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Relatos Ardientes

Tres amigas en la cala y los chicos de la duna

Lucía, Marta y Daniela habían sobrevivido juntas a la última tanda de exámenes de la carrera. Tres amigas inseparables desde el primer cuatrimestre, compartían piso de alquiler, apuntes desordenados y la costumbre de celebrar cualquier cosa que se les ocurriera. Habían cumplido los veintidós casi a la vez y se sentían dueñas del verano que se abría delante.

Cuando Daniela propuso pasar el primer sábado libre en una cala escondida que conocía por su prima, las otras dos saltaron a la idea sin pedir más detalles. Era una hora en coche, una pista de tierra mal asfaltada y un sendero entre matorrales que bajaba hasta la arena. «Solo nosotras, mar y nada que nos amargue», prometió Daniela mientras cargaban la nevera en el maletero.

Cada una era distinta y de eso se reían sin parar. Lucía tenía cuerpo de mujer de cuadro antiguo: 1,65 de estatura, piel aceituna, melena oscura hasta los hombros, pechos generosos que ningún sujetador domesticaba del todo, cintura definida y caderas amplias que se balanceaban al andar. En los muslos y bajo los pechos llevaba estrías plateadas que nunca se molestó en esconder. Las consideraba parte del paisaje.

Marta era todo lo contrario. Rubia casi blanca, larga y huesuda, 1,72 de altura y poco más de cincuenta kilos. Cuando se estiraba se le marcaban las costillas y los huesos de las caderas. Sus pechos eran pequeños y altos, los pezones puntiagudos, y las piernas parecían no terminar nunca.

Daniela quedaba en medio. Latina por parte de madre, piel canela tostada, melena negra ondulada hasta media espalda. 1,68 y unos sesenta y dos kilos repartidos con elegancia: pechos medianos firmes, cintura estrecha, culo redondeado pero contenido, piernas torneadas de quien sale a correr al amanecer cuando puede.

Llegaron a la cala pasadas las once y media. La playa era apenas una herradura de arena fina encajada entre dunas altas que parecían biombos de oro. Una pareja muy mayor caminaba pegada a la orilla, casi en el otro extremo. Un pescador solitario lanzaba la caña en la punta opuesta. Nada más, o eso vieron.

Tendieron tres toallas grandes formando un triángulo cerrado al pie de dos dunas bajas que las protegían del viento. Se quitaron la ropa entre carcajadas. Lucía estrenaba un bikini coral de triángulos pequeños que apenas conseguía sujetar nada. Marta había elegido uno celeste de braguita de tiro alto que dejaba ver el hueso de la cadera. Daniela iba de blanco roto, con un top tipo bandeau y una braguita brasileña que dibujaba la curva de su trasero sin describirla del todo.

Se untaron crema solar las unas a las otras. Manos largas extendiendo aceite por hombros, espaldas y lumbares. Bromas suaves sobre dejar marcas mal puestas, sobre la cantidad de protección que necesitaba Marta y la poca que necesitaba Lucía. Olía a coco, a sal y a libertad sin tutela.

Se acomodaron boca abajo a tomar el primer sol. Hablaban poco. Cuando la brisa cambió ligeramente, Marta levantó la barbilla apoyada en las manos.

—Chicas… arriba.

Lucía abrió un ojo.

—¿Qué?

—En la cresta de la duna. A unos cuarenta metros. Hay tres.

Daniela giró el cuello con disimulo. En lo alto, medio camuflados entre la arena alta y los matojos secos, había tres chicos. No hacían ruido. No traían pelota ni mochila ni nada que justificara estar allí. Estaban sentados o medio tumbados, mirando hacia abajo cada poco rato y apartando la vista cuando alguna de ellas se giraba.

—Diecinueve, veinte como mucho —murmuró Daniela.

—No bajan —observó Marta—. Se quedan ahí.

Lucía se mordió el labio.

—Pobres. Son tímidos.

Hubo un silencio corto. La idea estaba en el aire antes de que nadie la dijera. Fue Daniela la que la formuló a medias, con la voz más suave de lo normal.

—¿Y si jugamos al juego de la moneda? Suave. Cara, te libras. Cruz, subes un poco el nivel. Nadie se acerca. Nadie grita. Solo… nuestra cosa de siempre.

Marta rebuscó en la cartera y sacó una moneda de euro. La hizo girar entre los dedos.

—Primer turno —anunció—. Cruz: se quita el sujetador como si nada, para broncear sin marcas. Despacio.

Lanzó la moneda. Brilló un instante en el aire. Cruz.

Lucía soltó una risa nerviosa. Se incorporó sentada con calma, llevó las manos detrás del cuello y empezó a desatar los nudos del bikini coral. La tela cedió hacia delante. Dejó caer primero un triángulo, luego el otro, y sostuvo un momento la prenda en la mano antes de tirarla a un lado. Sus pechos quedaron al aire, redondos, pesados, los pezones grandes y rosados con la areola ligeramente más oscura. Se tumbó boca abajo otra vez, apoyando la mejilla en el antebrazo. La espalda desnuda brillaba al sol.

Arriba en la duna, uno de los chicos cambió de postura. Se tumbó boca abajo también, fingiendo apoyarse mejor en los codos. Las otras dos cabezas se inclinaron un poco más hacia abajo sin moverse del sitio.

—Siguiente —dijo Marta lanzando otra vez—. Cruz: braguita fuera. Para que el sol llegue a todos lados.

Cruz. Ella misma había perdido.

Se giró boca arriba con naturalidad y enganchó los pulgares en los costados de la braguita celeste. La fue bajando despacio, primero por las caderas huesudas, luego por las piernas larguísimas, hasta dejarla colgando del tobillo y patearla al fondo de la toalla. Su pubis depilado quedó expuesto, los labios finos y rosados. Abrió un poco las rodillas, «para que no quede el bañador marcado», y se relajó con los brazos detrás de la nuca.

Daniela tomó la moneda.

—Cruz: top fuera. Dos minutos así. Mirando al mar.

Cruz. Ella misma perdió. Las otras dos se rieron por lo bajo.

Daniela se incorporó sentada y deslizó el bandeau blanco hacia abajo. Sus pechos quedaron libres, medianos y altos, con los pezones oscuros que ya se habían endurecido al primer roce con la brisa. Se llevó las manos al pecho un segundo, fingiendo pudor, y luego las apoyó en el regazo. Cumplió los dos minutos mirando al horizonte, consciente del calor en las mejillas que no era del sol.

Fue entonces cuando lo vieron sin lugar a dudas.

El chico del extremo izquierdo, el que tenía la espalda más recta, se había girado un poco de lado. Su brazo derecho desaparecía dentro del bañador corto, y el bañador subía y bajaba con un ritmo que no podía ser otra cosa. Movimientos pequeños, contenidos, pero perfectamente legibles desde abajo. Los otros dos seguían mirando con la cabeza ladeada, fingiendo conversación entre ellos.

—Joder —susurró Lucía, la primera en hablar—. Mirad al de la izquierda.

—Se está… —Marta no acabó la frase.

—Por nosotras —cerró Daniela, con una sonrisa que no le conocían del todo.

Un escalofrío atravesó las tres toallas. Lo que había empezado como travesura de chicas aburridas acababa de cambiar de naturaleza. No solo las miraban. Las usaban como pantalla privada, ahí mismo, a cuarenta metros, sin atreverse a romper la distancia.

—Subimos —decidió Marta en voz baja—. Pero sigue siendo nuestro juego. Nadie se acerca.

—Hecho —asintió Lucía.

Marta lanzó la siguiente.

—Cruz: crema en los pechos. Círculos lentos. Te pellizcas los pezones para que penetre bien.

Cruz. Lucía otra vez.

Sentada con las piernas cruzadas, vertió un buen chorro de crema en la palma. Se la pasó a la otra mano, las frotó y empezó a extenderla por sus pechos grandes en círculos amplios. Apretó suavemente con la base de los dedos, levantó el peso de cada pecho un segundo, dejó que cayeran de nuevo. Luego se concentró en los pezones: los pellizcó con dos dedos, los hizo rodar despacio hasta que se pusieron más oscuros y duros que un momento antes. Miró de reojo hacia la duna. El ritmo del chico se aceleró un poco.

Eso encendió a las tres.

Daniela tomó la moneda con la voz más ronca.

—Cruz: a cuatro patas. Crema en el culo, separando un poco las nalgas. Diez segundos.

Cruz. Marta.

Se puso a cuatro patas sobre la toalla, el culo pequeño y firme elevado, la espalda hundida en una curva que dejaba todo a la vista. Llevó las manos atrás, se separó las nalgas con los pulgares y se untó crema lenta entre ellas. Los dedos rozaron el pliegue rosado, bajaron un instante hacia la entrada del coño, volvieron. Diez segundos largos. Cuando deshizo la postura tenía la respiración un poco más rápida.

Arriba, el segundo chico también se había movido. Su mano descansaba ahora ostensiblemente sobre el bulto del bañador.

Lucía cogió la moneda y miró a las otras dos.

—Cruz: piernas abiertas en V. Te abres el coño con dos dedos. Quince segundos. Como si te ajustaras algo, ¿vale? Sin teatro.

Cruz. Daniela.

Se tumbó boca arriba y abrió las piernas en una V amplia. Llevó dos dedos a los labios mayores y los separó con cuidado, mostrando el interior húmedo y rosado, el clítoris hinchado en el centro. Sus caderas se movieron una vez sin querer. Quince segundos contando despacio. La brisa marina le rozaba la piel expuesta de una forma que nunca había notado tanto en su vida.

Ahora dos de los chicos se tocaban abiertamente. El tercero seguía solo mirando, con la mano apretándose por encima de la tela, como si temiera correrse antes de tiempo.

—Otra —pidió Marta, con la adrenalina en los ojos.

Daniela lanzó:

—Cruz: te quedas de pie treinta segundos. Manos en las caderas. Mirando al mar. Tú decides si respiras o no.

Cruz. Lucía.

Se levantó despacio, sin sacudirse la arena. Apoyó las manos en las caderas anchas. Sus pechos grandes se balancearon con cada respiración. El pubis depilado quedó a la altura justa para que cualquier mirada desde la duna pudiera recorrerlo entero. No giró la cabeza ni una vez. Treinta segundos contados por Marta en voz baja. Sabía perfectamente quién la estaba devorando, y sabía exactamente cómo. Cuando se sentó otra vez, le temblaban las piernas un poco más de lo que admitía.

Daniela tomó la moneda para la última tirada del día.

—Cruz: piernas abiertas al máximo. Te frotas el clítoris con tres dedos, círculos lentos, como si te untaras crema ahí. Veinte segundos.

Cruz. Marta.

Abrió las piernas todo lo que dieron sus muslos delgados. Llevó tres dedos al clítoris pequeño y rosado y empezó a dibujar círculos suaves. Al principio era casi mímica. A los pocos segundos no lo era. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás. Un gemido bajísimo se le escapó entre los dientes, tan corto que solo lo oyeron las otras dos. Sus caderas se levantaron un par de centímetros de la toalla sin que pudiera evitarlo. Cuando paró tenía la barbilla mojada de un sudor fino y la mirada perdida.

Esto se nos está yendo de las manos, pensó Lucía. Pero no dijo nada.

Los chicos no bajaron. No silbaron. No movieron un dedo más allá de los suyos. Se quedaron arriba, entre las dunas y los matojos secos, terminando lo suyo en silencio mientras las tres amigas terminaban el suyo en la arena.

El sol empezó a caer hacia la pared de roca del lado oeste y la brisa cambió de temperatura. Lucía se sentó, se pasó una mano por la cara y soltó una risa que era media incredulidad y media triunfo. Marta se cubrió con la toalla. Daniela buscó la moneda con la mirada y la metió en el bolsillo lateral de la nevera como si fuera una reliquia.

Recogieron sin prisas. Doblaron las toallas, guardaron la crema y las botellas vacías. Se vistieron por encima del bikini ya sin importarles demasiado las marcas. Caminaron hacia el sendero entre risas contenidas y miradas cómplices, sin mirar atrás. Cuando llegaron al coche, ninguna de las tres habló durante el primer par de kilómetros.

Fue Daniela la que rompió el silencio, con la voz todavía algo ronca.

—El próximo sábado…

—Cállate ya —cortó Marta sin abrir los ojos, apoyada contra la ventanilla.

Pero estaba sonriendo.

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Comentarios (5)

MiradorFiel

tremendo relato, quede sin palabras!!!

elenaM

Que imagen tan vívida lo de la duna... me tuvo pegada de principio a fin. Sigue contando!

DunasLibres

buenisimo!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Nati_2090

Me recordo a unas vacaciones en la costa, tuve algo parecido jaja. Es una sensacion imposible de olvidar.

SolteroVIP

¿Habrá segunda parte? porque esto no puede quedarse asi, quede con ganas de mas!!

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