Solo íbamos a mirar en aquel club de parejas
Dicen que cuando deseas algo con demasiada fuerza, corres el riesgo de que se cumpla. Y entonces, ¿qué? ¿Estás preparado para cargar con las consecuencias? Es fácil jugar con el fuego cuando solo te quemas tú. La pregunta de verdad llega cuando la persona que más quieres entra contigo en ese juego.
Andrés y Camila no eran tan distintos de cualquier otra pareja joven. Llevaban tres años juntos, desde la universidad, y habían pasado por todo lo que pasa a esa edad: discusiones, celos, reconciliaciones a medianoche, promesas que no se cumplen. Para él, ella no había sido la primera, pero sí la única que dejó marca. Para ella, él lo había sido todo. El primer beso, el primer temblor, la primera vez que se desnudó sin miedo.
El problema no fue una pelea ni una traición. Fue algo más silencioso. La rutina se coló entre ellos como una gotera, y poco a poco apagó el fuego. Ya no se buscaban con la misma urgencia. El deseo que antes los empujaba a desvestirse en el pasillo de casa ahora llegaba tarde, o no llegaba.
Para Camila era solo una etapa. El amor seguía ahí, pensaba, aunque las ganas hubieran bajado la persiana. Andrés no lo veía igual. Él había probado el hambre y no sabía conformarse con la calma tibia.
***
La grieta apareció una tarde cualquiera, dentro del coche, disfrazada de pregunta inocente.
—Camila… ¿alguna vez fantaseas con otra gente? —soltó él, mirando al frente.
—¿Qué? —ella frunció el ceño—. No te sigo.
—Es sencillo. ¿Alguna vez te has imaginado con otro… de esa forma?
—¿Lo dices en serio?
—No porque te falte nada. Pero todos lo hacemos alguna vez, ¿no?
—Pues yo no. Estoy contigo. ¿Para qué iba a pensar en otros?
—Yo también estoy contigo, y te quiero —aclaró él—. Pero a veces me cruzan otras imágenes por la cabeza. No significa nada.
Ella lo miró con una mezcla de incredulidad y decepción.
—Si te quiero a ti, no deseo a nadie más.
—No te creo —dijo Andrés, sin reproche, pero con una convicción que dolía—. Seguro que escondes alguna fantasía.
—Y si la tengo, seguirá siendo mía. No todo se cuenta.
Cállate ya, pensó él. Y no se calló.
—Yo sí querría probar. —En cuanto lo dijo, supo que había soltado una cerilla encendida sin saber dónde iba a caer.
Camila lo miró en silencio durante un segundo eterno.
—¿Me estás diciendo que te gustaría acostarte con otras?
—Dicho así suena mal.
—¿Y cómo quieres que lo diga? —su voz tembló, y él juraría que los ojos se le llenaron de algo a punto de romperse—. Lo único que entiendo es que ya no me deseas. O peor, que ya no me quieres.
—No es eso. No tiene nada que ver.
—Claro que tiene que ver. Si quieres a otras, es porque ya no te basto.
Cerró la puerta del coche con fuerza y se llevó por delante mucho más que una conversación. Se fue dejando atrás un puñado de preguntas sin respuesta.
***
Durante las semanas siguientes él lo intentó todo: mensajes, llamadas, audios que se quedaban sin escuchar. A veces la veía por la calle y ella cruzaba de acera, como si él fuera ya parte del mobiliario urbano. Solo cuando creyó haberla perdido del todo entendió lo mucho que había tenido entre las manos.
Pasaron casi cuatro semanas. Y entonces, una tarde, saliendo de la biblioteca, la vio. Allí estaba, de pie, con una blusa blanca y una expresión que no decía ni sí ni no. Él se quedó clavado en el sitio. Ella dio el primer paso.
No hubo reproches ni «por qué». Solo un abrazo crudo, necesario, urgente. El cuerpo antes que la razón, la piel antes que las respuestas. Esa noche hicieron el amor como si fuera la primera vez, o como si fuera la última, y nunca más volvieron a hablar del asunto. Andrés calló por miedo. Calló porque había estado a punto de perder lo único que no podía reemplazar, y eligió olvidarse del deseo para quedarse con ella.
***
Era viernes por la noche. Los exámenes por fin habían terminado y la idea era celebrarlo con una cena en el centro, con otra pareja de amigos. Pero los planes se torcieron a última hora: los amigos cancelaron y ellos acabaron solos, caminando sin rumbo por las calles más bulliciosas del barrio, entre luces de neón y un gentío que parecía flotar.
Andrés iba absorto en el móvil, intentando guiarse con el mapa, cuando Camila se detuvo en seco. Una chica vestida con un ajustado uniforme de azafata, mucho más corto y provocador de lo habitual, se le había acercado. Tendría unos veinticinco años, el gesto pícaro, la actitud ensayada de quien ha repetido el mismo guion cien veces. Camila sonreía, sorprendida, con ese brillo que aparece en los ojos cuando algo rompe la rutina.
—¿Qué te traes entre manos, tontita? —preguntó Andrés acercándose, entre el humor y el recelo.
Al notar su presencia, la chica dio un paso atrás con una sonrisa cortés y se esfumó con la misma facilidad con la que había aparecido.
—Nos han invitado a un sitio… diferente —dijo Camila, sin terminar de disimular su nerviosismo.
—¿Qué tipo de sitio?
—Creo que de los que te gustan a ti… —rio ella, como una niña que acaba de hacer una travesura y aún no decide si contarla.
—¿A mí? —fingió sorpresa, aunque las luces de la entrada ya le daban una pista.
—Sí, a ti. No te hagas el tonto. Nos ha invitado a un local liberal.
—Habrá pensado que te interesa.
—Seguro que ha visto la cara que tienes y no le ha quedado ninguna duda —se burló ella.
En otro momento, ese comentario lo habría puesto en guardia. Pero el tono de Camila era distinto. No había reproche ni sarcasmo, más bien una broma cómplice, un juego nuevo que aún no sabía si iban a jugar.
—Ya sabes que no quiero nada que te incomode —respondió él, midiendo cada palabra.
—¿Y me has preguntado si me incomoda?
—No hace falta. Sé la respuesta.
—Si no me has preguntado, ¿cómo puedes saberla? —lo miró de lado, divertida.
—Estuviste casi un mes sin hablarme por una conversación parecida —dijo Andrés, tanteando el filo.
—Quizá ese mes me sirvió para pensar. A veces la gente cambia de parecer.
No supo si era sincera o si lo estaba poniendo a prueba.
—¿Te gustaría entrar? —preguntó él al fin, sin querer presionarla.
Ella lo miró con media sonrisa.
—Solo a mirar… —susurró, y en su voz había algo entre la complicidad y el vértigo.
Algo dentro de él se encendió de golpe, como un cable que llevaba meses tenso.
—No quiero que lo hagas por mí.
—No lo hago por ti. Tengo curiosidad. Quiero saber cómo son estos sitios.
Fue su tono, sereno y firme, lo que lo decidió. Si algo salía mal ahí dentro, lo sabía, la herida no sería la suya. Pero también entendía que no podía protegerla de todo. A veces, mirar también es cruzar una línea.
***
Andrés se acercó a la chica del uniforme y, casi en voz baja, dijo:
—Solo queremos entrar a ver cómo es.
—Ningún problema —respondió ella con una sonrisa ladeada—. Mientras vengáis en pareja, sois bienvenidos.
La siguieron por un pasillo alfombrado, con luces azuladas que parecían flotar sobre las paredes. El interior no era tan sórdido como Andrés había imaginado. Más íntimo que provocador, más elegante que vulgar. En la barra pidieron algo: Camila un vino blanco, él una copa que después no recordaría. La chica volvió a aparecer y, con un gesto sutil, los invitó a seguirla.
—Si os gusta mirar, venid conmigo.
—¿Y si no queremos hacer nada? —preguntó Camila, más curiosa que incómoda.
—No pasa nada. A unos les gusta mirar, a otros que los miren. Aquí nadie obliga a nada —explicó la chica, y antes de abrir la puerta les recordó las normas: respeto, consentimiento, libertad. Su voz era tan dulce que generaba una calma extraña.
Camila sentía el pulso desbocado, como si alguien le golpeara el pecho desde dentro. Le sudaban las palmas, le temblaban las rodillas. Justo antes de cruzar el umbral, Andrés le tomó la mano y entrelazó los dedos, como quien busca un ancla antes de tirarse al agua.
La sala no era grande. Se parecía al salón de un piso moderno, con esa misma luz azulada que lo bañaba todo, como si estuvieran dentro de un acuario. El techo era casi por completo un espejo enorme que devolvía el reflejo de los cuerpos. Sillones negros rodeaban la estancia, con cojines rojos que ofrecían el único calor del cuadro. Había tres parejas repartidas como piezas en un tablero, copa en mano, los ojos atentos. Cuando ellos entraron, todas las miradas se giraron. Ninguna era descarada, pero todas tenían algo de examen.
Camila eligió el sillón más alejado, como si quisiera poner metros entre ella y un peligro escondido. Andrés se sentó a su lado y dio un trago largo, buscando en el alcohol un atrevimiento que aún no encontraba dentro de sí.
—No os preocupéis, ahora vuelvo —dijo la chica del uniforme antes de guiñarles un ojo y desaparecer.
Se quedaron solos, encogidos, fingiendo una naturalidad que el cuerpo desmentía. La rigidez, los gestos contenidos, la mirada huidiza: todo delataba lo que eran, dos principiantes que habían cruzado una puerta más grande de lo que creían.
—Buenas noches, chicos. ¿Primera vez? —preguntó un hombre de voz grave y tono amable.
—Sí… buenas noches —respondió Andrés, consciente de que mentir no tenía sentido.
***
El primero en acercarse fue un tipo de unos treinta y tantos, el pelo recogido en una coleta alta y esa seguridad tranquila de quien conoce las reglas. A su lado, una mujer morena bebía en silencio. Camila no pudo evitar fijarse en sus pechos, grandes y firmes, apenas contenidos por una americana entallada que parecía hecha para no dejar a nadie indiferente.
Camila llevó la mano de Andrés hasta su pecho.
—Creo que el corazón se me va a salir —susurró.
—Tranquila —sonrió él, sin soltarla—. Solo vamos a mirar.
Pero ninguno de los dos creía ya del todo en esa frase.
La pareja de la izquierda empezó, sin disimulo, a besarse y a desnudarse, como si una señal muda les hubiera dado salida. El chico, de cuerpo delgado y definido, se levantó y fue a sentarse justo enfrente de ellos. La chica lo siguió: una rubia menuda, de piel muy blanca y pechos breves, con una minifalda vaquera y unas botas altas. Andrés no pudo evitar compararla con la morena del escote generoso. Dos cuerpos opuestos, uno rotundo y otro frágil, exhibidos a un palmo de su cara.
—Solo vamos a mirar —repitió él en voz baja. No sabía si lo decía por ella o para calmarse a sí mismo.
El hombre de la coleta se recostó con gesto indolente y la morena se arrodilló frente a él, acariciándolo despacio, disfrutando de saberse observada. Mientras lo hacía, su mirada se cruzó con la de Andrés y no se apartó. Al otro lado, la rubia hacía lo mismo con su pareja, con un ritmo pausado, casi hipnótico. Camila volvió a cubrirse la cara, esta vez sonriendo, con las mejillas encendidas.
—¿Por qué no os sentáis aquí? —dijo entonces el de la coleta, señalando el hueco entre las dos parejas—. Tenéis mejor vista.
—Estamos bien aquí, gracias —contestó Andrés.
—No mordemos… salvo que queráis —añadió el hombre, con una sonrisa que no pedía permiso.
Camila negó con la cabeza, riendo, como si esa pequeña risa fuera su única defensa contra el vértigo. Pero el de la coleta, poco acostumbrado a oír un «no», se levantó con su erección marcando el paso, le tomó la mano con una dulzura desconcertante y la condujo hasta el hueco libre. La depositó allí como a una invitada de honor. Andrés no lo pensó: la siguió y se sentó pegado a ella. Ahora estaban demasiado cerca de todo. La temperatura había subido, y no por el termostato.
***
Las dos mujeres detuvieron sus movimientos a la vez y, sin necesidad de señales, comenzaron a felarlos como en una coreografía ensayada, sin dejar de mirar a la pareja nueva, sabedoras de que eso los perturbaba. Camila se tapó la boca; la risa nerviosa se había vuelto su única válvula de escape. Se pegó a Andrés buscando una zona segura que ya no existía.
—Solo mirar, ¿recuerdas? —le susurró él al oído.
La morena del escote cambió de postura, se recostó en el sofá con la naturalidad de una actriz y abrió las piernas para que su compañero hundiera el rostro entre ellas. Gimió sin pudor. Y entonces, con un descaro estudiado, estiró la mano y la dejó caer sobre la entrepierna de Andrés. Él se sobresaltó. Intentó apartarla, pero sin verdadera convicción, como si su cuerpo aún no estuviera de acuerdo con su cabeza.
En el sillón contiguo, el chico fibroso se incorporó y dejó su erección peligrosamente cerca del rostro de Camila. Ella giró la cabeza hacia Andrés buscando consuelo, y fue cuando vio la mano de la morena sobre la entrepierna de su novio. Se miraron un instante, el suficiente para que la incomodidad se hiciera carne. Y justo ahí sintió otra caricia inesperada subiéndole por el pecho: la rubia, descarada, le había rozado un seno. Camila reaccionó como si la hubieran pinchado y apartó la mano de golpe, escandalizada.
Sin saber bien en qué momento, todo se estaba desbordando. Y lo peor no era el caos que los rodeaba, sino que ninguno de los dos parecía capaz de detenerlo. El deseo había irrumpido como una ola y estaba a punto de pasarles por encima.
—Tócala, te va a gustar —ronroneó la rubia, ofreciéndole a Camila el sexo erecto de su chico.
—No… solo a mirar —respondió ella con un hilo de voz. Pero ya nadie parecía dispuesto a escucharla.
Mientras tanto, la morena del escote había liberado la cremallera del pantalón de Andrés y, al encontrar lo que buscaba, lo acariciaba con destreza. Él no la detuvo. Cerró los ojos, entregado a esa sensación prohibida, sin saber ya si resistirse o disfrutar.
***
De pronto reapareció la chica del uniforme, como si no hubiera pasado nada. Se acercó a Andrés, le quitó la camiseta con un movimiento fluido y luego fue a por Camila, pero ella, todavía con fuerzas, le sujetó el top y se lo impidió. El de la coleta, consciente de su papel en aquella escena, se levantó y se sentó justo en medio de los dos. Sin pedir permiso. Como el lobo que separa de la manada al miembro más vulnerable, dejó a Camila sin su último refugio. Él a su derecha, Andrés a su izquierda, aislados.
El hombre rodeó la espalda de Camila y le desabrochó el sujetador con dedos hábiles. El encaje cayó al suelo con un susurro, discreto como el escalofrío que ya recorría la piel de ella. Sus senos breves, pálidos, quedaron expuestos. La vergüenza la alcanzó en forma de respiración entrecortada. Y, sin embargo, no se levantó. No huyó. Se quedó allí, como si su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle.
—¿Estás bien? —Andrés extendió la mano y le rozó el brazo.
Pero el de la coleta se giró y, con un gesto seco, lo mantuvo en su sitio.
—Tú, a lo tuyo.
En cuestión de segundos, la falda y la ropa interior de Camila se sumaron al sujetador sobre la mesa, depositadas como trofeos de caza. Ella cerró las piernas, encogida, con la piel erizada y las emociones desbordadas, atrapada en un sueño húmedo que ya no podía controlar. A menos de un metro, Andrés intentaba captar su mirada. Quería saber si seguía siendo ella, si debía intervenir, si aún podía salvarla… o si simplemente debía dejarse llevar.
—Solo vinimos a mirar… —dijo él, por última vez.
—Ella lo está pasando bien. Relájate tú también —susurró la chica del uniforme, con una voz hecha de miel y anestesia.
***
El de la coleta abrió las piernas de Camila como las hojas de un libro y posó los dedos en su centro. Al sentir la invasión, ella cerró los ojos y se estremeció con un respingo casi imperceptible. Por dentro algo se rompía, o se encendía. O las dos cosas a la vez.
Andrés no podía dejar de mirarla. En realidad, todos la miraban. Era ella, con su timidez conmovedora y su resistencia frágil, el centro exacto de todos los deseos. Y entonces sintió celos. Una punzada aguda, absurda, como si despertara dentro de una escena que él mismo había permitido y que ahora resultaba dolorosa. Quiso tenderle la mano una vez más, pero el de la coleta lo cortó con autoridad.
—Tú, a tu sitio.
El chico fibroso se subió al sofá y acercó su sexo a la boca de Camila. Ella resistió un instante, negando con pequeños gestos, una risa tímida escapándose entre los labios. Pero al fin cedió y lo tomó en la boca, despacio, con la mirada perdida. La rubia menuda le lamía un pecho con una dedicación casi ritual. El de la coleta, mientras tanto, le alzó la barbilla.
—Quiero que me mires.
Ella abrió los ojos. En ellos había miedo, ternura y algo más que ni siquiera sabía nombrar. La recostó con cuidado, le separó las piernas y se hundió en ella sin estridencias. Camila lo recibió sin gritos: solo su rostro se congestionó y un gemido casi ahogado escapó de sus labios. Mientras tanto, su mano apretaba con fuerza la de Andrés, que observaba con una punzada clavándose más hondo a cada embestida.
***
El de la coleta sujetó sus rodillas y las empujó hacia delante para ganar profundidad. Camila arqueó la espalda y empezó a jadear al ritmo de las acometidas.
—Ah, ah, ah… —cada sonido resonaba en la sala, denso y húmedo.
Andrés se había levantado, y la morena del escote lo recibía con la boca como quien saborea un manjar, recorriéndolo con la lengua sin prisa, mientras la rubia lo cubría por detrás con caricias lentas. Él no quería mirar a Camila; ser testigo de aquello era demasiado doloroso. Pero, como un adicto que necesita su dosis, no podía apartar los ojos de ella, atrapado en la intensidad de sentimientos opuestos.
Y entonces, en el centro de la sala, se escuchó algo que más que súplica parecía una orden.
—¡Más fuerte! —exigió Camila, clavando las uñas en las nalgas del desconocido y empujándolo hacia sí.
Aquello los precipitó a todos hacia el abismo. Las embestidas se intensificaron, los músculos del hombre se tensaban cada vez que se hundía en ella, y Camila solo era capaz de cerrar los ojos y entregarse. Un gruñido profundo rompió el aire cuando el chico fibroso alcanzó el clímax en la boca de la morena. Y, segundos después, el de la coleta salió de Camila y se derramó sobre su vientre y su pecho entre jadeos, marcándola como a una presa recién cobrada.
***
La magia de la noche se desvaneció de golpe. Todo lo que parecía un sueño irreal era ahora una certeza. Camila habría dado cualquier cosa por que hubiera sido una mentira deliciosa que contarse a sí misma. Pero la verdad era que había estado con otro hombre, y lo había hecho delante de la persona que más quería. ¿De verdad había sido yo?, pensó. La culpa empezó a golpearle el pecho como un martillo.
Armándose de valor, abrió los ojos decidida a enfrentarse a la mirada de Andrés. Pero cuando por fin lo buscó, él ya salía por la puerta, a medio vestir, con paso apresurado. Antes de desaparecer giró el rostro, y sus miradas se encontraron una última vez. Fue entonces cuando ella vio que estaba llorando, y supo que algo, esa noche, se había roto entre ellos para siempre.