Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi esposa me confesó su escapada y quise compartirla

Hace tiempo que no me sentaba a escribir, y supongo que más de uno se habrá preguntado por qué. La verdad es sencilla: no tenía nada que mereciera la pena contar. Marina y yo seguimos teniendo la mejor relación que un hombre puede desear, pero las cosas verdaderamente extraordinarias no ocurren todos los días. Desde aquella aventura que compartí hace años, la que tanto gustó por aquí, no había vuelto a pasarnos nada que valiera la pena poner en palabras.

Pero la vida sigue su curso. Los años se acumulan sin pedir permiso, y aunque ya no somos jóvenes, no hemos perdido ni una pizca de las ganas de disfrutar. Lo que más me gusta del mundo, lo que mi mujer siempre ha sabido regalarme, es verla con otro hombre. Que me lo cuente, que me deje mirar, que me describa con detalle cada cosa que le hacen. Y llevábamos demasiado tiempo sin nada de eso.

Hasta esa noche.

Marina volvía del mercado pasadas las once. Para alguien que conozca nuestra rutina, esa hora ya era una pista: la tienda donde compra está a dos manzanas de casa, y nunca tarda más de media hora. No me inquieté. Al contrario. Aprendí hace mucho a leer su cara, y esa noche traía una expresión que yo reconocía perfectamente: los ojos brillantes, las mejillas encendidas, una serenidad satisfecha que solo le veo después de cierta clase de placeres.

No dije nada. La observé sin que se diera cuenta. Lo primero que hizo, antes incluso de guardar la compra, fue meterse en el baño, cambiarse las bragas y echarlas a la lavadora. Esperé a que saliera, abrí la tapa con cuidado y rescaté la prenda.

Ahí estaba la prueba de lo que ya sospechaba.

La tela conservaba el rastro de lo que había hecho. Y no era un rastro discreto. Era evidente, generoso, la marca inconfundible de que a alguien le había ido muy bien esa tarde. Volví a dejarlo todo como estaba y cerré la lavadora. No pensaba decir ni una palabra. Todavía no.

Con Marina nunca conviene preguntar en caliente. Hay que esperar el momento. Así que dejé pasar un par de días, y entonces provoqué uno de esos encuentros nuestros que suelen acabar bien. La llevé a la cama despacio, la fui calentando con paciencia, y cuando estaba ya pegada a mí, deseando correrse, le pregunté.

—¿Me vas a contar lo del otro día? —murmuré contra su cuello.

No fingió, no se hizo la tonta. Sonrió con los ojos cerrados.

—Sabía que te habías dado cuenta —dijo—. Y sabía que ibas a mirar las bragas. Ni siquiera las lavé un poco antes de echarlas, porque me daba igual que lo descubrieras. Quería contártelo, pero en el momento justo. Y no hay momento mejor que este.

—Cuéntamelo todo —le pedí.

—Con una condición —me clavó la mirada—. Aguántate. No te corras, aunque yo lo haga. Porque solo de recordarlo me voy a correr, y sabes que yo puedo hacerlo todas las veces que quiera.

***

—Llevábamos demasiado tiempo sin una de nuestras aventuras —empezó—. Y no se me ocurría con quién. Pensé en volver a aquel sitio donde estuvimos, pero me apetecía algo distinto. Algo a escondidas, para darle morbo y contártelo después. Y la oportunidad me cayó del cielo.

Hizo una pausa. Yo ya tenía la respiración acelerada.

—Me lo encontré en el mercado. A Esteban.

No hizo falta que dijera más. Esteban fue uno de los primeros, allá por nuestros comienzos en esto. Uno de esos que al principio se conformaba con besos y miradas, hasta el día en que la acompañó a casa y se quedó mucho más que a tomar un café. Lo conocíamos bien los dos. Habíamos disfrutado mucho con él.

—Estaba en la frutería, comprando plátanos —siguió Marina, ya con la voz ronca—. Y me soltó una de las suyas: que los compraba porque de lo que se come se cría. Yo le seguí el juego, le dije que si criaba algo del tamaño de lo que llevaba en la bolsa, no sabría ni qué hacer con semejante cosa. Y él, sin pestañear, me contestó que a lo mejor usarlo conmigo.

Solté una risa ahogada. Era él, sin duda. Siempre con esa labia.

—Yo estaba calentita ya, ¿sabes? —confesó—. Con ganas. Y él lo notó enseguida, porque no tardó nada en decirme que se moría por comerme la boca cuando yo quisiera. Decidimos tomar un café. Nos sentamos a recordar cosas. Las veces que follamos hasta cansarnos mientras tú mirabas. La primera vez que subió a casa. Todo aquello.

Se detuvo de golpe, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo. Se corrió ahí mismo, contándolo, sin que yo apenas la tocara. Tardó en recuperar el aliento.

—Sigue —le supliqué—. Por favor, sigue.

—Mientras hablábamos nos fuimos poniendo cada vez peor —retomó—. Hubo un momento en que me dijo, mirándome fijo, que nada le apetecía más que volver a metérmela hasta el fondo. Y yo le respondí que se la dejaría clavar por donde quisiera, que me moría por que me echara un polvo allí mismo. Tú ya sabes cómo me pongo cuando empiezo a calentar a un hombre con palabras. Disfruto haciéndolo casi tanto como lo demás.

***

—Pagó el café y me propuso ir a un sitio que ya conocíamos los dos, un aparcamiento subterráneo donde habíamos estado un par de veces. Bajamos hasta donde tenía el coche. Y en cuanto cerró la puerta, se me echó encima. Me besaba como un loco, me metía la mano por debajo de la blusa, me apretaba los pechos. Yo notaba cómo se le levantaba la polla dentro del pantalón, y le hice otra broma con los plátanos.

Tuve que cerrar los ojos. La imagen me quemaba por dentro.

—No tardó nada en sacársela —dijo Marina, despacio, saboreando cada palabra—. Y yo me lancé a acariciársela, deseando llevármela a la boca. Estaba igual que la recordaba. Aguanta un poco más, cariño, que ahora viene lo mejor.

Me besó el hombro y siguió.

—Me empezó a frotar el coño por encima de las mallas, con esa habilidad que tiene en los dedos, la que tanto me gustaba. No pude evitarlo y me corrí otra vez, como acabo de hacer ahora. Entonces me metió la mano por dentro de las bragas, descubrió lo mojada que estaba y me arrancó las mallas de un tirón. Me apartó la ropa interior y me hizo una paja despacio, mirándome a la cara. Me volví a correr enseguida.

—¿Y nadie os vio? —pregunté, conteniéndome como un condenado.

—Pasó gente a recoger su coche —contestó con una sonrisa traviesa—. No me importaba. Es más, en un momento pensé en ti. Pensé en lo que habrías dado por estar ahí, viéndome de esa manera, con la ropa rota y la mano de otro entre las piernas. Ojalá hubieras sido tú uno de los que pasaron.

Marina se movió contra mí, frotándose, otra vez al borde.

—Nos pasamos a los asientos de atrás. Tiene un coche grande, con los respaldos que se abaten, casi como una cama. Nos quedamos los dos desnudos de cintura para abajo y me la metió de una sola vez, hasta el fondo. Me gustaba tanto que le pedía que no parara. Me corrí mientras notaba cómo se vaciaba dentro de mí, chorreando, llenándomelo entero. Y ni así la sacó. Siguió follándome como si fuera la primera vez.

***

—En algún momento te mencionó —añadió, y noté que lo decía a propósito, para encenderme más—. Dijo que si te viera ahí te volverías loco. Se acordaba todavía de cuando te masturbabas mirándonos. De cuando me lo hacíais los dos a la vez. Le conté que te encantaría repetir aquellos tiempos, y él me dijo que no le importaría nada volver a follarme delante de ti.

Eso fue lo que me deshizo. La idea de tenerlos a los dos, de mirar otra vez cómo se la mete mientras yo decido en qué momento entro, de compartir a mi mujer como hacíamos antes.

—Terminamos cuando él se corrió por segunda vez —dijo Marina, ya casi sin voz—. Yo también, una última vez. Y antes de separarnos quedó claro: cuando tú quieras, lo llamamos y montamos una buena fiesta. Pensaba que a su edad ya no podría con tanto, pero algo se habrá tomado, porque aguantó como un toro. Me juró que era una aspirina, pero a mí no me engaña.

Al mencionar la posibilidad de volver a montar un trío con él, Marina se corrió una vez más, temblando entera entre mis brazos. Y entonces sí, ya no me aguanté. Me dejé ir dentro de ella hasta la última gota, y fue tanto que comprendí lo mucho que necesitaba ese desahogo.

***

Nos quedamos abrazados un buen rato, recuperando el aliento, los dos con esa sonrisa boba de después. Fue una de esas noches que uno guarda. Nunca puedes dar nada por seguro: cuando menos te lo esperas, la vida te coloca otra vez frente a lo que creías olvidado.

Habíamos tenido otras aventuras a lo largo de los años, suficientes para que aquellos primeros escarceos con Esteban quedaran difuminados en la memoria. Pero ahora había una promesa sobre la mesa, una cita pendiente para revivir lo mejor de aquella época: ver cómo se la follan a mi mujer, directamente, delante de mí.

Lo invitaremos a casa cualquier día de estos. Una de las grandes ventajas de hacerlo con alguien que ya sabe de qué va el asunto es que no hay que dar explicaciones, ni rodeos, ni vergüenzas. No existe espectáculo mejor para un hombre que ver a otro quitarle las bragas a su esposa con total confianza y disfrutarla sin prisa.

Nos estamos haciendo mayores, es verdad, y precisamente por eso hay que aprovechar cada placer que nos quede. Marina, en esto, es inagotable, y sé que me brindará las mejores escenas mientras el cuerpo aguante. Cuando ocurra, lo contaré con todo lujo de detalles. Seguramente estrenemos cosas nuevas.

Gracias, una vez más, a mi mujer, por seguir regalándome lo que ningún otro hombre tiene la suerte de tener. Hasta pronto.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

TulioCba

Tremendo relato!!! de los mejores que leí en mucho tiempo, gracias por subirlo

LauraT33

Por favor seguilo, quede con ganas de saber cómo terminó todo entre ellos tres

MiguelA_42

Me recordó a algo parecido que viví con mi pareja hace unos años, aunque no tan intenso. Estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree. Buen relato.

CarmenDBA

¿Hay segunda parte? me dejo muy intrigada jaja

Facu_BA

increible!!! sigan subiendo cosas así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.