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Relatos Ardientes

El juego con los tres obreros se nos fue de las manos

Ilustración del relato erótico: El juego con los tres obreros se nos fue de las manos

Para entonces, Hugo y yo ya no le poníamos límites a casi nada. Habíamos vivido tantas historias, la mayoría conmigo de protagonista, que provocar situaciones se nos había vuelto una costumbre. Los dos disfrutábamos con lo mismo, y la vergüenza del principio había desaparecido hacía tiempo. De todas esas travesuras, esta es de las que más recuerdo, quizá porque fue una sorpresa que no vi venir.

Sucedió una tarde calurosa de julio, en una casa alquilada en Conil de la Frontera, en Cádiz. Era un chalet de planta baja, con jardín, piscina y un salón enorme casi vacío. La única pega era que, al llegar, encontramos casi una veintena de baldosas despegadas en el suelo. Como apenas usábamos esa estancia, no dijimos nada en la agencia.

Aquella tarde yo estaba tumbada al sol en el jardín, solo con la braguita del biquini, mientras Hugo, extrañamente, había preferido quedarse en la cama con el portátil viendo no sé qué etapa de ciclismo. Me pareció raro, porque a él el deporte le da igual, pero no le di importancia.

Estaba bocabajo cuando dos golpes en la puerta metálica del muro me sacaron del letargo. Volvieron a sonar, más fuertes, y entendí que alguien llamaba. ¿Quién podía ser, si allí no conocíamos a nadie? Justo cuando me ponía en pie para buscar algo de ropa, la puerta se abrió desde fuera y asomó un hombre maduro, rondaría los cincuenta, pero muy bien llevados. Moreno, de figura firme, con la piel curtida por el sol, una camiseta de tirantes ajustada al torso y unos vaqueros apretados.

Se quedó tan atónito como yo al verme allí plantada, casi desnuda.

—Perdón —dijo sin atreverse a entrar, con un acento andaluz muy marcado—. Pensé que no había nadie.

Cogí una camiseta de playa blanca que tenía en la mesa del porche y me la puse de espaldas a él. Era una de esas prendas abiertas por los lados que apenas tapan nada, pero al menos me dio el valor para encararlo.

—¿Quién eres tú? ¿Y por qué has entrado así? —le pregunté desafiante.

—¿No le han avisado de la agencia? Habíamos quedado en venir hoy a arreglar el suelo del salón —explicó, girándose hacia una furgoneta donde otros dos chicos sacaban herramientas—. Es hoy o ya no podrá ser hasta septiembre. Serán dos o tres horas, usted puede seguir tomando el sol.

Me resistía. ¿Cómo iba a tomar el sol con tres desconocidos picando dentro de casa?

—Espera aquí un momento, por favor. Voy a hablar con mi pareja.

Mientras me alejaba, noté cómo sus ojos se clavaban en mi espalda.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hugo al verme entrar contrariada. Estaba sentado en la cama, con el portátil sobre las piernas y la ventana abierta de par en par.

—Unos albañiles. Dicen que vienen a reparar el suelo del salón. ¿A ti te habían avisado en la agencia?

—No, nada. —Se quedó callado, mirando hacia la puerta. Después apartó el ordenador—. ¿Aún están en la calle? ¿Y son guapos?

—¿Cómo? —No entendí la pregunta.

—Ven —me dijo, sentándose en el borde de la cama. Abrió las piernas, metió las manos bajo mi camiseta, me cogió el trasero y me atrajo hacia él—. ¿Por qué no jugamos un poco? Diles que me llamaste por teléfono, que yo sabía que venían pero se me olvidó, y que me he ido a pescar. Yo me quedo aquí encerrado, y de vez en cuando entras y me cuentas cómo va.

Subió una mano hasta el pecho y me lo apretó. La idea de la incitación, de la infidelidad fingida, me excitaba demasiado.

—De acuerdo. Pero si alguno se pasa, te llamo. No los conocemos de nada.

—¿Chica, estás ahí? —se escuchó de pronto desde el porche—. ¡Hola!

—¡Sí, ya voy! —grité, nerviosa.

Salí y cerré la puerta. El hombre miraba hacia el interior; los otros dos, un paso atrás, cargaban con los bártulos.

—Perdonad, me ha costado hablar con mi chico. Ha ido a pescar y no me cogía el teléfono. Sabía que ibais a venir, pero no se acordaba del día.

—Ah, mejor. ¿Podemos pasar ya?

—Sí, claro, pasad.

Entró sonriente y detrás los dos chicos. Eran jóvenes, no pasarían de los veinticinco, morenos y muy guapos. Uno llevaba una barbita corta muy arreglada; el otro, una camiseta roja descolorida. Pero el más atractivo seguía siendo el mayor: ojos de un azul penetrante, dientes blancos, dos hoyuelos al sonreír y una figura claramente trabajada.

Me quedé junto a la puerta de la cocina, observándolos. El salón era amplio, pero no tanto como para que cuatro personas se movieran sin rozarse.

—Puedes esperar fuera si quieres —me ofreció el mayor. Había dejado de tratarme de usted.

—No importa. Me gusta ver cómo trabajáis. Y si necesitáis algo, puedo ayudaros —sonreí.

—Como veas. Rubén, Iván, coged el sofá y apartadlo hacia allá.

Sobre el sofá había unas toallas y un par de camisetas. Me pareció el momento ideal para empezar el juego.

—Esperad, que os quito eso.

Me puse frente al sofá, entre los dos chicos, y me incliné muy despacio a recoger la ropa. La camiseta se separó tanto como permitían los tirantes, y los dos fueron espectadores de primera fila de mis pechos a la vista. Aguanté así casi un minuto, fingiendo recoger cada prenda. Cuando me erguí, me miraban embobados.

—Ya —les dije sin perder la sonrisa.

Movieron el sofá con torpeza, sin dejar de mirarme. Después fueron al centro de la sala, justo donde yo estaba con la ropa en los brazos, y antes de que pudiera apartarme sentí la mano del mayor colarse bajo mi camiseta y posarse en mi cintura, por la espalda. Me sobresalté.

—Mejor apártate un poco, guapa, no vayas a hacerte daño aquí en medio —me dijo sin dejar de tocarme.

—Uy, sí, perdón —respondí haciéndome la despistada, sin moverme demasiado—. Voy a dejar esto al dormitorio.

—¿Qué tal? —susurró Hugo cuando entré.

—Mal. Me siento un poco ridícula. Nunca habíamos hecho esto sin tomar unas copas antes.

—¿No te gustan? ¿Son feos?

—Qué va, están bastante bien, sobre todo el jefe.

—Joder, pues tú estás buenísima. Seguro que solo con pasearte los has puesto como motos. —Metió un brazo entre la camiseta y mis pechos. Con el otro alcanzó la braguita del biquini, la apartó y empezó a frotarme—. Esto es lo que haría uno solo, y son tres los que están ahí fuera.

Se puso detrás de mí. Yo seguía inclinada, apoyada en la cama. Me bajó la braguita hasta los tobillos, me frotó de nuevo —estaba empapada— y, sin avisar, me penetró con fuerza. Se me escapó un gemido que intenté ahogar.

—¿Así es como me la iban a meter? —jadeé—. Me encanta.

Me folló con ímpetu un buen rato y, justo cuando más arriba estábamos, paró en seco.

—¿Por qué paras? —pregunté girando la cabeza.

—Ya está bien por ahora —respondió, recogiendo el bañador—. Ahora es cuando tienes que volver ahí afuera con esos. Y sal así, sin braguita.

—Joder, Hugo, estoy chorreando. A poco que levante los hombros, se me ve todo.

—Eso es justo lo que me gusta, que flipen contigo. Sal, te paseas un rato y luego me lo cuentas.

Me temblaban las rodillas, pero me apetecía demasiado salir así y ponerme delante de ellos, sabiendo que Hugo esperaba al otro lado de la pared.

—Vale. Tú lo has querido.

***

Me enrosqué la camiseta hasta la cadera, me solté la melena y abrí la puerta. Los tres estaban arrodillados, en círculo, alrededor de las baldosas rotas. El mayor enfrente, retirando los restos con el torso completamente desnudo, una imagen de adonis moreno que terminó de embriagarme.

Dejaron de trabajar en cuanto notaron mi presencia. Los tres me recorrieron de arriba abajo con la mirada.

—Podéis seguir, no os preocupéis por mí —dije, caminando hacia ellos.

Rubén, el de la barba, tuvo que llevarse la mano al pantalón para recolocarse el bulto que le tensaba la tela.

—Venga, seguid trabajando —les ordenó el jefe, poniéndose en pie. Me miró directo a los ojos y me sentí intimidada.

Seguí hacia la cocina.

—¿Me dejas pasar? —le pedí en tono meloso. Él estaba justo frente a la puerta. Aguardó unos segundos, desafiante, y se apartó apenas unos centímetros, dejando un hueco por el que no cabría. Aun así me colé, y quedé atrapada entre su pecho desnudo y el marco. Mis pezones, duros como el cristal, se clavaron en su piel.

—No quepo —añadí, poniendo cara de niña buena, sujetándole por la cintura.

Él no se movió. Hasta hizo el ademán de apretarse más contra mí, debatiéndose entre la cordura y el desenfreno. Pensé que iba a follarme allí mismo delante de sus chicos. Al final ganó la prudencia y se apartó.

—Perdona —murmuró sin convicción.

Pasé a la cocina, abrí el grifo y, sabiendo que aún me miraba, me incliné con las piernas estiradas a buscar un vaso en un armario bajo, de modo que la camiseta se enganchara a mi espalda y mi trasero desnudo quedara a la vista. Aguanté la postura todo lo que pude, imaginando que se acercaba y terminaba lo que Hugo había dejado a medias. No sé cómo se contuvo.

Me giré y me apoyé en la encimera, sosteniéndole la mirada mientras bebía hasta que él se dio por vencido. Se mordió el labio, negó con la cabeza y se giró.

—Voy a la furgoneta un momento —dijo a los chicos—. Vamos a acabar pronto y a largarnos. No os entretengáis.

Me quedé sola, hecha un mar de dudas. ¿Le habría molestado? Pero no estaba dispuesta a parar, y quise convencerme de que había salido pitando solo para no follarme delante de sus empleados.

Dejé el vaso y, casi sin pensarlo, mi mano derecha se coló entre mis piernas. Empecé a masturbarme al ritmo del martilleo de fondo, con la imagen del jefe en la cabeza, tan encendida que o paraba o me corría allí sola.

Abrí los ojos y entonces los vi. Los dos chicos habían dejado las herramientas y estaban al otro lado de la puerta, contemplándome con la boca abierta.

—¿Quieres que te ayudemos? —se atrevió Rubén.

El silencio con que lo miré le dio impulso para entrar en la cocina y venir hacia mí con una expresión obscena. Pero esa tarde, sin alcohol nublándome el juicio, me acordé de pronto de Hugo. Di un paso y lo intercepté, una mano en su pecho.

—Tranquilo, torito, ¿dónde ibas? Ya oíste a tu jefe, hay que terminar el trabajo.

Por la cara que puso, creo que estuvo a punto de tirarme sobre la mesa. Y le habría dejado. Pero me aparté y, al salir, le guiñé un ojo a Iván.

***

Crucé el salón y entré en el dormitorio con el corazón a mil. Hugo estaba desnudo en la cama, empalmado. Llegué tan acelerada que ni reparé en el portátil entornado a su lado. Me arranqué la camiseta y me subí a horcajadas sobre él.

—¡Voy a morir de cachondeo! —exclamé.

—¿Qué ha pasado ahí fuera? Cuéntamelo.

—Que me he pasado tres pueblos. Deben de estar detrás de la puerta pensando en entrar a follarme.

—Hubiera pagado por ver lo que hiciste en la cocina —dijo, manoseándome los pechos—. Cuéntamelo todo.

Absorta como estaba, tardé en caer. ¿Cocina? ¿Cómo sabía Hugo que había estado en la cocina? Me paré en seco y me giré hacia la pared, buscando algún agujero.

—¿Por qué te paras? —se extrañó.

—¿Por qué sabes que estuve en la cocina?

—Eh… ¿no estuviste ahí? —Se puso nervioso.

Y entonces, por el rabillo del ojo, vi el portátil entornado al borde de la cama. Me incliné, lo abrí del todo, y en la pantalla apareció con total nitidez la imagen del salón: los dos chicos de pie, charlando, mirando hacia nuestra puerta.

—¿Qué es esto? ¿Por qué se ve el salón?

No supo qué decir. Y ahí lo entendí todo: su empeño en quedarse en casa, su calma al saber de los albañiles, la rapidez con que se le ocurrió el juego.

—Qué cabrón, lo tenías todo preparado —protesté, poniéndome en pie. Seguía cachonda, pero el enfado de sentirme engañada empezaba a ganar terreno.

—Joder, cuando te enfadas estás aún más buena —dijo—. Es solo un juego. Además, tú también te lo estabas pasando bien, ¿o no?

—Tenías que habérmelo dicho. ¿Dónde está la cámara?

—Es mi móvil. Está escondido detrás del jarrón del mueble de la entrada.

Miré a Hugo, cuya erección empezaba a derrumbarse, y decidí darle la vuelta a la tortilla. Hacerle pagar la osadía de haberme tenido engañada.

—Vale, te perdono —dije, conciliadora—. Si quieres, seguimos. Pero si jugamos, lo hacemos a mi manera.

Fui a la cómoda y saqué dos cinturones de vestir. Me senté sobre él, le llevé las manos al cabecero de forja y le até bien las muñecas, asegurándome de que no pudiera soltarse. Luego me bajé y me planté a los pies de la cama.

—Como te gusta tanto ver películas, esta vez te voy a regalar una de verdad.

Le coloqué el portátil abierto entre las piernas, con la pantalla mirándole de frente.

—Carla, ¿qué vas a hacer? ¿No pensarás salir ahí así, en pelotas? —parecía asustado.

—Tú te lo has buscado. Pero, vale, me pongo algo.

Saqué del armario unas sandalias de tacón altísimo que solo me ponía en ocasiones especiales. Me las abroché por encima de los tobillos.

—¿Qué tal así? ¿No estilizan mucho mi figura? —pregunté dando una vuelta.

—Qué hija de puta —masculló, desesperado.

—Espero que lo disfrutes. Y recuerda: es solo un juego.

***

Los dos chicos se alegraron nada más verme reaparecer, completamente desnuda salvo por los tacones. Se olvidaron del trabajo al instante.

—Me lo he pensado mejor —dije, provocativa—. Puede que necesite algo de ayuda.

De reojo confirmé que el móvil de Hugo seguía allí, de perfil, oculto tras el jarrón. Rubén dio el paso adelante: me agarró por el culo, me atrajo con fuerza y empezó a besarme con una voracidad que casi me deja sin aire.

El otro, Iván, se había quedado un paso atrás, más cohibido, con una mezcla de miedo y deseo que me resultó muy atractiva.

—Necesito vuestra ayuda. La de los dos. Nadie va a enterarse. Mira cómo estoy. —Le cogí la mano y la llevé a mi entrepierna. Enseguida dos de sus dedos se colaron dentro de mí.

—¿Ves? —jadeé, sujetándome a él para no caer, mientras Rubén volvía por detrás a manosearme los pechos.

Y así, entregada por completo, con Hugo lejos de mis pensamientos, apareció por la puerta el tercero. El jefe.

Se quedó atónito. Esperaba a sus chicos picando el suelo y a mí vestida, supongo. Nada más lejos.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Los tres nos detuvimos de golpe. Por un instante temí que la fiesta terminara ahí. Pero, en lugar de esperar su reacción, decidí seguir dirigiendo la orquesta. Me acerqué al jefe, sonriente y desnuda, le desabroché los pantalones, se los bajé hasta las rodillas, me agaché y me metí su enorme miembro en la boca, tan grande como había imaginado.

Ver al jefe involucrado relajó del todo a los otros dos. A los pocos segundos tenía las tres a pocos centímetros de la cara, y me esmeré con todas para que ninguno se sintiera despreciado.

Tras un rato me puse en pie.

—Ven, ponte cómodo —le dije al jefe. Lo llevé al sofá y lo empujé a sentarse. Sabía que el sillón estaba justo en el centro de la imagen que veía Hugo, así que lancé un beso a la cámara antes de subirme encima.

Empecé a botar y a gemir en voz alta, segura de que Hugo me oía. Pero no había tenido suficiente.

—Ven, rápido —le dije a Rubén, inclinándome sobre el pecho del jefe y abriéndome las nalgas con las manos—. Métemela por aquí.

No tardó ni un segundo en abalanzarse. Le costó atinar, pero en cuanto encontró el camino empezó a embestirme con tanta fuerza que casi notaba las dos pollas rozarse dentro de mí. Esta vez no pude contenerme: con cada vaivén soltaba un grito que seguramente se oía desde la playa. Fue Iván quien terminó por taparme la boca, literalmente, acercándome su miembro hasta la cara.

No tardaron en correrse, ni yo tampoco. Llegué al orgasmo al menos tres veces seguidas. Después de cambiar varias veces de postura, acabé tumbada en el sillón mientras ellos se turnaban para terminar sobre mi piel, ninguno dentro.

Cuando dieron la fiesta por terminada, yo estaba destrozada. Me quedé en el sofá viéndolos vestirse.

—Vámonos, ya volveremos otro día a terminar esto —masculló el jefe, molesto consigo mismo.

No hubo tiempo ni para despedidas. Desaparecieron y me dejaron allí tirada como un trapo.

***

Me di una ducha fría que me resultó tonificante y, envuelta en una toalla, volví al dormitorio temiendo la reacción de Hugo. Seguía atado, desnudo, con el portátil enfrente y una expresión a medio camino entre la ansiedad y el agotamiento. Pero su miembro seguía erecto como un mástil.

—Carla, o vienes aquí ahora mismo o me explota —me soltó de golpe.

Estaba agotada, pero sentí la necesidad de ponerle el broche de oro. Dejé caer la toalla al suelo, me acerqué y le solté una mano. No hizo falta más: casi rompe el cabecero mientras se desataba la otra él mismo.

Después me folló con más ímpetu del que jamás había empleado conmigo. No salimos de la cama hasta la mañana siguiente. Cuando crucé el salón y recordé lo vivido allí con los tres obreros, volví a sentir el mismo cosquilleo en la entrepierna, y una idea me hizo regresar corriendo a la habitación.

—Hugo —le dije desde la puerta. Se giró—. ¿Lo tienes grabado?

No me hizo falta respuesta. La sonrisa que se le dibujó en la cara fue inequívoca.

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Comentarios (4)

Gomito77

Tremendo relato!!! La tension que se va armando es increible, te quedas pegado hasta el final.

CarlitoxMar

necesito una segunda parte ya mismo jaja, no puede quedar asi!!!

Maru_Rosario

Dios mio... me tiene sin palabras. Lo lei dos veces seguidas.

NocheReader

La parte de que él lo estaba grabando... no me lo esperaba para nada. Buen giro!

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