Solo íbamos a mirar en aquel club de parejas
Dicen que cuando deseas algo con demasiada fuerza, corres el riesgo de que se cumpla. Y entonces, ¿qué? ¿Estás preparado para cargar con las consecuencias? Es fácil jugar con el fuego cuando solo te quemas tú. La pregunta de verdad llega cuando la persona que más quieres entra contigo en ese juego.
Andrés y Camila no eran tan distintos de cualquier otra pareja joven. Llevaban tres años juntos, desde la universidad, y habían pasado por todo lo que pasa a esa edad: discusiones, celos, reconciliaciones a medianoche, promesas que no se cumplen. Para él, ella no había sido la primera, pero sí la única que dejó marca. Para ella, él lo había sido todo. El primer beso, el primer temblor, la primera polla que la abrió, la primera vez que se corrió con una lengua entre las piernas.
El problema no fue una pelea ni una traición. Fue algo más silencioso. La rutina se coló entre ellos como una gotera, y poco a poco apagó el fuego. Ya no se buscaban con la misma urgencia. El deseo que antes los empujaba a arrancarse la ropa en el pasillo, a follar de pie contra la puerta antes siquiera de cerrarla, ahora llegaba tarde, o no llegaba.
Para Camila era solo una etapa. El amor seguía ahí, pensaba, aunque las ganas hubieran bajado la persiana. Andrés no lo veía igual. Él había probado el hambre y no sabía conformarse con la calma tibia.
***
La grieta apareció una tarde cualquiera, dentro del coche, disfrazada de pregunta inocente.
—Camila… ¿alguna vez fantaseas con otra gente? —soltó él, mirando al frente.
—¿Qué? —ella frunció el ceño—. No te sigo.
—Es sencillo. ¿Alguna vez te has imaginado con otro… de esa forma? Follando, chupándosela, dejándote hacer.
—¿Lo dices en serio?
—No porque te falte nada. Pero todos lo hacemos alguna vez, ¿no?
—Pues yo no. Estoy contigo. ¿Para qué iba a pensar en otros?
—Yo también estoy contigo, y te quiero —aclaró él—. Pero a veces me cruzan otras imágenes por la cabeza. No significa nada.
Ella lo miró con una mezcla de incredulidad y decepción.
—Si te quiero a ti, no deseo a nadie más.
—No te creo —dijo Andrés, sin reproche, pero con una convicción que dolía—. Seguro que escondes alguna fantasía.
—Y si la tengo, seguirá siendo mía. No todo se cuenta.
Cállate ya, pensó él. Y no se calló.
—Yo sí querría probar. —En cuanto lo dijo, supo que había soltado una cerilla encendida sin saber dónde iba a caer.
Camila lo miró en silencio durante un segundo eterno.
—¿Me estás diciendo que te gustaría follarte a otras?
—Dicho así suena mal.
—¿Y cómo quieres que lo diga? —su voz tembló, y él juraría que los ojos se le llenaron de algo a punto de romperse—. Lo único que entiendo es que ya no me deseas. O peor, que ya no me quieres.
—No es eso. No tiene nada que ver.
—Claro que tiene que ver. Si quieres a otras, es porque ya no te basto.
Cerró la puerta del coche con fuerza y se llevó por delante mucho más que una conversación. Se fue dejando atrás un puñado de preguntas sin respuesta.
***
Durante las semanas siguientes él lo intentó todo: mensajes, llamadas, audios que se quedaban sin escuchar. A veces la veía por la calle y ella cruzaba de acera, como si él fuera ya parte del mobiliario urbano. Solo cuando creyó haberla perdido del todo entendió lo mucho que había tenido entre las manos.
Pasaron casi cuatro semanas. Y entonces, una tarde, saliendo de la biblioteca, la vio. Allí estaba, de pie, con una blusa blanca y una expresión que no decía ni sí ni no. Él se quedó clavado en el sitio. Ella dio el primer paso.
No hubo reproches ni «por qué». Solo un abrazo crudo, necesario, urgente. El cuerpo antes que la razón, la piel antes que las respuestas. Terminaron en su piso sin decir palabra, tropezando por el pasillo, mordiéndose los labios como si quisieran sacarse sangre. Andrés le arrancó la blusa de un tirón; los botones saltaron y rodaron por el parquet. Camila le hundió las uñas en los hombros, le bajó los vaqueros mientras él ya le desabrochaba el sujetador, y en cuestión de segundos los dos estaban desnudos, con la piel encendida y el aliento agitado.
Él la empujó contra la pared, le abrió las piernas y bajó la boca hasta su coño ya empapado. Le lamió los labios con la lengua plana, despacio, saboreando cada pliegue, y luego atacó el clítoris con la punta, dibujando círculos, chupándolo entero como si fuera a devorárselo. Camila se agarró a su pelo, arqueó las caderas contra su cara y jadeó su nombre entrecortado. Él le metió dos dedos, buscando ese punto que conocía de memoria, doblándolos hacia arriba mientras seguía succionándole el botón. Ella se corrió a los pocos minutos, temblando, con las piernas cediéndole, con un grito ronco que llenó todo el apartamento.
Andrés se incorporó con la boca brillante de su humedad, la levantó en volandas y la clavó contra la pared. Camila le rodeó la cintura con las piernas y bajó la mano para agarrarle la polla, dura y palpitante, y guiarla a su entrada. Se hundió de un solo empujón, hasta el fondo, y los dos gimieron a la vez. Empezó a follársela ahí mismo, de pie, con embestidas duras que hacían golpear el cuadro de la entrada contra la pared. Le mordía el cuello, le chupaba los pezones, la sujetaba por el culo con las dos manos y la subía y bajaba sobre su polla como si no pesara nada.
—Más fuerte, más… —le suplicaba ella al oído—. No pares, cabrón, no pares.
La tumbó en el suelo del pasillo, sobre la alfombra, y se echó sobre ella. La penetró de nuevo, esta vez despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, disfrutando de verla morderse el labio y clavarle los talones en la espalda. Le levantó una pierna sobre el hombro y aceleró el ritmo, chocando cadera contra cadera, sintiendo cómo el coño de Camila se apretaba en cada acometida. Ella se corrió por segunda vez, con la boca abierta, sin sonido, con los ojos en blanco.
Andrés la giró boca abajo, la puso de rodillas, le arqueó la espalda tirándole del pelo y volvió a metérsela por detrás, ahora con brutalidad, con el ruido húmedo de las nalgas de ella chocando contra su vientre llenando el pasillo. Le dio un azote, luego otro, viendo cómo la piel enrojecía. Cuando notó que iba a correrse, la sacó de golpe, la volteó otra vez y se derramó a chorros sobre su vientre, sobre sus tetas, sobre el mentón. Camila, con la respiración rota, se llevó el dedo al pecho y se metió una gota de semen en la boca, mirándolo fijamente. Después se abrazaron en el suelo, sudados, pegajosos, y no volvieron a hablar del asunto. Andrés calló por miedo. Calló porque había estado a punto de perder lo único que no podía reemplazar, y eligió olvidarse del deseo para quedarse con ella.
***
Era viernes por la noche. Los exámenes por fin habían terminado y la idea era celebrarlo con una cena en el centro, con otra pareja de amigos. Pero los planes se torcieron a última hora: los amigos cancelaron y ellos acabaron solos, caminando sin rumbo por las calles más bulliciosas del barrio, entre luces de neón y un gentío que parecía flotar.
Andrés iba absorto en el móvil, intentando guiarse con el mapa, cuando Camila se detuvo en seco. Una chica vestida con un ajustado uniforme de azafata, mucho más corto y provocador de lo habitual, se le había acercado. Tendría unos veinticinco años, el gesto pícaro, la actitud ensayada de quien ha repetido el mismo guion cien veces. Camila sonreía, sorprendida, con ese brillo que aparece en los ojos cuando algo rompe la rutina.
—¿Qué te traes entre manos, tontita? —preguntó Andrés acercándose, entre el humor y el recelo.
Al notar su presencia, la chica dio un paso atrás con una sonrisa cortés y se esfumó con la misma facilidad con la que había aparecido.
—Nos han invitado a un sitio… diferente —dijo Camila, sin terminar de disimular su nerviosismo.
—¿Qué tipo de sitio?
—Creo que de los que te gustan a ti… —rio ella, como una niña que acaba de hacer una travesura y aún no decide si contarla.
—¿A mí? —fingió sorpresa, aunque las luces de la entrada ya le daban una pista.
—Sí, a ti. No te hagas el tonto. Nos ha invitado a un local liberal.
—Habrá pensado que te interesa.
—Seguro que ha visto la cara de salido que tienes y no le ha quedado ninguna duda —se burló ella.
En otro momento, ese comentario lo habría puesto en guardia. Pero el tono de Camila era distinto. No había reproche ni sarcasmo, más bien una broma cómplice, un juego nuevo que aún no sabía si iban a jugar.
—Ya sabes que no quiero nada que te incomode —respondió él, midiendo cada palabra.
—¿Y me has preguntado si me incomoda?
—No hace falta. Sé la respuesta.
—Si no me has preguntado, ¿cómo puedes saberla? —lo miró de lado, divertida.
—Estuviste casi un mes sin hablarme por una conversación parecida —dijo Andrés, tanteando el filo.
—Quizá ese mes me sirvió para pensar. A veces la gente cambia de parecer.
No supo si era sincera o si lo estaba poniendo a prueba.
—¿Te gustaría entrar? —preguntó él al fin, sin querer presionarla.
Ella lo miró con media sonrisa.
—Solo a mirar… —susurró, y en su voz había algo entre la complicidad y el vértigo.
Algo dentro de él se encendió de golpe, como un cable que llevaba meses tenso.
—No quiero que lo hagas por mí.
—No lo hago por ti. Tengo curiosidad. Quiero saber cómo son estos sitios.
Fue su tono, sereno y firme, lo que lo decidió. Si algo salía mal ahí dentro, lo sabía, la herida no sería la suya. Pero también entendía que no podía protegerla de todo. A veces, mirar también es cruzar una línea.
***
Andrés se acercó a la chica del uniforme y, casi en voz baja, dijo:
—Solo queremos entrar a ver cómo es.
—Ningún problema —respondió ella con una sonrisa ladeada—. Mientras vengáis en pareja, sois bienvenidos.
La siguieron por un pasillo alfombrado, con luces azuladas que parecían flotar sobre las paredes. El interior no era tan sórdido como Andrés había imaginado. Más íntimo que provocador, más elegante que vulgar. En la barra pidieron algo: Camila un vino blanco, él una copa que después no recordaría. La chica volvió a aparecer y, con un gesto sutil, los invitó a seguirla.
—Si os gusta mirar, venid conmigo.
—¿Y si no queremos hacer nada? —preguntó Camila, más curiosa que incómoda.
—No pasa nada. A unos les gusta mirar, a otros que los miren, a otros que se la chupen mientras el mundo se cae abajo. Aquí nadie obliga a nada —explicó la chica, y antes de abrir la puerta les recordó las normas: respeto, consentimiento, libertad. Su voz era tan dulce que generaba una calma extraña.
Camila sentía el pulso desbocado, como si alguien le golpeara el pecho desde dentro. Le sudaban las palmas, le temblaban las rodillas. Justo antes de cruzar el umbral, Andrés le tomó la mano y entrelazó los dedos, como quien busca un ancla antes de tirarse al agua.
La sala no era grande. Se parecía al salón de un piso moderno, con esa misma luz azulada que lo bañaba todo, como si estuvieran dentro de un acuario. El techo era casi por completo un espejo enorme que devolvía el reflejo de los cuerpos. Sillones negros rodeaban la estancia, con cojines rojos que ofrecían el único calor del cuadro. Había tres parejas repartidas como piezas en un tablero, copa en mano, los ojos atentos. Cuando ellos entraron, todas las miradas se giraron. Ninguna era descarada, pero todas tenían algo de examen.
Camila eligió el sillón más alejado, como si quisiera poner metros entre ella y un peligro escondido. Andrés se sentó a su lado y dio un trago largo, buscando en el alcohol un atrevimiento que aún no encontraba dentro de sí.
—No os preocupéis, ahora vuelvo —dijo la chica del uniforme antes de guiñarles un ojo y desaparecer.
Se quedaron solos, encogidos, fingiendo una naturalidad que el cuerpo desmentía. La rigidez, los gestos contenidos, la mirada huidiza: todo delataba lo que eran, dos principiantes que habían cruzado una puerta más grande de lo que creían.
—Buenas noches, chicos. ¿Primera vez? —preguntó un hombre de voz grave y tono amable.
—Sí… buenas noches —respondió Andrés, consciente de que mentir no tenía sentido.
***
El primero en acercarse fue un tipo de unos treinta y tantos, el pelo recogido en una coleta alta y esa seguridad tranquila de quien conoce las reglas. A su lado, una mujer morena bebía en silencio. Camila no pudo evitar fijarse en sus pechos, grandes y firmes, apenas contenidos por una americana entallada que parecía hecha para no dejar a nadie indiferente. Los pezones se marcaban a través de la tela, oscuros, gruesos, pidiendo boca.
Camila llevó la mano de Andrés hasta su pecho.
—Creo que el corazón se me va a salir —susurró.
—Tranquila —sonrió él, sin soltarla—. Solo vamos a mirar.
Pero ninguno de los dos creía ya del todo en esa frase.
La pareja de la izquierda empezó, sin disimulo, a besarse y a desnudarse, como si una señal muda les hubiera dado salida. El chico, de cuerpo delgado y definido, se levantó y fue a sentarse justo enfrente de ellos, con la polla ya erecta apuntando al techo, larga, delgada, con las venas marcadas. La chica lo siguió: una rubia menuda, de piel muy blanca y pechos breves, con una minifalda vaquera y unas botas altas. Andrés no pudo evitar compararla con la morena del escote generoso. Dos cuerpos opuestos, uno rotundo y otro frágil, exhibidos a un palmo de su cara.
—Solo vamos a mirar —repitió él en voz baja. No sabía si lo decía por ella o para calmarse a sí mismo.
El hombre de la coleta se recostó con gesto indolente, se abrió la bragueta y sacó una polla gruesa, oscura, con la cabeza brillante ya de fluido. La morena se arrodilló frente a él, la envolvió con la mano y la lamió de arriba abajo, despacio, deteniéndose en el glande para chuparlo entero antes de metérsela hasta media garganta. Sus labios subían y bajaban con un ruido húmedo, obsceno, y ella disfrutaba de saberse observada. Mientras lo hacía, su mirada se cruzó con la de Andrés y no se apartó: se sacaba la polla de la boca, la escupía suavemente, se golpeaba con ella los labios y volvía a tragársela, sin parpadear. Al otro lado, la rubia hacía lo mismo con su pareja, con un ritmo pausado, casi hipnótico, cerrando los ojos cada vez que la punta le tocaba la campanilla. Camila volvió a cubrirse la cara, esta vez sonriendo, con las mejillas encendidas.
—¿Por qué no os sentáis aquí? —dijo entonces el de la coleta, señalando el hueco entre las dos parejas—. Tenéis mejor vista.
—Estamos bien aquí, gracias —contestó Andrés.
—No mordemos… salvo que queráis —añadió el hombre, con una sonrisa que no pedía permiso.
Camila negó con la cabeza, riendo, como si esa pequeña risa fuera su única defensa contra el vértigo. Pero el de la coleta, poco acostumbrado a oír un «no», se levantó con la polla dura marcando el paso, brillante de saliva, y le tomó la mano con una dulzura desconcertante y la condujo hasta el hueco libre. La depositó allí como a una invitada de honor. Andrés no lo pensó: la siguió y se sentó pegado a ella. Ahora estaban demasiado cerca de todo. La temperatura había subido, y no por el termostato.
***
Las dos mujeres detuvieron sus movimientos a la vez y, sin necesidad de señales, comenzaron a mamársela a sus hombres como en una coreografía ensayada, sin dejar de mirar a la pareja nueva, sabedoras de que eso los perturbaba. Chupaban despacio, con la lengua fuera, ofreciendo cada polla como si fuera un espectáculo dedicado exclusivamente a Camila. Ella se tapó la boca; la risa nerviosa se había vuelto su única válvula de escape. Se pegó a Andrés buscando una zona segura que ya no existía.
—Solo mirar, ¿recuerdas? —le susurró él al oído.
La morena del escote cambió de postura, se recostó en el sofá con la naturalidad de una actriz, se subió la falda hasta la cintura y abrió las piernas de par en par. No llevaba ropa interior. Su coño depilado, brillante ya de humedad, quedó a la vista de todos. Su compañero se arrodilló y hundió el rostro entre sus muslos, con la lengua asomando entre los pliegues rosados, chupándole el clítoris con avidez mientras dos dedos le entraban y salían a un ritmo constante. La morena gimió sin pudor, empujándole la cabeza para que fuera más adentro. Y entonces, con un descaro estudiado, estiró la mano libre y la dejó caer sobre la entrepierna de Andrés, apretándole el bulto que ya no podía disimular. Él se sobresaltó. Intentó apartarla, pero sin verdadera convicción, como si su cuerpo aún no estuviera de acuerdo con su cabeza.
En el sillón contiguo, el chico fibroso se incorporó y dejó su polla dura, mojada, peligrosamente cerca del rostro de Camila. La punta rozó su mejilla, dejándole un rastro húmedo. Ella giró la cabeza hacia Andrés buscando consuelo, y fue cuando vio la mano de la morena metida ya dentro de los pantalones de su novio, sacándole la polla, acariciándola con la palma abierta a la vista de todos. Se miraron un instante, el suficiente para que la incomodidad se hiciera carne. Y justo ahí sintió otra caricia inesperada subiéndole por el pecho: la rubia, descarada, le había metido la mano bajo la blusa y le pellizcaba un pezón entre el pulgar y el índice. Camila reaccionó como si la hubieran pinchado y apartó la mano de golpe, escandalizada.
Sin saber bien en qué momento, todo se estaba desbordando. Y lo peor no era el caos que los rodeaba, sino que ninguno de los dos parecía capaz de detenerlo. El deseo había irrumpido como una ola y estaba a punto de pasarles por encima.
—Tócala, te va a gustar —ronroneó la rubia, guiando la mano de Camila hasta la polla erecta de su chico y cerrándole los dedos alrededor—. Aprieta. Sube y baja. Así.
—No… solo a mirar —respondió ella con un hilo de voz, pero su mano ya se había cerrado en torno a la verga caliente, ya la recorría con torpeza, ya sentía cómo se endurecía aún más entre sus dedos. Nadie parecía dispuesto a escucharla.
Mientras tanto, la morena del escote había liberado del todo la polla de Andrés y se había inclinado sobre ella. Un lametón largo, lento, desde la base hasta la punta. Luego cerró los labios en torno al glande y empezó a chupar, con la mano rodeando la base, subiendo y bajando en el mismo compás en que su boca lo tragaba. Andrés cerró los ojos, entregado a esa sensación prohibida, sin saber ya si resistirse o disfrutar. Notaba la lengua de la desconocida enroscándose en la corona, la saliva chorreando por sus huevos, y no era capaz de parar.
***
De pronto reapareció la chica del uniforme, como si no hubiera pasado nada. Se acercó a Andrés, le quitó la camiseta con un movimiento fluido, le bajó los pantalones hasta los tobillos y luego fue a por Camila, pero ella, todavía con fuerzas, le sujetó el top y se lo impidió. El de la coleta, consciente de su papel en aquella escena, se levantó y se sentó justo en medio de los dos. Sin pedir permiso. Como el lobo que separa de la manada al miembro más vulnerable, dejó a Camila sin su último refugio. Él a su derecha, Andrés a su izquierda, aislados.
El hombre rodeó la espalda de Camila y le desabrochó el sujetador con dedos hábiles. El encaje cayó al suelo con un susurro, discreto como el escalofrío que ya recorría la piel de ella. Sus senos breves, pálidos, con los pezones ya duros y erguidos, quedaron expuestos. El de la coleta bajó la boca sin prisa y le atrapó un pezón, chupándolo despacio, mordisqueándolo, tirando de él con los dientes hasta que Camila soltó un gemido bajo. La vergüenza la alcanzó en forma de respiración entrecortada. Y, sin embargo, no se levantó. No huyó. Se quedó allí, como si su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle.
—¿Estás bien? —Andrés extendió la mano y le rozó el brazo.
Pero el de la coleta se giró y, con un gesto seco, lo mantuvo en su sitio.
—Tú, a lo tuyo. La morena está esperando esa polla.
En cuestión de segundos, la falda y las bragas de Camila se sumaron al sujetador sobre la mesa, depositadas como trofeos de caza. Ella cerró las piernas, encogida, con la piel erizada y las emociones desbordadas, atrapada en un sueño húmedo que ya no podía controlar. A menos de un metro, Andrés intentaba captar su mirada mientras la morena, arrodillada entre sus rodillas, le seguía comiendo la polla con hambre, chupándole ahora los huevos uno a uno, metiéndoselos enteros en la boca. Quería saber si seguía siendo ella, si debía intervenir, si aún podía salvarla… o si simplemente debía dejarse llevar.
—Solo vinimos a mirar… —dijo él, por última vez.
—Ella lo está pasando bien. Está mojada, mírala. Relájate tú también —susurró la chica del uniforme, con una voz hecha de miel y anestesia.
***
El de la coleta abrió las piernas de Camila como las hojas de un libro y posó los dedos en su coño. Los pliegues estaban ya empapados, brillantes, delatándola. Deslizó dos dedos entre ellos, arriba y abajo, jugando con el clítoris hinchado, y luego los hundió dentro. Al sentir la invasión, ella cerró los ojos y se estremeció con un respingo casi imperceptible. Sus dedos entraban y salían, curvándose adentro, arrancándole un ruido húmedo cada vez. Por dentro algo se rompía, o se encendía. O las dos cosas a la vez.
—Mírala qué mojada está la tuya —le dijo el hombre a Andrés, mostrándole los dedos brillantes antes de metérselos a Camila en la boca para que se saborease—. Chupa, guarra. Cómete tu propio jugo.
Ella cerró los labios en torno a los dedos del desconocido y los chupó, con las mejillas ardiendo, sin apartar los ojos de su novio. Andrés no podía dejar de mirarla. En realidad, todos la miraban. Era ella, con su timidez conmovedora y su resistencia frágil, el centro exacto de todos los deseos. Y entonces sintió celos. Una punzada aguda, absurda, como si despertara dentro de una escena que él mismo había permitido y que ahora resultaba dolorosa. Quiso tenderle la mano una vez más, pero el de la coleta lo cortó con autoridad.
—Tú, a tu sitio. Que te la coman bien.
La morena volvió a tragarse su polla y la rubia menuda se sumó, dos bocas turnándose sobre el mismo miembro, lamiéndoselo desde los lados a la vez, encontrándose con las lenguas sobre el glande. Andrés apretó los dientes para no correrse ahí mismo.
El chico fibroso se subió al sofá y acercó su polla mojada a la boca de Camila, golpeándole suavemente los labios con la punta. Ella resistió un instante, negando con pequeños gestos, una risa tímida escapándose entre los labios. Pero al fin cedió, sacó la lengua y la recibió, primero solo la puntita, saboreándola. Luego abrió más la boca y se la fue metiendo despacio, tragándose media, ahogándose un poco antes de sacarla y respirar. La rubia menuda le lamía un pecho con una dedicación casi ritual, chupándole el pezón hasta dejárselo enrojecido y duro, mordisqueándoselo con los dientes. El de la coleta, mientras tanto, le alzó la barbilla, obligándola a soltar la polla de su boca.
—Quiero que me mires.
Ella abrió los ojos. En ellos había miedo, ternura y algo más que ni siquiera sabía nombrar. La recostó con cuidado sobre los cojines rojos, le separó las piernas de par en par y se colocó entre ellas. Se sacó la polla, gorda y venosa, y se la pasó por los labios del coño empapado, arriba y abajo, embadurnándose de su humedad. Le frotó la punta contra el clítoris hasta hacerla gemir, y solo entonces, cuando ella ya empujaba las caderas buscándolo, se hundió en ella sin estridencias. Camila lo recibió con un jadeo largo: su rostro se congestionó, se mordió el labio y un gemido casi ahogado escapó de su boca cuando sintió cómo esa polla desconocida se abría paso hasta el fondo. Mientras tanto, su mano apretaba con fuerza la de Andrés, que observaba con una punzada clavándose más hondo a cada embestida.
***
El de la coleta se retiró casi entero y volvió a hundirse de golpe, arrancándole un grito. Repitió el movimiento, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Le sujetó las rodillas y las empujó hacia delante, doblándola por la mitad, hasta que casi le tocaba las orejas con ellas, ganando toda la profundidad posible. Camila arqueó la espalda y empezó a jadear al ritmo de las acometidas, con las tetas rebotando en cada golpe.
—Ah, ah, ah… —cada sonido resonaba en la sala, denso y húmedo, mezclado con el chasquido pegajoso de la polla entrando y saliendo de su coño empapado.
—Qué apretada estás, joder —gruñó el hombre—. Tu novio te tiene mal follada. Se nota.
Andrés se había levantado, y la morena del escote lo recibía con la boca abierta, tragándoselo hasta el fondo, con la lengua ondulando alrededor. Le sujetaba la cadera con una mano y con la otra le masajeaba los huevos, apretándolos con delicadeza. Mientras tanto, la rubia se había colocado detrás de él, arrodillada, y le separaba las nalgas con las dos manos para pasarle la lengua por el perineo, subiendo lenta, provocadora, hasta el borde mismo del culo. Andrés se estremeció entero. Le sujetó la cabeza a la morena, le agarró el pelo con las dos manos y empezó a follársela la boca a su propio ritmo, embistiéndole la garganta, oyendo cómo se atragantaba y babeaba sobre su polla. Él no quería mirar a Camila; ser testigo de aquello era demasiado doloroso. Pero, como un adicto que necesita su dosis, no podía apartar los ojos de ella, atrapado en la intensidad de sentimientos opuestos.
Vio cómo el de la coleta la ponía a cuatro patas sobre el sofá, cómo se colocaba detrás y volvía a metérsela de una sola embestida, agarrándola de las caderas y clavándose hasta los huevos. Vio cómo la mano del hombre bajaba y le daba un azote seco en la nalga, dejándole la marca roja de los dedos. Vio cómo Camila arqueaba la espalda y empujaba el culo hacia atrás, buscando más. Y entonces, en el centro de la sala, se escuchó algo que más que súplica parecía una orden.
—¡Más fuerte! —exigió Camila, girando la cabeza para mirar al desconocido por encima del hombro, con el pelo pegado a la frente por el sudor—. ¡Más fuerte, cabrón, más adentro!
Le clavó las uñas en las nalgas y lo empujó hacia sí. Aquello los precipitó a todos hacia el abismo. Las embestidas se intensificaron hasta ser brutales, los músculos del hombre se tensaban cada vez que se hundía en ella, y el sonido de la piel chocando contra la piel llenaba toda la sala. Camila solo era capaz de cerrar los ojos y entregarse, con la boca abierta, jadeando sin control. La rubia menuda se le acercó por el costado, se subió al sofá y le puso el coño encima de la cara, sentándose sobre su boca. Camila, sin pensarlo, sacó la lengua y empezó a lamérselo, buscando el clítoris entre los pliegues, chupándolo con una torpeza hambrienta. La rubia gimió, agarrándose a la coleta del hombre para mantener el equilibrio mientras se restregaba contra la lengua ajena.
Un gruñido profundo rompió el aire cuando el chico fibroso alcanzó el clímax en la boca de la morena, que había abandonado la polla de Andrés para atenderle. Los chorros de semen le llenaron la lengua y ella los tragó con la boca abierta, mostrando el líquido antes de pasárselo por la cara. La rubia, encima de Camila, empezó a temblar de golpe: se corrió entre gritos ahogados, apretándole la cara con los muslos, empapándole el mentón. Andrés, con la respiración entrecortada, se acabó de correr en la mano de la morena, que le apretaba la polla mientras los chorros le caían sobre los dedos y le salpicaban el pecho a ella misma.
Y, segundos después, el de la coleta salió de golpe del coño de Camila, la volteó sobre la espalda, se echó sobre ella y se derramó a chorros gruesos sobre su vientre, sobre sus pechos, sobre el mentón. Le apretó la polla contra los labios y le vació las últimas gotas dentro de la boca, obligándola a chupar la punta hasta dejarla limpia. Camila, con el pecho subiendo y bajando, con el semen resbalándole entre las tetas y por el cuello, quedó allí tumbada, marcada como a una presa recién cobrada.
***
La magia de la noche se desvaneció de golpe. Todo lo que parecía un sueño irreal era ahora una certeza. Camila habría dado cualquier cosa por que hubiera sido una mentira deliciosa que contarse a sí misma. Pero la verdad era que se había dejado follar por otro hombre, con la boca de una desconocida en el coño y el semen de un extraño resbalándole todavía por el vientre, y lo había hecho delante de la persona que más quería. ¿De verdad había sido yo?, pensó. La culpa empezó a golpearle el pecho como un martillo.
Armándose de valor, abrió los ojos decidida a enfrentarse a la mirada de Andrés. Pero cuando por fin lo buscó, él ya salía por la puerta, a medio vestir, con paso apresurado. Antes de desaparecer giró el rostro, y sus miradas se encontraron una última vez. Fue entonces cuando ella vio que estaba llorando, y supo que algo, esa noche, se había roto entre ellos para siempre.





