Mi fantasía secreta: cinco hombres solo para mí
Hola, mis amores. Soy Renata, y antes que nada quiero darles las gracias por todos los mensajes y los votos que me dejaron en mis últimos relatos. Saber que disfrutan de lo que escribo me da una energía que no se imaginan.
Hoy vengo con algo distinto. No les voy a contar un recuerdo, ni una noche que ya viví. Hoy les voy a confesar mi fantasía más grande, esa que todavía no pude cumplir y que me persigue desde hace años.
Es una sola, siempre la misma, y no me la puedo sacar de la cabeza. Sueño con que me usen entre muchos hombres a la vez. Me humedezco de solo pensarlo: varias vergas para mí sola, todas mis aberturas ocupadas al mismo tiempo. He hecho tríos y los amo, tuve la suerte de repetirlos más de una vez, pero nunca pasé de dos hombres juntos. Quiero más. Quiero cinco, como mínimo. Y si son más, mejor todavía.
Cinco es el número perfecto, pienso cada vez que me toco de noche. Una verga en la concha, una en el culo, una en la boca y una en cada mano. Todos los huecos llenos, todas las manos ocupadas. Que me agarren, que me den vuelta, que me acomoden a su antojo como si yo fuera un juguete que pasa de unas manos a otras.
Y no los quiero suaves. Los quiero hombres que no tengan miedo de usar la fuerza, que disfruten de un cuerpo joven y se tomen el permiso de hacer lo que quieran con él. Que me tiren del pelo, que me peguen en la cara y en el culo, que me escupan en la boca, que me aprieten el cuello hasta que me cueste tragar. Quiero que me traten como una puta, porque eso es justo lo que quiero ser esa noche.
***
Lo imagino en un departamento que no conozco, con un sillón enorme en el medio del living. Un sillón grande a propósito, para poder probar todas las posiciones que se me crucen por la cabeza. Las cortinas cerradas, la luz baja, y ellos ya esperándome.
Entro con una pollera tan corta que no me tapa nada, unos tacos altos que me obligan a caminar despacio, y un conjunto de lencería tipo arnés que me deja los pezones y la concha al aire. Ellos ya están en el sillón cuando abro la puerta, todos con la verga en la mano, esperándome para hacerme mierda.
—Vení, no tengas miedo —me dice uno, con la voz tranquila.
Me siento en el medio, entre todos. Las piernas me tiemblan un poco y el corazón me late en la garganta, pero las ganas pueden más que los nervios. Empiezo besándome con los que tengo al lado, porque no hay mejor manera de calentar el ambiente que con unos buenos besos lentos y profundos.
Dejo que me acaricien los pezones mientras me besan el cuello. Sus bocas bajan por mi pecho, por el ombligo, por las caderas. Entre todos me besan cada centímetro de piel, como si quisieran reconocerme entera antes de empezar de verdad. Uno me muerde la oreja, otro me lame la cara interna del muslo, otro me chupa los dedos de los pies. Cierro los ojos y me dejo hacer, sin pensar en nada, solo sintiendo cómo me recorren entera. Cuatro o cinco bocas y diez manos al mismo tiempo, cada una buscando un lugar distinto, y yo en el centro de todo, abierta, disponible, sin un solo rincón que esconder.
No tardan en abrirme de piernas. Dos se turnan para lamerme la concha mientras yo busco a ciegas las vergas que tengo cerca. Me ponen dos en la boca al mismo tiempo y yo las chupo como puedo, ahogándome, sin aire, y eso me encanta. Quiero que me usen, que no me tengan piedad.
Uno trae aceite y me lo vierte por todo el cuerpo, insistiendo en el culo para dejármelo bien lubricado. Me masajea las tetas después de chuparme los pezones con fuerza, hasta que me duele justo en ese límite en el que el dolor se vuelve placer. Me acuestan de espaldas, con las piernas abiertas, y voy turnando la boca entre dos mientras con cada mano masturbo a otros dos. Cinco hombres, cinco maneras distintas de tocarme al mismo tiempo.
Después uno acerca la verga a la entrada de mi concha empapada y me la mete de una sola vez. Es grande y me arranca un grito. Empieza a embestirme fuerte, sin tregua, preparándome para todo lo que falta. Me agarra de las caderas y yo me arqueo, mordiéndome el labio para no gritar demasiado. Los otros no se quedan quietos: mientras uno me coge, los demás siguen ocupando mi boca y mis manos, turnándose, hablándome al oído, diciéndome lo bien que se siente todo. No hay un segundo de calma, y eso es justo lo que busco.
A los pocos minutos me alzan y me reacomodan. Uno se acuesta en el sillón y me sientan encima de él, de manera que me coge la concha desde abajo mientras otro me abre el culo por detrás y me la mete despacio, ganando terreno de a poco. De frente, un tercero me llena la boca, y con las manos libres masturbo a los dos que quedan. Estoy completa. No me sobra ni una abertura.
Cuando ya estoy entregada del todo, empiezan a sumar cosas. Me juntan las muñecas a la espalda y me las atan con algo suave pero firme. Me vendan los ojos, y de golpe todo se vuelve más intenso: ya no veo nada, solo siento. Una mano me busca el clítoris con un vibrador y el placer me sube por la espalda como una corriente que no puedo frenar.
Me pegan en el culo con un cinto, primero despacio y después más fuerte, y el ardor se mezcla con todo lo demás hasta que no sé distinguir una cosa de la otra. Después me pasan el mismo cinto alrededor del cuello y aprietan apenas, lo justo para que me cueste respirar. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no de miedo. Tengo todos los sentidos al máximo y cada segundo es una explosión.
Y entonces acabo. Acabo una vez, y otra, y otra más. Llego al squirt de tanto correrme, empapando todo, temblando entera, sin poder controlar el cuerpo. Mis orgasmos son tan fuertes que me dejan floja, como si me hubieran vaciado por dentro.
Ellos también acaban. Uno termina dentro de mi culo, otro dentro de la concha, y los siento llenarme hasta el fondo. Los demás me terminan encima: en la cara, en las tetas, en la boca abierta. Quedo bañada, chorreando, y trato de juntar con la lengua todo lo que puedo para tragarlo. Así, sucia y usada, es exactamente como quiero quedar.
***
Pero no me sueltan. Aunque ya acabé, me siguen atada, jugando con el clítoris y los pezones mientras me dicen al oído todas las cosas sucias que se les ocurren. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. Después de un rato de descanso, se les vuelve a parar a casi todos.
Ahora están más tranquilos, más cansados, así que ya no me cogen todos juntos. Se turnan. De a uno, se toman su tiempo para usarme como cada uno prefiere. Uno me pone en cuatro y me la mete hasta el fondo del culo, golpeándome las nalgas con cada embestida. Cuando termina, me pasa al siguiente sin que yo tenga ni un segundo de respiro.
El que sigue prefiere que yo trabaje: me sienta encima, de espaldas a él, en una vaquera invertida, y me deja marcar el ritmo mientras me amasa el culo con las dos manos. Otro elige el clásico misionero, pero me escupe en la boca y me da una cachetada suave mientras me mira fijo a los ojos. Cada uno me disfruta a su manera, y yo me dejo, me entrego, me convierto en lo que ellos quieran que sea.
Pasamos horas así. Cogemos, paramos a tomar algo, comemos algo, y hasta en esas pausas me siguen tratando como su juguete. Me dan champán en la boca directo desde la copa, me hacen lamer sus dedos, me dicen lo bien que me porto. Y cuando vuelven las ganas, empezamos de nuevo desde cero.
Al final, cuando ya ninguno puede más, el placer me dejó el cuerpo deshecho. Las piernas no me responden, mis aberturas arden, tengo la piel marcada y pegoteada. Me besan, uno por uno, casi con ternura, y yo me acuesto a dormir entre todos, todavía llena, disfrutando hasta de eso.
***
Esa es mi fantasía más grande: que me usen entre muchos, todos para mí, llenándome cada hueco hasta el último orgasmo que el cuerpo aguante. Que me digan cosas sucias, que no me tengan miedo, que me revienten a más no poder. Ojalá algún día encuentre a los hombres dispuestos a darme todo ese placer que tantas noches me imagino.
Espero que les haya gustado. Hacía mucho que quería animarme a compartir esto que sueño y no solo las experiencias que ya viví. Si disfrutaron leyéndome, déjenme un comentario y voten, que a mí me hace feliz saber que les sirvo para encontrar su propio placer.
Besos enormes,
Reni.