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Relatos Ardientes

Mi amante quiso verme follar con otro

Estaba sola en el apartamento cuando salí de la ducha. El vapor todavía empañaba el espejo y la toalla apenas me cubría del pecho a medio muslo. Me la quité despacio, más por gusto que por necesidad, y me quedé mirándome unos segundos como si fuera otra mujer, una que supiera exactamente lo que quería hacer con su cuerpo.

Abrí el frasco de crema y empecé por los hombros. Bajé por los brazos, el vientre, las caderas. La piel me ardía todavía por el agua caliente, y el simple roce de mis propias manos me fue poniendo cachonda de una forma tonta, inmediata, casi automática.

Cuando me puse crema en las tetas, apretando con las palmas y deteniéndome en los pezones, sentí el primer latigazo claro entre las piernas. No era solo excitación. Era memoria. La del día anterior, encerrada en un coche con Iván, mi amante, mientras me follaba con la urgencia brutal de quien sabe que no debería estar ahí y por eso mismo no quiere perder ni un segundo.

Fui hasta la cama desnuda, sin secarme del todo. Me tumbé boca arriba y abrí las piernas. Una mano se quedó en mis pechos, pellizcando un pezón y luego el otro; la otra bajó por mi vientre, rozó el pubis y encontró mi coño ya húmedo.

Metí dos dedos entre los labios y los moví despacio sobre el clítoris. Cerré los ojos y lo vi todo otra vez. Yo encima de Iván, en el asiento reclinado, rebotando sobre su polla con las manos apoyadas en su pecho, sudando, gimiéndole en la cara mientras él me miraba como si quisiera tragarse cada gesto.

Recordé la tensión de su verga empujando dentro de mí. La forma en que me agarraba la cintura para ayudarme a subir y bajar. Y recordé, sobre todo, el momento en que me incliné hasta su oído y le solté aquello que llevaba días rondándome la cabeza.

—Quiero que sepas una cosa —le dije entonces, sin dejar de montarlo—. No eres el único con el que he follado esta semana.

Sentí cómo se le tensó el cuerpo entero debajo de mí. No dejó de embestirme. Al contrario, me clavó los dedos con más fuerza en las caderas y me hundió más abajo, como si quisiera metérmela hasta el fondo solo para marcar territorio.

—¿Ah, sí? —me respondió con la respiración rota—. Pues la próxima vez me lo cuentas todo. Todo, ¿me oyes? Cómo te la mete. Cómo se la chupas. Cómo te come el coño. Cómo gimes con él. No me escondas nada.

Eso me había puesto todavía más caliente. Tal vez porque esperaba celos y encontré morbo. Tal vez porque en sus ojos no vi enfado, sino hambre. La pura excitación de imaginarme abierta para otro mientras él escuchaba.

En la cama, con mis dedos dentro, recordé el final de aquel polvo. Yo apretando las piernas sobre sus caderas, él corriéndose con un gruñido ronco, y mi coño contrayéndose alrededor de la polla mientras me venía casi al mismo tiempo. El recuerdo me disparó la mano. Hundí un dedo más, arqueé la espalda y me corrí con un suspiro largo, húmeda hasta la palma.

Después me quedé quieta, respirando despacio, con el coño latiéndome y una idea creciendo con una claridad obscena. Iván quería saberlo todo. Quería verlo todo. Yo podía dárselo.

***

Dos días después reservé una habitación en el mismo hotel donde nos veíamos a escondidas. No fui con Iván. Fui con Darío.

Darío no era un accidente ni una aventura improvisada. Llevábamos viéndonos lo suficiente como para conocer bien nuestros cuerpos y lo bastante poco como para que todo siguiera oliendo a peligro. Era alto, fuerte, de sonrisa tranquila y manos ásperas. La clase de hombre que, cuando te pone una mano en la nuca, ya sabes que acabarás con las piernas abiertas.

Él llegó primero y pidió una copa. Yo subí diez minutos después, con un vestido sencillo, sin sujetador, y una decisión muy clara. Al entrar en la habitación, lo besé sin saludar. Le metí la lengua a fondo y le agarré la bragueta por encima del pantalón.

—Hoy tengo una idea —le dije—. Si te parece bien, quiero que otro hombre nos vea.

Darío alzó una ceja, pero no se apartó. Al contrario. Sonrió de lado y me apretó el culo.

—¿Tu amante?

—Sí.

—¿Y qué quieres exactamente?

—Que nos vea follar. Que lo vea entero. Que me vea tragarte la polla, que te vea comerme el coño y que me vea correrme contigo dentro.

Darío soltó una risa baja, más de excitación que de sorpresa. Me besó otra vez, esta vez más sucio, y me susurró contra la boca:

—Entonces vamos a darle un buen espectáculo.

Me desnudé despacio frente a él. Dejé el vestido caer al suelo, después las sandalias, y me quedé completamente desnuda mientras colocaba el móvil sobre una mesita, apoyado contra una botella de agua. Revisé el encuadre. La cama entraba entera. También la butaca y una parte del espejo.

Le escribí a Iván solo una frase: «Querías verlo todo. Atiende.» Y lancé la videollamada.

Tardó apenas unos segundos en responder. Cuando apareció en pantalla, estaba en su oficina, con la puerta cerrada detrás y una cara mezcla de intriga y tensión. Llevaba la camisa abierta del cuello y los auriculares puestos. En cuanto me vio desnuda, se quedó mudo.

—¿Me oyes? —pregunté.

—Sí —dijo al fin, tragando saliva—. Te oigo y te veo demasiado bien.

Sonreí. Me aparté un paso para que me viera entera.

—Me pediste detalles. Hoy no vas a imaginar nada.

Giré la cabeza.

—Ven, Darío.

Él entró en plano desnudo, ya empalmado, con la polla tiesa balanceándose contra el vientre. Miré de nuevo a la cámara y vi cómo Iván abría la boca sin decir nada. Esa reacción me encendió más de lo que esperaba.

Le agarré la verga a Darío con una mano. La acaricié de arriba abajo, despacio, dejando que Iván lo viera bien.

—Aquí la tienes —le dije—. Querías saber con qué otra polla me follo. Mírala.

Me arrodillé. Darío me apartó el pelo de la cara y yo le pasé la lengua por la punta, recogiendo el primer brillo húmedo. Luego abrí la boca y me la metí entera hasta donde pude, sintiendo cómo me rozaba el fondo de la garganta.

En la pantalla, Iván ya se había levantado ligeramente de la silla. Tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en mí.

Saqué la polla despacio, la masturbé con la mano y volví a chupársela, alternando succiones largas con lamidas por el tronco y los huevos. Darío me sujetó la nuca y empezó a marcarme el ritmo con pequeñas embestidas. No bruscas. Solo lo justo para usarme la boca y hacerme babear sobre su verga.

—Joder —oí decir a Iván al otro lado—. Sigue. No pares.

Lo miré a través de la pantalla sin sacar la polla de mi boca. Dejé que la saliva me corriera por la barbilla y me la limpié con dos dedos para luego llevármelos a la lengua. Darío estaba duro como una piedra, y yo disfrutaba como una perra sabiendo que uno me llenaba la boca mientras el otro se la machacaba solo en la oficina.

Saqué la polla y le di varios besos húmedos a la punta antes de incorporarme.

—¿Quieres más? —le pregunté a Iván.

—Quiero todo. Te dije que me lo contaras todo. Quiero verte abierta para él.

—Entonces mírame bien.

Me tumbé al borde de la cama con las piernas abiertas. Darío se arrodilló entre mis muslos y, antes de empezar, me pasó la palma de la mano por el coño. Estaba empapada. Separó mis labios con los dedos y soltó un gemido corto al verme.

—Está chorreando —dijo, sabiendo que el otro lo escuchaba.

—Porque me pone que mire —respondí, sin apartar los ojos del móvil.

Darío me lamió de abajo arriba con una pasada ancha, lenta, firme. Se me escapó un jadeo inmediato. No estaba jugando. Volvió a hacerlo y después metió la lengua entre mis labios, trabajando el clítoris con la punta mientras sus manos me sujetaban los muslos abiertos.

—Así —murmuró Iván desde la pantalla, con voz ronca—. Así mismo. Cómela bien.

La obscenidad de escucharlo dar instrucciones mientras otro hombre me devoraba el coño me hizo temblar. Eché la cabeza hacia atrás y me agarré las tetas, retorciéndome los pezones mientras Darío me comía sin prisa, separando mis pliegues, chupando, lamiendo, metiendo la lengua y sacándola hasta dejarme blanda y desesperada.

Sentí sus dedos entrarme, primero uno y luego dos, curvándose dentro mientras su boca seguía en mi clítoris. Mi coño respondió apretando enseguida. Yo me movía contra su cara, empujando la pelvis, necesitando más fricción, más presión, más de todo.

—Joder, Darío... no pares... así... así...

La pantalla se agitó un poco. Iván había cogido el móvil con la mano. Lo vi acercarse tanto que casi solo eran sus ojos y parte de la boca.

—Dile que te meta los dedos hasta el fondo. Dile que te haga correrte antes de follarte.

Reí, jadeando.

—¿Ves? —le dije a Darío—. Mi amante quiere que me dejes temblando antes de meterme la polla.

Darío no respondió con palabras. Sacó los dedos, escupió sobre mi coño hinchado y volvió a meterlos de golpe. Luego me chupó el clítoris con una succión más fuerte, más repetida. Mis piernas empezaron a cerrarse por puro reflejo, pero él me las sostuvo abiertas.

—No te escondas —dijo—. Que mire bien cómo te corres.

Ese mandato me remató. Me vine con un sacudón húmedo, contrayendo el vientre, gimiendo sin ninguna vergüenza mientras mi coño palpitaba contra sus dedos. Darío siguió un poco más, lamiendo el temblor final de mi orgasmo, hasta que tuve que apartarle la cara con una mano porque me resultaba demasiado intenso.

Respiré hondo y me incorporé a medias. En la pantalla, Iván se estaba masturbando ya sin disimulo, con la polla fuera del pantalón, roja y dura en su mano.

—No me jodas —le dije con una sonrisa—. ¿Ya estás así?

—Llevo así desde que te vi tragándosela.

Verlo masturbándose por mí, por nosotros, fue una descarga de poder brutal. Me puse a cuatro sobre la cama para darle mejor vista de mi culo y miré por encima del hombro a la cámara.

—Ahora viene la parte que más te va a gustar.

Agarré la polla de Darío y la guié hacia mi entrada. La punta me rozó el coño y yo la froté un par de veces entre los labios antes de encajarla. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría. El grosor me hizo soltar un gemido largo cuando me la fui metiendo centímetro a centímetro, hasta quedarme completamente empalada.

—Mírame, Iván —dije, sin moverme aún—. Así entra. Toda.

Me incorporé y empecé a subir y bajar. Primero lento, disfrutando la sensación de plenitud, de peso, de carne dura deslizándose dentro de mí. Después más rápido, dejando que el sonido húmedo del coño y los huevos golpeando mi piel llenara la habitación.

Darío me agarró las caderas con fuerza y yo seguí cabalgándolo de cara a la cámara. Quería que Iván me viera bien la expresión. La boca entreabierta. Las tetas rebotando. La cara de puro vicio cada vez que me clavaba entera.

—¿Es esto lo que querías? —le pregunté entre jadeos.

—Sí... joder, sí... No dejes de mirarme.

No dejé de hacerlo. Seguí follando con el móvil enfrente, viendo cómo su mano iba cada vez más rápido sobre la polla. Ese doble juego me volvió todavía más sucia. No estaba solo follando con otro. Estaba usándolo para masturbar a mi amante. Estaba convirtiéndolo en espectador y en cornudo voluntario, y a él le encantaba.

Darío cambió el ritmo desde abajo, clavándome embestidas más duras. Mi cuerpo rebotó sobre el suyo con golpes secos y me tuve que apoyar con una mano en el colchón para no perder el compás.

—Date la vuelta —me dijo.

Obedecí. Me puse de espaldas a él y de frente al móvil, sentándome otra vez sobre su polla. Así Iván podía ver mi barriga, mis pechos, la forma en que mi coño se tragaba aquella verga una y otra vez mientras yo me deslizaba sobre ella.

Me agarré las tetas y empecé a jugar con los pezones. Darío, desde atrás, me sostuvo por la cintura y empezó a empujar hacia arriba y a tirarme hacia abajo para ensartarme con más fuerza.

—Mira cómo me folla —le dije a la pantalla—. Mira cómo me abre el coño.

Iván soltó un gruñido ahogado.

—Dime si te gusta más grande. Dímelo.

Sonreí con maldad.

—Me gusta distinta. Y me encanta que tú lo veas.

Eso lo enloqueció. Lo vi tensarse, acelerar todavía más la mano. Su respiración golpeaba el micrófono. Yo seguí montando a Darío sin apartar la vista, dejándome caer hasta el fondo, sintiendo cada entrada como un golpe caliente en el vientre.

Darío me besó la espalda y luego me empujó hacia delante para ponerme de rodillas. Se colocó detrás de mí. Me separó las nalgas con una mano y me escupió entre los pliegues antes de volver a meterme la polla de una embestida seca que me arrancó un grito.

—Joder —gemí—. Sí... así... así, cabrón.

Empezó a darme fuerte. Sin suavidad ya. Cada golpe me hacía avanzar sobre la cama y me desordenaba la respiración. Mi coño sonaba húmedo, abierto, trabajado. Yo me agarraba a las sábanas mientras el móvil recogía el balanceo de mis tetas y el vaivén brutal de mi cuerpo.

—¿Lo ves bien? —pregunté jadeando, dirigiéndome a Iván—. ¿Ves cómo me folla por detrás?

—Lo veo todo —dijo con voz quebrada—. Me estoy volviendo loco.

—Pues escucha esto.

Empujé el culo hacia atrás para recibir mejor las embestidas y dije alto, sabiendo que ambos me oían:

—Me encanta sentir otra polla dentro mientras tú miras. Me encanta que te pongas cachondo sabiendo que este coño no es solo tuyo.

Darío me agarró del pelo y tiró lo justo para arquearme más la espalda. La nueva postura hizo que me diera justo donde más me hacía perder la cabeza. Cada embestida me sacaba un gemido más sucio, más roto.

—Voy a correrme —dije—. Si sigues así, me voy a correr.

—Hazlo —ordenó Iván desde la pantalla—. Córrete para los dos.

Eso me atravesó. Un hombre follándome, otro dándome permiso para venirme mientras se masturbaba mirándome. Cerré los ojos un segundo, solo uno, y cuando los abrí volví a fijarlos en la pantalla. Quería que él viera exactamente cuándo pasaba.

Darío metió una mano por debajo de mi vientre y me encontró el clítoris. Empezó a frotarlo al ritmo de sus embestidas, rápido y preciso. Mi cuerpo respondió enseguida: el orgasmo subió desde el coño como una corriente eléctrica, apretándome los músculos, tensándome las piernas.

—Sí... sí... no pares... me corro... me corro...

Me vine temblando, con la cara vuelta hacia el móvil, gimiendo sin contener nada. Mi coño apretó la polla de Darío una y otra vez, y él soltó una maldición entre dientes. Me dio tres embestidas más, profundas, torpes, y se corrió también, enterrado hasta el fondo, apretándome las caderas con fuerza.

Al otro lado de la llamada, Iván no aguantó más. Lo vi venirse casi al mismo tiempo, con sacudidas cortas de la mano y chorros espesos salpicando su escritorio. Bajó la cabeza, respirando como si hubiera corrido una carrera.

Darío salió de mí despacio. Yo me dejé caer de lado sobre la cama, aún con el coño latiendo y las piernas flojas. Se inclinó para besarme la espalda mientras en la pantalla Iván seguía recuperando el aire, con la mesa hecha un desastre por su corrida.

Me incorporé un poco y me acerqué al móvil. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y esa sensación deliciosa de haber hecho exactamente lo que quería hacer.

—Bueno —dije, mirándolo a los ojos—. Ya lo viste todo.

Iván se pasó una mano por la cara y soltó una risa incrédula, aún excitado, aún rendido.

—Eres una hija de puta.

—Y te ha encantado.

No me lo negó. No podía.

Le sostuve la mirada unos segundos más, saboreando su derrota y su deseo mezclados, y rematé con una sonrisa lenta:

—Ahora que ya disfrutaste como un voyeur de verdad, dime una cosa. ¿Cuándo quieres que repitamos?

Colgué antes de que pudiera contestar.

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Comentarios(5)

KiaraRN

que comienzo mas intenso!!! me dejo sin palabras

DiegoM23

Buenisimo, espero que haya segunda parte. Se hizo cortisimo

Fernanda_Bsas

La idea de la videollamada es de lo mas morboso que lei en mucho tiempo, muy original la situacion

CuriosoLector45

Esto paso de verdad o es ficcion? porque si es real necesito saber como termino jaja

xicohot1976

increible!!! sigue asi por favor

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