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Relatos Ardientes

Juego de trío e intercambio con nuestros vecinos

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A la mañana siguiente despertamos tarde, todavía con el cuerpo pesado por el vino y por todo lo que había flotado en el ambiente la noche anterior. Desayunamos en la terraza del apartamento mirando al mar, tranquilos, como si nada hubiera cambiado, aunque los dos sabíamos que sí. No teníamos noticias de nuestros vecinos, y mi mujer revisó el móvil un par de veces antes de dejarlo boca abajo sobre la mesa.

—No responde —me dijo Inés, frunciendo apenas la boca—. Mejor vamos a la playa un rato.

—Me parece perfecto.

Fuimos a la cala que quedaba justo al lado del edificio. Era un día de semana y había poca gente, apenas un par de sombrillas dispersas y el ruido suave del agua. Extendimos las toallas cerca de una mujer que estaba sola, sentada mirando el móvil, todavía con una camiseta amplia y un pantalón corto encima del bikini.

—¿Nos ponemos aquí, cariño? —preguntó Inés.

—Sí, aquí está bien. Yo saco la sombrilla.

—Déjala, para lo que vamos a estar. Quiero ponerme morena. Dame crema.

Se quitó la camiseta con esa seguridad que siempre me desarmaba y luego desabrochó la parte de arriba del bikini rojo. La tela inferior se la acomodó para taparse apenas lo justo, dejando medio culo al aire. Me arrodillé detrás de ella y empecé a extenderle crema por la espalda, los hombros y la cintura, demorándome más de la cuenta cuando mis manos pasaron por los costados de sus tetas.

—No te hagas el inocente —murmuró ella, sonriendo sin abrir los ojos.

—Solo estoy siendo meticuloso.

Mientras terminaba de untarle crema en las piernas, miré de reojo a la vecina de toalla. Seguía con el móvil, riéndose sola, hasta que por fin se levantó. Tendría más o menos nuestra edad, quizá un poco menos, piel muy dorada, culo firme y unas tetas grandes que casi se le escapaban de la parte de arriba del bikini negro. Se quitó la camiseta, luego el top del bikini, y se quedó desnuda de cintura para arriba con una naturalidad descarada.

No tenía marca de sol en el pecho. Sus pezones oscuros resaltaban sobre la piel tostada, y la forma en que se movían sus tetas al caminar hizo que tragara saliva. Miró alrededor, vio que apenas estábamos nosotros cerca y se acercó con un frasco de aceite en la mano.

—Perdona, ¿me ayudas con la espalda? No llego bien.

—Claro —respondí, incorporándome—. Sin problema.

Se puso de espaldas a mí y me dejó el bote. La piel le brillaba bajo el sol. Empecé por los hombros y fui bajando despacio, notando la suavidad caliente de su espalda, la línea de su cintura, el inicio del culo donde se perdía el hilo del tanga. Ella suspiró apenas.

—Extiéndelo bien, por favor. Si no, luego se nota el corte.

—Sí, tranquila.

Volvió a su toalla dos minutos después. Cuando me senté, Inés me estaba mirando por encima de sus gafas oscuras con una sonrisa torcida.

—Vaya con el caballero.

—Solo le puse aceite.

—Sí, ya vi cómo sufriste haciéndolo.

Nos reímos. En ese momento sonó su móvil. Era Darío, el vecino del apartamento de al lado, con el que habíamos coincidido la noche anterior junto a su mujer y otra pareja amiga. Inés empezó a escribirle mientras yo abría la neverita.

—Dice que se les complicó la mañana, pero que luego vienen —me contó—. El restaurante está lleno esta noche, así que les dije que mejor cenamos aquí, algo fácil, y mañana salimos.

—Me encanta el plan.

Pasamos la mañana al sol, dándonos vuelta cada tanto, bebiendo tinto de verano y comiendo los bocadillos que habíamos llevado. Al volver al apartamento, Inés me lanzó una mirada divertida mientras subíamos la escalera.

—No has parado de mirar a la de la playa.

—¿Estás celosa?

—No. Solo digo que tus ojos trabajan mucho cuando hay tetas cerca.

—Y tú hablas mucho cuando estás pensando en otra cosa.

—Ojos para mí —dijo, mordiéndose el labio—, pero la polla ya veremos para quién.

En la piscina estaban ya Darío y su mujer, Vera, junto con otra pareja: Mauro y Elisa. Nos saludamos entre risas, con esa familiaridad rápida que a veces nace cuando el deseo ya se ha insinuado antes de que nadie lo admita. Nos metimos al agua, recordamos tonterías de la noche anterior, bebimos un poco más y la conversación fue cogiendo un tono cada vez más suelto.

Yo vi que se hacía tarde y quise subir a ordenar la casa.

—Vamos, Inés, tenemos que dejar todo decente.

Ella estaba sentada en el borde de la piscina, demasiado cerca de Darío.

—Ve tú, amor. Dice que me trajo una taza de su empresa y ahora subo.

La excusa era malísima. Los dos lo sabíamos. Aun así, me levanté, me duché rápido y entré al apartamento. Estuve limpiando el salón, fregando los platos, barriendo, ordenando los dormitorios. Le preparé a Inés la ropa para la noche: una blusa suave de tirantes, un short ajustado y un conjunto de lencería nuevo que yo todavía no le había visto puesto.

Cuando ya estaba bajo la ducha del baño grande, escuché la puerta abrirse y su voz buscándome.

—¿Amor? ¿Dónde estás?

—Aquí.

Entró al minuto y se metió conmigo sin decir nada más. Venía desnuda. No excitada en plan juguetón, sino necesitada de contacto. Me abrazó fuerte, con el agua resbalándonos por encima, y me apoyó la cara en el cuello.

—¿Qué pasó? —pregunté, acariciándole la espalda—. ¿Todo bien?

—Sí. Sí, todo bien. Pero no me dejes sola otra vez.

—¿La pasaste bien?

Levantó la cabeza. Tenía los ojos brillantes y las tetas algo enrojecidas. Bajó la mirada a mi polla, que ya empezaba a endurecerse, y la rodeó con la mano enjabonada, subiendo y bajando despacio.

—La pasé muy bien —susurró—. Demasiado bien. Pero cuando terminé te busqué con la cara y no estabas. Sin ti no me sabe igual.

—Cuéntamelo desde el principio.

Sonrió apenas, notando cómo se me ponía más dura entre sus dedos.

—¿Quieres todos los detalles?

—Todos.

Inés siguió pajeándome mientras me hablaba al oído. Su voz iba mezclándose con el agua y con su respiración, y cada palabra me iba calentando más.

—Entramos en su casa y ni cerró bien la puerta. Me empujó contra la pared y me dijo todas las guarradas que se le habían acumulado desde anoche. Que me quería chupar las tetas, que tenía un culo hecho para que me lo follaran, que llevaba toda la mañana pensando en meterme mano. Me arrancó la parte de arriba del bikini y se puso a chuparme los pezones como un animal. Fuerte. Sin delicadeza. Como si me tuviera hambre de verdad.

Yo le agarré la cintura. Mi polla estaba ya tiesa y resbaladiza por el jabón. Ella lo notó y me apretó con más fuerza.

—Sigue.

—Le sobé la verga por encima del bañador y estaba durísima. Me cogió del cuello, justo como sabes que me gusta, me lo besó, me lo apretó un poco y me llevó la cabeza hacia abajo. Cuando se la saqué casi me dio risa del tamaño. Gorda, dura, con la punta hinchada. Me la metió en la boca sin dejarme pensar, y tuve que abrir bien para tragármela.

—Joder.

—Me la folló la boca un rato. No con violencia de hacer daño, pero sí con ganas. Yo le sujetaba las caderas y dejaba que me la metiera hasta donde podía. Me caía saliva por la barbilla y él me decía: «Así, guarra, así te quería ver». Y yo más me mojaba.

Su mano bajó hasta mis huevos y luego volvió a subir. Sentí sus dedos en mi culo, rodeando el agujero con la yema enjabonada.

—Después me sentó en la mesa de la cocina. Me abrió de piernas y me metió dos dedos en el coño de golpe. Estaba empapada. Me los sacaba, me frotaba el clítoris y me los volvía a meter, mientras me chupaba una teta y me pellizcaba la otra. No tardé nada en correrme la primera vez. Me temblaron las piernas encima de la mesa.

—Méteme un dedo —le pedí, jadeando.

Lo hizo al instante. Su dedo entró en mi culo despacio, acariciando por dentro mientras con la otra mano no dejaba de pajearme.

—Luego me bajó de la mesa, me puso en pompa y me la metió por detrás, en el coño, dura, hasta el fondo. Yo apoyada con las manos, él clavándome las caderas, y entre embestida y embestida me metía un dedo en el culo. Ahí casi me corrí otra vez. Me estaba abriendo por detrás con el dedo y follándome por delante, sin dejarme recuperar aire.

—Hazme eso a mí —murmuré.

Inés sonrió con perversidad y me metió un segundo dedo. Solté un gemido ronco y apoyé la frente contra la pared mojada.

—Nos corrimos casi juntos. Él me llenó la boca después de sacársela y me hizo tragar. Luego subimos al cuarto. Me dijo que me iba a dar un masaje, pero ya sabes cómo terminan esos masajes.

Su voz se volvió más baja, más caliente.

—Me tumbó boca abajo en la cama, puso una toalla debajo de mí y me levantó el culo con una almohada. Me llenó de aceite. Primero la espalda, luego las nalgas, luego entre las piernas. Tenía un dedo en mi culo y la otra mano en mi clítoris. Yo estaba abierta, temblando, pidiéndole más. Entonces me apoyó la punta en el culo. Solo la punta, pero era tanta presión que me puse tensa al instante.

—¿Te la metió?

—Intentó. Entró un poco, varias veces, pero le dije que me dolía. No estaba preparada. Así que volvió al coño y ahí sí me folló como un cabrón. Fuerte, muy fuerte. Me agarré del cabecero porque lo estaba golpeando contra la pared. Me corrí a chorros. Sentí cómo me llenaba otra vez y ahí me di cuenta de que quería estar contigo. Me vestí y me vine.

Jadeaba mientras lo contaba, y yo estaba ya al borde. Me giró contra la pared, se arrodilló bajo el agua y me tragó la polla con una avidez que me vació la cabeza. Me la chupó entera, saliva y jabón mezclados, subiendo la lengua por el tronco y apretando con la boca en la punta. Sus dedos seguían dentro de mi culo, moviéndose justo como hacía falta.

—Córrte en mi boca —murmuró, sacándosela un segundo para decirlo—. Quiero sentirlo.

No aguanté más. Me corrí con un gruñido, tensándole el pelo entre los dedos. Ella tragó casi todo, se limpió la comisura con el pulgar y se levantó para besarme con mi propio sabor en la boca.

—La próxima vez —dijo— no me dejes sola.

—La próxima vez no te pierdo de vista.

***

Al rato llegaron los demás. Mauro y Elisa aparecieron primero con una botella de licor y esa sonrisa de quienes ya vienen dispuestos a cruzar una línea. Inés estaba espectacular con la blusa fina pegándosele a las tetas y el short marcándole el culo. Vera llevaba un top escotado y Darío una camiseta ajustada que parecía puesta a propósito para lucirse.

Pedimos pizzas, sacamos vasos, picamos patatas y seguimos bebiendo. El calor del apartamento fue subiendo a la par que el alcohol. Nadie mencionó directamente lo que había pasado esa tarde, pero estaba en el aire. Se notaba en las miradas, en cómo Mauro no apartaba los ojos del escote de Inés, en cómo Elisa me rozaba la rodilla por debajo de la mesa cada vez que podía, en cómo Darío sonreía al verme y luego miraba a mi mujer.

Cuando ya llevábamos varios chupitos encima, saqué el juego que habíamos comprado esa mañana en una tienda del paseo.

—Es como una oca, pero pervertida —anuncié—. Cada casilla tiene una prueba. Si no quieres hacerla, bebes.

—Eso suena peligrosísimo —dijo Elisa, riéndose.

—Por eso gusta —respondió Inés.

Empezamos entre bromas. Al principio fueron tonterías: quitarse una prenda, besar a quien se sentara al lado, dejarse tocar por encima de la ropa. Pero el juego avanzó rápido y con él la vergüenza se fue diluyendo.

A mí me tocó quedarme sin camiseta. Vera y Elisa aplaudieron como si estuviera haciendo un espectáculo. Luego a Inés le salió besar a la persona de su izquierda, y le dio un beso corto a Mauro, aunque el gesto de ella tuvo más intención de la que duró el contacto. A Mauro le tocó tocarle la entrepierna a quien tenía a su derecha.

Mi mujer abrió las piernas apenas, desafiante, y Mauro le pasó la mano por encima del short, apretando justo donde estaba su coño. Inés soltó aire por la nariz, mirándome de frente mientras él la sobaba. Yo sentí el tirón directo en la polla.

Después a Elisa le tocó tocar el pecho de la persona de su izquierda, o sea yo. Vino por detrás, me masajeó los pectorales y me lamió la oreja, despacio, dejándome claro que el juego ya no era solo un juego. Cuando volvió a su sitio, me lanzó una mirada húmeda que ya no escondía nada.

Más tarde, a mí me salió tocar el pecho de la persona de la izquierda. Vera se levantó la blusa sin pudor y dejó sus tetas al aire. Elisa protestó fingiendo celos y dijo que si yo tocaba, tocaba doble. Terminé con una teta en cada mano, notando el peso, los pezones duros, el calor de dos cuerpos distintos. Mi polla ya me palpitaba completamente erecta.

La ropa siguió cayendo. Darío, que iba ganando terreno en el tablero, obtuvo la prueba de desnudar por completo a quien quisiera. Todos pensamos que elegiría a Inés o a Vera, pero señaló a Mauro. Entre carcajadas, lo dejó en pelotas en medio del salón. Mauro hizo un striptease ridículo y eficaz, y terminó sentado en una silla con la polla semierecta colgándole entre las piernas.

El turno de Inés le devolvió la jugada. Me eligió a mí para desnudarme. No hice show. Me quité el pantalón, luego el bóxer, y mi verga ya salió dura, pesada, con la punta brillante. Elisa se quedó mirándola sin ningún disimulo. Inés también la miró, pero más que mirarla, miró a Elisa mirándola. Ese intercambio la excitaba.

—Qué ricura —murmuró Elisa, rozándome apenas con los dedos helados.

La prueba siguiente le cayó a Mauro: masajear los pechos de quien quisiera. Escogió a Inés sin pensarlo. Ella se puso de pie, se levantó la blusa y dejó ver el conjunto nuevo: sujetador oscuro de encaje que apenas contenía sus tetas llenas. Mauro se colocó detrás, las apretó con las dos manos y empezó a amasarlas por encima de la tela mientras ella arqueaba la espalda.

—Quítale eso de una vez —dijo Vera, ya colorada por la bebida.

Inés se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Sus pezones estaban duros. Mauro bajó la cabeza y le dio un lametón largo a uno, luego al otro, hasta terminar mordiéndolos con ansia. Mi mujer soltó un gemido abierto que me hizo apretar los dientes.

—Así —dijo ella—. No seas tímido.

El salón quedó en silencio unos segundos. Ya nadie fingía que aquello era inocente.

A Elisa le salió lamer la parte del cuerpo que quisiera de la persona a su izquierda. Yo. Me hizo ponerme de pie delante de ella. Se arrodilló despacio, me agarró la polla por la base y me pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, mirando hacia arriba para que yo la viera. Luego me la tragó. Entera no, porque no podía, pero sí hasta donde le daba la garganta, una y otra vez, con ruido húmedo, sujetándome el culo para acercarme más.

—Joder —dije, cerrando los ojos un momento.

—Eso te pasa por mirar a todas —dijo Inés, pero se estaba tocando por dentro del short mientras lo decía.

Cuando me tocó a mí, la prueba era azotar el culo de la persona de la derecha. Elisa se quitó el mono corto que llevaba debajo y quedó en tanga. Se apoyó sobre la mesa, culo en pompa, morena, las manos metidas entre las tetas apretándoselas. Le di la primera palmada y se le movió todo el cuerpo.

—Más fuerte —pidió.

La segunda sonó seca. La tercera le dejó la marca roja. Ella gimió sin disimulo, frotándose los muslos. Darío entonces propuso una regla nueva.

—El primero que llegue al final puede ordenar la prueba que quiera a quien quiera. Y esa no se puede rechazar.

A nadie le pareció mala idea.

Vera tuvo que masturbarse dos minutos. Se bajó el pantalón, abrió las piernas en el sofá y empezó a tocarse el coño por encima de las braguitas hasta empaparlas, luego se las apartó y siguió con dos dedos sobre el clítoris. Gemía bajo, mordiéndose el labio. Darío, excitado al verla, tuvo la misma prueba en su turno y se puso a pajearse de pie delante de todos. Su verga era gruesa, muy tiesa, y la movía despacio, recreándose en cómo lo mirábamos.

Se acercó primero a su mujer para besarla. Luego a Inés, que le lamió la punta apenas, como una provocación. Mauro le dio una carcajada nerviosa; Elisa no apartaba los ojos de mi polla. La tensión ya había reventado cualquier resto de normalidad.

Cuando Inés tuvo que masturbar a quien quisiera, eligió a Mauro. Se arrodilló delante de él, desnudo del todo, le sobó los huevos y empezó a subir y bajar la mano por su polla con decisión. Apenas un minuto después, Mauro se corrió en un gemido ahogado, disparándose sobre su propio vientre y parte de la mano de mi mujer. Todos estallamos en risas y aplausos.

—Eso fue rapidísimo —dijo Vera.

—Es que tu amiga tiene manos de pecado —respondió Mauro, rojo pero encantado.

Elisa fue la primera en llegar al final. Se quedó de pie, borracha de calor y excitación, y sonrió con una mezcla de malicia y desafío.

—Quiero montar a quien elija —dijo—. O que me monte, pero yo decido.

Me señaló a mí.

Inés no dijo que no. Al contrario. Se puso de pie, se quitó el short y las bragas, y empezó a acariciarse el clítoris delante de todos. Esa imagen me terminó de volver loco. Elisa se quitó el tanga, vino hacia mí y me empujó hasta sentarme en el sofá.

—No te corras hasta que yo quiera —me ordenó.

Me agarró la polla, la acomodó en la entrada de su coño y se fue dejando caer poco a poco. Estaba empapadísima. El primer contacto fue caliente, apretado, un abrazo húmedo que me hizo jadear. Cuando la tuve entera dentro, ella cerró los ojos y apoyó las manos en mi pecho.

—Joder… sí… así.

Empezó a cabalgarme dándome la espalda, subiendo y bajando con un ritmo feroz. Yo le agarré las caderas, clavando los dedos en la carne de su culo, y ella se movía sola, segura, haciendo que mi polla entrara y saliera entera. Cada bajada era un golpe profundo; cada subida me dejaba la punta al borde para volver a tragármela completa.

Inés seguía tocándose a un lado, con las tetas rebotándole mientras se metía dos dedos en el coño. Darío se estaba pajeando otra vez. Vera le chupaba a ratos la verga, y Mauro, ya recuperado, se había arrodillado detrás de mi mujer para comerle el coño mientras ella se abría con los dedos.

La escena me desbordó. Elisa se inclinó hacia delante, apoyando una mano en el respaldo del sofá y otra en mi muslo, y empezó a follarme más fuerte. Le veía el culo subir y caer, los labios del coño abriéndose y cerrándose alrededor de mi polla, el chasquido húmedo de cada embestida. Gemía mucho, sin vergüenza, y cada vez que se echaba atrás me rozaba el pubis con su culo antes de clavarse otra vez.

—Mírame —me dijo Inés desde el costado, con la voz rota.

Lo hice. Tenía la cara desencajada de placer. Mauro le estaba hundiendo la lengua entre los labios y ella se corría sobre su boca, temblando, mientras no dejaba de mirarme a mí montado por otra mujer. Ese cruce de imágenes me tensó el cuerpo entero.

Elisa se dio la vuelta sin sacármela y empezó a subir y bajar de frente, con las tetas balanceándose frente a mi cara. Le agarré una y me la metí en la boca. Ella me sujetó la nuca, obligándome a chuparle el pezón mientras seguía ensartándose en mi verga.

—Eso es… fóllame así… no pares…

Yo ya no pude quedarme quieto. Le levanté el culo con las manos y empecé a embestir desde abajo, marcándole el ritmo. El sofá crujía. Ella rebotaba sobre mí gimiendo más fuerte. Inés, completamente abierta de piernas, apartó a Mauro y vino tambaleándose hasta nosotros.

—Quiero besarla mientras se la metes —dijo.

Se inclinó sobre Elisa y se besaron con hambre, lenguas mezcladas, saliva cayendo, mientras yo seguía penetrando a una y veía a la otra tocarse. Luego Inés bajó una mano entre las piernas de Elisa y le frotó el clítoris justo donde mi pubis la golpeaba. Elisa casi gritó.

—Me voy a correr… joder… me voy a correr…

Se corrió encima de mí, apretándome la polla con espasmos calientes, sacudiéndose de pies a cabeza. Pero no se bajó. Siguió moviéndose, más lento, exprimiéndome, hasta que ya no aguanté más. La agarré de la cintura y me corrí dentro con una descarga larga, enterrándome hasta el fondo mientras ella echaba la cabeza hacia atrás.

Sentí cómo todo el cuerpo se me aflojaba. Elisa se quedó unos segundos sentada sobre mí, respirando a bocanadas. Cuando por fin se levantó, mi verga salió resbaladiza y brillante. Inés miró esa imagen y se llevó dos dedos a la boca con una sonrisa obscena.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Se arrodilló delante de mí antes de que pudiera responder. Me chupó la polla mezclando mi corrida con los restos del coño de Elisa, limpiándomela despacio, con gusto, mientras me miraba hacia arriba. A un lado, Vera estaba ya a cuatro patas sobre la alfombra y Darío la penetraba por detrás, sujetándole el pelo. Mauro se pajeaba mirándolos a ellos y mirándonos a nosotros, sin saber a dónde atender.

Cuando Inés terminó de chuparme, se levantó, me besó en la boca y me llevó de la mano al centro del salón.

—Te prometí que la próxima no sería sin ti —dijo—. Pues mírame bien.

Me hizo sentarme en la silla mientras ella se recostaba sobre la mesa, abriendo las piernas. Darío dejó a Vera un momento y vino directo hacia Inés, excitado, con la polla dura y reluciente. Yo la vi asentir. Él se colocó entre sus muslos y se la fue metiendo despacio, hasta el fondo, con la mirada clavada en la mía.

Mi mujer gemía sin apartar los ojos de mí. Yo me estaba pajeando otra vez a pesar del esfuerzo de minutos antes, más por la fuerza del morbo que por resistencia física. Darío empezó a embestirla con ritmo, y ella echó la cabeza atrás, mostrando el cuello, dejándose follar abierta sobre la mesa mientras yo miraba cómo desaparecía una y otra vez dentro de su coño.

—Así sí —jadeó ella—. Así, pero que me vea. No dejes de mirarme.

Yo no la dejé de mirar. La vi correrse otra vez, apretando los muslos, empapada, agarrada al borde de la mesa. La vi morderse el puño para no gritar demasiado cuando él aceleró. Y la vi sonreírme al final, satisfecha, obscena, llena de una seguridad nueva.

La noche terminó desordenada, con cuerpos exhaustos, vasos vacíos y un silencio espeso después del temblor. Nadie hizo grandes discursos. Vera se llevó a Darío de la mano todavía riéndose; Mauro y Elisa salieron discutiendo en broma sobre quién había disfrutado más. Cuando cerré la puerta, Inés ya estaba apoyada en la pared del pasillo, desnuda todavía de cintura para abajo.

—Ven —me dijo—. No pienso dormirme así.

La llevé al dormitorio y la tumbé en la cama. Le abrí más las piernas y le metí la lengua en el coño todavía sensible, todavía hinchado, saboreando todo lo que había pasado esa noche. Ella me agarró del pelo y se retorció.

—Despacio no —gimió—. Después de todo esto, fóllame de verdad.

Me subí encima, me alineé con su entrada empapada y se la metí de una sola embestida. Los dos soltamos el aire a la vez. Ya no había juego, ni espectadores, ni provocación para otros. Solo nosotros, sudados, agotados y aún calientes. La follé largo rato, cambiando de ritmo, escuchando cómo su cuerpo seguía respondiendo a cada golpe a pesar del cansancio.

Cuando se puso a cuatro patas, le separé las nalgas y le pasé saliva por el culo antes de meterle un dedo. Ella empujó hacia atrás, pidiéndolo. La penetré por el coño mientras le movía el dedo dentro del culo y le frotaba el clítoris con el pulgar. Se corrió con un gemido ahogado, enterrando la cara en la almohada.

Yo me corrí después, vaciándome dentro de ella una vez más, lento, agotado, con la frente pegada a su espalda. Nos quedamos así un rato, respirando juntos.

—Ahora sí —susurró—. Así es como tenía que terminar.

La abracé por la cintura, todavía dentro de ella, y sonreí contra su piel.

—La próxima vez —le dije— no me pierdo ni un segundo.

—La próxima vez —respondió—, ni yo.

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4(1)

Comentarios(5)

MateoBA_ok

Buenisimo el relato, me enganche desde el principio!!!

Carlota_Mdz

Me encanto como lo contaste, se siente tan real. Espero que haya una segunda parte con los vecinos

RodriPampa

jaja me recordo a una situacion parecida que tuve hace años. Al final no llego tan lejos pero me quede con las ganas

SolitarioBA

Que paso despues? siguieron viendose con ellos o fue un hecho aislado? quede picado jaja

LectoFan33

Muy buen relato, la dinamica de pareja que describe esta muy bien lograda. Esperando ansioso el siguiente

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