Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La piscina de la casa nueva nos unió a los cuatro

Ilustración del relato erótico: La piscina de la casa nueva nos unió a los cuatro

Habían pasado más de dos años desde aquello, y los cuatro estábamos en el mejor momento de nuestras vidas. El negocio marchaba viento en popa, yo había ahorrado más dinero del que jamás imaginé, y las niñas estaban todas en la universidad: con buenas notas, con novios, con un futuro por delante. Lorena, Sabrina y Noelia se reían con frecuencia, y esa risa lo decía todo.

Una mañana me acerqué al edificio donde habían vivido mis padres. No llegué a entrar. Los recuerdos eran demasiados, y su muerte repentina —el no haber podido despedirme de ellos— todavía me apretaba el pecho cuando menos lo esperaba.

Así que llamé a un agente inmobiliario. Tenía sobre la mesa una oferta razonable por el piso, y con ese dinero más lo que había juntado en los últimos años podía permitirme algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza: una casa grande, con terreno, lejos del ruido.

Cuando lo tuve todo cerrado —el piso vendido, la casa firmada—, llevé a las tres a conocerla sin decirles nada de antemano.

Se volvieron locas. La casa era enorme: seis dormitorios repartidos en tres plantas, una piscina larga, una cancha de tenis y un terreno que rozaba la hectárea. Estaba a las afueras, sí, pero en una zona hacia donde la ciudad iba creciendo, así que su valor no haría más que subir.

Habíamos llevado algo para picar y la idea era pasar el día allí. Las chicas se pusieron en bañador y yo las imité. Al cabo de un rato las tres estaban en topless, porque el día acompañaba: un sol generoso, unos veinte grados y una brisa suave que refrescaba la piel.

—Chicas —les dije—, vuestro piso está muy bien, pero esta casa es perfecta para vivir los cuatro juntos.

Se miraron entre ellas. Fue Noelia la que habló primero.

—Nos encanta la casa, pero vivir aquí, tan lejos del centro…

—Escuchadme —insistí—. He pensado que podríamos instalarnos todos aquí, como una familia. Hay sitio de sobra, y cuando vengan las niñas de la universidad también caben. Además, la finca de al lado, igual de grande, tiene más habitaciones todavía: podríamos mudar el negocio ahí. En las afueras los clientes estarían más tranquilos, sin ojos indiscretos.

—La verdad —dijo Lorena, pensativa— es que suena bien. Las chicas trabajarían más relajadas, y nosotras viviríamos mejor.

—¿Y con qué lo pagamos? —preguntó Sabrina.

—Ya lo miré. Si venís a vivir conmigo y ponéis vuestro piso en venta, os sobra para comprar la finca de al lado. Y el local del centro lo alquiláis: renta fija todos los meses.

—Lo pensaremos —zanjó Lorena con una sonrisa—. Ahora lo que quiero es darme un baño.

***

Lorena se metió en la piscina y yo fui detrás. Una vez en el agua me acerqué a ella por la espalda, le agarré los tobillos y la hundí entera de un tirón. Ella reaccionó al instante: me sujetó por la cintura, me hizo una llave torpe de las que aprendió de cría y me metió la cabeza bajo el agua. Estuvimos jugando un buen rato, y yo aprovechaba cada oportunidad para rozarle los pechos o deslizar la mano por sus caderas.

En un momento dado paró el juego y me besó. Le respondí, la atraje hacia mí y, mientras le devolvía el beso, le tomé los pechos con las dos manos y jugué despacio con sus pezones.

Miré hacia las tumbonas. Sabrina estaba boca arriba, con los ojos cerrados y una mano entre las piernas. Pude ver cómo se metía dos dedos y los movía dentro de ella, mientras con la otra mano se acariciaba el clítoris, ajena a todo lo que no fuera su propio placer.

Giré a Lorena para que viera lo mismo que yo. Bastó. Se soltó de mi abrazo, salió de la piscina y caminó hacia su amiga con el agua resbalándole por la espalda.

Se arrodilló entre las piernas de Sabrina, le apartó la mano con suavidad y la sustituyó por la suya. Sabrina suspiró al sentirla y dejó caer la cabeza hacia atrás. No tardó en empezar a temblar.

Yo salí del agua y me acerqué a ellas. Me bajé el bañador y le ofrecí mi polla a Sabrina, que abrió los ojos y la recibió en la boca sin dejar de gemir, porque Lorena seguía trabajándola con la lengua entre las piernas. La chupaba entera y después se detenía a lamerme la punta, una y otra vez, hasta que la saqué para hundirme en el sexo de Lorena, que ya estaba empapada.

Entré en ella y empecé a moverme con un ritmo rápido. Los gemidos de las dos despertaron a Noelia, que hasta entonces dormitaba al sol. Al vernos no dudó: se llevó las manos a los pechos, se apretó los pezones y bajó despacio hacia su sexo, acariciándose mientras nos miraba.

Estaba a punto de terminar, así que me salí de Lorena y me hundí en Sabrina, que me recibió cerrando las piernas contra mi espalda para apretarme dentro de ella. Lorena se tumbó a nuestro lado y Noelia aprovechó para colocarse entre sus piernas y devolverle el favor con la boca.

Cuando me corrí dentro de Sabrina, dejé que el deseo siguiera mandando. Todavía duro, me coloqué detrás de Noelia. Ella miró hacia atrás, me reconoció y, en lugar de apartarse, se abrió con las manos y empujó las caderas hacia mí. La boca de Lorena iba y venía entre mis testículos y el clítoris de Noelia mientras yo me movía. Sabrina, por su parte, se acariciaba sin descanso, recogiendo con los dedos lo que le había quedado dentro.

Noelia terminó primero, con un grito ahogado contra la boca de Lorena. Yo la seguí poco después. Cuando todo pasó, las tres se levantaron, se cogieron de la mano entre risas y se metieron de nuevo en la piscina a refrescarse.

—Me voy a dormir un rato a la primera habitación —les dije desde el borde—. Ahí os espero.

***

Me desperté un par de horas después. Lorena estaba a mi lado, los dos desnudos, con su cabeza apoyada en mi pecho y la respiración tranquila. Me levanté con cuidado para no despertarla y di una vuelta por la casa. Al asomarme a otra de las habitaciones me encontré a Noelia y Sabrina enredadas, la una sobre la otra, devorándose en silencio. Me quedé en el umbral hasta que las dos llegaron al final, los cuerpos brillantes de sudor y la habitación cargada de un olor inconfundible. Las dejé tranquilas, bajé a por algo de beber y salí a la piscina.

Llevaba allí cosa de una hora cuando sentí una mano en la espalda. Era Lorena, que ya se había levantado y me había estado buscando. Me dio un beso y se sentó entre mis piernas, de espaldas a mí.

—Te estaba buscando —me dijo—. Me desperté y tenía frío.

—Necesitaba pensar un rato. Qué haría si al final no os animáis a venir.

—Yo sí quiero vivir aquí. Esta casa es una maravilla.

—Pero esas dos…

—Esas dos, si les dejas una habitación para ellas solas, serán felices en cualquier parte. Te lo aseguro.

Sonreí. Me quedé un momento en silencio y después le pedí que me contara, otra vez, cómo había empezado todo. Nunca me cansaba de escucharlo.

—Yo salía de una revisión, embarazada de tres meses —empezó—, y al cruzar la puerta del edificio me encontré a Sabrina sentada en el suelo. Estaba delgadísima, sucia, vestida con harapos, embarazada de cuatro, y lloraba. No tenía para comer ni para nada. La levanté del suelo y me la llevé a casa. La metí en la bañera, la froté hasta dejarla limpia y le preparé algo de cenar. Vació media nevera, como si llevara una semana sin probar bocado, y seguramente así era.

—¿Y se quedó, sin más?

—Esa primera noche me pidió, llorando, que la dejara dormir conmigo. Que no podía conciliar el sueño sin un cuerpo al lado. Se acurrucó contra mí y se quedó dormida en un minuto. Al día siguiente moví unos contactos y le conseguí una revisión médica. Estaba bien. Su bebé estaba bien.

—¿Y Noelia?

—A Noelia la conocimos en una consulta, semanas después. Estaba más o menos del mismo tiempo que nosotras y aquel día su pareja no había podido acompañarla. Era la cita en la que le decían el sexo del bebé y nos pidió, casi avergonzada, que entráramos con ella. Sabrina y yo nos miramos y le dijimos que sí. Cuando salimos nos dio su número, quedamos en tomar un café, pero desapareció. No volvió a contestar. Al mes la encontramos otra vez en el centro médico y nos contó lo que había pasado: su pareja la había echado de casa porque dudaba de que la niña fuera suya.

—Y la trajiste contigo.

—Se me cayó el alma al suelo. Me la llevé a casa esa misma tarde. Como solo teníamos dos habitaciones, Sabrina le dijo que durmiera con ella, que no le importaba compartir cama. Y así nos quedamos las tres. Cuando dimos a luz, con dos semanas de diferencia entre las tres, ya no había vuelta atrás: éramos una familia.

—Y el negocio salió de la necesidad —añadí.

—Salió de no tener otra salida y de no tener miedo. Lo demás lo fuimos construyendo nosotras, ladrillo a ladrillo. Y mira dónde estamos ahora —dijo abriendo los brazos hacia la casa, hacia la piscina, hacia el cielo que empezaba a teñirse de naranja.

***

Al caer la tarde, como la noche era templada, cenamos los cuatro junto a la piscina. Después de un par de copas, las tres hablaron entre ellas en voz baja, se rieron y, por fin, Lorena se volvió hacia mí.

—Lo hemos decidido. Nos venimos a vivir aquí.

No supe qué decir, así que respondí como mejor sé. Me levanté, las desnudé una a una y empecé a darles las gracias con la boca.

Comencé por Noelia. Le lamí el sexo despacio, metiéndole dos dedos para buscar ese punto que la hacía arquearse, mientras le trabajaba el clítoris con la lengua. Pasé a Sabrina y repetí el método: dos dedos dentro, la lengua fuera, sin prisa. Cuando le llegó el turno a Lorena, me detuvo.

—No. A mí fóllame. Veros así me ha dejado a punto.

Entré en ella sin esfuerzo, hasta el fondo. Noelia se sentó sobre la boca de Lorena, que sacó la lengua de inmediato, mientras Sabrina se sumaba a lamerle el clítoris a la vez que yo la embestía. Tres bocas, tres pares de manos, todo a la vez. Lorena se corrió con tanta fuerza que dejó escapar un grito sofocado contra el cuerpo de Noelia. Le fallaron las piernas. La cogí en brazos, la tumbé en una hamaca y la tapé con una manta. Tenía cara de ángel, los ojos cerrados y una sonrisa de oreja a oreja.

—Sigue con ellas —me susurró antes de dejarse llevar por el sueño.

Me di la vuelta. Sabrina estaba sentada sobre la cara de Noelia, que se acariciaba a sí misma tumbada en el suelo. Me hundí en Noelia, que me cerró las piernas en la espalda y me apretó dentro de ella. Empecé un movimiento lento, buscando el fondo, mientras ella gemía sin parar contra el sexo de Sabrina. Aceleré el ritmo y terminó pronto, empapándome.

Me coloqué frente a Sabrina, le ofrecí la boca y la tomé del pelo para marcar un compás firme. Cada vez que salía, un hilo de saliva caía sobre Noelia, que tenía la cara perdida de tanto líquido. Aquella imagen me empujó al límite. Me corrí en la boca de Sabrina, más de lo que recordaba haberlo hecho nunca.

Cuando salí, intenté limpiarle la cara a Noelia con las manos. Ella me lo agradeció con una sonrisa, pero me apartó: se incorporó, se acercó a Sabrina y empezó a besarla, compartiendo todo lo que tenía en la boca. Se les unió Lorena, que se había despertado solo para no quedarse fuera.

Verlas así me encendió de nuevo. Cogí a Sabrina —la única a la que no había hecho el amor esa tarde—, la tumbé sobre la mesa junto a la piscina y entré en ella. Mientras la embestía, Noelia y Lorena se acercaron a sus pechos. Sabrina les sujetó las cabezas y se las apretó contra el cuerpo, pidiéndoles más. Seguí hasta que, justo antes de terminar, me salí para repartirme entre las tres.

Después nos metimos todos juntos en la piscina, nos enjuagamos entre risas y subimos a dormir a la primera habitación, los cuatro en la misma cama. Estaba agotado, pero sabía que por la mañana alguna de mis chicas me despertaría a su manera, y que aquella casa, a partir de ese día, sería el principio de algo mucho más grande.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Curioso77

Increible relato, me tenia en vilo de principio a fin!!!

PileteraBA

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues con los cuatro

MarceloBA_99

Jaja me recordo a un verano en lo de un amigo, las piletas tienen algo especial para romper el hielo... aunque nunca tan bien como aca jajaja

ClarissaV

Me encantó el ritmo que tiene, la tension va subiendo de manera natural sin apuros. Muy bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.