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Relatos Ardientes

El fin de semana que mi hermana propuso un intercambio

Hay cosas que una imagina durante años sin atreverse a ponerles nombre. Yo llevaba mucho tiempo mirando a mi hermana Renata con una mezcla de cariño y otra cosa que nunca quise admitir. Ese fin de semana de octubre, cuando ella y su marido vinieron a pasar unos días a Querétaro, todo lo que había estado guardado salió a la superficie.

Mi marido se llama Marcos y los dos somos personas de mente abierta. Llevamos catorce años juntos y nunca dejamos que la rutina apagara las ganas. Cuando le conté que Renata y Gustavo venían de visita, no puso ni una pega. Al contrario, me dijo que organizara algo bonito para recibirlos.

Llegaron el viernes cerca del mediodía. Los llevamos a comer a un restaurante del centro, pedimos una botella de vino y un par de copas más fuertes, y pasamos la tarde caminando entre los portales y las plazas. Tengo que describirlos para que entiendan lo que vino después. Gustavo es un hombre de cincuenta y tantos, alto, de ojos claros y un cuerpo que cuida con disciplina. Mi hermana es de esas mujeres que no dejan que los años les ganen: rubia, de piel muy blanca, con unas curvas que cualquiera envidiaría y un trasero que llamaba la atención bajo cualquier vestido.

Al volver a casa, Renata dijo que quería darse un baño antes de la cena. Subí con ella a enseñarle la habitación de invitados y nos quedamos hablando de los hijos, de la familia, de tonterías. Mientras hablábamos empezó a desvestirse sin ningún pudor, como hacíamos de chicas, y entonces la vi entera por primera vez en mucho tiempo.

Tenía los pechos firmes, el vientre liso, el sexo depilado. Sentí un calor que me subió por el cuello y me dejó la boca seca. Es mi hermana, pensé, y aun así no podía dejar de mirar. Nunca había estado con otra mujer, pero en ese instante me imaginé cosas que me hicieron temblar las piernas. No dije nada. Bajé a la sala con una excusa cualquiera.

Marcos y Gustavo charlaban en el sillón. Les preparé un trago y subí yo también a ducharme. Bajo el agua caliente no podía sacarme la imagen de Renata de la cabeza. Me toqué pensando en ella, en su piel blanca, en lo que sentiría besarla, y me corrí mordiéndome el labio para que no me oyeran.

***

Salí del baño y me puse un vestido corto de tirantes, rojo, sin nada debajo salvo una tanga mínima. Cuando bajé, Renata se había puesto una falda ajustada y una blusa que le dejaba el ombligo al aire. Nos miramos de arriba abajo y nos reímos. Nuestros maridos hacían bromas, fingiendo que no se daban cuenta de nada.

Cerca de las ocho preparamos unos bocadillos y unos cócteles, y nos sentamos los cuatro en el comedor. Entre la conversación y las copas se nos hizo casi medianoche. Gustavo y Renata dijeron que estaban cansados del viaje y que se iban a dormir. Subimos todos, nos despedimos en la puerta de su habitación y Marcos y yo nos metimos en la nuestra.

Nos dimos una ducha rápida y nos acostamos desnudos, como siempre. Marcos empezó a besarme el cuello y a recorrerme con las manos, y yo me encendí enseguida, todavía con la imagen de mi hermana flotando en algún rincón de la cabeza. Bajé besándole el pecho, el vientre, hasta tomarlo en la boca. Lo sentí endurecerse contra mi lengua mientras me hundía los dedos en el pelo. Después me subí encima y nos movimos despacio hasta acabar los dos casi a la vez. Fue un sexo tranquilo, de los que reconfortan.

Nos quedamos tumbados, recuperando el aliento.

—No seas mala, prepárame un café —me pidió Marcos con esa sonrisa que sabe que no le niego nada.

—Claro, mi amor —le dije, y bajé a la cocina tal como estaba, sin nada encima.

***

Estaba poniendo el agua a calentar cuando escuché pasos. Era Renata, que no conseguía dormir y había bajado por un vaso de leche. Me vio desnuda y soltó una risa.

—Ponte algo, manita, vas a agarrar un resfriado —dijo, pero no apartaba los ojos.

—En esta casa dormimos así —le contesté, encogiéndome de hombros—. Marcos y yo somos de costumbres relajadas.

Ella llevaba un camisón transparente, una tanga y un sujetador que se transparentaban debajo. Abrió el refrigerador, se sirvió la leche, y yo me quedé mirándole la espalda, la curva de su cintura, sin pensar bien lo que hacía.

—Para tu edad tienes un cuerpo increíble —me dijo al girarse.

—Tú no te quedas atrás —respondí, y la voz me salió más baja de lo que esperaba.

No sé quién se movió primero. La abracé por detrás, con las manos sobre sus pechos, y ella se dio la vuelta y me besó en la boca. Fue un beso lento, sin prisa, de los que cambian las cosas para siempre. Me bajó los tirantes que ya no existían, me tomó los pechos, agachó la cabeza y atrapó uno de mis pezones entre los labios. Tuve que sostenerme del borde de la encimera.

—Desde jóvenes me imaginaba hacerte esto —murmuró contra mi piel.

—Vas a ser la primera mujer con la que esté —le confesé.

Ella me miró y sonrió. Me contó que ya había tenido dos o tres experiencias con otras mujeres, que Gustavo lo sabía todo y que entre ellos no había secretos. Yo le dije que Marcos y yo también éramos así, que incluso habíamos compartido cama con otra pareja un par de veces, pero que nunca habíamos hecho un intercambio de verdad.

—Gustavo está arriba esperándome —dijo, y deslizó la mano entre mis piernas—. Y por cómo estás, creo que tú también tienes ganas.

Me besó otra vez, se chupó los dedos despacio, mirándome a los ojos, y me tendió la mano.

—Vamos arriba.

***

Entré primero en mi habitación. Marcos seguía esperando el café que nunca llegó.

—Te tengo una sorpresa —le dije.

—¿De qué se trata? —preguntó, incorporándose en la cama.

En ese momento entraron Renata y Gustavo, los dos desnudos. Vi cómo a Marcos se le cortaba la respiración.

—De un intercambio —dije—. Esta noche.

Nuestra cama es enorme, así que cupimos los cuatro sin problema. Renata se acostó a mi lado y Gustavo se metió entre ella y Marcos. Los hombres se miraron, se dieron un trago de la copa, y Gustavo le propuso a Marcos bajar por algo de beber y dejarnos a las dos un rato a solas. Sabían perfectamente lo que hacían.

Cuando se fueron, Renata me besó como nadie me había besado antes. Me recorrió los oídos, el cuello, los hombros. Bajó a mis pechos y se entretuvo en cada pezón con una paciencia que me volvía loca. Me besó el vientre, las caderas, y siguió bajando. Cuando su boca llegó a mi sexo creí que me deshacía. Me lamió despacio, sin prisa, abriéndome con la lengua, y después siguió bajando por mis muslos hasta los pies, mordiéndome los dedos, para volver a subir de nuevo recorriéndome entera.

Cuando regresó a mi clítoris ya no aguantaba. Me concentró ahí toda la atención, chupando y trazando círculos con la lengua, y me corrí con una fuerza que no había sentido nunca. Me vine en su boca temblando, agarrada a las sábanas. Cuando por fin paré, ella subió a besarme y me dio a probar mi propio sabor en sus labios.

Al levantar la vista, Gustavo y Marcos estaban de pie junto a la cama, mirándonos, claramente excitados por el espectáculo que les habíamos regalado sin saberlo.

***

A partir de ahí se borró cualquier límite. Renata se levantó y besó a Marcos con ganas, y yo hice lo mismo con Gustavo. Tenía las manos por todas partes, recorriéndome la espalda, las caderas, el pecho. Los recostamos a los dos boca arriba y nos arrodillamos juntas para complacerlos, mirándonos y riéndonos entre beso y beso.

Después me monté sobre Gustavo y ella sobre Marcos. Nos besábamos por encima de ellos mientras nos movíamos, y los hombres jugaban con nuestros pechos, marcando el ritmo con las manos en nuestras caderas. Yo no podía creer lo que estaba viviendo: mi hermana a un palmo de mi cara, los dos hombres debajo, el calor de cuatro cuerpos. Acabamos casi al mismo tiempo, con un escándalo de gemidos que seguramente se oyó hasta la calle.

Nos dejamos caer los cuatro sobre la cama, sin aire. Descansamos un par de minutos y entonces fui yo la que tomó la iniciativa. Empecé a besar a Renata e imité lo que ella me había hecho, bajando poco a poco hasta su sexo. Mientras la lamía sentí que Gustavo me levantaba las caderas por detrás. Me preparó con cuidado, con la lengua y los dedos, y entró despacio en un lugar donde solo Marcos había estado. Al mismo tiempo, Marcos se colocaba sobre mi hermana, que le devolvía el favor con la boca.

Antes de terminar cambiamos otra vez de posición. Marcos pasó con Renata y Gustavo se quedó conmigo. Soy multiorgásmica y aquella noche lo comprobé como nunca: perdí la cuenta de las veces que me vine. Los cuatro acabamos rendidos, enredados en las sábanas, y nos dormimos así, abrazados, hasta que entró la luz por la ventana.

***

Al día siguiente nos despertamos sin vergüenza ninguna. Nos metimos los cuatro a la ducha y volvimos a buscarnos bajo el agua, Marcos con mi hermana y yo con Gustavo, riéndonos de lo desinhibidos que nos habíamos vuelto en una sola noche. Después salimos a desayunar y pasamos el día en un parque safari a las afueras de la ciudad, como dos parejas normales que comparten un secreto enorme.

Esa noche, saliendo de cenar, a Gustavo le sentó mal algo de la comida. Empezó con dolor de estómago y tuvimos que llevarlo al médico: una gastroenteritis de las fuertes. Le recetaron medicamento y volvimos a casa. Él subió a acostarse y un rato después Marcos y yo nos retiramos también a la habitación.

No habría pasado ni una hora cuando llamaron suavemente a nuestra puerta. Era Renata.

—Gustavo está dormido —dijo en voz baja—. Me dijo que viniera con ustedes.

Se metió en la cama, entre los dos. Marcos y yo empezamos a besarla y a acariciarla. Él la penetró despacio mientras yo me ocupaba de su clítoris con la lengua y, de paso, de mi marido. Los sentí venirse casi a la vez. Luego ella me devolvió el placer con la boca y yo terminé a Marcos, hasta que los tres quedamos agotados y nos dormimos otra vez juntos.

Por la mañana mi hermana subió a ver a su marido, que ya estaba mejor. Desayunamos, los ayudamos con las maletas y los despedimos en la puerta con abrazos largos y una complicidad nueva. Volvían a su ciudad con algo más que recuerdos de paseos y restaurantes.

Así fue nuestro primer intercambio de parejas. Nunca imaginé que la curiosidad de una vida entera se resolvería de esa forma, una madrugada cualquiera, bajando a la cocina por un café. Y desde entonces, cada vez que mi hermana llama para anunciar una visita, a Marcos se le ilumina la cara y a mí se me acelera el pulso.

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Comentarios (4)

SilviaMR

Dios mio como me atrapó desde el principio... buenisimo!!!

lector_nocturno

Hay segunda parte? porque asi no puedo quedarme jajaja, necesito saber como sigue todo esto

MarisolFM

Me encantó la tension de la situacion, se siente muy real. Seguí escribiendo por favor!

Kike_uy

Lo lei dos veces y la segunda tambien estuvo bueno jaja. Saludos desde Uruguay

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