Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Posé desnuda para tres jóvenes y terminé en su cama

Ilustración del relato erótico: Posé desnuda para tres jóvenes y terminé en su cama

Después de aquel primer día en el estudio, no tuve cara para volver. No puedo negar que me había gustado; hacía mucho tiempo que no sentía algo así, y las palabras insistentes de Damián habían terminado por soltar un instinto que yo creía dormido para siempre.

Dejé pasar varios días sin responder sus llamadas. Cuando por fin atendí, en el estudio, fingí estar ocupada para que mi secretaria no oyera nada. Le dije que lo llamaría más tarde y él, gentil como siempre, se despidió sin insistir.

Esa misma tarde, con la excusa de un trámite, me metí en un café y marqué su número.

—Mira, Lorena, quería contarte que tus fotografías tuvieron una aceptación enorme —me dijo—. Ya vendí cuatro. Me gustaría darte tu comisión.

—Qué suerte, me alegra saberlo.

—Cuando te parezca, podemos vernos. Te pago y charlamos un rato.

—Me parece bien. Yo te llamo. Adiós.

Mi ego se infló como un globo. A pesar de mi edad, mi cuerpo todavía conquistaba miradas, y eso me llenaba de un orgullo que no quería confesar ni a mí misma. Quise llamarlo de inmediato, pero me obligué a esperar un par de días.

Quedamos en el mismo café donde nos habíamos conocido. No había nada entre nosotros, y aun así llegué nerviosa como una adolescente. Apareció impecable, me besó en la mejilla y, en mitad de la charla, soltó la pregunta:

—¿Seguirías siendo mi modelo?

—No sé. Después de lo que pasó, me da algo de vergüenza. Nunca hice nada parecido. Durante todo mi matrimonio jamás me permití algo así.

—No soy quién para juzgarte. De alguna manera, yo te empujé hasta el límite, y te confieso que envidié a Tobías.

Me puse colorada hasta las orejas. Solo atiné a soltar un «oh» que lo hizo sonreír.

***

Sentía una afinidad rara con Damián, una de esas en las que la diferencia de edad deja de pesar. Quería seguir siendo su modelo, me atraía la idea de desnudarme frente a él y dejar que su cámara me retratara. Hasta diría que me excitaba mostrarme tal como vine al mundo.

No le respondí enseguida. Decidí dejar que las cosas fluyeran solas. La casualidad ayudó: mi marido se iba de viaje por un día. Aproveché para llamarlo y proponerle esa fecha. Damián tenía una invitación a una exposición y me ofreció acompañarlo. Por supuesto que acepté.

Me puse un vestido blanco corto, sin mangas, abotonado, con un cordón haciendo de cinto, y unas sandalias de corcho. Cuando llegué, Damián se quedó mirándome más de la cuenta. Me presentó a media sala como «mi modelo, la que me inspira». Hubo felicitaciones, copas, conversaciones que apenas escuché. Cerca de las diez, cuando todo terminaba, me preguntó:

—¿Te vas a tu casa?

—¿No íbamos a hacer unas fotos?

—Esa era la idea, pero es tarde. Tu marido te espera.

—No te preocupes. Está de viaje.

—Aleluya —se rió—. Si quieres, te quedas a dormir, porque vamos a terminar tarde.

—Acepto.

Fuimos hasta su estudio en su moto. No sabía cuánto duraría todo aquello, pero disfrutaba como una nena esa aventura clandestina.

***

En el estudio, mientras él preparaba las luces, yo lo observaba pensando en la locura en la que me estaba metiendo.

—No te saques el vestido —me dijo—. Solo la ropa interior.

Me extrañó, pero le hice caso. Me sentó sobre una tarima con una pierna recogida, después de espaldas con la falda levantada, después acostada con las piernas abiertas. Cada posición me dejaba más expuesta, y esa exhibición descarada me encendía por dentro.

—Hermoso —murmuró desde detrás de la cámara—. Debería estar más húmedo, para que brille.

Algo salió de mí sin pensarlo.

—Provócalo, hasta que quede a tu gusto.

Su dedo me rozó apenas y un calor me subió por las piernas. Lo besé sin medida. Me alzó, se bajó los pantalones de un tirón y me penetró sin preámbulos, mientras yo gemía al sentirlo entero dentro de mí. Empujaba rápido, sin pausa, hasta que mis gemidos se volvieron gritos y una sucesión de espasmos me sacudió completa. Acabó dentro, y nos quedamos abrazados sobre el ancho alféizar del ventanal, mi cuerpo flojo como un trapo.

Después de limpiarme, me llevó a la buhardilla, donde una cama amplia esperaba bajo la luz de la luna. Me quitó lo poco que me quedaba y volvimos a empezar. Creí estar en el paraíso.

***

Nos dormimos profundo. Cerca de las diez de la mañana nos despertó Nicolás, otro de los chicos, avisándole a Damián de una reunión. Antes de irse me dio un beso caluroso en los labios, como si fuera lo más natural del mundo.

—Quédate, descansa —me dijo Damián—. Nicolás te acompaña.

No tenía nada urgente, mi marido seguía de viaje, y todo aquello era tan poco habitual que decidí quedarme. Me puse una bata blanca y fui a la cocina, donde Nicolás me preparó un café con croissants. Estuvimos casi una hora hablando. Apenas lo conocía, pero resultó culto, interesante y peligrosamente seductor.

—Eres una mujer muy atractiva —dijo de pronto—. Cuando te vi con Tobías, lo envidié.

Me puse de todos los colores. Le conté que su amigo había dicho casi lo mismo.

—No te sorprendas. No solo pensamos parecido: también compartimos ciertas cosas.

Su mano me acarició la mejilla y me recorrió un escalofrío. La conversación cambió de rumbo y yo no me eché atrás. Su boca bajó por mi cuello hasta el hombro, corriendo la bata, dejándome un pecho al aire. No me inmuté. Desató el cinto, la abrió del todo y me la quitó, hasta dejarme desnuda frente a él.

Me giró sobre la mesa, me abrió las piernas y deslizó un dedo donde nunca dejaba que nadie entrara. Esta vez me quedé inmóvil. Sentí su erección apoyarse entre mis nalgas y grité cuando empezó a forzar el camino. Su mano me calmaba, su saliva facilitó las cosas, y un empuje imprevisto lo llevó hasta el fondo. Me sujetó las muñecas a la espalda y aumentó el frenesí.

Era una entrada lenta y profunda, como si quisiera arrastrar todo mi interior con cada movimiento. Una mezcla de dolor y de algo nuevo que me empujaba a la sumisión. Me apretó los pezones y esa molestia me estimuló todavía más. Sus embestidas se volvieron más fuertes, más violentas, hasta que con una serie de golpes secos acabó dentro de mí. Temblaba, se encorvaba, gruñía con cada sacudida, y se desplomó sobre mi espalda, empapado, sin salir.

Le pedí que no se moviera mientras yo terminaba con mi propia mano. Cuando acabé, se apartó, y sentí todo escurrirse despacio. Me vestí. Eran casi las dos de la tarde; el tiempo había volado. Cuando mi marido volvió de su viaje, solo le dije que había estado en una exposición de fotografía.

***

A partir de ese día sentí que mi vida cambiaba, o más bien que era yo la que movía las piezas como en una partida de ajedrez. Estaba dubitativa, culpable por engañarlo, pero aquellos encuentros tenían un imán especial. Era como la mosca que se acerca a la luz sabiendo que se va a quemar.

No estaba enamorada de ninguno, pero me sentía atrapada por ese encanto. De tanto en tanto repetía con cada uno por separado una relación volcánica. Era evidente que los tres coordinaban esos encuentros sin que yo intentara evitarlo.

Una tarde, después de estar con Damián, me lanzó la idea:

—Lorena, estoy pensando en otra exposición. Desnudos de una pareja. Pensé en Nicolás, si tú estás de acuerdo. Buscaríamos un día en que no tengas compromisos, ¿me entiendes?

—Te entiendo perfecto. Déjame pensarlo.

—Tómate el tiempo que quieras. No hay apuro.

De camino a casa pensaba que Tobías era el mejor dotado de los tres. No sabía qué pasaría en esa sesión, quizá nada, pero la sola idea de estar desnuda frente a los tres me producía una exaltación particular: que vieran mi cuerpo y a la vez me desearan.

Le dije que sí, pero que esperara el momento. Pasó casi un mes hasta que se alinearon las cosas: mi marido viajaba, mi período no coincidía y podía quedarme toda la noche. Planeamos un martes. Por las dudas avisé en la oficina que no iría el miércoles ni el jueves. Llegué antes de las ocho. Los chicos habían preparado algo para picar, con bastante bebida, una especie de agasajo previo que yo no necesitaba. Apenas probamos nada. A pedido de Damián cerraron el estudio y nos instalamos en la trastienda. Detrás de un biombo me quité la ropa y me cubrí con la bata blanca.

Tobías ya estaba desnudo cuando salí. Las tomas empezaron bajo las indicaciones de Damián: poses sensuales, primeros planos, yo arrodillada frente a él. Su erección empezó a crecer y me dio risa, pero Damián lo cortó en seco.

—O te la haces o te pones hielo. Esta vez no necesito erección.

Me extrañó lo ofuscado que estaba. Celos, supuse. Cuando se calmaron las aguas seguimos. Damián pidió un descanso, se sentó a mi lado, hablamos un poco y me besó.

—Están los chicos —protesté.

—No te preocupes por ellos.

Me bajó la bata y me dejó los pechos al aire. Intenté detenerlo, incómoda por si sus amigos miraban, pero de a poco fui cediendo hasta quedar sin nada encima. Me acosté sobre una banqueta larga mientras él me besaba como si no hubiera nadie más. De golpe apareció Nicolás, que en lugar de levantarme se sumó a los besos. Después el tercero. Las tres bocas recorrían mi cuerpo a la vez, succionando mis pezones, abriéndome las piernas, lamiendo donde yo más sentía. Me quedé paralizada, disfrutando, mientras el placer me iba volviendo loca.

Llegué a un punto de éxtasis del que no quería salir. Damián me separó bien las piernas y entró en mí, con mi cabeza colgando del borde de la banqueta. Nicolás me llenó la boca y la chupé con desesperación, los dos a la vez, mientras yo apenas pensaba. Estaba poseída por aquellos tres. Nicolás acabó primero y tragué buena parte.

Después me giraron, sin que Damián saliera, y Tobías buscó la otra entrada. La forzó de una sola vez. Por primera vez en mi vida me penetraban doble. A pesar de la incomodidad, me gustaba. Damián se vino, y Tobías siguió un buen rato más, mientras yo gemía y a veces gritaba por la intensidad. Tuve una sucesión de orgasmos cortos y largos hasta que el último también terminó dentro. Cuando todo acabó, quedé tendida sobre la banqueta, completamente extenuada.

Me alzaron y me dejaron en la cama de Damián. No sé bien qué pasó después. Desperté cerca de las diez de la mañana, sola, sin saber dónde estaba, hasta que la memoria fue acomodando la noche anterior.

***

Encontré una bata corta y bajé. Me dolía todo, sobre todo atrás. Damián preparaba el desayuno en la cocina. Lo besé en los labios como saludo y hablamos un rato.

—Mira, anoche creo que me pasé permitiendo todo lo que pasó, yo…

—Mi querida Lorena, contéstame una sola cosa. ¿Te gustó?

—Bueno… —dije, sonrojada—. La verdad, no lo pasé mal.

—Eso es lo que vale. Fue tu decisión. Si no lo hubieras querido, nadie te habría obligado.

Cuando nos levantamos me besó otra vez, me abrió la bata, me giró sobre la mesa y me poseyó de nuevo, con movimientos profundos y voraces, hasta arrancarme dos orgasmos seguidos. Quedé tendida sobre la superficie, intentando recuperar el aire.

Volví temprano a casa, me duché, comí algo y me acosté agotada. A la mañana siguiente llegó mi marido y, para mi desgracia, quería sexo. Me excusé y lo dejé para la noche. Quiero a mi marido, pero la diferencia entre lo que tenía con él y lo de esa noche era demasiado grande. No quiero menospreciarlo, solo digo que aquello era atrapante. Será pasajero, me dije. Será pasajero.

***

Esa mañana decidí pasar por el estudio. Al entrar, encontré a Nicolás con una chica muy bonita, alta y delgada. La saludé, y ella giró la cara con una sonrisa simpática. Sentí una atracción extraña, algo que jamás me había pasado con otra mujer. Cuando se fue, pregunté quién era.

—Se llama Renata. Vino a ofrecerse como modelo —me contestó Nicolás.

Días después, Damián me llamó para hacer unos desnudos. Le dije que quería alejarme un poco de todo aquello, pero que si no le quedaba alternativa, lo haría. Al día siguiente volvió a insistir y fui. En el estudio estaba Renata otra vez. La saludé y ella me respondió con la misma sonrisa agradable.

Damián me llevó aparte.

—Lorena, te necesito. Me comprometí con unos desnudos de dos mujeres y no lo puedo postergar. En pocos días tengo que entregar.

—No quiero dejarte colgado, pero ¿cuándo sería?

—Hoy.

—¿Hoy? Me tomas de sorpresa.

—Por favor, Lorena. Te pago lo que sea.

—Eso no me interesa. ¿Con quién?

—Con la chica que está afuera.

Me pareció atractivo hacerlo con ella, pero le pedí hablar antes. No hubo problema. Nos metimos en un cuartito.

—Mira, yo nunca hice un desnudo con una mujer, ni soy lesbiana. No lo tomes a mal.

—No te preocupes. Eres una gran profesional, vi tus fotos y me impactaron. Eres mi ídolo.

—Por favor, no es para tanto. Solo colaboré con los chicos y ellos hicieron el resto.

Bastó con eso. En esos pocos minutos se creó entre nosotras un vínculo extraño.

Poco después estábamos las dos en bata, mientras el equipo terminaba de acomodar cámaras, luces y decorados. Renata no dejaba de sonreírme. Al quitarnos las batas, cruzamos miradas sobre nuestros cuerpos. Su cara pareció iluminarse, y yo, aunque quisiera negarlo, sentí una atracción especial. Me llamaron la atención sus pechos pequeños y unos pezones llamativos.

Cada vez que nos acercábamos, que teníamos que abrazarnos o simular un beso, sentía algo raro. A ella no parecía pasarle lo mismo.

—No te contengas, quita esa tensión —me susurró.

Y metió la mano entre mis piernas, rozándome apenas. Un escalofrío me recorrió entera. La miré sorprendida. Aunque ya nos habíamos visto desnudas, su contacto me alteraba de un modo distinto, como choques eléctricos con cada roce. Su mirada no era para la foto: era hacia mí, buscándome.

—Tienes un cuerpo precioso. Me has fascinado.

Nunca había oído a una mujer halagarme así. La curiosidad empezó a carcomerme.

***

Cerca de las cuatro terminamos. Renata me invitó a su departamento. Dudé, no tenía mucho tiempo, quería estar en casa antes que mi marido, pero acepté. Era un lugar pequeño y bien decorado. Me ofreció una cerveza y se fue a cambiar. Volvió con una bata algo abierta, insinuando todo lo que ya había visto.

Dejé la botella sobre la mesa. Aunque la había visto desnuda hacía un rato, no pude evitar temblar cuando se acercó. Me abrazó y me besó. Intenté esquivarlo, pero acercó sus labios a los míos con tanta decisión que terminé entregándome a un beso largo y profundo. Me levantó la falda, deslizó la mano dentro de la ropa interior y bajó hasta sentirme húmeda.

Terminé sacándome la última prenda mientras sus dedos hacían estragos, encontrando cada punto sensible sin aflojar la intensidad de los besos. Cuando se deslizaron dentro de mí, entrando y saliendo con una suavidad que no conocía, mis temblores se volvieron incontrolables hasta estallar en un orgasmo que me hizo gritar.

Mientras yo trataba de recuperarme, llevó sus dedos mojados a mi boca y los chupé, probándome a mí misma con una devoción que no entendía.

—Quédate, amor —me dijo.

—Lo haría con gusto, pero tengo que irme. Discúlpame.

—¿Cuándo vuelves?

—En cuanto pueda.

Me despedí con ganas de quedarme. De camino a casa no podía dejar de pensar en ella. No entendía qué me estaba pasando. Era mi primera vez con una mujer, y algo me decía que no sería la última.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Rulo_Baires

tremendo relato!!! de los mejores que lei ultimamente

LuciaCba22

Por favor escribi una segunda parte, quedé con ganas de saber que paso despues con el marido. Muy buen relato!

CafeSinAzucar

Me encantó como está narrado, se siente real y no forzado para nada. Esa sensacion de ir cediendo de a poco está muy bien capturada. Seguí escribiendo!

MatiasG

jajaja el titulo me atrapo de entrada y el relato cumplió con creces

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.