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Relatos Ardientes

El intercambio empezó en una cala desierta

Como conté en otra ocasión, me llamo Marcos, tengo treinta y cinco años y vivo con mi novia desde hace tiempo. Esta historia tiene una parte real y otra de fantasía, pero todavía me cuesta separar las dos cuando la recuerdo.

Daniela y yo no atravesábamos nuestro mejor momento. El trabajo, la rutina, las discusiones por cualquier tontería. Llevábamos demasiados años juntos como para tirarlo todo por la borda sin intentar algo antes, así que decidimos escaparnos unos días, los dos solos, a un pueblo de la costa. Era primavera, pero el calor se había adelantado y parecía pleno verano.

Encontramos un hotel pequeño, de apenas diez habitaciones, a las afueras de una localidad costera y a diez minutos andando de la playa. Lejos de las aglomeraciones, perfecto para desconectar. Daniela preparó una maleta con bikinis y ropa cómoda; el ánimo que teníamos como pareja no daba para mucho más.

Mi novia tiene treinta años, es morena, de cuerpo menudo y pecho pequeño. A pesar de todo lo que nos pasaba, para mí seguía siendo una mujer muy atractiva. Llegamos un jueves a media mañana, hicimos el check-in y bajamos al pueblo a comer. La tarde transcurrió como cualquier tarde de playa: sol, agua, silencios largos. Estábamos relajados, pero la distancia entre nosotros seguía ahí.

Esa noche el hotel ofrecía cena en su pequeño restaurante. Daniela se arregló y eligió un vestido negro con la espalda al aire, sin sujetador, y yo me puse una camisa oscura. Estaba espectacular con el moreno que había cogido esa tarde, y no fui el único que se dio cuenta.

Cuando subí a la habitación a dejar el bolso, ella me esperó en la recepción. Al bajar la encontré charlando con otra pareja, bastante mayores que nosotros, de unos cincuenta y pocos. Él se conservaba muy bien, canoso y de buen cuerpo; ella era elegante, perfumada, de esas mujeres que envejecen mejor que la mayoría a los veinte.

—Mira, cariño, te presento a Renata y a Esteban —dijo Daniela—. También están alojados aquí.

Le di dos besos a Renata y un apretón de manos a Esteban.

—Encantado, soy Marcos.

—Nos han dicho que detrás del hotel hay un bar con buena música —siguió Daniela—. Ellos estuvieron anoche y vuelven hoy. Nos han invitado. ¿Qué te parece?

Compartir la primera noche de nuestra escapada con dos desconocidos no era mi plan, pero a Daniela la idea de pasar la velada a solas conmigo tampoco la entusiasmaba demasiado. Aceptamos.

***

Las mujeres salieron del hotel adelantadas, charlando como si se conocieran de toda la vida. Esteban y yo caminábamos detrás hablando de cosas intrascendentes. El bar era tranquilo, con un par de mesas ocupadas y nada más. Ellas se acomodaron en unos sofás del fondo mientras nosotros pedíamos las copas en la barra.

Cuando volvimos, Esteban se sentó al lado de Daniela sin titubear, con un descaro que me dejó descolocado. No le di importancia, dejé las copas y me senté junto a Renata. La noche fue agradable, más de lo que esperaba. Parecían una pareja de lo más normal, divertida, fácil de tratar. Al cabo de dos horas y varias copas decidimos volver al hotel.

De camino, Renata comentó que al día siguiente irían a unas calas escondidas que les habían recomendado, y nos invitó a sumarnos. Daniela dijo que sí antes de que yo abriera la boca. Quedamos para desayunar a las ocho y media.

Esa noche, Daniela y yo follamos como no lo hacíamos en meses. No sé si fue el alcohol, el cambio de aires o algo que todavía no entendía, pero fue increíble. Me dormí pensando que la escapada empezaba a funcionar.

***

A la mañana siguiente, Esteban y Renata ya estaban en la cafetería, puntuales. Nosotros llegamos tarde: yo remoloneando en la cama y Daniela dudando qué bikini ponerse. Eligió uno blanco de tanga, mucho más atrevido que el del día anterior. Esteban se ofreció a llevarnos en su todoterreno, más cómodo para llegar a las calas, y aceptamos.

Tras cuarenta minutos de carretera, aparcamos junto a un pequeño bosque. Caminamos diez minutos por un sendero que en temporada alta debía de estar lleno y que esa mañana de viernes estaba completamente vacío. Al final del camino apareció una cala pequeña, rodeada de árboles y rocas, sin un alma a la vista.

—Te dije que valía la pena —dijo Esteban, sonriendo.

Caminamos hasta un lateral apartado y extendimos las toallas. Daniela se quitó el vestido y se quedó en bikini, y noté cómo Esteban la repasaba sin disimulo. Renata, por su parte, llevaba un minibikini rojo que realzaba su cuerpo cuidado. Yo le devolví la mirada que él le había lanzado a mi novia.

—Las vistas son impresionantes, y no lo digo por el paisaje —soltó Esteban entre risas.

Lejos de molestarme, aquel comentario me hizo pensar. La relación con Daniela hacía aguas, y de repente la veía coquetear, reírse, soltarse como no lo hacía conmigo desde hacía mucho. Una mezcla de celos y morbo empezó a crecer dentro de mí.

Nos sentamos a embadurnarnos de crema. Esteban llevaba la voz cantante, rompía cada silencio incómodo.

—Renata, quítate la parte de arriba —dijo—. Estos chicos no se van a asustar.

Ella se desabrochó el sujetador sin contestar y empezó a extenderse crema por los pechos, que liberados parecían aún más grandes. No tenía ni una marca; estaba claro que hacía topless a menudo.

—Espero que no os moleste —dijo girándose hacia nosotros.

—Para nada, yo también suelo hacerlo —respondió Daniela, y se quitó el sujetador del bikini dejando los pechos al aire.

La miré sin atreverme a decir nada. Era la primera vez que hacía topless delante de gente. Esteban no le quitó ojo, y Daniela se tumbó boca arriba como si tal cosa.

***

Renata se levantó a bañarse y Esteban la acompañó, dejándonos solos un momento.

—¿Has visto cómo te mira? —le dije a Daniela.

—Igual que tú a ella —me replicó, algo molesta—. Son desconocidos, no vamos a volver a verlos. Y mira la playa: no hay nadie. No seas pesado.

Se levantó y caminó hacia el agua, espectacular, con el tanga blanco contrastando con su piel morena. No tenía ganas de mojarme, pero algo me decía que no debía dejarlos solos, así que la seguí y la abracé por detrás mientras entrábamos al agua.

Dentro, el ambiente era inmejorable. Charlábamos, nos reíamos de las bromas de Esteban, que tenía una forma de ser jovial pese a su edad. Empezó con juegos: salpicaba, empujaba, intentaba hundir a Renata y, de vez en cuando, también a Daniela. Poco a poco los juegos llevaban más roce, más manos. Renata le seguía el rollo y Daniela, lejos de apartarse, parecía disfrutarlo. Yo me quedaba al margen, como si no perteneciera a aquel grupo que se entendía sin palabras.

—Marcos, no te quedes ahí parado —me dijo Renata, acercándose a salpicarme.

Que fuera ella, y no mi novia, quien me animara a sumarme me revolvió la cabeza. Decidí dejarme llevar.

Mientras tanto, Esteban agarraba a Daniela por la cintura para tumbarla en el agua. Renata se subió a mi espalda, dejándome sentir sus pechos, y me hundió de golpe. Cuando salí, vi cómo Esteban tenía las manos en las nalgas de mi novia y la empujaba bajo el agua. Daniela se aferró a su bañador para no caer y tiró con fuerza.

—¡Qué bruto! —dijo ella saliendo entre risas—. He tragado un montón de agua.

Había visto las manos de Esteban en su culo, a propósito, sin ninguna duda. Y, lo que más me removió, había visto que Daniela no hizo nada por retirarlas.

***

Salimos a tomar el sol y a abrir unas cervezas que habíamos traído. Esteban se quedó un poco más en el agua y al rato salió despacio, sujetándose el bañador con la mano.

—Chicos, tengo un problema —dijo riéndose—. Creo que Daniela me ha roto el bañador al agarrarse. Se me cae si no lo sujeto.

—¿Qué dices? —Daniela se levantó preocupada y fue a comprobarlo—. Joder, perdona, qué torpe soy.

—Nada, mujer, son cosas que pasan. He pensado en quitármelo, si no os importa. Renata y yo hemos hecho nudismo alguna vez.

Miré a Daniela, luego a él. Pensé que ahí se acabaría todo, que mi novia, siempre tan recatada, no querría a un tipo desnudo al lado todo el día.

—Por nuestra parte sin problema —dijo ella sonriendo—. Yo te lo rompí, no voy a obligarte a marcharte.

Los tres esperaban mi respuesta. ¿Qué iba a hacer, levantarme e irme? Ni siquiera el coche era mío.

—Adelante. Tampoco vamos a ver nada que no hayamos visto antes —dije, intentando sonar gracioso.

Antes de que terminara la frase, Esteban soltó el bañador y este cayó a la arena, dejando su polla al aire delante de su mujer y de mi novia, que no le quitaban ojo.

—Vaya, pues sí que… —empezó Daniela, y se mordió la lengua—. Di que se había roto.

Tenía buen cuerpo. La tenía más fina que la mía pero bastante más larga, y eso que estaba en reposo. Nos tumbamos todos en silencio, solo se oía el mar y las gaviotas.

***

Al rato, Renata volvió del agua, se quitó la braguita del bikini y se quedó completamente desnuda.

—No os importa, ¿verdad? Estoy más cómoda, y ya que Esteban está igual…

—Para nada, cielo —dijo Daniela, mirándome de reojo.

Mi novia se levantó a bañarse y aproveché para meterme con ella. Dentro del agua, solos otra vez, le pregunté qué le parecía todo aquello.

—Creo que se nos ha ido de las manos —dijo—, pero no podemos echarnos atrás. No vamos a volver a verlos y aquí no hay nadie. Yo me voy a animar, voy a hacer lo mismo que Renata.

—¿Estás loca? Si te da vergüenza hasta que te vea yo desnuda.

—No voy a ser yo, la más joven, la que parezca una vieja —me dijo, medio en broma medio en serio—. Además, llevas un rato comiéndote con los ojos a Renata. Quizás sea hora de que Esteban me mire a mí.

Salí tras ella, queriendo evitar que cruzara esa línea, porque sabía que una vez cruzada no habría vuelta atrás. Fue imposible.

Al llegar a las toallas, Daniela se quitó el tanga delante de los dos.

—Es justo que yo también me una, ¿no? —dijo, desnuda del todo.

—Oh, vaya —murmuró Esteban sin disimular.

Yo venía caminando desde el mar, mirando la escena: mi novia desnuda frente a dos desconocidos, sin el menor pudor.

—Cariño, tú eres más tímido, pero deberías unirte —me dijo con ironía.

—Sin problema —contesté, y deslicé el bañador hacia abajo, con la polla ya semierecta.

Era la primera vez que estábamos desnudos delante de gente. La mezcla de morbo, excitación y rabia por cómo actuaba Daniela hacía que mi polla creciera poco a poco. Habíamos perdido el control por completo.

—Al final ha venido bien que me rompieras el bañador —dijo Esteban.

—Así puedes vernos desnudos, ¿eh? —respondió ella, acariciándole la espalda.

—No todos los días se ve el cuerpo de una treintañera así.

—Tonto. Aunque lo que yo veo tampoco está nada mal —dijo Daniela, mirando la polla que le colgaba a él.

—Bueno, Marcos, ¿qué hacemos con estos dos? Mira cómo se miran —me dijo Renata, acercándose.

—Están muy mirones, sí —contesté, tragándome el orgullo.

—Pues lo que tú miras debe de gustarte —soltó Esteban señalando mi polla, dura y tiesa.

—¿Quizás no le pone dura porque no ha dado con quien sepa hacerlo? —dijo Daniela, sorprendiéndome con su descaro.

—¿Quieres intentarlo? —respondió él.

Se hizo un silencio que para mí duró un mundo. Mi dulce novia acababa de retar a un hombre que habíamos conocido la noche anterior, y él había aceptado.

***

Me retiré a la toalla y Renata se sentó a mi lado. Daniela se recogió el pelo en una coleta, nos miró, sonrió y acercó la mano a la polla de Esteban. La acariciaba, la movía, pero seguía floja.

—Te dije que no sería tan fácil, cielo —se rio Renata.

No había terminado la frase cuando Daniela se la metió entera en la boca. Se la veía encantada, y a mí hacía tiempo que no me la chupaba así.

—Joder, qué manera —gimió Esteban, agarrándola de la cabeza.

Aquella escena me puso a cien. Estaba viendo a mi novia chuparle la polla a otro delante de mí, y me estaba gustando. Empecé a tocarme. Renata se dio cuenta, estiró la mano y comenzó a masturbarme mientras no le quitaba ojo a su marido y a Daniela.

Le acaricié los pechos, esos pezones grandes y rosados, mientras ella movía mi polla cada vez más rápido. Enfrente, Daniela seguía de rodillas, con la boca llena, y la polla de Esteban crecía sin parar.

Estaba a punto de correrme. Renata lo notó por los espasmos y se agachó a metérsela en la boca. Mientras Daniela chupaba a uno, su mujer me tragaba a mí.

—Ah, joder, me voy, me voy —conseguí gritar, descargando en su boca.

Al oírme, Daniela aceleró el ritmo, agarró a Esteban por el culo y lo empujó hacia ella. Luego se apartó, se giró y nos miró.

—Quizás te hacía falta alguien que supiera tratar esto, cariño —dijo, todavía con la respiración entrecortada.

—Esa lengua tuya es demasiado —respondió Esteban, ayudándola a levantarse mientras se besaban.

***

Y así empezó un fin de semana en el que acepté y disfruté, por primera vez, un intercambio de parejas, viendo a mi novia disfrutar como nunca. Pero eso es ya otra historia.

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Comentarios (4)

Turista_lector

tremendo relato!!! me tuvo pegado de principio a fin

Valentina_lec

Ay dios, quede sin palabras. Esto necesita una segunda parte si o si

MatiasR22

La ambientacion de la cala esta perfecta, uno se siente ahi parado. Muy buen relato, de los mejores que lei ultimamente

Kari_noche

jajaja el destino juega sus cartas cuando menos lo esperás, tremendo giro

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