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Relatos Ardientes

La siesta que Camila convirtió en su fantasía

Ilustración del relato erótico: La siesta que Camila convirtió en su fantasía

A Camila la conocíamos desde hacía años, pero nunca dejó de parecernos imposible. Rubia, de ojos celestes y una risa que se escuchaba a media cuadra, era el tipo de mujer que en un pueblo chico se vuelve leyenda sin proponérselo. Tenía veintitrés años recién cumplidos y una manera de caminar que dejaba conversaciones a la mitad. Usaba escotes a propósito, sabía que los usaba, y disfrutaba viéndonos disimular.

Éramos cinco amigos y cada uno cargaba con su apodo de toda la vida. A Damián le decíamos Yeta porque la mala suerte lo seguía como una sombra. Al más bajo lo llamábamos Ratón. A mí me pusieron Dálmata por unas manchas de nacimiento que tengo en la espalda. Estaba Coco, blanco como la leche y con una mata de pelo imposible de peinar. Y el más grandote era Oso, aunque el apodo no venía del tamaño sino de aquella vez que olvidó el desodorante y no lo dejamos olvidarlo nunca.

Camila era encantadora con quien le caía bien y filosa con quien se pasaba de listo. No le tenía miedo a nada ni a nadie. Le gustaba mostrarse, pero ay del que la tocara sin permiso. Una vez, un tipo en un kiosco se confió y le puso la mano donde no debía. Ella armó un escándalo que se escuchó hasta la plaza y el pobre infeliz terminó pidiendo perdón frente a media docena de vecinos. Mostrarse era decisión de ella; el resto sólo podía mirar.

Hay que entender cómo es la vida en un pueblo lejos de la capital. Las costumbres pesan más que las leyes, y entre todas ellas la siesta era sagrada. Entre la una y media y las cuatro y media de la tarde, en pleno verano, el pueblo desaparecía. Cerraban los negocios, se vaciaban las calles, los adultos se encerraban a dormir hasta que bajara el sol. Eran las horas de más calor y nadie quería estar afuera. Las calles quedaban como un decorado sin actores.

Aquel lunes fue de los más calurosos del año. Veníamos saliendo del taller donde trabajábamos los cinco, todavía con la ropa pegada al cuerpo, cuando nos cruzamos con Camila. Traía una pollera liviana y una remera que la transpiración volvía traslúcida. Nos propuso, sin más, que en lugar de irnos a dormir la siesta fuéramos a tomar algo a la plaza. Avisamos en casa que nos juntábamos a charlar y la seguimos como cinco perros detrás de su dueña.

Pasamos por un kiosco a comprar una gaseosa y algo para picar. Ella iba adelante, charlando con Yeta, y nosotros cuatro veníamos atrás, hipnotizados por el modo en que la mochila le levantaba apenas la pollera. No parecía importarle. Al llegar a la plaza se sentó en un banco con las piernas cruzadas y nos miró uno por uno, midiéndonos.

—¿Tendrían sexo al aire libre? —preguntó, como quien pregunta la hora.

Nos miramos entre nosotros y, casi a coro, los cinco dijimos que sí. Camila se rió a carcajadas, y la risa le sacudió el pecho de un modo que nos dejó sin aire. No nos importó la burla. Cualquier cosa con tal de seguir mirándola.

—En serio —insistió, masticando una galletita—. Es una fantasía con la que me toco últimamente, pero no encuentro quién me la cumpla.

Oso fue el primero en hablar y los demás lo apoyamos en el acto.

—Si es con vos, vale el riesgo.

Y vaya si valía. Ninguno de los cinco tenía mucha experiencia, y Camila era lo más parecido a un sueño que habíamos tenido cerca. Ella, lejos de ruborizarse, esbozó una sonrisa lenta.

—Bueno —dijo—. Terminamos esto y me acompañan.

***

Pensamos que era una broma. Seguimos comiendo, hablando del trabajo, riéndonos de cualquier cosa, robándole miradas a Camila cada vez que cambiaba de posición. Cuando terminamos y nos íbamos a despedir, ella nos frenó.

—Vengan. Conozco un lugar.

La plaza era grande y redonda, con calles que salían en todas las direcciones. Una de ellas daba a un barrio de casas viejas donde, según nos contó, no se cruzaba un alma a cualquier hora. Camila iba ahí cuando quería estar sola, y de tanto ir había aprendido qué cuadras quedaban completamente muertas durante la siesta. La seguimos sin decir palabra, con el corazón golpeándonos en la garganta.

Se detuvo en mitad de una calle de tierra, flanqueada por tapias y árboles secos. No había nadie. Ni un perro, ni un auto, ni una persiana abierta. El sol caía a plomo y el aire temblaba sobre el suelo.

—Acá estamos —dijo.

Se puso un caramelo de menta en la boca, se desprendió la remera y se levantó la pollera. Después se acuclilló despacio, sin dejar de mirarnos, y con una voz que nos derritió preguntó:

—¿A quién se la chupo primero?

Yo me quedé congelado. Ratón fue el más rápido y dio un paso adelante. Camila le bajó el cierre del pantalón con una calma que contrastaba con lo que estábamos haciendo, lo liberó y se lo metió en la boca como si llevara toda la vida esperando ese momento. Cuando vimos que iba en serio, nos acercamos los demás.

Tenía una habilidad que ninguno esperaba. Se las arreglaba para que cada uno recibiera algo, alternando la boca y las manos, repartiéndose entre los cinco sin que nadie quedara afuera. Su lengua daba vueltas alrededor de la punta y a mí me recorría un escalofrío imposible de describir.

Cuando se terminó de sacar la ropa, miré alrededor otra vez. Seguía sin haber un alma, como un domingo a la madrugada. Volví a mirarla a ella, desnuda bajo el sol, el pelo rubio sacando reflejos dorados, y pensé que se parecía a una de esas estatuas de diosa que uno ve en los libros. Tenía los ojos brillantes, la cara de quien tiene mucho para elegir y no sabe por dónde empezar.

Yeta se tiró al suelo y ella se acomodó de espaldas, dejándose caer despacio sobre él. Desde donde yo estaba se veía todo, y la imagen me dejó sin saliva. Mientras se movía sobre Yeta, le hacía sexo oral a Coco y me masturbaba a mí, sin perder el ritmo de ninguno. En cuestión de minutos Yeta se incorporó, le puso una mano en la cintura y otra en el pecho, y terminó con un gruñido pegado a su espalda.

Camila sacó mi miembro de su boca apenas un segundo para hablar.

—Sí, así, dame todo —dijo, y volvió a lo suyo.

Esas palabras me bastaron. Acabé sin que siquiera me tocara más, sólo por escucharla, sorprendido de mí mismo y muerto de calor.

***

Coco fue el siguiente. Ella se subió encima, esta vez de frente, y desde mi lugar veía su espalda arquearse y su pelo caerle pegado a la nuca por el sudor. Lo besó, y el caramelo de menta hacía su trabajo: no quedaba rastro de nada en su boca. Movía las caderas sobre Coco y a la vez se inclinaba para alternar entre Oso y Ratón, sin dejar a ninguno quieto.

Ratón la sostuvo de la nuca y terminó primero. Ella lo recibió sin desperdiciar una gota y después miró a Coco por encima del hombro.

—A vos también te quiero —le dijo.

Coco, debajo de ella, empujó un par de veces más y le dio lo que pedía.

Oso, fiel a su fama de atrevido, se acercó por detrás.

—Camila, ¿puedo por atrás?

—Me encanta —contestó ella sin dudar—. Pero despacio al principio.

Levantó las caderas y bajó el torso. Oso entró con cuidado, primero apenas la punta, y una vez que ella se acostumbró el resto fue suave. Camila volvió a enderezarse mientras Yeta y yo nos acercábamos de nuevo, ya recuperados. Ella nos recibió a los dos con los ojos entrecerrados, gimiendo cada vez que Oso le marcaba el ritmo desde atrás.

En medio del gozo me miró, frenó todo y le pidió a Oso que se acostara en el suelo. Le obedecíamos sin chistar; ninguno quería que aquello terminara. Cuando Oso quedó de espaldas, ella se acomodó otra vez sobre él, levantó las piernas y Oso se las sostuvo.

—Vos también, vení —me dijo a mí.

Entré despacio. Podía sentir el latido de Oso a través de la fina barrera que nos separaba, una sensación nueva y extraña que me erizó la piel entera. Yeta se arrodilló frente a ella y le ofreció su boca. Camila lamía como podía entre gemido y gemido, y yo encontré un vaivén lento que parecía tocarla en el punto justo. Sentí el latido de Oso acelerarse hasta que terminó, y la emoción me arrastró a mí también.

Camila quedó un instante con la cabeza echada hacia atrás, la cara transformada por una mezcla de placer y desfachatez que no le había visto a nadie en mi vida.

***

Pensé que ahí terminaba, pero ella tenía energía para rato. Se levantó, Ratón se acercó con la batería recargada y Coco y Yeta volvieron a ocupar su boca. Camila, entre todos, pidió que la trataran con un poco más de firmeza, y nosotros le seguimos el juego dentro de lo que ella marcaba.

—¿Así te gusta? —le preguntó Yeta, jugando.

—Sí, así, dame más —respondió entre risas y gemidos.

Yo, que había acabado hacía nada, todavía estaba duro y no se me bajaba. Le pregunté a Coco si le molestaba cederme el turno y me dijo que prefería seguir donde estaba, en la boca de Camila. Aproveché entonces para entrar de pie, hasta el fondo, sólo por el gusto de hacerlo, hasta que me cansé. Le di una palmada suave y vi a Coco echar la cabeza hacia atrás, terminando él también.

Oso volvió una vez más, y yo, sin ganas de acabar pero todavía firme, me acosté en el suelo cuando ella me lo pidió. Camila se acomodó encima de mí, Oso la penetró de frente sosteniéndole las piernas, y la misma escena de antes se repitió con los papeles cambiados. Sentí sus embestidas a través de ella, fuertes y parejas. Los otros tres ya sólo miraban, y la cara de Camila con los ojos perdidos era lo más hermoso de toda la tarde.

Oso le mordía suave los pezones rosados mientras yo le sostenía la nuca y le acariciaba la boca con los dedos, sin dejar que cerrara los labios, de modo que cada gemido salía limpio y claro. El ritmo subió hasta que Oso dio una última estocada y se quedó quieto, latiendo. Sentí cómo terminaba a través de ella.

Salió, salí yo también, y ella se puso de pie, agitada, con la respiración entrecortada. Yo seguía duro, así que la abracé por la espalda, le hablé al oído y terminé contra ella, marcándola como el resto. Camila se rió, agotada y feliz, y se dejó caer sentada en el suelo de tierra.

Nos derrumbamos los cinco a su alrededor, mudos, mirando el cielo blanco de calor. Nos tomamos unos minutos para recuperar el aliento antes de empezar a buscar la ropa desparramada.

—Gracias —dijo ella, todavía sin levantarse—. Era exactamente esto.

Fue una tarde que ninguno de los cinco olvidaría jamás. La calle siguió tan desierta como cuando llegamos, el pueblo siguió durmiendo su siesta sagrada, y nosotros volvimos a casa con un secreto que nos uniría para siempre. Camila había cumplido su fantasía, y de paso nos había arruinado para cualquier otra cosa que viniera después.

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Comentarios (4)

Renzzo_

dios mio que relato!!! me dejo sin palabras, tremendo

SofiaLect_23

Por favor una segunda parte!! se hizo cortísimo y quede con muchas ganas de mas

Marcos_Cba

increible, lo lei de una y no pude parar. Tremendo relato

TucMán88

Me recordó a un verano en un pueblo chico que visite hace años... aunque sin tanta accion claro jajaja. Muy bueno

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