El trío que Lucía propuso antes de nuestra boda
Me llamo Tomás y tengo un hermano gemelo, Bruno. Compartíamos un piso cerca de la universidad de Valencia, dos habitaciones y un salón siempre desordenado, cuando Lucía contestó al anuncio de la tercera. Apareció una tarde de octubre con una maleta y una sonrisa que nos desarmó a los dos a la vez.
Bruno la vio bajar del taxi desde la ventana y dijo lo que yo estaba pensando.
—Esa va a ser un problema.
—Esa va a ser nuestra compañera de piso —le corregí—. Compórtate.
No me hizo caso, claro. Ninguno de los dos se comportó. Durante semanas fue una guerra silenciosa de cafés ofrecidos, de favores convenientes, de quién la acompañaba al supermercado. Lucía lo notaba y se divertía. Tenía esa costumbre de morderse el labio cuando algo le hacía gracia, y a nuestra costa le hacía mucha gracia.
Gané yo, aunque me gusta pensar que ganó ella. Una noche, después de que Bruno se durmiera en el sofá frente a una película, Lucía me siguió a la cocina por un vaso de agua y se quedó apoyada en la encimera, mirándome.
—Los dos sois imposibles —dijo—. Pero tú al menos disimulas peor.
—No estoy disimulando nada.
Me acerqué y la besé. No se apartó. Al contrario, me agarró del cuello de la camiseta y me atrajo hasta que la encimera se le clavó en la espalda y dejó de importarle. Esa madrugada no volvimos a nuestras habitaciones por separado.
***
Lo nuestro fue rápido y honesto desde el principio. Lucía no era una mujer de medias tintas. La primera vez que se desnudó delante de mí lo hizo sin pudor, mirándome a los ojos, esperando a ver qué cara ponía. Le gustaba el control. Le gustaba decidir cuándo, cómo y cuánto, y a mí me volvía loco esa seguridad suya.
Bruno encajó la derrota mejor de lo que esperaba. Siguió siendo el de siempre, bromista y descarado, aunque a veces lo pillaba mirándola un segundo de más. Lucía también lo pillaba. Y no parecía molestarle.
Pasaron casi dos años. Acabé la carrera con algún tropiezo, ella terminó la suya sin uno solo, y Bruno se buscó la vida montando un pequeño taller de motos que iba mejor de lo que cualquiera de los tres había apostado. Seguíamos los tres en el piso, ya sin pretensiones de nada, solo costumbre y cariño.
Fue Lucía quien lo dijo primero. Una noche de verano, las tres copas justas, los pies descalzos sobre mis piernas en el sofá.
—¿Puedo contarte una fantasía sin que te enfades?
—No me voy a enfadar.
—Tu hermano.
Me quedé callado. No por enfado, sino porque la idea me sorprendió encontrándome menos sorprendido de lo que debería.
—Llevo tiempo pensándolo —siguió, jugando con el borde de la copa—. No quiero a tu hermano. Te quiero a ti. Pero me muero por saber qué se siente con los dos a la vez. Y si va a ser con alguien, prefiero que sea con alguien en quien confío. ¿Tiene sentido lo que digo?
Tenía todo el sentido. Me llevó unos días digerirlo, hablarlo, asegurarme de que no era una trampa de las que destrozan parejas. No lo era. Era curiosidad pura, dicha en voz alta por una mujer que no tenía miedo de sus propios deseos. Y, para mi sorpresa, la idea de verla con Bruno no me daba celos. Me encendía.
***
Se lo planteamos juntos, una tarde de domingo, con la naturalidad de quien propone un viaje. Bruno dejó el café a medio camino de la boca.
—¿Me estáis vacilando?
—No —dijo Lucía—. Y si la respuesta es no, no pasa nada. Pero quería que lo supieras de mi boca, no de la suya.
La respuesta no fue no.
La primera vez fuimos torpes los tres. Demasiadas manos, demasiadas risas nerviosas, nadie sabía bien dónde colocarse. Pero Lucía tomó el mando, como siempre, y nos repartió como si supiera exactamente qué quería de cada uno. A mí me reservó la boca, los besos lentos, las palabras al oído. A Bruno lo usó para lo otro, para el ritmo y la fuerza, mirándome a mí todo el rato, comprobando que yo seguía ahí, que seguía siendo suyo.
Esa mirada fue lo más erótico de la noche. La forma en que se mordía el labio mientras mi hermano la embestía y sin embargo no me soltaba la mano. Cuando se corrió, lo hizo con los ojos clavados en los míos, y supe que aquello no nos había roto. Nos había unido de una manera rara que no sabría explicar.
A partir de ahí, lo de los tres dejó de ser un experimento y se convirtió en algo nuestro. No siempre, ni mucho menos. Pero de vez en cuando, cuando a ella le apetecía, Bruno se sumaba, y la mañana siguiente desayunábamos los tres como si nada, porque para nosotros ya no era nada del otro mundo.
***
El siguiente paso lo dimos un viernes, también idea de Lucía. Un amigo del taller le había hablado a Bruno de un club privado en las afueras, un local discreto al que solo se entraba con invitación y máscara. Un sitio para parejas y gente curiosa, donde lo que pasaba dentro se quedaba dentro.
—Quiero ir —dijo ella—. Solo a mirar, si queréis. Pero quiero verlo.
Conseguimos la invitación. La noche acordada nos pusimos las máscaras antes de entrar, tres antifaces negros que apenas dejaban ver los ojos, y de pronto éramos otros. El anonimato hace cosas raras. Lucía caminaba distinta, más suelta, consciente de que nadie sabía su nombre.
El bar estaba en penumbra, con música baja y gente que conversaba como en cualquier otro sitio, salvo por lo que se intuía en las salas del fondo. Pedimos dos copas para soltar la tensión. Bruno señaló una zona apartada con un cartel discreto.
—Hay una sala de demostraciones. Si alguien quiere, deja que lo miren.
Lucía no dijo nada. Solo me agarró de la mano y tiró hacia allí.
***
La sala era pequeña, una cama enorme en el centro y una hilera de huecos en penumbra desde donde mirar sin ser visto. Aquella noche en la cama había un trío: un hombre y dos mujeres, los tres con la cara cubierta como nosotros, los tres entregados sin ningún pudor a lo que hacían.
Lucía se pegó al cristal. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo al ver a una de las mujeres arrodillada, al hombre detrás de ella marcando un ritmo lento, a la segunda mujer besando a la primera en la boca como si quisiera robarle el aliento.
—Dios —susurró—. No puedo dejar de mirar.
Me puse detrás de ella y le rodeé la cintura. Noté cómo respiraba, cómo apretaba los muslos. Bruno se colocó a su otro lado, sin tocarla todavía, esperando. Lucía resolvió la duda por los dos: tomó mi mano y la guió por debajo de su vestido, y con la otra buscó la de mi hermano.
Al otro lado del cristal, la escena subía de intensidad. Las dos mujeres habían cambiado de posición, una sentada sobre la cara del hombre, la otra montándolo, las dos abrazadas, gimiendo de una forma que se escuchaba apenas amortiguada a través del cristal. Lucía temblaba contra mí.
—Quiero irme a una de las salas privadas —dijo con la voz quebrada—. Ahora. Los tres.
***
La sala privada tenía una puerta que se cerraba con pestillo y una cama sin nadie mirando. En cuanto entramos, Lucía dejó de ser espectadora y se convirtió en la protagonista de su propia escena.
Se quitó el vestido sin ceremonias y se tumbó en el centro, todavía con la máscara puesta, y nos miró a los dos con una autoridad que no admitía discusión.
—Os quiero a la vez —dijo—. Y cada vez que yo lo diga, cambiáis. Quiero perder la cuenta de quién es quién.
Y eso hicimos. Empecé yo, despacio, queriendo alargar cada segundo, mientras ella tomaba a Bruno en la boca. Luego dio la orden y cambiamos, y volvimos a cambiar, hasta que de verdad se perdió la cuenta, hasta que el anonimato de las máscaras hizo que solo importaran sus gemidos marcando el compás.
Se corrió más de una vez, cada vez más fuerte, agarrándose a las sábanas, repitiendo que no parásemos. Y cuando por fin nos vaciamos los dos, ella se quedó tumbada entre los dos, riéndose por lo bajo, satisfecha como un gato al sol.
—Esto —dijo, todavía sin aliento— hay que repetirlo.
***
Lo repetimos. Y unos meses después, cuando le pedí que se casara conmigo, dijo que sí antes de que terminara la frase.
La despedida de soltero fue, cómo no, en el club. Solo nosotros dos esa vez, porque Bruno andaba de viaje con un equipo de competición, pero nuestros amigos de allí nos tenían preparada una sorpresa. Nos llevaron a la sala grande, nos vendaron los ojos y nos dejaron de rodillas sobre la cama, sin saber qué venía.
Sentí una boca recorrerme sin previo aviso, y por el suspiro de Lucía supe que a ella le hacían lo mismo. No sabíamos quién, no sabíamos cuántos, y esa incertidumbre lo volvía todo más intenso. Una caricia daba paso a otra, una boca a la siguiente, y los dos perdimos por completo la noción del tiempo.
Cuando por fin nos quitaron las vendas, nos miramos a los ojos, despeinados y sin aliento, y nos echamos a reír como dos críos que han hecho una travesura enorme. Nos casamos la semana siguiente.
De aquella noche aprendí algo sobre mí mismo que tardé en admitir en voz alta: que estaba completamente enamorado de Lucía y que, al mismo tiempo, necesitaba todo lo demás. Las máscaras, las salas, la curiosidad compartida. Ella lo sabía mejor que yo. Por eso, supongo, todo aquello fue idea suya desde el principio.
Y por eso, años después, seguimos volviendo al club cada vez que la rutina aprieta. Distinto antifaz, misma sonrisa, el mismo labio mordido que un día, en la cocina de un piso de estudiantes, nos volvió locos a mi hermano y a mí a la vez.