El trío que Lucía propuso antes de nuestra boda
Me llamo Tomás y tengo un hermano gemelo, Bruno. Compartíamos un piso cerca de la universidad de Valencia, dos habitaciones y un salón siempre desordenado, cuando Lucía contestó al anuncio de la tercera. Apareció una tarde de octubre con una maleta y una sonrisa que nos desarmó a los dos a la vez.
Bruno la vio bajar del taxi desde la ventana y dijo lo que yo estaba pensando.
—Esa va a ser un problema.
—Esa va a ser nuestra compañera de piso —le corregí—. Compórtate.
No me hizo caso, claro. Ninguno de los dos se comportó. Durante semanas fue una guerra silenciosa de cafés ofrecidos, de favores convenientes, de quién la acompañaba al supermercado. Lucía lo notaba y se divertía. Tenía esa costumbre de morderse el labio cuando algo le hacía gracia, y a nuestra costa le hacía mucha gracia.
Gané yo, aunque me gusta pensar que ganó ella. Una noche, después de que Bruno se durmiera en el sofá frente a una película, Lucía me siguió a la cocina por un vaso de agua y se quedó apoyada en la encimera, mirándome.
—Los dos sois imposibles —dijo—. Pero tú al menos disimulas peor.
—No estoy disimulando nada.
Me acerqué y la besé. No se apartó. Al contrario, me agarró del cuello de la camiseta y me atrajo hasta que la encimera se le clavó en la espalda y dejó de importarle. Le metí la lengua hasta el fondo mientras le subía la falda con la mano, y ella me devolvió el beso mordiéndome el labio. Cuando le rocé el coño por encima de las bragas la noté empapada, y soltó un jadeo ronco contra mi boca.
—Cállate y sigue —susurró.
Le arranqué las bragas de un tirón y la senté en la encimera. Le abrí las piernas y me arrodillé. Su coño estaba brillante, hinchado, y olía a hembra en celo. Se lo comí despacio, chupándole el clítoris hasta que me clavó los talones en la espalda, y luego le metí dos dedos mientras seguía lamiendo. Se corrió mordiéndose el puño para no despertar a Bruno, temblando entera. Me bajé los vaqueros y le metí la polla de una sola embestida. Estaba tan mojada que se la clavé entera de golpe, y ella gimió tapándose la boca con las dos manos. La follé contra la encimera, apretándole las tetas por debajo de la camiseta, tirándole del pelo, mientras ella me susurraba al oído «más fuerte, más fuerte». Me corrí dentro, agarrado a sus caderas, mientras ella se corría por segunda vez temblando sobre mi verga. Esa madrugada no volvimos a nuestras habitaciones por separado.
***
Lo nuestro fue rápido y honesto desde el principio. Lucía no era una mujer de medias tintas. La primera vez que se desnudó delante de mí lo hizo sin pudor, mirándome a los ojos, esperando a ver qué cara ponía. Se quitó el sujetador y me enseñó unas tetas redondas, de pezones oscuros y duros, y luego se bajó las bragas despacio, abriéndose de piernas para que le viera el coño depilado y ya húmedo. Me hizo señas para que me acercara, me empujó a la cama y se sentó a horcajadas encima de mi cara.
—Chúpamelo hasta que te lo diga yo —ordenó.
Y me lo comí hasta que la mandíbula me ardía, tragándome sus flujos, mientras ella se movía sobre mi boca y se apretaba los pezones. Se corrió dos veces así, ahogándome con el coño, antes de bajar y tragarse mi polla entera. Me la mamó con una destreza que me dejó ciego, sacándola solo para escupirle y volver a metérsela hasta la garganta. Luego se sentó encima y me cabalgó despacio, torturándome, hasta que le supliqué que me dejara correrme. Me hizo correrme dentro y después, con la corrida chorreándole por los muslos, me besó en la boca como si nada. Le gustaba el control. Le gustaba decidir cuándo, cómo y cuánto, y a mí me volvía loco esa seguridad suya.
Bruno encajó la derrota mejor de lo que esperaba. Siguió siendo el de siempre, bromista y descarado, aunque a veces lo pillaba mirándola un segundo de más. Lucía también lo pillaba. Y no parecía molestarle.
Pasaron casi dos años. Acabé la carrera con algún tropiezo, ella terminó la suya sin uno solo, y Bruno se buscó la vida montando un pequeño taller de motos que iba mejor de lo que cualquiera de los tres había apostado. Seguíamos los tres en el piso, ya sin pretensiones de nada, solo costumbre y cariño.
Fue Lucía quien lo dijo primero. Una noche de verano, las tres copas justas, los pies descalzos sobre mis piernas en el sofá.
—¿Puedo contarte una fantasía sin que te enfades?
—No me voy a enfadar.
—Tu hermano.
Me quedé callado. No por enfado, sino porque la idea me sorprendió encontrándome menos sorprendido de lo que debería.
—Llevo tiempo pensándolo —siguió, jugando con el borde de la copa—. No quiero a tu hermano. Te quiero a ti. Pero me muero por saber qué se siente con dos pollas a la vez. Una en el coño y otra en la boca, o donde me dé la gana. Y si va a ser con alguien, prefiero que sea con alguien en quien confío. ¿Tiene sentido lo que digo?
Tenía todo el sentido. Me llevó unos días digerirlo, hablarlo, asegurarme de que no era una trampa de las que destrozan parejas. No lo era. Era curiosidad pura, dicha en voz alta por una mujer que no tenía miedo de sus propios deseos. Y, para mi sorpresa, la idea de verla con Bruno no me daba celos. Me encendía.
***
Se lo planteamos juntos, una tarde de domingo, con la naturalidad de quien propone un viaje. Bruno dejó el café a medio camino de la boca.
—¿Me estáis vacilando?
—No —dijo Lucía—. Y si la respuesta es no, no pasa nada. Pero quería que lo supieras de mi boca, no de la suya.
La respuesta no fue no.
La primera vez fuimos torpes los tres. Demasiadas manos, demasiadas risas nerviosas, nadie sabía bien dónde colocarse. Pero Lucía tomó el mando, como siempre. Se puso de rodillas en el suelo del salón, entre los dos, y nos bajó los pantalones a la vez. Sacó las dos pollas, una en cada mano, y las miró un momento con una sonrisa golosa.
—Iguales —dijo—. Qué injusticia.
Y se puso a mamárnoslas por turnos, pasando la boca de una a la otra, chupando una mientras masturbaba la otra, juntando las dos puntas y lamiéndolas al mismo tiempo. Bruno soltó un gruñido cuando le tragó la polla entera, y yo sentí una punzada rara, mitad celos mitad calentón brutal, al ver los labios de mi mujer estirados alrededor de la verga de mi hermano.
Se levantó, se desnudó del todo y se subió a la cama a cuatro patas. Me hizo señas para que me pusiera delante y a Bruno para que se pusiera detrás.
—Tú follas, tú mamas —repartió, señalándonos—. Y no paréis hasta que os lo diga.
Bruno le metió la polla en el coño de un empujón lento y ella soltó un gemido largo con mi verga rozándole los labios. Me la tragó al mismo tiempo, y por unos segundos solo se oyeron los golpes secos de las caderas de mi hermano contra su culo y los ruidos húmedos de su boca chupándomela. Cada embestida de Bruno la empujaba hacia adelante y le clavaba mi polla más al fondo de la garganta. A mí me reservó los besos lentos, las palabras al oído cuando la sacaba de la boca para respirar. A Bruno lo usó para lo otro, para el ritmo y la fuerza, mirándome a mí todo el rato, comprobando que yo seguía ahí, que seguía siendo suyo.
Esa mirada fue lo más erótico de la noche. La forma en que se mordía el labio mientras mi hermano la embestía por detrás, con las tetas bailándole al ritmo de los golpes, y sin embargo no me soltaba la mano. Le pedí cambio y Bruno salió de ella dejándole el coño abierto, brillante. La puse boca arriba, le levanté las piernas y me la clavé hasta el fondo mientras Bruno le acercaba la polla a la boca. Se la tragó sin dudar, chupándosela con la misma hambre. Cuando se corrió, lo hizo con los ojos clavados en los míos, apretándome el coño alrededor de la verga hasta ordeñarme la corrida dentro, y supe que aquello no nos había roto. Nos había unido de una manera rara que no sabría explicar. Bruno terminó vaciándose en su boca segundos después, y ella se lo tragó todo sin apartar la mirada de mí.
A partir de ahí, lo de los tres dejó de ser un experimento y se convirtió en algo nuestro. No siempre, ni mucho menos. Pero de vez en cuando, cuando a ella le apetecía, Bruno se sumaba, y la mañana siguiente desayunábamos los tres como si nada, porque para nosotros ya no era nada del otro mundo.
***
El siguiente paso lo dimos un viernes, también idea de Lucía. Un amigo del taller le había hablado a Bruno de un club privado en las afueras, un local discreto al que solo se entraba con invitación y máscara. Un sitio para parejas y gente curiosa, donde lo que pasaba dentro se quedaba dentro.
—Quiero ir —dijo ella—. Solo a mirar, si queréis. Pero quiero verlo.
Conseguimos la invitación. La noche acordada nos pusimos las máscaras antes de entrar, tres antifaces negros que apenas dejaban ver los ojos, y de pronto éramos otros. El anonimato hace cosas raras. Lucía caminaba distinta, más suelta, consciente de que nadie sabía su nombre.
El bar estaba en penumbra, con música baja y gente que conversaba como en cualquier otro sitio, salvo por lo que se intuía en las salas del fondo. Pedimos dos copas para soltar la tensión. Bruno señaló una zona apartada con un cartel discreto.
—Hay una sala de demostraciones. Si alguien quiere, deja que lo miren.
Lucía no dijo nada. Solo me agarró de la mano y tiró hacia allí.
***
La sala era pequeña, una cama enorme en el centro y una hilera de huecos en penumbra desde donde mirar sin ser visto. Aquella noche en la cama había un trío: un hombre y dos mujeres, los tres con la cara cubierta como nosotros, los tres entregados sin ningún pudor a lo que hacían.
Lucía se pegó al cristal. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo al ver a una de las mujeres arrodillada, con la polla del tipo hasta la garganta, mientras la otra la penetraba con un consolador atado a las caderas, marcándole un ritmo brutal. La primera babeaba, con los ojos entornados, dejándose follar por las dos puntas a la vez.
—Dios —susurró—. No puedo dejar de mirar.
Me puse detrás de ella y le rodeé la cintura. Noté cómo respiraba, cómo apretaba los muslos, cómo restregaba el culo contra mi bragueta buscando la polla que empezaba a marcársele dura en el pantalón. Bruno se colocó a su otro lado, sin tocarla todavía, esperando. Lucía resolvió la duda por los dos: me tomó la mano y la guió por debajo de su vestido, directa al coño sin bragas, y con la otra buscó la de mi hermano y se la llevó a la teta. Estaba empapada. Le metí dos dedos y empezó a follárselos sola, meneando las caderas contra mi mano mientras Bruno le pellizcaba los pezones a través de la tela.
Al otro lado del cristal, la escena subía de intensidad. Las tres siluetas habían cambiado de posición: una de las mujeres se había sentado sobre la cara del hombre, montándole la boca, mientras la otra lo cabalgaba a horcajadas. Las dos se besaban por encima, tetas contra tetas, y una le metía dos dedos a la otra en el culo. Lucía temblaba contra mí, jadeando en mi oído. Sentí su coño apretarse alrededor de mis dedos, a punto de correrse solo con mirar.
—Quiero irme a una de las salas privadas —dijo con la voz quebrada—. Ahora. Los tres. Quiero las dos pollas dentro de mí ya.
***
La sala privada tenía una puerta que se cerraba con pestillo y una cama sin nadie mirando. En cuanto entramos, Lucía dejó de ser espectadora y se convirtió en la protagonista de su propia escena.
Se quitó el vestido sin ceremonias y se tumbó en el centro, todavía con la máscara puesta, las tetas erguidas, las piernas ya abiertas dejando ver un coño hinchado y goteando. Nos miró a los dos con una autoridad que no admitía discusión.
—Os quiero a la vez —dijo—. Uno en el coño, otro en la boca. Y cada vez que yo lo diga, cambiáis. Quiero perder la cuenta de quién es quién. Quiero acabar con las dos corridas dentro.
Y eso hicimos. Empecé yo, metiéndosela despacio, queriendo alargar cada segundo, sintiendo cómo el coño se abría alrededor de mi verga y se apretaba hasta hacerme ver estrellas, mientras ella tomaba a Bruno en la boca y se la tragaba hasta la base. Luego dio la orden y cambiamos. Bruno se colocó entre sus piernas y le metió la polla del tirón, y ella soltó un gemido gutural, arqueando la espalda, mientras me buscaba la boca con la mano y me guiaba a la suya. Me chupó los flujos de mi propia corrida anterior sin ningún asco, mordiéndose el labio entre chupada y chupada.
Volvimos a cambiar, y otra vez, y otra. La pusimos de lado, con Bruno detrás follándola despacio y yo delante metiéndole la polla en la boca. La pusimos a cuatro patas, con uno debajo y otro encima, dos pollas rozándose dentro de ella separadas apenas por una fina pared de carne. Nunca llegamos a doble penetración de verdad, no aquella noche, pero jugamos en el borde, y ella se corrió gritando cuando uno le lamió el clítoris mientras el otro le follaba el coño desde arriba.
Se corrió más de una vez, cada vez más fuerte, agarrándose a las sábanas, repitiendo que no parásemos, que la usáramos, que se moría por sentirnos vaciarnos los dos. Y cuando por fin la puso boca arriba y le abrió las piernas del todo, entré yo primero y me corrí dentro con un gruñido, sintiéndole el coño temblar en un orgasmo simultáneo. Salí y Bruno ocupó mi sitio de inmediato, follándomela con mi corrida ya dentro, hasta que le vaciamos la segunda entre los muslos. Ella se quedó tumbada entre los dos, con las dos corridas chorreándole por el coño hasta las sábanas, riéndose por lo bajo, satisfecha como un gato al sol.
—Esto —dijo, todavía sin aliento— hay que repetirlo.
***
Lo repetimos. Y unos meses después, cuando le pedí que se casara conmigo, dijo que sí antes de que terminara la frase.
La despedida de soltero fue, cómo no, en el club. Solo nosotros dos esa vez, porque Bruno andaba de viaje con un equipo de competición, pero nuestros amigos de allí nos tenían preparada una sorpresa. Nos llevaron a la sala grande, nos vendaron los ojos y nos dejaron de rodillas sobre la cama, desnudos, sin saber qué venía.
Sentí una boca cerrarse alrededor de mi polla sin previo aviso, caliente y experta, chupándomela hasta la base de un solo golpe, y por el suspiro largo de Lucía supe que a ella le hacían lo mismo. No sabíamos quién, no sabíamos cuántos, y esa incertidumbre lo volvía todo más intenso. Otra boca me lamió los huevos mientras la primera me mamaba, y unas manos que no eran las suyas me recorrieron la espalda y me apretaron el culo. A Lucía la oía gemir a mi lado, cada vez más alto, y adiviné por sus jadeos que ya no era solo una lengua en el coño: alguien le metía los dedos y otra boca le chupaba los pezones al mismo tiempo.
Una caricia daba paso a otra, una boca a la siguiente. Sentí unos labios de mujer besándome mientras otra mano me guiaba la polla hacia un coño que no era el de Lucía, y me detuve un segundo, pero la voz de Lucía a mi lado —jadeante, entre risas— me dijo «hazlo, yo también». Y me hundí en aquella desconocida a ciegas mientras a mi mujer la penetraba otro cuerpo anónimo a un palmo de mí. Nos rozábamos los brazos, las caderas, buscándonos entre la marea de manos y bocas, y aun sin vernos supimos exactamente en qué momento se corría el otro. Yo me vacié dentro de la desconocida y Lucía gritó al mismo tiempo, y los dos perdimos por completo la noción del tiempo.
Cuando por fin nos quitaron las vendas, nos miramos a los ojos, despeinados, sudados, con los cuerpos marcados de mordiscos ajenos y las corridas resbalándonos todavía por la piel, y nos echamos a reír como dos críos que han hecho una travesura enorme. Nos casamos la semana siguiente.
De aquella noche aprendí algo sobre mí mismo que tardé en admitir en voz alta: que estaba completamente enamorado de Lucía y que, al mismo tiempo, necesitaba todo lo demás. Las máscaras, las salas, la curiosidad compartida, las pollas y los coños ajenos como condimento de los nuestros. Ella lo sabía mejor que yo. Por eso, supongo, todo aquello fue idea suya desde el principio.
Y por eso, años después, seguimos volviendo al club cada vez que la rutina aprieta. Distinto antifaz, misma sonrisa, el mismo labio mordido que un día, en la cocina de un piso de estudiantes, nos volvió locos a mi hermano y a mí a la vez.