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Relatos Ardientes

Esa noche decidí solo mirar desde mi rincón

La idea había sido mía, aunque esa noche me costara reconocerlo. Llevábamos semanas hablándolo con Martín en la cama, a oscuras, en ese tono bajo que se usa para las cosas que dan un poco de vergüenza decir en voz alta. Yo quería mirar. No participar, no al principio. Solo mirar a otra pareja, estar en la misma habitación y dejar que pasara delante de mis ojos.

Lucía y Diego eran amigos de Martín del gimnasio. Ella tenía una risa fácil y una manera de cruzar las piernas que parecía un aviso. Él era ancho de hombros, callado, con esa seguridad de los hombres que no necesitan hablar mucho. Cuando se lo planteamos, en la sobremesa de una cena cualquiera, ninguno de los dos puso cara de sorpresa. Como si hubieran estado esperando que alguien lo dijera primero.

Así que ahí estábamos los cuatro, un viernes, en el living de su departamento. La luz de una sola lámpara dejaba la mitad de la sala en sombra. Yo había elegido a propósito el sillón del rincón, el más alejado, el que quedaba justo fuera del círculo cálido de la lámpara.

Desde acá puedo ver todo sin que nadie me vea demasiado.

—¿Segura que no querés acercarte? —me preguntó Lucía, descalza ya sobre la alfombra.

—Segura —dije—. Yo solo miro.

Ella sonrió como si no me creyera del todo. Tenía razón en no creerme.

***

Empezó despacio, casi con timidez, lo cual lo hizo peor para mí. Diego se acercó a Lucía por la espalda y le apartó el pelo del cuello con dos dedos. Le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar, y la vi cerrar los ojos y dejar caer la cabeza hacia atrás, contra su pecho. Martín estaba de pie a un costado, con las manos en los bolsillos, mirándolos igual que yo, pero desde más cerca.

El primer botón de la blusa de Lucía lo desabrochó ella misma. El resto los abrió Diego, sin apuro, mientras le mordía el hombro. Cuando la tela se abrió y resbaló por sus brazos, sentí el primer tirón en el estómago, ese cosquilleo eléctrico que baja y se instala. Aprieto las rodillas. No me toco. Todavía no.

Había algo hipnótico en estar afuera de la escena y dentro de ella al mismo tiempo. Yo notaba cosas que ellos, enredados, se perdían: la forma en que a Lucía le temblaba el muslo izquierdo, la mancha de tensión en la mandíbula de Martín, el modo en que Diego respiraba por la boca cuando se concentraba. Mi rincón era un palco privado, y desde el palco se ve la obra completa, no solo el pedazo que a uno le toca actuar.

Me acomodé mejor en el sillón, las piernas dobladas debajo del cuerpo, y dejé que la oscuridad me cubriera como una manta. Nadie esperaba nada de mí. Esa era la parte que más me gustaba. Podía respirar fuerte, podía cerrar los ojos un segundo y volver a abrirlos, podía dejar que la escena me eligiera a mí en lugar de tener que elegirla yo.

—Mirala bien —me dijo Diego sin girarse, sabiendo perfectamente dónde estaba yo—. La trajimos para esto.

No supe si lo decía por Lucía o por mí. Las dos cosas eran ciertas.

Lucía se dejó guiar hasta la cama baja que tenían contra la pared, y se sentó en el borde. Martín se movió por fin, casi como en trance, y se ubicó frente a ella. Verlo a él entrar en la escena fue distinto. Era mi pareja, el cuerpo que conocía de memoria, y de pronto estaba ahí, ofreciéndose a otra mujer mientras yo respiraba cada vez más fuerte en mi rincón.

Lucía levantó la vista hacia mí antes de inclinarse hacia él. Me buscó los ojos en la penumbra, los encontró, y solo entonces lo tomó con la boca. Fue un gesto deliberado. Lo hacía para mí. Para que yo lo viera hacerlo.

Está actuando para la del rincón.

Esa idea me prendió fuego. Bajé una mano por mi propio muslo, por encima del vestido, despacio, como si el movimiento fuera a delatarme. Nadie me miraba. Todos los ojos estaban en el centro de la sala. Yo era la única espectadora, y la libertad de eso —de mirar sin ser parte— me mojó más rápido que cualquier caricia.

***

Diego se arrodilló detrás de Lucía sobre la cama. Ella seguía con Martín en la boca, una mano apoyada en su cadera, y la otra extendida hacia atrás buscando a Diego. Los dos hombres intercambiaron una mirada por encima de ella, una de esas miradas de entendimiento que no necesitan palabras, y entendí lo que iba a pasar antes de que pasara.

—Ponete en cuatro —le dijo Diego, con la voz baja pero firme.

Lucía obedeció sin soltar a Martín. Se acomodó sobre las rodillas y las palmas, la espalda arqueada, el pelo cayéndole sobre la cara. Diego la tomó de las caderas y entró en ella de una sola vez. El sonido que hizo Lucía —ahogado, porque tenía la boca ocupada— me recorrió entera.

Ahí ya no pude fingir. Subí el vestido hasta la cintura y llevé los dedos por encima de la ropa interior, presionando, trazando círculos lentos. Estaba empapada. La tela se pegaba a mí. Apoyé la nuca contra el respaldo del sillón y los miré con los ojos entrecerrados, dejando que la escena entrara por todas partes a la vez: el vaivén de Diego, las caderas de Lucía golpeando contra él, Martín sosteniéndole la cabeza con las dos manos.

—Más fuerte —dije.

Mi voz salió ronca, más grave de lo que esperaba, y me sorprendió a mí misma. No había planeado hablar. Pero ahora que lo había hecho, los tres se quedaron un segundo quietos, como si la espectadora hubiera recordado de pronto que también tenía voz.

Diego sonrió de costado.

—La que mira manda —dijo, y volvió a moverse, esta vez con más violencia.

***

Algo cambió en mí con esa frase. Dejé de ser un mueble en el rincón y me convertí en otra cosa: la que dirigía sin tocar, la que armaba la escena con palabras desde la sombra. Aparté la ropa interior a un lado y me toqué directamente, dos dedos resbalando entre mis pliegues, mientras seguía dictando lo que quería ver.

—Lucía, soltalo un segundo —ordené—. Quiero escucharte.

Ella levantó la cabeza, jadeando, los labios brillantes, y un hilo de saliva le bajó por el mentón. Me miró directo, sostuvo la mirada, y gimió sin ningún pudor, alto, llenando toda la habitación. Lo hizo para mí. Cada sonido era una ofrenda que cruzaba el cuarto y aterrizaba justo entre mis piernas.

—Así —dije—. No pares.

Martín me miraba ahora a mí en lugar de a ella. Ver el deseo en su cara mientras otra mujer lo tocaba, y saber que ese deseo apuntaba de vuelta hacia mi rincón, fue casi demasiado. Aceleré los dedos. El calor se me concentraba en un punto, denso, a punto de derramarse.

Diego le dio una palmada a Lucía en la cadera, no muy fuerte, una pregunta más que un castigo, y giró apenas la cabeza hacia mí esperando permiso. Yo asentí desde la sombra.

—Otra —dije—. Pero que se sienta.

El golpe resonó en la habitación. Lucía chilló, una mezcla exacta de sobresalto y placer, y el sonido me empujó al borde. Tenía las piernas tensas, los talones clavados en el borde del sillón, los dedos moviéndose solos.

***

Llegué primero que ninguno. Me corrí mirándolos, sin que nadie me tocara, mordiéndome el labio para no gritar y fracasando en el intento. Fue largo y profundo, una ola que me dobló sobre mí misma en el sillón, y mientras duraba no dejé de mirar, los ojos abiertos, grabándome cada detalle de los tres cuerpos enredados a un metro de mí.

Cuando abrí del todo los ojos otra vez, los tres me observaban a mí. Habían parado. Lucía sonreía con la cara apoyada sobre el antebrazo, agitada.

—Mirá la modosita del rincón —dijo, con una ternura burlona—. La que solo iba a mirar.

Me reí, todavía temblando, con el vestido arremangado y la respiración entrecortada. No tenía cómo defenderme. Tenía razón.

—Ahora sí podés acercarte —dijo Diego.

Lo pensé un segundo. Una parte de mí quería quedarse en la sombra para siempre, en ese lugar privilegiado desde donde se ve todo y no se rinde nada. Había descubierto que mirar no era el premio de consolación que yo creía. Era lo que más me encendía. El poder de observar, de dirigir con la voz, de existir como el ojo que lo registra todo.

Pero también quería más.

Me levanté del sillón despacio, con las piernas todavía flojas, y crucé el límite invisible que separaba mi rincón en sombra del círculo de luz. Martín extendió una mano hacia mí. Lucía se corrió un poco para hacerme lugar en la cama. Diego me miró subir como quien mira entrar a alguien que recién entiende las reglas del juego.

—Una cosa —dije antes de dejar que me alcanzaran—. La próxima vez, mira Martín.

Y por la cara que puso mi pareja, supe que ya estaba pensando en cómo sería verme a mí desde el rincón, en la sombra, mientras yo me convertía en el centro de la escena que él iba a dirigir con la voz.

Esa noche, sin embargo, fui las dos cosas a la vez: la que había mirado y la que ahora se dejaba mirar. Y descubrí que no sabría decir cuál de las dos me gustaba más.

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Comentarios(5)

noctambulo_r

que relato mas intenso!! me quede sin palabras en serio

Lorena_BA

La tension de solo mirar sin poder hacer nada... uff, muy bien logrado. Espero que haya segunda parte!

RosarioN

increible!! me sentí ahí mismo en ese rincón oscuro

Luci_Noc

jajaja lo de los dedos con vida propia me mato 😂 tremendo final

CuriosoBA_32

La voz en primera persona le da una autenticidad que no es comun en estos relatos. Se siente real. Muy bueno

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