Lo que vimos en el bungalow de enfrente
Me llamo Andrés y tengo cincuenta años. Vivo en un pueblo del interior de Asturias, estoy divorciado y, desde hace ocho años, comparto la vida con Nora. Empiezo así, presentándome, porque lo que voy a contar todavía me cuesta creerlo, y necesito que entiendan de dónde veníamos para que tenga sentido cómo terminó aquella primera noche.
Nora tiene treinta y seis. Es bajita, de pelo liso color avellana, caderas anchas y un pecho generoso que ella siempre intenta disimular y yo nunca dejo de mirar. En la cama habíamos sido toda la vida clásicos, sobre todo ella. Calentar, hacerlo, dormir. Nada de experimentos, nada de salirnos del guion.
El problema empezó un par de años atrás, cuando comencé a fallar. Le pasa a más hombres de los que lo admiten, pero el orgullo nos hace callar. El médico lo achacó al estrés del trabajo y a los malos tragos del divorcio. Una pastilla ayudó, pero en casa el ambiente se había enfriado, y mi peor miedo era ese: que Nora terminara cansándose y buscara a alguien más joven que no necesitara planificar el deseo con receta.
—Eres bobo por pensar eso —me decía cada vez que se lo confesaba, medio en broma, después de una noche que no había salido bien.
Y ahí lo dejábamos. Hasta que reservamos una semana en Lanzarote.
***
Elegimos un hotel solo para adultos, más que nada porque buscábamos silencio. Una parte eran habitaciones normales; la otra, una hilera de pequeños bungalows independientes, cada uno con su terraza dando a una piscina tranquila. El nuestro estaba algo apartado del edificio principal, justo lo que queríamos. Lo único peculiar era que el ventanal del salón quedaba enfrentado al del bungalow de al lado: si nadie corría las cortinas, se veía de una terraza a la otra con una claridad incómoda.
Deshicimos las maletas, nos pusimos los bañadores y bajamos directos al agua. Nora estaba preciosa con un biquini estampado que le subrayaba todo lo que ella se empeñaba en esconder. A esa hora solo había dos matrimonios mayores tomando el sol, así que nos metimos en la piscina y, como siempre, empecé a sobarla por debajo del agua mientras ella me apartaba entre risas.
—¡Quita, pesado! ¿Me vas a dar las vacaciones o no? —protestó.
—Solo a ratos —le prometí.
Comimos algo en el bar de la piscina y volvimos al bungalow a ducharnos. Me colé en la ducha con ella y, esta vez, no me apartó. La enjaboné despacio, deslizando las manos por su espalda hasta sus nalgas, apretándome contra ella. Cuando se dio la vuelta y me besó, sentí que algo de la antigua complicidad volvía. Lo hicimos sin prisa, con ella encima, y por una vez no tuve que pensar en nada, ni en pastillas ni en el reloj. Funcionó. Funcionó de verdad.
Fue al salir hacia el baño cuando me di cuenta de que las cortinas habían estado descorridas todo el tiempo. Miré al ventanal de enfrente. No había nadie. O eso creí.
***
Mientras Nora se duchaba otra vez, salí a la terraza a fumar. Entonces se abrió el ventanal de enfrente y apareció una chica en biquini a tender una toalla. Tendría poco más de treinta años, menuda, pelirroja, de melena larga y rizada y una cara pecosa que se distinguía incluso a distancia. Me saludó con la mano, sin más, y le respondí igual.
Detrás de ella salió un hombre de su edad, alto, fibroso, con el pelo rubio recogido en una coleta corta. También levantó la mano antes de que los dos volvieran adentro. Pero no corrieron la cortina. Y desde mi terraza, fingiendo mirar el móvil, vi cómo ella, de espaldas al cristal, se quitaba la parte de arriba del biquini y entraba al baño, y cómo él la seguía un segundo después.
Me quedé quieto, con el corazón un poco acelerado. Estaba casi seguro de que ninguno de los dos había cerrado por descuido.
—Venga, te toca —dijo Nora apareciendo envuelta en una toalla—. Y no te eternices.
No le conté nada. Todavía no.
***
Esa tarde dimos un paseo por la zona, miramos tiendas —el deporte favorito de Nora— y nos sentamos en una terraza junto al mar a tomar algo. A los pocos minutos, la pareja de enfrente apareció caminando por el paseo y, sin que pareciera casualidad, terminó sentándose dos mesas más allá. Ella llevaba ahora un vestido negro corto, con vuelo, y la melena suelta. De cerca era todavía más guapa, con unos ojos grandes y verdes que se cruzaron con los míos un instante de más.
Noté cómo él le hacía un repaso descarado a Nora, cuyo vestido largo le marcaba el pecho, y noté también que a ella no le molestó del todo. Cuando volvimos al hotel a cenar, nos saludamos los cuatro con una cortesía que ya empezaba a tener doble fondo.
—Mañana quiero playa —decidió Nora durante la cena—. Tirados todo el día, sin hacer nada.
—Tengo localizada una. Tranquila, con un chiringuito para comer —dije.
—Nudista, claro —se rió ella.
—Ni lo dudes.
—Pues adjudicada. Igual hasta te sorprendo y hago topless. Aquí no me conoce nadie, me da igual que me miren.
—Eso tengo que verlo —contesté—. No me lo creo.
Pero por dentro pensaba en otra cosa. Pensaba en la cortina sin correr.
***
Después de cenar dejamos las mochilas listas para el día siguiente. Mientras Nora se desmaquillaba, salí de nuevo a la terraza a oscuras, sin encender la luz. Sabía que así, en sombras, no me verían. Encendí un cigarro y esperé.
No tardaron. La luz del bungalow de enfrente se prendió y los dos entraron en la habitación. Cruzaron un par de veces de un lado a otro, recogiendo cosas, y entonces empezaron a desvestirse sin ninguna prisa, como si el ventanal abierto formara parte del plan.
Él salió del baño mirando el móvil, de cara al cristal. Ella apareció por detrás, lo abrazó por la cintura y deslizó una mano hacia abajo mientras con la otra le recorría el vientre. Desde donde yo estaba, inmóvil, vi todo: cómo lo acariciaba, cómo se ponía frente a él y se besaban con él agarrándola del culo, cómo después se arrodillaba y empezaba a moverse con una cadencia que no dejaba lugar a dudas.
Era como tener delante una película, solo que real, a unos metros, con dos personas que sabían perfectamente que las estaban observando.
Él la levantó y la tumbó en la cama, se arrodilló entre sus piernas y hundió la cara mientras le acariciaba el pecho. Justo entonces eligió Nora para salir a la terraza.
—¿Qué haces aquí a oscuras? —susurró.
No dije nada. Señalé con la cabeza hacia el ventanal de enfrente. Tardó un par de segundos en entender, y cuando lo hizo, se le escapó un gesto entre escándalo y curiosidad.
—Joder. Con razón no entrabas —murmuró—. Te buscaste entretenimiento.
—Estaba fumando y se han puesto a ello —me defendí, sin convicción.
Esperaba que entrara indignada. Hizo justo lo contrario: se sentó a mi lado, en la penumbra, sin apartar los ojos del cristal de enfrente.
***
Su mano encontró mi pierna y subió despacio hasta comprobar que ya estaba duro.
—Vaya, así que te gusta —dijo en voz muy baja—. Mírate.
Metió la mano por debajo del bañador y me agarró. Yo busqué bajo su bata, encontré su sexo depilado y húmedo, y dejé que mis dedos se movieran despacio mientras los dos seguíamos mirando al frente.
—A ti también te gusta —le susurré al oído.
No me contestó. Se deslizó hasta arrodillarse delante de mí, en la oscuridad de la terraza, me bajó el bañador y empezó sin decir una palabra, algo que jamás hacía con las luces de por medio, mucho menos al aire libre. Yo no podía dejar de mirar a los otros dos: él se había colocado entre las piernas de ella y la penetraba con una lentitud calculada, y ella le rodeaba la cintura con las piernas mientras giraba la cara, justo hacia nuestro lado.
Levanté a Nora y le quité la bata. Desnuda frente a mí, en la penumbra, la atraje hasta poder besarla entre las piernas. Ella me apretaba la cabeza y se mordía la mano para no gemir demasiado fuerte. Se corrió enseguida, en silencio, con esos espasmos contenidos que conozco de memoria.
Luego, en lugar de entrar a la habitación como yo esperaba, se sentó encima de mí dándome la espalda, de cara al ventanal de enfrente. Mientras la sujetaba por las caderas, ella no apartó la vista de la otra pareja ni un instante. Ellos habían cambiado de postura; ahora ella estaba a cuatro patas y él la sujetaba desde atrás, y por un segundo me pareció que la pelirroja nos miraba directamente a nosotros, sonriendo.
Me corrí dentro de Nora, que aún siguió moviéndose hasta volver a estremecerse, y entonces se levantó a toda prisa y entró en la habitación, como si de pronto recuperara la vergüenza que el deseo le había robado.
***
—¡Qué vergüenza! —dijo desde dentro, abrochándose la bata—. ¿Tú crees que nos han visto?
—No creo —mentí a medias, abrazándola—. Estábamos a oscuras, y ellos a lo suyo. Además, no hacíamos nada que ellos no estuvieran haciendo. Y con la cortina descorrida.
Eso pareció tranquilizarla. Se acurrucó contra mí, como cada noche, y se durmió en pocos minutos. Yo tardé bastante más. Tanto, que volví a salir a fumar otro cigarro.
Apoyado en la barandilla, en plena madrugada, noté una silueta moverse en la terraza de enfrente. Era la pelirroja, completamente desnuda. Encendió un cigarro y se quedó de pie, frente a mí, sin moverse, hasta terminarlo. Cuando fue a entrar, se giró, levantó la mano y me saludó despacio, dejándome claro algo que yo ya sospechaba: habían sido conscientes de nuestra presencia desde el primer minuto.
Apagué el cigarro y entré. Nora dormía. Me metí en la cama a su lado, mirando el techo a oscuras, sabiendo que al día siguiente teníamos playa, sol y una pareja de vecinos que ya no nos miraría igual.
Pero eso, lo que pasó a la mañana siguiente, prefiero dejarlo para otra ocasión.





