Mi primer trío con el vecino del fondo
Por fin encontré un sitio donde contar esto sin sentir que me arde la cara. Es la historia de mi primer trío: una noche de verano, mi novio Mateo y un hombre que nos doblaba la edad y al que apenas conocíamos de cruzarnos en el patio. Yo siempre fui más bien tímida, de las que se cohíben, así que todavía me cuesta creer que la que cuenta esto soy yo.
Vivíamos en uno de esos complejos de mini departamentos en arriendo, todos iguales, con un patio central compartido. En el centro había una mesa larga y, encima, un parrón que daba una sombra fresca por las tardes. La gente salía al caer el sol, se fumaba un cigarro, conversaba. Como los arrendatarios iban y venían, ahí se armaban amistades rápidas y charlas que se estiraban hasta tarde.
Esa tarde de enero compramos un par de cervezas. Mateo casi no tomaba, una de vez en cuando, pero hacía calor y nos sentamos a la mesa larga como a las siete. Yo andaba con un vestido finito, amarillo con flores, de esos que se pegan al cuerpo con la brisa, y ropa interior mínima debajo. Soy menuda, mido un metro cincuenta y tres, y Mateo es alto, de espalda ancha; cuando caminábamos juntos por la calle la gente nos miraba, supongo que imaginándose cosas.
Al rato se nos sumó una pareja con más cervezas y una bebida. Y entonces apareció él. Llegó del trabajo, dejó la ropa sucia en el lavadero común y se metió a ducharse. Salió a fumar solo, en una banca apartada, y como nos dio pena verlo ahí aislado lo invitamos a la mesa.
—Siéntese con nosotros, hombre, no se quede solo ahí —le dijo Mateo.
Se llamaba Ricardo. Andaba por los cuarenta y muchos, alto, de manos enormes, con una voz grave que tranquilizaba. Nos contó que viajaba por su empresa, que estaba a cargo de una obra de torres de alta tensión en las afueras. Era educado de un modo casi anticuado, de los que todavía tratan de usted. La conversación se alargó, se sumaron más rondas, y cuando ya molestábamos en el patio nos corrimos a su departamento, que era el más grande del complejo: tenía un comedor con sillas y un sofá enorme en forma de ele.
La otra pareja se despidió temprano. Nosotros nos quedamos un rato más, tomando cerveza con bebida, charlando. Y cada vez que yo me paraba a buscar el encendedor o el cenicero, notaba cómo Ricardo me seguía con la mirada, cómo se le iban los ojos al vestido que se me marcaba contra el cuerpo. Mateo también lo notaba. A él esas cosas siempre le llamaron la atención.
—Si alguna vez quisieras estar con otro, yo te daría permiso —me había dicho más de una vez—. Sería injusto que tú no, después de todo lo que yo viví antes de conocerte.
Yo tenía veinticinco y, antes de él, apenas un par de relaciones cortas. Lo de Mateo era distinto: ya vivíamos prácticamente juntos. Esa noche, cuando nos despedimos de Ricardo, él estuvo coqueto, atento, pero nos fuimos a nuestro departamento sin que pasara nada. O eso creí.
***
Apenas cerramos la puerta, los dos estábamos encendidos. Nos besamos contra la pared, las manos por todas partes. Mateo me levantó el vestido y me bajó la ropa interior de un tirón. Me apretó las nalgas, me buscó por detrás con los dedos y se encontró con que ya estaba empapada.
—¿Así te dejó la mirada de don Ricardo? —murmuró contra mi cuello.
No le contesté. Me llevó hasta la cama y se arrodilló en el suelo. Yo me acosté boca arriba y él me separó las piernas, me pasó la lengua despacio, de abajo hacia arriba, una y otra vez, hasta hacerme arquear la espalda.
—¿Y? ¿Qué te pareció el vecino? —insistió entre lametones—. ¿Te animarías a algo con él?
—No digas eso —le dije, medio riéndome, medio temblando—. Es muy mayor. Y tan correcto que me intimida. Nunca me atrevería.
Pero estaba tan caliente que no quise terminar todavía. Lo levanté, lo empujé hacia atrás y le bajé el pantalón. Cuando lo tomé en la boca, él volvió a la carga.
—¿Te lo imaginas a él así? ¿Te sentirías cómoda?
—Con lo caballero que es… —admití, y me sorprendió mi propia voz—. Sí, creo que sí.
Lo que pasó después todavía me parece un sueño. Mateo se subió el pantalón, me tomó de la mano y me dijo, simplemente:
—Vamos.
Yo lo seguí desconcertada, descalza, sin ropa interior, por el patio en penumbras. Llegamos a la puerta de Ricardo. Mateo golpeó. El hombre abrió en pantalón de pijama, con cara de sueño pero igual de amable.
—Hola, don Ricardo. Disculpe la hora. Veníamos a hacerle una propuesta.
—Claro, pasen, dígame. ¿En qué los puedo ayudar?
—Lo que pasa —dijo Mateo, sin rodeos— es que a mi novia le encanta cómo es usted. Lo encuentra muy atractivo. Nos gustaría que pasáramos un buen rato los tres. Si se da, bien. Y si no, tan amigos como siempre.
Ricardo nos miró sin entender, o haciéndose el que no entendía.
—Perdón, ¿qué me quieres decir exactamente?
—Que a ella le gustaría estar con usted. Que la vea, que la disfrute. Es tímida y le da vergüenza decírselo, por eso vine yo. —Y me miró—. ¿Verdad?
Yo asentí, con los ojos clavados en los de Ricardo, sin poder hablar.
—¿De verdad, o me están jugando una broma? —preguntó él, todavía incrédulo.
—Si a mí me hicieran esta propuesta, también pensaría que es broma —respondió Mateo—. Pero es verdad. Y para que se quede tranquilo, se lo demuestro.
Me tomó de la nuca y me dio un beso profundo, de los que me doblan las rodillas. Con la otra mano me subió el vestido por la espalda, dejándome el trasero desnudo a la vista. Yo seguía besándolo con los ojos cerrados, y a mis espaldas sentía la mirada de Ricardo recorriéndome entera.
Entonces lo oí moverse. Se arrodilló detrás de mí. Sus dos manos enormes se posaron en mis nalgas y, despacio, sentí sus labios apoyarse justo encima, un beso casi tierno. Me acariciaba con una suavidad que no esperaba de alguien tan grande, bajando por la parte de atrás de los muslos hasta las rodillas y volviendo a subir.
—Eres exquisita, pequeña —dijo con esa voz ronca, casi en un susurro—. Nunca pensé vivir algo así. Gracias.
Sus manos rodearon hacia adelante sin invadir, apenas rozándome el vientre, la cintura, los pechos por encima del vestido, mientras seguía besándome y mordisqueándome las nalgas. Y de pronto sentí su lengua, ancha y caliente, recorrerme desde muy abajo hasta más arriba, lenta, una y otra vez. Mateo no paraba de besarme la boca. Pensé que iba a estallar de vergüenza, pero la vergüenza se me iba apagando. Tanto, que terminé separando un poco más las piernas para darle mejor acceso.
***
Mateo me tomó de la cintura, me levantó y me recostó con cuidado en la cama. Ricardo se acostó a un lado, Mateo al otro. Era el momento de besarlo a él. Todavía me daba pudor —era mucho mayor—, pero estaba tan excitada que dejé de pensarlo. Lo besé, y él me buscó los pechos y las nalgas con las manos mientras yo, casi por instinto, bajé la mía hasta tocarlo por encima de la ropa.
Estaba duro, gruesísimo. No apuntaba hacia arriba: se le marcaba de costado, a punto de salirse por el borde del pantalón. Lo acaricié de arriba abajo y, cada vez que lo tocaba, lo sentía crecer un poco más. Me dio algo de miedo, no voy a mentir, pero confiaba en él, en lo cuidadoso que era. Me giré para besar también a Mateo, porque todavía me quedaba un resto de timidez que solo se me iba con él cerca.
Quedé de espaldas a Ricardo, que me seguía acariciando las caderas, las piernas, la cintura. Era tan alto que con una sola mano me alcanzaba desde el hombro hasta debajo de la rodilla; su brazo me abarcaba casi entera. Yo me iba relajando contra Mateo cuando sentí que él me abría con suavidad y apoyaba la punta justo en la entrada, mojada como estaba.
Empezó a empujar despacio. La punta forcejeaba por entrar y yo lo ayudaba con pequeños movimientos hacia atrás, para que fuera abriéndose paso de a poco. Me sujetaba de las caderas y empujaba y soltaba, empujaba y soltaba, ganando un milímetro cada vez. Yo me sentía explotar; Mateo no me soltaba la boca.
Cuando se dio cuenta de que Ricardo por fin entraba, Mateo me separó una nalga con la mano para facilitarle el camino. La punta ya estaba dentro y él seguía avanzando, retrocediendo un poco y volviendo a presionar, un poco más adentro a cada empuje. Yo lo sentía abrirme, sentía lo mojada que estaba, mientras Mateo me besaba y me acariciaba.
Ricardo jadeaba, cada vez más excitado, apretándome los huesos de la cadera para afirmarse y darme empujones más largos, más hondos. Yo no le veía el sexo, pero por cómo me llenaba sabía que era enorme; no tenía idea de cuánto faltaba para que entrara entero. Solo me entregaba. Quería terminar, pero no tan rápido: quería sentir el momento exacto en que su cuerpo chocara contra el mío y supiera que ya estaba todo dentro.
Hasta que pasó. Sentí su pelvis golpear contra mis nalgas y entonces empezó a salir hasta la mitad y a volver casi de golpe, cada vez más firme. Lo sacaba, lo metía, encontraba un ritmo. Mateo me rozaba el clítoris con los dedos y me susurraba al oído lo bien que lo estaba haciendo.
Me contuve todo lo que pude, estirando esa mezcla rara de dolor y placer. Ya me había dilatado lo suficiente para disfrutarlo sin pensar en cómo entraba o salía. Había perdido por completo la timidez con la que crucé el patio. Por primera vez en mi vida estaba en medio de los dos, entregada, sin un solo gramo de vergüenza, disfrutando cada segundo de mi primer trío.