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Relatos Ardientes

Descubrí el secreto de mi amiga en aquel club

Ilustración del relato erótico: Descubrí el secreto de mi amiga en aquel club

Mentiría si dijera que Noelia fue el gran amor de mi infancia. Es cierto que en plena adolescencia me aliviaba a solas pensando en ella, pero no más que en cualquier otra de las chicas de la pandilla. A esas edades los juegos dejan de ser inocentes, y los roces, los abrazos demasiado largos y las miradas furtivas a los escotes recién estrenados tenían consecuencias evidentes en ciertas partes de nuestros cuerpos. Tarde o temprano, no quedaba más remedio que desahogarse a escondidas, fuera en la ducha o en la penumbra del cuarto.

Como vivíamos en un pueblo chico, nos juntábamos por edades, y por eso entablamos una amistad cordial desde muy críos. No voy a presumir de nada: nunca tuve ocasión de ir más lejos con ella. En cuanto las hormonas empezaron a hacer de las suyas, aquella morena menuda, de melena lisa y oscura y ojos serenos, se emparejó con Adrián, otro chaval del grupo, simpático y divertido, de los que caían bien a todo el mundo. Siguen juntos desde los quince y tienen un hijo. Me alegro por ellos, de verdad.

Ninguno de los dos fuimos buenos estudiantes. A ella le tiraba más la calle, los cigarrillos a escondidas y faltar a clase que los libros. Al terminar la primaria se metió en una academia de peluquería en la capital, volvió al pueblo y se puso a trabajar de aprendiza con una jefa que la explotaba sin piedad. Gracias a su buena mano pronto se independizó y montó una peluquería coqueta que todavía regenta con éxito.

Yo tampoco era ninguna lumbrera, más bien lo contrario. Anduve dando tumbos, empezando estudios que jamás terminaba, hasta que un conocido de mi padre le sugirió que me dedicara al transporte. La idea me pareció estupenda: cualquier cosa con tal de no aguantar los reproches de mi viejo. Al cumplir los treinta, harto de dormir en la cabina del camión, decidí cambiar de vida. Me casé con Larisa, una camarera de carácter difícil y un cuerpo que quitaba el aliento, y acepté un puesto de conductor de autobús en la línea que une mi pueblo con la capital de provincia. Monótono, sí, pero me daba de comer. Larisa duró poco: acostumbrada a la ciudad, se ahogaba en un sitio tan pequeño y voló del nido.

Mi trabajo era tan emocionante como mirar crecer la hierba: la misma ruta, las mismas curvas, los mismos baches un día tras otro. Para romper la rutina inventaba mil tonterías, y una de ellas era un juego de adivinanzas conmigo mismo. El reto consistía en deducir el motivo del viaje de cada pasajero. Una idiotez, lo sé, pero me ayudaba a no perder la cabeza de aburrimiento.

Con un poco de experiencia era sencillo acertar. Los lunes el autobús se llenaba de estudiantes somnolientos que regresaban los viernes con cara de resaca. Los ancianos de las primeras filas iban al hospital por mil dolencias. Doña Remedios, mi vecina, cruzaba a diario para cuidar de sus nietos. Los migrantes iban y venían buscando trabajo. A casi todos los tenía calados.

Lo de Noelia, en cambio, me desconcertaba. Por más vueltas que le daba, no le encontraba sentido. Un lunes sí y otro no, mi amiga, maquillada y peinada como mandaba su oficio, tomaba el autobús de las nueve y volvía en el de las cinco con el mismo aspecto impecable y esa sonrisa dulce, serena y un punto melancólica que siempre le adornaba la cara. No me cuadraba que, trabajando su marido en una gestoría de la capital, no la acompañara nunca, ni a la ida ni a la vuelta.

Volvía tal y como iba: sin bolsas, sin compras, sin nada. Solo llevaba un bolsito de mano parecido a un neceser. Lo más fácil habría sido preguntarle directamente, pero quien me conoce sabe que soy un hombre discreto. Lo pasé muy mal con los chismes que se inventaron sobre mi divorcio, y no estaba dispuesto a alimentar la rueda hablando de la vida de los demás.

***

Una de las pegas de mi trabajo son las horas muertas entre la ida y la vuelta. Las aprovecho para hacer recados a la gente del pueblo a cambio de unas monedas, o por pura cortesía. Y precisamente haciendo uno de esos encargos me topé con Noelia uno de aquellos lunes, en la zona más bohemia de la ciudad. Juro que no la seguí: la vi de lejos, saliendo de lo que parecía un bar, y me acerqué con la idea de invitarla a un café antes de la estación. Con el bullicio de la calle no me oyó, se metió en un taxi sin girarse y desapareció.

Me quedé contrariado, hasta que reparé en el local del que había salido. La Madriguera. Conocía su existencia: no había semana en que no apareciera algún panfleto bajo el limpiaparabrisas del autobús. Era un local de copas los fines de semana, con espectáculos para adultos el resto de los días. Lo que no entendía era qué hacía allí mi amiga un lunes de primavera a media tarde.

Me acerqué al cartel de la entrada y leí, cada vez más confundido:

«LA MADRIGUERA. Fiestas de diez a diez, cien por cien amateur. Lunes: swingers. Martes: BDSM. Miércoles: intercambio de parejas. Jueves: bisexual. Viernes: cosplay. Todos los días: zona voyeur».

—¿Fiesta swinger? —murmuré para mí.

Sabía perfectamente qué significaba aquello: hombres y mujeres teniendo sexo con desconocidos sin más compromiso. Pero me negaba a creer lo evidente respecto a Noelia. Era imposible, no iba con su forma de ser. De regreso a la estación me convencí de una explicación más decente: seguro que ofrecía sus servicios de peluquera a los participantes, para que recompusieran su aspecto tras la juerga y volvieran a casa sin levantar sospechas. Algo cogido por los pelos, pero me dejó dormir tranquilo.

Tenía dos semanas hasta su siguiente viaje, pero al día siguiente ya estaba yo en la puerta del local. Soy retraído y esa clase de sitios me incomodan, pero el morbo pudo conmigo por una vez.

***

La chica de la taquilla, además de guapa, era de lo más habladora. A las diez y media de la mañana no tenía clientela, así que se lanzó a explicarme cómo funcionaba todo. La dejé recitar sin interrumpir, cuidando de no clavar la mirada en su escote.

—¿Y para qué hace falta aquí una peluquera? —solté cuando vi una pausa.

—¿Peluquera? —se rio como si le hablara en otro idioma—. Aquí no hay ninguna. Cada uno se ducha y listo. Aunque, mira, no es mala idea. Se la propondré al jefe. No te imaginas la de casadas que vienen por las mañanas; un retoque antes de recoger a los niños del colegio les vendría de lujo.

Mi teoría más sólida se hizo añicos en un segundo.

—¿Y lo de la zona voyeur? —pregunté, cambiando de tema—. Lo de las cabinas.

La chica torció el gesto, como si el asunto le aburriera.

—Ah, eso es para raritos. Gente que prefiere mirar a participar. Son unas cabinas que rodean la sala principal, con cristales por los que ven sin ser vistos. Algunos van solo a mirar y babear. Yo lo encuentro patético, pero cada uno con lo suyo. Y mira que es caro: cobramos más por mirar que por participar. Hay incluso abonados a determinados días para no perderse a ciertas chicas.

—¿Ciertas chicas? —pregunté, fingiendo desinterés.

—Las habituales. Hay alguna que, cuando viene, el local se llena, sea la hora que sea. El jefe les hace la vista gorda en la entrada y todo. No por jóvenes, ojo: aquí se valora otra cosa. Mujeres con aguante, que le pongan ganas, que no se corten con quién les toca.

—Como ayer —dejé caer.

—¡Exacto! Oye, ¿tú cómo lo sabes?

Me acaricié la barba de tres días y desvié la conversación antes de meter más la pata. Me marché con más dudas que certezas, pero con una idea cada vez más nítida.

***

El fin de semana siguiente quedamos con la pandilla y Noelia se portó como siempre: amable y distante a la vez. No supe cómo mirarla. La presencia de Adrián tampoco ayudaba; mi mala conciencia no me dejaba relajarme. Pensé en contárselo a mi amigo, pero ¿qué iba a decirle si en realidad no sabía nada a ciencia cierta? Opté por mi vieja discreción. Uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.

Cuando por fin llegó el lunes señalado, cuidé mi aspecto más de lo habitual. Hasta estrené ropa interior, aunque suene ridículo. Noelia subió al autobús preciosa, con un pantalón corto rosa pálido, una blusa blanca y unas sandalias que dejaban ver las uñas de los pies pintadas de un tono pastel. Los pies femeninos son mi debilidad confesa, y los suyos siempre lucían perfectos. Parecía una adolescente mirando por la ventanilla, distraída.

—Nos vemos, Bruno —me dijo al bajar.

—Has… hasta luego —balbuceé como un quinceañero, con los ojos clavados en su espalda.

Me costó despachar un par de encargos, pero a las once y media estaba frente a La Madriguera, con las manos sudorosas y un cosquilleo en la entrepierna. La de la taquilla me reconoció y sonrió al verme aparecer con los billetes que costaba la entrada, un precio escandaloso que incluía aperitivos y una copa de cava.

—Al final te decidiste —dijo.

—Sí, así es. ¿Hay… hay chicas?

—De momento solo una, pero con ella lo vas a pasar genial. Es de las mejores habituales. Llegas a buena hora, todavía está fresca. Cuando las oficinas cierren, esto se llena de hombres haciendo cola. Una auténtica fiera, aunque tenga cara de no haber roto un plato.

—¿Y cómo es? ¿Tiene el pelo…?

La sonrisa se le borró de golpe.

—No podemos hablar de los clientes, lo siento. El jefe es muy estricto. Solo te digo que no te arrepentirás. Ah, deja el móvil en la taquilla del vestuario o te echan a patadas. Nada de cámaras.

***

El interior era pura ambientación gótica: oscuro, recargado, casi fantasmagórico con tan poca luz y tan poca gente. La pista de baile estaba desierta y solo un camarero secaba vasos en la barra. Un guardia con cara de pocos amigos me señaló el camino, me cacheó por si llevaba cámara y, tras hacerme ponerme un albornoz del local en el vestuario, me franqueó la entrada a la sala caliente.

La estancia era octogonal, con espejos colgados de las paredes. Comprendí que eran cristales tras los que se ocultaban las cabinas voyeur: una luz roja encima indicaba que estaban vacías; una verde, ocupadas. En el centro reinaba una enorme cama circular, curiosamente vacía. La música de ambiente se quebraba con jadeos masculinos y gemidos ahogados de mujer. La fiesta había empezado.

No había mucha gente a aquella hora. Distinguí a cuatro hombres alrededor de lo que de lejos parecía una camilla, junto a una de las cabinas. Me acerqué amparado en la penumbra y vi que no era una camilla cualquiera, sino una especie de mesa forrada de cuero negro, con soportes elevados para las piernas. Sobre ella, una mujer abierta de par en par, y entre sus muslos un tipo corpulento y sudoroso embistiendo sin descanso, tapándome la vista del resto de ella. Ninguno de los cuatro era ningún figurín: hombres corrientes, gente de la calle, gente como yo.

Fijé la mirada en los pies de la mujer y se me secó la boca: las uñas pintadas del mismo tono pastel que las de aquella mañana. El corazón me empezó a golpear. Cuando el gordo terminó con un bramido y se apartó, busqué su rostro, pero lo tenía pegado a la entrepierna de otro hombre, que la sujetaba de la nuca con sus dos manazas. En el recorrido de mi mirada encontré la segunda señal: una pequeña cicatriz en el costado derecho del vientre, recuerdo de la apendicitis que Noelia había sufrido de niña. Y junto al pecho, la tercera: un lunar discreto que yo solo había visto las pocas veces que se animaba con algo escotado en verano.

Ya no quedaban dudas. Mi amiga de la infancia, madre entregada y esposa en teoría fiel de uno de mis mejores amigos, estaba allí, ofreciendo su boca a un desconocido mientras otro esperaba turno.

***

Por un momento me abstraje de todo, de los hombres, de los cuerpos, y me concentré solo en su cara. Se la veía relajada, desinhibida, disfrutando. Feliz, esa es la palabra exacta. Jamás la había visto disfrutar así, no desde que era una niña. En las reuniones del pueblo siempre irradiaba calma, amabilidad, pero también cierto poso de melancolía, como si fuera una persona incompleta, siempre un paso por detrás de Adrián, que era el alma de las fiestas a fuerza de beber de más. A veces se quedaba con la mirada perdida, lejos de allí, y yo, fiel a mi discreción, prefería observarla en silencio sin romper la magia.

Pero ahí, sobre la camilla, bajo los focos, con la cara salpicada y una verga tras otra, no había rastro de aquella tristeza. Estaba cómoda, participativa, dueña de la situación. Reconozco que en ese instante me quedé prendado de ella, fascinado por descubrir su verdadera naturaleza, ardiente y desbocada como ninguna.

Uno de los hombres me cedió el turno con un gesto. Negué con la cabeza: necesitaba procesar lo que veía. Pero cuando el flacucho que la penetraba se retiró sin terminar, supe que ya no había excusa. Mis remordimientos se apartaron a un lado y mi cuerpo tomó el mando. Me coloqué sobre ella, le acaricié los muslos, le rocé los pechos, y entré de una sola vez. Su sexo estaba tan caliente y dispuesto que apenas hubo resistencia, solo calor, mucho calor.

—Tranquilo, hombre —me dijo el más veterano del grupo—. ¿Primera vez aquí? Despacio, que esta dama no se va a ningún lado. Podrás repetir.

No le hice caso. Para acallar mi conciencia me decía que la castigaba por engañar a mi amigo, pero era mentira: me la tiraba porque verla me había encendido como nunca, porque su cuerpo había sido siempre terreno prohibido, porque le tenía ganas desde adolescente. Ella dejó de mamar y entonces me descubrió. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos bajo los focos. Era imposible que no me reconociera, pero nada en su cara delató al resto de los presentes que nos conocíamos.

Aquella indiferencia me picó y embestí más fuerte. Quería que jamás olvidara ese momento. Y ella, en lugar de incomodarse, me demostró que estaba muy por encima de mí: esbozó una sonrisa casi imperceptible, cerró los ojos y me agarró de las caderas, invitándome a entrar hasta lo más hondo. Sentir sus manos sobre mi piel me volvió loco. Le di tan rápido y tan fuerte que la camilla se desplazó varios palmos antes de que me corriera en lo más profundo de la mujer de uno de mis mejores amigos, rodeado de desconocidos que aguardaban su turno.

***

Una vez saciado, me retiré a un rincón discreto a recuperar el aliento. Ella siguió con su tarea, acogiendo entre las piernas a cuantos hombres iban entrando. Dejé de contar amantes cuando llegué a la docena.

Hacia el mediodía entró un grupo con varias mujeres, y los ánimos se calmaron. Noelia se dio un respiro, se envolvió en el albornoz y se puso a charlar con una pareja joven mientras miraba follar a los demás. A mí no me hizo el menor caso, como si fuera un extraño, como si no existiera.

Confieso que la fiesta me sorprendió. Influido por el porno, esperaba algo frenético y salvaje, y nada más lejos. Salvo Noelia, que prefería la camilla junto a las cabinas, el sexo transcurría en la cama central de forma pausada, casi tranquila. Gente normal, de la calle: oficinistas, repartidores, dependientas, amas de casa. Allí se iba a disfrutar, no a fingir ni a demostrar nada, y eso me gustó.

De pronto el semblante de Noelia cambió. La luz de la cabina más cercana a su camilla había pasado de rojo a verde: un mirón acababa de ocuparla. Apuró su copa, se quitó el albornoz mostrando de nuevo su desnudez y buscó entre el grupo a un chaval nervioso que antes la había manoseado sin permiso. Lo llevó de la mano frente al cristal, justo delante de la lucecita verde, y se arrodilló. Le apartó el pelo de la cara y se lo metió en la boca poco a poco, hasta el fondo, sin asco ni prisa, consciente del público invisible que la observaba al otro lado del espejo.

Descubrí que tenía la misma soltura con la boca que con las tijeras y el secador. Su timidez habitual brillaba por su ausencia: segura, delicada, casi cariñosa, como una novia primeriza pero con muchísima más experiencia. Cuando el muchacho terminó, ella aguantó impasible, con los labios sellados, la mirada fija en el cristal oscuro tras el que se escondía el voyeur. Hubo quien aplaudió. Halagada, sonrió antes de tragar y un hilo se le escapó por la comisura; lo recogió con el dedo y se lo llevó a la boca con una naturalidad pasmosa.

Después se sentó en la camilla, meciendo los pies como una niña en el banco de un parque, y empezó a señalar a los presentes con el dedo, iniciando un juego cuyas reglas yo no conocía.

—¿Qué pasa? —le pregunté en voz baja al que tenía al lado.

—Está eligiendo quién será el primero —respondió—. Ya lo verás, es espectacular. Acércate, que te vea. Igual hoy eres el afortunado.

Casi sin darme cuenta me puse bajo uno de los focos. Su dedo iba y venía, ignorándome una y otra vez, hasta que, para mi sorpresa, terminó señalándome a mí. Me costó reaccionar; tuvo que ser mi nuevo conocido quien me diera un empujón.

—¡Venga, campeón! A pasarlo bien.

Pasé algo de vergüenza, no estoy acostumbrado a ser el centro de las miradas. Ella, en cambio, parecía en su salsa, desnuda ante todos. Mientras me acercaba no me dedicó ni un guiño cómplice: actuó como si yo fuera un perfecto desconocido, pese a que sabíamos de sobra quiénes éramos el uno para el otro. Y precisamente esa distancia, ese silencio compartido entre dos personas que se conocen de toda la vida, fue lo más excitante de todo.

***

De aquello hace ya un tiempo. La magia, en cierto modo, se ha roto. El ir y venir de Noelia desde el pueblo a la ciudad ya no es un misterio para mí. Sé exactamente en qué invierte cada minuto que pasa allí. Y, más aún, soy yo uno de los que disfrutan de su compañía hasta que el cuerpo no da más de sí, sin que ninguno de los dos diga jamás una palabra sobre ello en el pueblo.

El juego de las adivinanzas con ella ya no tiene ningún sentido. Pero, en realidad, eso da igual.

Nunca fue más que una tontería para matar el tiempo.

Una bobada como otra cualquiera.

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Comentarios (4)

MauroV88

Que bueno!!! no esperaba ese giro para nada, me dejo pensando todo el dia

Pamela_Ctba

tremendo. lo lei de un tiron sin poder parar

Rafa_Cba

Me hizo acordar a algo que me paso hace unos años, esas sorpresas que te da la vida... Muy bien narrado, se siente autentico

LectorNocturno_22

el gancho del comienzo es perfecto, de las primeras lineas ya sabes que va a ser bueno. Sigue subiendo relatos!

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