Lo que nuestros vecinos veían desde sus ventanas
Los años pasaron y bajó la frecuencia, pero no la intensidad. Marina y yo seguimos buscándonos como el primer verano, y el motor de casi todos nuestros encuentros sigue siendo el mismo: el morbo, el riesgo medido, esa corriente que se enciende cuando sabemos que podríamos no estar tan solos como parece.
Quien nos conozca de otros relatos ya sabrá que la playa es nuestro lugar fetiche, el sitio donde ella se suelta del todo. Pero cuando no podemos escaparnos hasta la costa, tenemos un segundo escenario más a mano y casi igual de poderoso: el jardín de nuestra casa.
Vivimos en una urbanización tranquila, en una parcela pequeña con vecinos pegados a ambos lados. El frente lo tapa un seto alto y frondoso, y los laterales están cubiertos con brezo y malla de ocultación. Eso nos da intimidad, sí, pero no una muralla. Desde sus ventanas, si alguien se asoma con ganas, puede ver perfectamente lo que ocurre de este lado.
Y ahí está la gracia.
Llevamos muchos años con los mismos vecinos. Hemos visto a sus hijos crecer y marcharse, nos saludamos con cordialidad sincera, intercambiamos paquetes y favores. Nunca hemos hablado de lo otro, claro. Pero estamos casi seguros de que en algún momento nos habrán visto desnudos, o algo más que desnudos: a Marina con mi polla hasta la garganta, a mí con la cara enterrada entre sus muslos, follando contra la mesa del porche a plena luz. Un murmullo apagado, una persiana que baja despacio justo cuando levantas la vista, el chirrido de un mueble arrastrado para sentarse mejor cerca del cristal. Señales pequeñas que nosotros leemos perfectamente.
Cuando notamos esa atención, no salimos corriendo. Simplemente nos retiramos un poco hacia el fondo, a una franja del jardín desde donde, si todavía quieren mirar, ya no es casualidad: es que han ido a buscarlo. Y eso, como digo siempre, deja de ser problema nuestro.
—Tu razonamiento es muy cómodo —se ríe ella cuando se lo recuerdo.
—Es justo —contesto—. Nosotros no nos escondemos. Lo que ellos hagan con su curiosidad, y con la mano metida en el pantalón, es asunto suyo.
***
En verano la rutina es siempre la misma. Volvemos de la playa o de la piscina, nos quitamos el bañador mojado nada más cruzar la cancela y caminamos hasta la ducha del jardín. Luego, todavía con la piel salada y la respiración lenta, recorremos el camino hasta el tendedero a colgar las prendas. Desnudos, sin prisa, como quien hace lo más natural del mundo.
Para nosotros lo es. No es un número montado para nadie. Es, simplemente, no fingir dentro de nuestra propia casa sabiendo que, si alguien nos mira, es porque ha querido mirar.
A Marina le encanta el sol. Cuando llego de trabajar muchas tardes me la encuentro tumbada en la hamaca, completamente desnuda, buscando la mejor orientación según la hora para que ni un centímetro quede en sombra. Cierra los ojos, se desconecta del mundo, se deja calentar. Y yo, al cruzar la puerta y verla así —las tetas planas por la gravedad, los pezones tiesos apuntando al cielo, el coño depilado brillando de aceite—, siento que se me corta el aire y se me pone dura de la misma forma que hace veinte años.
Esas tardes me siento un poco más allá, en la zona de sombra, y simplemente la observo. Su pecho subiendo y bajando despacio. La línea de la cadera. La forma en que separa apenas los muslos cuando cree que nadie la estudia y se ve el rosa húmedo entre los labios. Llegar a casa y encontrarla relajada, caliente y receptiva es uno de los regalos cotidianos que más valoro.
—Sé que me estás mirando —murmura sin abrir los ojos—. Y sé que la tienes dura.
—Igual que ellos —respondo, señalando con la barbilla la hilera de ventanas cerradas al otro lado del seto.
Entonces sonríe. Y, muy despacio, abre un poco más las piernas, se lleva dos dedos a la boca, los ensaliva y se los baja hasta el coño. Empieza a acariciarse el clítoris con círculos lentos, sin dejar de mostrarme la cara de placer, y con la otra mano me hace un gesto para que me acerque.
Cuando llego junto a la hamaca ya tengo la polla fuera, hinchada y goteando. Ella no pierde el tiempo: me la agarra por la base, la lame de arriba abajo como si fuera un helado, y luego se la mete entera en la boca, hasta que noto el fondo de su garganta y ella traga saliva a mi alrededor. Mama despacio, hundiéndose hasta la raíz, sacando la lengua para lamerme los huevos entre embestida y embestida, mientras sigue metiéndose sus propios dedos en el coño con la otra mano. Cuando la saca, me los pinta en los labios para que la pruebe. Yo se los chupo uno a uno mientras ella sigue tragándome.
—Fóllame en la hamaca —me pide con los labios brillantes—. Que si están mirando, vean bien cómo me la clavas.
Le levanto una pierna, se la apoyo en mi hombro, y guío el capullo por sus labios empapados. Entro despacio, notando cómo el coño se me abre alrededor, cómo lo aprieta con esos músculos que sabe controlar como nadie. La embisto de arriba, con la hamaca meciéndose y crujiendo, sus tetas botando con cada golpe, la boca abierta soltando gemidos que no se molesta en ahogar. Nos corremos casi a la vez, ella primero, apretándome tanto que casi me deja sin salida, y yo justo después, vaciándome dentro con el sol de frente y la fila de ventanas mudas a mi espalda.
***
Hemos follado en ese jardín tantas veces que sería imposible contarlas, y puedo asegurar que ninguna fue mediocre. Se la he metido de rodillas sobre una silla, con el culo en pompa y la cara hundida en el respaldo mientras ella se abría las nalgas con las dos manos para que la penetrara más profundo. Apoyada en el macetero grande de barro, mordiéndose el labio y pidiéndome que le diera azotes hasta que se le marcaran mis dedos. Sujeta al mástil de la sombrilla, con las muñecas atadas por encima de la cabeza con el cordón del albornoz, mientras yo la comía por detrás, con la lengua paseándome del coño al culo y ella suplicando que no parara.
Pero hay un punto concreto que nos vuelve locos a los dos: la cancela que da a la zona común. Está en mitad del seto frontal, así que desde ese hueco se nos ve desde los dos laterales y no hay manera de esconderse si algo se complica. Follar ahí, expuestos por partida doble, sin red, genera un calentón que no he sabido igualar en ningún otro sitio. Cada vez que lo proponemos, ninguno de los dos se atreve a decir que no.
La última vez fue en pleno mediodía. La agarré por detrás justo delante de esa cancela, le doblé la espalda hasta que las tetas se le apoyaron en el hierro caliente, y le metí la polla de una sola embestida. Marina soltó un gemido ronco que se debió oír hasta tres casas más allá.
—Sigue —jadeó—. Como si no hubiera nadie.
Pero había. Siempre hay. Y follársela ahí, con el metal marcándole los pezones y el culo respingando cada vez que la embestía, sabiendo que cualquier vecino que saliera a tirar la basura nos vería el espectáculo entero, me puso más cerdo de lo que quería reconocer. Le agarré el pelo, se lo enrollé en el puño, y le clavé la polla hasta el fondo una y otra vez mientras ella se frotaba el clítoris con dos dedos. Cuando se corrió, le tembló todo el cuerpo contra la cancela. Yo me salí, la giré, la puse de rodillas en el césped y me corrí encima de esas tetas que llevaba veinte años venerando, chorreándole barbilla, cuello y pezones sin ningún pudor.
Otro de nuestros clásicos es la mesa. Unas veces bajo el porche, otras en el centro del césped, a plena luz. Empiezo siempre igual: ella tumbada de espaldas, las piernas abiertas y colgando del borde, el coño ofrecido a la altura justa de mi boca. Se lo lamo con calma, separándole los labios con dos dedos, chupándole el clítoris despacio, hundiéndole la lengua bien adentro para lamerle todo el jugo que ya empieza a caer. Le meto un dedo, después dos, girándolos, buscándole ese punto que sabe hacerla arquear la espalda hasta despegar el culo de la madera. Ella me agarra la cabeza, me la aprieta contra su coño, se refriega la vulva contra mi cara sin ningún tipo de vergüenza.
—No pares, no pares, cómeme entera —jadea—. Cómeme todo el coño.
Sigo hasta que se corre en mi boca, con un espasmo que le sube desde los muslos hasta el cuello, y me traga la cara con sus jugos. Le lamo hasta la última gota y le doy un beso largo en los labios de abajo, chupándole el clítoris hipersensible una vez más solo para hacerla temblar.
Cuando ya no aguanta, gira el cuerpo y deja caer la cabeza por el borde de la mesa, hacia atrás, ofreciéndome la garganta. Le encanta esa postura, perder el control del ángulo, dejarse llenar la boca despacio mientras me clava las uñas en los muslos. Le meto la polla poco a poco, viendo cómo el cuello se le hincha con cada centímetro, cómo se le tensan los labios alrededor del tronco, cómo se le escapa la saliva por las comisuras y le baja por las mejillas hasta el pelo. La follo por la boca así, sin prisa, sintiendo el fondo de su garganta chocar contra el glande, mientras con la otra mano le pellizco un pezón y con la libre le sigo jugueteando con el clítoris.
Y terminamos casi siempre igual: ella boca abajo sobre la madera tibia, el culo justo en el filo, yo de pie detrás, agarrándola por la cadera con las dos manos y embistiendo hasta que sus gemidos dejan de ser discretos y le da exactamente igual quién los oiga. Le doy palmadas en las nalgas hasta ponérselas rojas, se las abro con los pulgares, la penetro hasta el fondo, salgo casi entera, vuelvo a hundírsela de golpe. La mesa cruje. Sus tetas se aplastan y se despegan de la madera con cada embestida. El olor a coño, a sudor y a césped recién cortado me llena la cabeza.
—Más fuerte —pide entre dientes—. Que se enteren. Que oigan cómo me follas.
Y yo obedezco, porque negarme nunca ha estado entre mis opciones. Le clavo la polla con toda mi fuerza, sacándole gemidos cada vez más agudos, sintiendo cómo el coño se le contrae alrededor. Sus dedos buscan el borde y se aferran a la madera, sus caderas empujan hacia atrás buscando más, y a mi espalda intuyo la fila de ventanas como un público mudo. No miro hacia allí a propósito. Mirar rompería el hechizo; lo que lo sostiene es no saber, imaginar, dejar que la duda haga el trabajo.
Cuando estoy a punto, se lo aviso. Ella se separa, se da la vuelta, se sienta en el borde de la mesa con las piernas abiertas y me pide que le corra encima. Me agarra la polla, se la mete entre las tetas y me hace terminar así, apretándomela con esos pechos que aún me vuelven loco después de tantos años. Me corro a chorros, salpicándole cuello, escote y barbilla, y ella se lo unta despacio con dos dedos, mirándome a los ojos, chupándoselos después uno a uno con toda la calma del mundo.
Cuando termina, se queda quieta sobre la mesa unos segundos, la mejilla pegada a la superficie tibia, una sonrisa floja de quien acaba de jugar con fuego y ha salido entera. Yo me quedo de pie, recuperando el aire, con la polla todavía goteando y el sol en la nuca, y la certeza de que, pasara lo que pasara al otro lado del seto, ha valido absolutamente la pena.
***
Casi siempre acompañamos esos juegos con fotos y vídeos. No para llenar un disco duro, sino porque hay un tercero en la ecuación: un amigo nuestro, de toda confianza, que comparte esta misma debilidad por los lugares abiertos y la sensación de estar expuestos. Le mandamos un puñado de imágenes después de cada tarde buena —Marina con la boca llena de mi corrida, un primer plano de su coño abierto y goteando, un vídeo corto de mí embistiéndola por detrás sobre la mesa— y saber que las verá, que se la va a machacar mirándolas, que imaginará el resto, le añade una capa más de excitación a todo. A Marina, sobre todo, le pone enormemente. Muchas veces se corre pensando en él mientras yo se la meto.
Tampoco somos de rendirnos cuando el tiempo no acompaña. Vivimos en una zona de clima privilegiado, pero los días frescos no nos frenan, y los de lluvia mucho menos. Hay algo limpio y salvaje en follar bajo el agua, con el césped blando bajo los pies, la piel erizada de frío y los pezones de Marina duros como piedras dentro de mi boca, para entrar después abrazados a la ducha caliente y terminar de correrme dentro de ella con el agua cayéndonos por la cara. Las noches también tienen su momento: más de una vez hemos terminado en la acera, justo dentro de la parcela, desnudos y con la cancela abierta, ella de rodillas mamándomela bajo la farola, sin escapatoria posible si pasaba un coche tardío o se oía un portazo a lo lejos.
***
Lo que quizá no se note a primera vista es que estos juegos tienen su precio, y el precio lo pago yo. A ella le gusta cobrarse sus tasas, y yo se las pago encantado.
Aparcamos casi siempre frente a la puerta. Una de las cosas que más la divierte es pedirme que me baje del coche desnudo y espere en la entrada a que me abra. Tarda solo unos segundos, pero a mí, de pie en la calle sin nada encima, con la polla colgando a la vista y el corazón en la garganta, se me hacen eternos. Esa vena suya de mando, esa necesidad de tenerme a sus órdenes, sabe perfectamente que también me enciende. Le basta con pedírmelo.
No me lo esperaba de mí mismo, pero me ha terminado gustando más de lo que jamás habría imaginado.
Hay tardes que ella llama «de humillación». Esos días le da por vestirme con ropa interior que no es mía: bragas de encaje que se le clavan en los huevos, tangas que le desaparecen la polla entre las nalgas, un liguero, a veces un sujetador que rellenamos entre risas. Y luego me saca así al jardín, a su territorio expuesto. Lo que para cualquiera sería un castigo, en mí provoca justo lo contrario: la polla se me marca contra el encaje desde el primer minuto, humedeciendo la tela con el líquido que empieza a soltar sola. Follar con tu mujer desnuda, en un sitio donde cualquier ventana podría estar abierta, mientras tú vas vestido de esa forma, es tan vergonzoso y tan intenso a la vez que tengo que morderme para no correrme al primer roce.
—Mírate —me dice, dándome la vuelta despacio para que el seto no me tape del todo—. Si ahora mismo se asoma alguien, ¿qué van a pensar? ¿Te ven marcadita la polla dentro de las bragas?
No contesto. No hace falta. Mi cuerpo responde por mí, y los dos lo sabemos.
Esos días me hace tumbarme en el césped y se sienta encima de mi cara, con el coño empapado directamente sobre mi boca, obligándome a comérselo hasta que se corre dos, tres veces, mientras me pisa suavemente el bulto que se me marca en las bragas. Después me baja la tela justo lo suficiente para sacarme la polla, se la escupe, y se sienta encima despacio, montándome con las bragas por los muslos, riéndose de mí mientras cabalga y me llama de todo.
—Mira cómo te gusta, guarro. Mira cómo se te pone con la ropa de tu mujer.
Me da la vuelta, me pone a cuatro patas con el culo al aire, se pone de pie detrás y me mete dos dedos ensalivados en el ojete mientras con la otra mano me menea la polla. Me hace correrme así, humillado y feliz, con el semen manchando el encaje de las bragas y ella riéndose de mí a carcajadas, orgullosa de tenerme como me tiene.
Lo curioso es cómo se invierten los papeles en esas tardes. Marina, que el resto del tiempo es dulce y bromista, adopta un tono pausado y firme que me deja sin discusión posible. Me ordena pasear hasta el tendedero y volver, con la polla asomando por el borde del tanga y las nalgas al aire. Me hace esperar arrodillado en el césped mientras ella se sirve algo de beber con toda la calma del mundo, y cuando pasa por mi lado me deja lamerle un dedo húmedo de su propio coño, como recompensa. Cada minuto al aire libre, vestido como me ha vestido, es una vuelta de tuerca más, y ella lo sabe, y lo alarga a propósito.
Esos días sus mensajes a nuestro amigo se vuelven más largos y más crudos. Me describe, me nombra de mil maneras, cuenta lo que me «obliga» a hacer, adjunta fotos de mí en bragas con la polla dura marcada, o de mi cara embadurnada de su corrida. Digo «obliga» entre comillas porque la verdad simple es que obedecerla es, para mí, el mayor de los placeres. No hay imposición donde hay tantas ganas de complacer.
***
Esto es, en el fondo, lo que hacemos en el jardín de casa cuando nadie nos ve. O, mejor dicho, cuando no sabemos del todo si alguien nos está viendo, que es justo lo que mantiene la chispa encendida después de tantos años.
Quizá no sea la historia más escandalosa que vayáis a leer. No hay desconocidos irrumpiendo, ni orgías, ni grandes giros. Solo nosotros, un seto que oculta a medias, un puñado de ventanas silenciosas y la certeza tibia de que, tras alguna de ellas, puede haber unos ojos —y unas manos ocupadas— disfrutando de lo mismo que nosotros. Nunca lo habíamos contado, pero nos apetecía compartirlo. Si has llegado hasta aquí, esperamos que algo de este pequeño morbo casero te haya puesto tan cerdo como a nosotros nos pone contarlo.





