El trío virtual que acabó en cita prohibida
Ariana y Bruno llevaban muchos años juntos y, a esa altura de sus vidas, ya no necesitaban fingir que eran una pareja convencional. Sus rutinas funcionaban, se llevaban bien, trabajaban desde casa y disfrutaban de una libertad que no siempre habían tenido. Sus hijos ya se habían ido a vivir por su cuenta, y el silencio del chalet les devolvió una intimidad casi adolescente, pero con la experiencia de dos adultos que ya habían probado demasiadas cosas como para escandalizarse por algo.
Siempre habían sido sexualmente voraces. Antes de casarse se habían metido en líos con otras parejas, con amigos, con desconocidos y con situaciones que a cualquiera le habrían parecido excesivas. Luego la vida diaria les bajó un poco el ritmo, pero nunca les apagó el hambre. En cuanto podían, follaban en cualquier rincón de la casa, sobre el sofá, en la cocina, contra la puerta del baño o en el estudio mientras una videollamada de trabajo seguía abierta en silencio.
Ariana era la peor de los dos, o la mejor, según se mirara. En la época del encierro se volvió adicta al porno, a los chats calientes y a la idea de exhibirse desde la seguridad de su propia casa. Le excitaba interrumpir a Bruno cuando estaba concentrado, ponerse de rodillas bajo la mesa y sacarle la polla mientras él intentaba mantener la cara seria delante del portátil. Más de una vez se la chupó despacio, tragándosela hasta el fondo mientras él apretaba la mandíbula para no gemir con el micrófono abierto.
—Un día te van a descubrir —le dijo él una mañana, aún temblando después de correrse en un pañuelo que había escondido fuera de cámara.
—Y a ti se te va a poner más dura todavía —contestó ella, limpiándose la comisura de la boca con una sonrisa de zorra satisfecha.
Con el paso de las semanas empezaron a usar plataformas para intercambiar fantasías con otras parejas. La mayoría eran tipos aburridos que solo querían pajearse mirando. Otros prometían mucho y duraban poco. Pero una noche encontraron a otra pareja que no solo hablaba su mismo idioma sucio, sino que parecía disfrutar de verdad empujando los límites. Se hacían llamar «Mirón» y «Loba»; ellos, por juego, usaban «Fiera» y «Toro».
La química fue inmediata. Héctor, el tal Mirón, era un hombre de mirada tranquila que admitió sin rodeos que le volvía loco ver a su mujer con otros, sobre todo con otras mujeres. Loba, que en realidad se llamaba Vera, no tenía un gramo de pudor. Hablaba de cómo le gustaba que la usaran, de cómo disfrutaba el sexo duro, de su gusto por el anal, de la humillación consensuada y de la brutal honestidad de decir exactamente qué quería que le hicieran.
Ariana conectó con ella enseguida. No solo por el descaro, sino porque descubrió en esa mujer una versión más extrema de sus propias fantasías. Había algo en la manera en que Vera hablaba de poder, de someter y de dejarse someter, que la tenía pegada a la pantalla con las piernas cruzadas y el coño latiéndole bajo la tela del pantalón. Bruno también estaba atrapado. Ver a dos mujeres maduras, seguras y tan directamente guarras era mucho más excitante que cualquier video prefabricado.
Las videollamadas se fueron volviendo una costumbre. Empezaban con charla ligera, una copa en la mano, alguna confesión, y terminaban con todos medio desnudos, tocándose delante de la cámara. Unas veces se limitaban a masturbarse; otras, cada pareja follaba mientras la otra miraba y daba instrucciones. La distancia no les quitaba intensidad. Al contrario, la pantalla les añadía un morbo nuevo: exhibicionismo, voyeur, control, celos, fantasía.
Una noche, Vera confesó que una de las cosas que más le encendían era que la penetraran por detrás mientras ella chupaba una polla o besaba a una mujer. Ariana, ya con la bata abierta y un vibrador rozándole el clítoris, soltó que a ella le excitaba follarse a hombres con arnés y verles la cara cuando dejaban de jugar a ser tan dominantes. Héctor soltó una carcajada ronca, y Bruno admitió que ver a dos mujeres devorándose era una de sus debilidades más viejas.
—Entonces hoy vamos a daros material —dijo Vera, apartándose el pelo y bajándose las bragas frente a la cámara—. Quiero que me veas bien, Ariana. Y tú también, Bruno. Quiero que miréis cómo me abre el culo.
La frase cayó en el salón como una orden. Del otro lado de la pantalla, Vera se acomodó sobre un sillón ancho, de espaldas al pecho de su marido. Ariana hizo lo mismo con Bruno, sentándose encima de él, primero de frente, con el vestido subido hasta la cintura. Él le apartó la tela, le abrió las nalgas y empezó a besarle el cuello mientras la cámara recogía todo.
Vera se metió dos dedos en la boca y luego se los llevó al coño, mojándoselos bien antes de pasar la mano por su culo. Héctor escupió sobre su polla y la frotó entre las nalgas de ella con lentitud, disfrutando del gesto. Ariana no apartaba la vista. Tenía la respiración corta y una mano ya metida entre sus piernas, tocándose mientras Bruno le apretaba las tetas por encima del sujetador.
—Quiero verte entrar —dijo Ariana, con la voz ronca.
—Mira bien, puta —contestó Vera, sonriendo a cámara.
Héctor le empujó la punta despacio, abriéndole el culo con paciencia. Vera echó la cabeza atrás y gemió, primero bajo, luego más fuerte cuando la polla fue cediendo paso a paso. Ariana se retorció sentada sobre Bruno. Él le había metido dos dedos en el coño y se los hundía mientras con la otra mano le sobaba el clítoris. Del otro lado, Héctor ya tenía media verga dentro y Vera se masturbaba mientras dejaba que la terminaran de empalar.
—Así... así, joder... métela toda —jadeó Vera—. No me trates con cuidado.
Héctor le dio una embestida seca y se la clavó hasta el fondo. Ella gritó. Ariana soltó otro gemido casi al mismo tiempo, como si el golpe lo hubiera sentido en su propio cuerpo. Bruno aprovechó ese momento para sacar los dedos de su coño, escupir en su polla y guiarla entre los labios mojados de su mujer. Entró despacio, sin dejar de mirar la pantalla, y Ariana se dejó caer sobre él con un movimiento largo y decidido.
Las dos quedaron empaladas al mismo tiempo, una por el culo y otra por el coño, las dos frente a frente a través de la videollamada. El efecto fue obsceno y magnético. Vera botaba sobre la polla de su marido mientras se pellizcaba los pezones. Ariana cabalgaba a Bruno con las piernas abiertas, una mano en su clítoris y la otra agarrada al respaldo, dejando que él le metiera el pulgar en el culo y se lo trabajara en círculos lentos.
—Quiero verte abierta por detrás también —dijo Vera—. Quiero ver cómo te folla el culo ese marido tuyo.
Bruno ni siquiera preguntó. Levantó un poco a Ariana por la cintura, la hizo inclinarse hacia delante y le escupió entre las nalgas. Ella separó las piernas más, ofreciéndose con descaro, y se llevó dos dedos al coño para mojar mejor la entrada. Él sacó la polla, la frotó un instante en el ano y empezó a empujar. Ariana apretó los dientes, soltó el aire y dejó que la cabeza de la verga le abriera el culo lentamente.
—Métela —ordenó ella—. No la pases rozando, métela de una vez.
Bruno obedeció. La hundió con una embestida firme y Ariana soltó un grito que resonó en todo el salón. Del otro lado Vera aplaudió, excitada, y abrió más las piernas para ofrecerse mejor a cámara. Las dos empezaron a moverse a la vez, ya sodomizadas, ya completamente encendidas, tocándose el coño mientras sus hombres les clavaban la polla por detrás.
La imagen era tan sucia que resultaba imposible apartar los ojos. Dos mujeres maduras, abiertas, jadeando, con el culo cediendo a cada embestida y los dedos frotando clítoris hinchados frente a la cámara. Héctor le agarraba a Vera del cuello con firmeza, sin hacerle daño real, y le decía al oído lo puta que se veía. Bruno le abrió bien las nalgas a Ariana y le metía la polla con un ritmo cada vez más duro, viendo cómo el agujero se tragaba la verga una y otra vez.
—Me corro mirándote —dijo Vera—. Joder, me corro viéndote disfrutar así.
—Y yo quiero tenerte delante —respondió Ariana—. Te comería ese coño hasta dejarte temblando.
El intercambio de palabras las acabó de romper. Vera fue la primera en venirse. Se quedó tiesa un instante, con los dedos apretados en su clítoris y el culo clavado en la polla de su marido, antes de empezar a convulsionar con gemidos roncos. Ariana la siguió apenas unos segundos después, corriéndose con una sacudida brutal mientras Bruno seguía penetrándola sin aflojar. Los dos hombres también terminaron explotando detrás de ellas, enterrados hasta el fondo, dejándoles el culo lleno de corrida.
Hubo un momento de respiraciones agitadas, sonrisas de satisfacción y la pantalla empañada por el calor de cuatro cuerpos sudados. Luego Vera, todavía abierta y con el semen chorreándole por el muslo, miró a Ariana con brillo animal en los ojos.
—La próxima vez quiero algo más que una pantalla.
—Yo también —respondió Ariana, sin pensarlo.
Y lo dijo de verdad.
***
Al día siguiente Bruno tuvo una mañana cargada de trabajo y se encerró en el despacho. Ariana intentó concentrarse en lo suyo, hizo algo de ejercicio, respondió un par de mensajes y fingió normalidad. Pero tenía en la cabeza una notificación que Vera le había enviado de madrugada: un enlace privado y una frase corta. «Míralo sola primero. Luego me cuentas si te atreves.»
No resistió mucho. Cerró la puerta del dormitorio, se sirvió un café que se quedó intacto en la mesita y abrió el archivo en la tableta. El video arrancó en una habitación preparada como una sala de juegos: paredes oscuras, cadenas decorativas, un banco acolchado y una luz roja tenue que no dejaba lugar a dudas sobre la intención. Vera apareció a cuatro patas, con una máscara cubriéndole parte de la cara y el cuerpo ya ofrecido incluso antes de que alguien la tocara.
Ariana se humedeció los labios. Llevaba solo una camiseta larga y nada debajo. Se sentó en la cama con las piernas abiertas y siguió mirando. Entonces apareció una tercera persona: una mujer de aspecto claramente adulto, segura, de cuerpo potente y gesto dominante. Llevaba un arnés negro ajustado a la cintura y una fusta en la mano. Ariana sintió un latigazo de excitación inmediata.
La desconocida rodeó a Vera despacio, acariciándole la espalda con la punta de la fusta antes de darle dos golpes suaves en las nalgas. Vera gemía como si cada gesto la pusiera más caliente. Después entró Héctor, completamente desnudo, ya empalmado, y se arrodilló a un lado del banco como si esperara instrucciones. La mujer del arnés les habló con autoridad y ellos obedecieron sin una sola protesta.
Ariana notó que ya tenía el coño empapado. Metió la mano bajo la camiseta y empezó a frotarse con dos dedos, sin apartar la vista. La dominante ató las muñecas de Vera al banco y le abrió las piernas. Primero le chupó el coño con una calma casi cruel, saboreándola entera, lamiendo de abajo arriba, metiéndole la lengua con hambre y deteniéndose en el clítoris hasta hacerla jadear. Luego se levantó, se colocó entre sus piernas y acercó el arnés mojado a la entrada.
Vera empujó hacia atrás pidiendo más. La otra mujer le sujetó la cadera y se la metió despacio, centímetro a centímetro, hasta clavársela completa. El sonido que soltó Vera fue tan animal que a Ariana se le escapó un gemido propio. Empezó a masturbarse más rápido mientras veía cómo el arnés la follaba con un ritmo creciente, firme, sucio, sin ningún pudor.
Héctor se había puesto delante de su mujer y le ofrecía la polla a la boca. Vera la chupó con ansia, ahogada y feliz, mientras por detrás la seguían ensartando. Ariana tuvo que morderse el nudillo al ver la escena: coño y boca ocupados, cuerpo inmovilizado, la cara de placer y humillación deliciosa con la que Vera miraba a cámara de vez en cuando.
—Joder... —susurró Ariana para sí, frotándose el clítoris con furia.
El video no aflojaba. La mujer del arnés salió de Vera un instante, escupió sobre su culo y cambió el ángulo. Luego empujó la punta contra el ano y volvió a meterla poco a poco. Vera chilló, retorciendo la espalda, pero no dijo que pararan. Al contrario. Abrió más el culo, tragándose la polla de goma mientras seguía mamando. Héctor le sostuvo la cabeza y se la metió más hondo, obligándola a recibir cada embestida por detrás y cada avance en la garganta al mismo tiempo.
Ariana ya estaba perdida. Se puso dos dedos dentro del coño y los hundió hasta el fondo mientras se seguía tocando el clítoris con la palma. Sus caderas se movían solas sobre la cama. Ver a esa pareja ofrecerse a una tercera persona le encendía algo más complejo que la simple excitación: celos, hambre, deseo de estar ahí, de ser mirada, de dominar o de ser usada según le pidiera el cuerpo.
En la pantalla, Vera acabó corriéndose con el culo todavía lleno, soltando la polla de Héctor solo para gritar. La dominante no se detuvo. La siguió follando unos segundos más y luego la sacó para colocarse frente a Héctor. Le agarró la polla, la acarició un par de veces y se arrodilló entre las piernas de Vera, que seguía temblando. Él entendió la orden al instante y se puso detrás de su mujer, guiando la verga de nuevo hacia el coño mientras la otra le ofrecía la boca.
Trío. Completo. Coordinado. Sucio.
Ariana se corrió viendo eso. Se vino fuerte, apretando los muslos, con los dedos metidos hasta los nudillos y la cara hundida en la almohada para no gritar demasiado. Se quedó jadeando, húmeda, todavía con la tableta reproduciendo los últimos minutos del video. Cuando logró incorporarse, sintió una mezcla feroz de placer y necesidad. Ya no le bastaba mirar.
En ese momento sonó el móvil. Era un mensaje de Vera.
—¿Lo viste?
Ariana tardó unos segundos en responder porque aún le temblaban las manos.
—Sí.
—¿Te mojaste?
Ariana sonrió y escribió la verdad.
—Me corrí.
La respuesta llegó al instante.
—Entonces deja de esconderte. Quiero verte esta noche. Los cuatro. Y si hay química, la próxima vez tú y yo a solas.
***
Esa noche la videollamada empezó antes de lo habitual. Bruno ya sabía lo del video porque Ariana se lo contó a medias, lo suficiente para que él apareciera con una erección evidente incluso antes del primer saludo. Vera estaba radiante, con una copa en la mano y una sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que ha causado. Héctor no decía mucho, pero miraba a Ariana con un morbo limpio, sin disimulo.
—Te gustó verme así —dijo Vera, directa.
—Me dejó ardiendo —admitió Ariana.
—¿Y a tu marido?
Bruno soltó una risa baja.
—A mí me dejó imaginando cómo serías en persona.
La conversación duró poco antes de torcerse hacia lo inevitable. Vera se puso de pie, se bajó lentamente el vestido y quedó desnuda frente a cámara. Héctor la hizo girar para mostrarle el culo, lo acarició con ambas manos y le abrió las nalgas con descaro. Ariana sintió otra vez el golpe de excitación en el vientre. Esta vez no llevaba nada bajo la falda. Bruno la sentó sobre la alfombra y se acomodó detrás de ella.
—Hoy quiero que juguemos a algo —propuso Vera—. Quiero que él te chupe mientras me miras. Y luego quiero ver si de verdad te atreves con más.
Ariana obedeció sin discutir. Se recostó hacia atrás sobre el pecho de Bruno y abrió las piernas. Él se agachó enseguida, le separó bien los labios del coño con los dedos y empezó a lamerla con hambre. No eran besos suaves ni caricias para calentar. Era lengua plana, insistente, subiendo desde la entrada mojada hasta el clítoris ya hinchado, chupándolo después con la boca abierta hasta que ella empezó a jadear frente a la cámara.
Vera se tocaba mirándola. Se metía dos dedos y se los sacaba para mostrarlos brillantes. Héctor, detrás de ella, le acariciaba los pechos y le mordía el hombro mientras la otra mujer se corría casi solo por observar. Ariana ya no intentaba parecer elegante. Tenía una pierna encima del hombro de Bruno, la falda amontonada en la cintura y la cabeza echada hacia atrás mientras él le metía la lengua y dos dedos a la vez, trabajándole el coño húmedo con un ruido obsceno.
—Joder, qué bien la comes —murmuró Vera.
—Me gusta verla así —dijo Bruno, levantando la cara mojada—. Y me gusta más cuando pierde la vergüenza.
—No tengo ninguna —jadeó Ariana—. Y quiero más.
Bruno se incorporó, abrió un cajón del mueble y sacó un arnés pequeño con una polla corta pero gruesa que ya habían usado otras veces. Lo mostró a cámara y Vera soltó una sonrisa amplia, casi orgullosa.
—Eso quería ver —dijo—. Pónselo. Quiero ver cómo lo cabalgas antes de dárselo a él.
Ariana se levantó, se colocó el arnés con manos rápidas y volvió a la alfombra. Bruno se tumbó boca arriba. Ella le subió la camiseta, le escupió un poco sobre la polla real y empezó a chuparla mientras le acariciaba el culo con la otra mano. Héctor, al otro lado, ya se había puesto de rodillas y Vera le estaba metiendo dos dedos en el culo mientras se masturbaba con la otra mano, repitiendo el mismo juego como un espejo deformado.
Ariana lubricó el ano de Bruno con saliva y sus propios dedos, masajeándolo hasta notar cómo se abría. Luego alineó el arnés y empezó a empujar. Él dejó escapar un gemido ronco, mitad placer mitad sorpresa, y abrió más las piernas. Ariana se la metió despacio, viendo en la pantalla cómo Vera observaba cada centímetro como si quisiera estar ahí tocando también.
—Así, cabrón —susurró Ariana a su marido—. Trágatela.
Empezó a follarlo con vaivenes largos, sujetándolo por las caderas. Bruno se masturbaba al mismo tiempo, con la polla dura apuntándole al ombligo, mientras ella le abría el culo con el arnés y lo veía retorcerse de gusto. Vera estaba fascinada. Héctor también. La tensión del cuarteto atravesaba la pantalla como si ya compartieran habitación.
—Cuando nos veamos —dijo Vera con la respiración agitada— te quiero a ti primero. Quiero tu boca, tus manos y luego quiero verte follando a tu marido mientras el mío me abre las piernas.
Ariana no dejó de moverse.
—Y yo quiero meterte la lengua en el culo mientras te follan —contestó—. Quiero oírte gemir de cerca, no por los altavoces.
Vera soltó un gemido casi desesperado. Héctor la empujó entonces sobre el sofá, le levantó las piernas y se la metió por el coño con una sola embestida. Ella gritó y empezó a correrse otra vez, sin dejar de mirar a Ariana. Bruno también estaba al límite. Se masturbaba rápido, con el culo todavía recibiendo cada empuje del arnés, y acabó explotando sobre su vientre con sacudidas cortas y seguidas.
Ariana siguió un poco más, disfrutando de verlo rendido, antes de quitarse el arnés y llevarse los dedos al coño. Se tocó mirando a Vera ser follada por su marido, viendo el rebote de sus tetas, la polla entrando y saliendo, la cara de puro vicio con la que soportaba el ritmo. No tardó en correrse también, chorreándose los dedos, sin apartar los ojos de la pantalla.
Cuando el temblor pasó, quedaron los cuatro respirando fuerte, sudados, abiertos, satisfechos y todavía hambrientos.
Héctor fue el primero en hablar.
—Esto ya no da para más pantalla.
Vera asintió, tumbada de lado, con una sonrisa agotada y feliz.
—Tenemos una casa grande, discreta y ganas de sobra. Venid el fin de semana. Cenamos, bebemos algo... y luego dejamos de imaginar.
Bruno miró a Ariana. No hizo falta discutirlo demasiado. La cara de ella ya era una respuesta.
—Iremos —dijo.
Vera se llevó dos dedos a los labios y les lanzó un beso lento, indecente solo por la intención.
—Perfecto. Entonces la próxima toma ya no será virtual.
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