé mirándola un segundo. La tenía larga, gruesa, con la cabeza brillante y una vena marcada por debajo. Se me hizo agua la boca.

—Está preciosa —le dije, y me la metí entera.

Le mamé la punta despacio, girándole la lengua alrededor de la corona, y después me la fui tragando de a poco, hasta que me golpeó el fondo de la garganta. Diego echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco. Empecé a subir y bajar, chupándosela con ganas, sacándole babas y dejándoselas caer por los huevos. Se los lamí uno por uno, me los metí en la boca, volví arriba. A mi lado escuchaba a Valeria haciendo lo mismo con Mateo, y más allá a Brenda, que ya se había subido encima de Rodrigo a horcajadas y se lo estaba metiendo entero, montándolo despacio, gimiéndole en la oreja.

Cada pareja encontró su ritmo. Valeria, urgida, terminó cabalgando a Mateo hasta que le sonaban las nalgas contra los muslos de él, y luego dejándose tomar de mil maneras: en cuatro patas, con las tetas aplastadas contra el respaldo, con una pierna sobre el hombro de Mateo, gritando y resoplando hasta el final. En un momento Mateo la puso boca abajo, le separó las nalgas y le clavó la verga en el culo de una sola embestida. Valeria pegó un aullido y le pidió más, más adentro, más fuerte. Brenda y Rodrigo, en cambio, iban más lento, casi tiernos, besándose entre cada embestida como si los demás no existiéramos, aunque a Brenda ya se le escapaba un chorrito de leche por las comisuras después de habérsela mamado hasta hacerlo correr una vez.

Diego me tumbó de espaldas, me arrancó las bragas y me abrió las piernas de par en par. Se agachó y me chupó el coño con una brutalidad que me hizo saltar. Me lamió de arriba abajo, me metió la lengua, me la sacó, me chupó el clítoris hasta dejármelo palpitando. Después se enderezó, me agarró de las caderas y me clavó la verga hasta el fondo. Grité. Me llenó entera, tan adentro que le sentí la punta pegar contra algo. Empezó a follarme con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter de golpe, marcando un ritmo que hacía sonar los muslos contra mi culo.

—Así, dámela así, no pares —le pedía yo, agarrándole las nalgas para hundírmela más—. Rómpeme, dame más.

Me dio vuelta y me puso en cuatro patas. Me agarró del pelo con una mano y con la otra me la metió por atrás, todavía de coño. Las nalgas me rebotaban contra su pelvis con cada embestida. Se agachó, se escupió en el pulgar y me lo empezó a meter en el culo mientras seguía follándome el coño. Yo estaba perdida. Me llevó al límite una y otra vez, hasta que todo se volvió una sola explosión: me corrí gritando, empapándole la verga, sintiéndome apretar sobre él y sobre su dedo al mismo tiempo.

—Adentro —le exigí cuando lo sentí acelerar—. Córrete adentro. Lléname.

Y él entendió. Me la clavó hasta el fondo y se descargó dentro de mí con un gemido largo, empujando cada chorro con una embestida más, como para meterme el semen bien profundo. Sentí el calor por dentro, latiendo.

No lo dejé parar. Le seguí moviendo el culo encima, apretándole la verga que todavía la tenía dura, hasta que ese cuerpo que ya se rendía despertó para un segundo intento. Me di la vuelta, lo tumbé de espaldas y me subí encima. Me acomodé una almohada bajo las caderas cuando bajé, boca arriba otra vez, buscando que entrara aún más, con las piernas dobladas sobre mi pecho. Diego se hundió hasta las bolas. Volvimos a empezar, y esta vez fue más largo, más sucio, con él lamiéndome las tetas y yo mordiéndole el cuello, hasta caer los dos rendidos y felices, con el semen chorreándome entre los muslos.

***

Más tarde, Valeria y yo nos metimos juntas a la regadera mientras los demás se recuperaban en la sala. El agua caliente nos caía por encima y ella se puso detrás de mí, enjabonándome los pechos con las dos manos, pellizcándome los pezones entre los dedos.

—¿Te gustó vernos? —me preguntó, pasándome el jabón por la espalda y bajando hasta el culo, metiéndome un dedo enjabonado entre las nalgas.

—Me encantó —admití, apoyándome contra ella—. No sé por qué disfruto tanto mirar. Ver a mi jefe follándose a mi amiga me prendió tanto como sentirte a ti la lengua.

Me giró, se arrodilló bajo el chorro de agua y me chupó el coño otra vez, sacándome el semen de Diego con la lengua, tragándoselo sin asco. Después subió, me besó en la boca y me lo hizo probar.

—A mí me faltó algo —confesó, haciendo un puchero—. Mateo no sabe lo que hace. Me la metió por el culo pero se corrió en tres embestidas. La próxima la organizo yo, y elijo mejor.

—¿La próxima? —sonreí, metiéndole yo ahora dos dedos entre las piernas.

—¿No te gustaría? Ya viste cómo soy. Y yo ya vi de qué estás rodeada.

—Conozco a un par que sí valen la pena —dije, moviéndole los dedos adentro despacio, sintiéndola apretar—. Discretos y muy bien dotados. Te los presento. Uno tiene una verga que no le entra a nadie de una sola vez. Le vas a rezar.

—Entre semana me viene mejor —murmuró, abrazándome bajo el agua, restregándome sus tetas mojadas contra las mías—. Aunque, desnudas todas somos iguales y sentimos lo mismo.

Cerré el grifo pensando que aquel cóctel, en realidad, había sido apenas el principio.

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Comentarios(9)

CarlosLector88

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

MorbosoFan

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!

Valentina_ok

jajaja la parte del jefe me mato, no me lo esperaba para nada. muy bueno

Santi_baires

Buenisimo como va escalando la tension entre los personajes. Se nota que sabes escribir, sigue asi!

CuriosoLector_9

Me pregunto si esto fue de verdad o pura imaginacion... en cualquier caso quedo muy logrado y creible

Lara_Rosario

Ay dios mio jajaja esto me recuerdo a una cena de empresa que tuvimos hace unos años... algo paso pero nada tan lejos como esto. Excelente relato!

TomasR77

genail, se hizo corto :)

Pipe_rosario

Muy bien narrado, se siente que los personajes son reales. Mas asi por favor

NocturnaLeerR

Que final tan inesperado, me dejo boca abierta. Bravo

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