Supe que mi amiga nos espiaba fingiendo dormir
Con Diego llevábamos varios meses juntos y lo nuestro tenía una base firme, de esas que no se improvisan. El sexo era de otro nivel, pero lo que de verdad nos había vuelto cómplices era la costumbre de contarnos las fantasías en voz baja, justo en medio del acto, cuando ninguno de los dos tiene filtro y dice exactamente lo que piensa.
Una de esas noches me confesó la suya. Lo dijo despacio, con la boca pegada a mi oreja, mientras se movía dentro de mí.
—Imaginate que somos tres —murmuró—. Vos, yo y otra mujer.
Al principio me pareció una locura. Pero cada vez que volvía a mencionarlo lo sentía endurecerse, y esa reacción tan honesta del cuerpo terminó contagiándome. La idea, que al comienzo rechazaba, empezó a crecer dentro de mí como una semilla que no podía dejar de regar.
—Algún día —le respondí esa vez, sin comprometerme a nada.
Pero ya sabía a quién iba a llamar.
***
La oportunidad llegó sola. Camila, una amiga de la facultad que se había mudado al sur, me avisó que venía a la ciudad a rendir un examen de admisión para una carrera nueva. Necesitaba quedarse un par de noches y, sin pensarlo dos veces, le ofrecí mi casa.
Conocía a Camila desde hacía años, y conocía también ese costado suyo que se soltaba con un par de copas de más. Sobria era prudente, medida, casi tímida. Pero después de la tercera copa se transformaba: se reía fuerte, miraba distinto y no le decía que no a casi nada. Eso, por supuesto, todavía no se lo había contado a Diego.
—Vamos a hacer algo el fin de semana —le propuse a ella por teléfono—. Hay unos balnearios cerca, con zona de camping. Llevamos la carpa, hacemos un asado, nos relajamos.
—Me encanta —contestó—. Hace siglos que no me escapo de todo.
El sábado Diego pasó a buscarnos temprano. Los presenté en la puerta de casa y todo fluyó con naturalidad: charla liviana, música en el auto, el calor entrando por las ventanillas. Nada en el ambiente delataba lo que yo venía maquinando desde hacía días.
Llegamos al mediodía. Diego armó la carpa, una grande, pensada para varias personas, así que los tres entrábamos de sobra. Mientras él terminaba con las estacas, Camila y yo fuimos a los vestidores a ponernos las mallas.
Y ahí la vi bien por primera vez en mucho tiempo.
La muy desgraciada tenía un cuerpo de infarto. Yo soy delgada, de pocas curvas, y siempre me dio algo de envidia su figura: cintura breve, caderas marcadas, una cola firme que parecía desafiar la gravedad. Se puso un bikini de dos piezas que le quedaba perfecto, como si se lo hubieran cosido encima. Me miré al espejo al lado de ella y me reí de mi propia envidia.
Cuando volvimos a la carpa, Diego nos chuleó a las dos con una sonrisa, pero yo lo conocía demasiado bien. Vi cómo se le iban los ojos hacia ella y cómo intentaba disimular mirando hacia otro lado un segundo después. No le hizo falta decir nada. Supe en ese momento que el plan estaba en marcha.
***
Pasamos la tarde dentro del agua, los tres charlando, cómodos, riéndonos de cualquier cosa. Diego no paraba de espiar a Camila por debajo del ala de su gorra, creyendo que nadie lo notaba. Yo lo notaba todo. Y me gustaba.
—Tengo hambre —dije al rato—. Vamos saliendo y prendemos el fuego.
Mientras Diego se ocupaba del asado, Camila y yo nos sentamos sobre una manta con las cervezas bien frías. Empecé despacio, hablando de él como sin querer: de lo atento que era, de lo bien que cogía, de las cosas que me hacía. Al principio Camila escuchaba a medias, distraída con el paisaje. Pero a medida que bajaba el sol y subía el alcohol, fue ella la que empezó a preguntar.
—¿Y lo hacen seguido? —quiso saber, con una sonrisa torcida—. ¿Probaron de todo?
—De casi todo —le contesté, dejando el anzuelo en el agua.
—Contame —insistió, acercándose.
Le conté lo justo para encenderla. Ella, copa va, copa viene, se fue poniendo cada vez más curiosa, más suelta, más atrevida. Me preguntó cosas que sobria jamás se hubiera animado a preguntar. Yo respondía todo con detalle, sintiendo cómo la conversación nos calentaba a las dos. El cielo se puso anaranjado, después violeta, y para cuando cayó la noche Camila ya estaba bastante mareada.
—Te veo medio entregada —le dije, fingiendo preocupación—. Vamos a la carpa, recostate un rato.
Nos metimos las dos mientras Diego juntaba las botellas vacías afuera. Camila se acostó sobre su bolsa de dormir y cerró los ojos, dejándose llevar por el cansancio y la borrachera. O eso parecía.
***
Cuando Diego entró, bajó el cierre de la carpa y se acomodó a mi lado en la penumbra. La única luz era la de la fogata filtrándose por la tela, una claridad anaranjada que se movía con el viento. Camila estaba a un brazo de distancia, de espaldas a nosotros, respirando hondo.
Empecé a acariciarlo despacio por encima de la ropa. Él se tensó.
—Está ahí —susurró, casi sin voz.
—Está dormida —le respondí al oído, y bajé la mano hasta encontrarlo ya duro debajo del short.
Esa fue toda la negociación que hizo falta. Lo liberé de la tela y me incliné para tomarlo con la boca, sin apuro. Me esmeré en hacer ruido, esos sonidos húmedos y deliberados que sabía que viajarían en el silencio de la carpa. Porque yo también la había estado observando, y algo en la quietud demasiado perfecta de Camila no me terminaba de cerrar. Nadie respira así de fuerte cuando duerme de verdad.
Seguí un buen rato, mirándola de reojo entre caricia y caricia. Y entonces la vi moverse. Apenas. Un gesto mínimo, casi clandestino: su mano se deslizó bajo la bolsa de dormir, hacia su entrepierna, y empezó a moverse en círculos lentos. No estaba dormida. Nos estaba escuchando. Nos estaba espiando, fingiendo dormir, y excitándose con cada sonido que yo le regalaba.
Esa certeza me prendió fuego.
Sentí a Diego a punto de estallar, así que me trepé encima de él y empecé a cabalgarlo despacio. Pegada a su oído, mientras me movía, le dije lo que llevaba meses queriendo decirle.
—¿No te la querés coger? —le murmuré—. Está acá, mirándonos. Cumplí tu fantasía.
—¿Cómo, si está dormida? —jadeó él, más caliente de lo que lo había visto nunca.
Por toda respuesta, le tomé la mano y la llevé hasta la cola de Camila, por encima de la bolsa. Él la acarició, primero con miedo, después con ganas. Y entonces Camila dejó de fingir.
Se dio vuelta despacio y nos miró en la penumbra, con los ojos brillantes y la respiración agitada.
—Se te antoja, ¿no? —le dije, todavía sobre Diego—. Te vi tocándote mientras nos escuchabas.
Ella no lo negó. Se mordió el labio y asintió apenas, y esa fue toda la invitación que necesitábamos.
***
Me bajé de Diego y le hice un lugar. Él se volvió hacia Camila sin dejar de mirarme, buscando mi permiso una última vez. Se lo di con un gesto. La besó en el cuello, le bajó la parte de abajo del bikini que todavía tenía puesto y se inclinó entre sus piernas. Camila gemía bajito, conteniéndose, y yo la observaba desde un costado dividida entre la excitación y una punzada de celos que el alcohol y el deseo terminaron tapando.
—Vení —le dijo Diego a ella, sin dejar de atenderla—. Devolvele el favor a tu amiga.
Me acomodé boca arriba y Camila se acomodó entre mis piernas mientras Diego se ubicaba detrás de ella. Sentí su boca, todavía tímida, volviéndose más segura a cada segundo. Era extraño y vertiginoso sentir a mi amiga así, descubrir que tenía una habilidad que jamás le habría adivinado. Cuando Diego entró en ella desde atrás, Camila gimió contra mí y la vibración me recorrió entera.
—Tiene razón Ari —dijo ella, levantando la cara un instante—. Cogés increíble.
—Y eso que todavía no terminé —contestó Diego, agarrándola de las caderas.
Cambiamos de posición varias veces, encajando los tres en ese espacio reducido como si lo hubiéramos ensayado. En un momento, mientras yo besaba a Camila, ella me pidió al oído algo que no esperaba.
—Prepará a tu amiga —le dijo Diego a Camila, jugando con la dinámica que se había armado entre las dos.
Pero fui yo la que preparó a Camila. La recosté de costado, la fui relajando con paciencia, con los dedos y con la boca, hasta que el último resto de pudor se le borró de la cara. Cuando la sentí lista, guie a Diego hasta ella. Camila se resistió apenas, un segundo, y enseguida cedió con un suspiro largo.
—Despacio —pidió ella.
—Tranquila —le respondió él, y se hundió de a poco mientras yo le acariciaba el pelo.
Me quedé pegada a ellos, mirándolo todo de cerca, que era lo que más me gustaba. Diego se movía con un ritmo lento y profundo, y los gemidos de Camila fueron subiendo de tono hasta volverse otra cosa.
—Me encanta cómo lo hacen —murmuró ella, con la cara hundida en la almohada improvisada—. No quiero que pare.
Tuve varios orgasmos solo de observarlos, de ser parte y testigo al mismo tiempo. Cuando Diego empezó a perder el control, Camila estiró la mano y me buscó.
—¿Lo dejás? —me preguntó, agitada—. ¿Dejás que termine conmigo?
—Claro que lo dejo —le dije, y le di un beso largo justo cuando él se vino.
Diego soltó un gemido ronco, ahogado contra el hombro de Camila, y los tres nos quedamos enredados, sin aire, escuchando el crepitar de la fogata afuera y el viento moviendo la tela de la carpa.
***
Nadie dijo gran cosa después. No hacía falta. Camila se acurrucó de un lado, yo del otro, Diego en el medio, y nos dormimos así, pegados, todavía calientes por lo que acababa de pasar.
A la mañana siguiente desayunamos como si nada, riéndonos de la resaca, comentando el frío de la madrugada. Pero hubo una mirada entre Camila y yo, mientras lavábamos los mates en el río, que lo dijo todo.
—No fue la última vez, ¿no? —preguntó ella, sin mirarme.
Sonreí y no le contesté. Pero las dos sabíamos la respuesta. Ese fin de semana fue apenas el principio.





