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Relatos Ardientes

El uniforme que me dejó casi desnuda frente a la calle

Todo empezó con una llamada de Daniela, mi amiga de toda la vida, esa que siempre me mete en líos de los que después no me arrepiento. Yo ya había trabajado antes de edecán en un par de eventos, así que cuando me preguntó si quería ganarme un dinero un sábado en un desfile, no lo pensé demasiado. Lo que no me dijo, la muy ladina, fue de qué clase de desfile se trataba.

—Pagan bien y solo es saludar y bailar un rato arriba de un carro —me prometió por teléfono.

—¿Y la ropa? —pregunté, porque ya conocía el rubro y sabía que entre menos tela, más billete.

—Ahí te la prestan. No te preocupes por eso.

«No te preocupes por eso» nunca es buena señal viniendo de ella.

El sábado llegué a la plaza a las cuatro, como me había indicado, maquillada y peinada con esmero. Me había puesto un vestidito de botones por delante, de esos fáciles de quitar, porque en estos trabajos una siempre termina cambiándose a las apuradas en cualquier rincón. En la mochila llevaba unas zapatillas blancas y poco más. Estaba tranquila. Ingenua de mí.

Daniela me recibió con un abrazo de oso y, antes de que pudiera saludarla bien, me puso en la mano unas pezoneras y una tanga color piel.

—Esto es para que te lo pongas debajo —me dijo, como si me estuviera dando las llaves del auto.

—¿Debajo de qué, exactamente? —pregunté, ya con una sonrisa nerviosa instalándose en la cara.

—Tú póntelo. Ahora vengo con lo demás.

Tardó unos quince minutos. Cuando regresó, traía una bata puesta, otra colgada del brazo y una bolsa. Me entregó la bolsa con una expresión que no supe descifrar. La abrí y lo primero que vi fueron unas alas. Debajo, una mata de encaje blanco, un liguero y unas medias de red. Mis ojos se abrieron despacio, igual que mi boca.

—Daniela… ¿esto es el uniforme?

—Ajá. Lindo, ¿no? —respondió, mordiéndose el labio para aguantar la risa.

—Esto no es un uniforme, esto es un conjunto de lencería con alitas.

—Vi tu sonrisa, ¿eh? No te hagas la digna —me dijo, y soltó una carcajada que terminó contagiándome.

Era un sostén y una tanga blancos, sensuales, adornados con transparencias delicadas y encaje fino. Las alas, el liguero y las medias de red a media pierna completaban el aire de angelita coqueta. Cualquier indignación que hubiera fingido se evaporó en el instante en que me imaginé puesta aquello.

—Bueno —dije, rindiéndome—, más que cambiarme, voy a desvestirme. Ando más tapada ahora con el vestido.

***

Me dejó cambiarme en el auto de un amigo suyo, estacionado a unos metros. Antes que nada, verifiqué que las puertas estuvieran cerradas y que nadie pudiera ver hacia adentro; precavida, una nunca deja de serlo. Me desabroché la parte de arriba del vestido, me coloqué las pezoneras (el sostén tenía su transparencia y no quería sorpresas), y encima me puse el conjunto blanco, que de cerca era todavía más bonito de lo que parecía.

Con el vestido todavía a la cintura, me deslicé la minitanga color piel, la de seguridad, esa que se usa cuando una modela lencería y no quiere que nada quede a la vista de más. Luego vino la tanga blanca, y por último el liguero y las medias, una pierna y después la otra, estirándolas con cuidado para que no se corrieran.

Cuando terminé, me quedé un segundo quieta, mirándome las rodillas, sintiendo cómo el corazón se me había acelerado sin pedir permiso. Esto es más que cualquier cosa que haya hecho antes, pensé. Y en lugar de asustarme, esa idea me prendió una chispa rara en la boca del estómago. Una mezcla de nervios, vergüenza y una emoción que no me animaba a nombrar.

Me até la bata encima, me acomodé el antifaz blanco con cuidado de no despeinarme, guardé el vestido y las zapatillas en la mochila y bajé del auto. Daniela me esperaba afuera.

—Deja la mochila adentro, el dueño del carro va a estar con nosotros allá arriba —me dijo.

Me dio un poco de cosa dejar mis cosas, pero la bata siempre la tendríamos cerca, así que respiré hondo y la dejé. Total, ya estaba ahí.

Cuando volví, se acercaron dos chicos, también con bata y antifaz, pero con diademas de cuernitos rojos.

—Ya entendí —dije riendo—. Nosotras las angelitas y ellos los diablitos.

Daniela me los presentó. Con el antifaz puesto apenas les distinguía la cara, lo que les daba un aire de misterio que no estaba nada mal. Mientras tanto, los carros alegóricos empezaban a acomodarse en fila. Eran casi las cinco y la música ya retumbaba en la plaza, entre banderas de todos los colores y gente eufórica.

—Mira, ese es el nuestro —me señaló Daniela.

Era un tráiler con la caja decorada: nubes y llamas, cielo e infierno. Una estructura de barandales a la altura de la cintura, para sujetarse, y unas bocinas enormes. No había paredes, ni cortinas, ni nada que tapara. Entendí de golpe que íbamos a ir ahí arriba, a la vista de toda la calle, sin que nada nos cubriera.

Me empezaron a temblar las piernas. Y otra vez esa adrenalina subiéndome por la espalda, esa risita nerviosa que no podía controlar.

***

Subir no fue fácil; la caja era altísima. Uno de los diablitos trepó primero, otro nos cargaba desde abajo y el de arriba tiraba de nosotras. Una vez los cuatro arriba, los chicos fueron los primeros en quitarse la bata. Y vaya que estaban en forma, marcados, con un calzón rojo satinado, botines y sus antifaces con cuernos. Se veían bien, no lo voy a negar; quizá yo, ya predispuesta a la situación, lo notaba más.

Lo que me tranquilizaba era el antifaz. Bajo el anonimato de esa máscara me sentía capaz de cosas que de cara descubierta jamás haría. Eso, y que, estando arriba del tráiler en movimiento, nadie podría acercarse demasiado.

Aun así, sabía que esto era distinto a cualquier otra vez. Sentía el pulso golpeándome en el cuello de solo pensar que, en cuestión de segundos, iba a estar en lencería en plena calle, frente a cientos de personas. Lo bueno es que las pezoneras disimulaban lo que mi cuerpo ya estaba delatando de pura excitación.

—Bueno, Renata —me dije a mí misma en voz baja—, a lo que viniste.

Desaté el listón de la cintura y dejé caer la bata.

Fue la primera vez en mi vida que sentí el aire recorrerme el cuerpo entero de esa manera. El fresco en los muslos, en la espalda baja, en cada centímetro de piel que normalmente nadie ve. El sol tibio cayéndome encima. Y entonces empezaron los silbidos, primero unos pocos, después muchos. Por instinto llevé las manos al frente, como para cubrirme, pero duró apenas un segundo. Después sonreí, saludé con la mano y dejé salir ese lado mío que solo aparece cuando me siento mirada.

Todavía me faltaba ponerme las alas, que seguían en la bolsa. Me agaché por ellas sin doblar las rodillas, despacio, consciente de cada mirada que se clavaba en mí. Los silbidos se multiplicaron. Y entre la multitud, alcancé a ver a un par de mujeres silbándome también. Eso fue nuevo. Nunca me había pasado, y descubrí que también me gustaba.

Me giré hacia Daniela. Ella llevaba un boxer cachetero de encaje blanco en lugar de tanga.

—Oye, ¿por qué a mí me tocó la tanga y a ti el cachetero? —le reclamé en broma.

—Porque solo había uno —me dijo, dándome una palmadita en la cola—. Y a ti se te ve mejor enseñando. Estás más culona.

—Ya, que van a pensar que somos pareja —le contesté, y las dos soltamos la carcajada.

***

El tráiler arrancó con la música a todo volumen. Daniela me explicó que de a ratos teníamos que arrojar condones a la gente, de una caja que llevábamos llena.

—Van a pensar que los aviento para que vengan por mí —bromeé.

—Yo creo que de eso se trata —se rió ella.

Las primeras cuadras estuvieron tranquilas, con poca gente, transeúntes sueltos a los que saludábamos desde lo alto. Pasamos frente a unas señoras que se quedaron mirando a los diablitos con cara de aprobación, y frente a un hombre mayor que iba con su hijo; al muchacho le saludé y me devolvió el gesto, mientras el señor se hacía el digno. Pero le vi la mirada. Esa forma de mirar me encanta.

Tres cuadras después llegamos al centro. Y el centro, un sábado por la tarde, estaba lleno. La gente que paseaba se detenía a ver el desfile, y el corazón se me disparó otra vez. Mordí el labio mientras pensaba: vamos, Renata, a darlo todo.

Y eso hicimos. Daniela y yo bailando, una de cada lado del tráiler, sacando nuestros mejores pasos. Los silbidos llovían, algunos para los chicos, que se les notaba todo, y muchos para nosotras. De repente empezaron los piropos, cada vez más atrevidos. Uno que recuerdo bien fue un «en esa fila sí me formo» que, lejos de molestarme, me calentó todavía más. Nunca me habían gritado algo así, y menos con tan poca ropa encima.

Del otro lado le gritaban cosas a Daniela. A una le decían que le quitaba lo seria, a la otra que se bajara a bailar. Cada grito era como echarle leña a algo que ya ardía dentro de mí. Jamás imaginé que exponerme de esa forma me pondría así.

En un momento Daniela me llamó a su lado. Venía un edificio con la fachada de espejos.

—Ven, vanidosa —me dijo riendo.

Cuando vi nuestro reflejo, no lo podía creer. Las dos nos veíamos increíbles, y yo, con esa tanga y las medias de red a media pierna, me veía mejor de lo que esperaba. Me mordí el labio mirándome a mí misma, disfrutando de lo bien que me sentía dentro de mi propia piel. Esa imagen terminó de soltarme.

A partir de ahí bailé sin freno. Me inclinaba, marcaba cada movimiento, y veía el efecto en las caras de los hombres, sobre todo en los mayores, esos que por su expresión llevaban tiempo sin ver algo así. Me encantaba leerles los ojos, ver cómo se mordían el labio, cómo algunos se ponían colorados y bajaban la mirada de pura timidez. A esos les mandaba un beso. Sentirme deseada de esa manera, por tanta gente a la vez, era una droga que no conocía y que ya no quería soltar.

Cuanto más nos metíamos en la ciudad, más gente se sumaba. En una de las idas a la caja de los condones coincidí con Daniela. Yo me incliné para tomar un puñado y, justo ahí, me dio una nalgada que me sacó un grito.

—Mírala, ya andas enseñándole la cola a media ciudad —me dijo entre risas.

Me levanté sobándome, pero no pude disimular la sonrisa.

—Si te encantó la nalgada, no mientas —insistió ella, y me señaló—. Mira, hasta la mano te dejé marcada.

Me giré y, en efecto, ahí estaba la marca de su mano. Las dos nos doblamos de risa mientras la gente nos silbaba sin saber de qué nos reíamos.

***

El recorrido terminó cerca de las siete, en una placita, justo cuando el sol empezaba a esconderse. Llevaba casi dos horas allá arriba, en lencería, exhibiéndome ante una ciudad entera y, contra todo lo que hubiera imaginado de mí misma esa mañana, feliz como pocas veces.

Nos avisaron que nos sujetáramos bien, porque de ahí saldríamos por el bulevar directo a otro lugar, donde la noche apenas estaba por empezar.

Pero lo que pasó después de bajarnos del tráiler ya es otra historia, y creo que esa tendré que contarla con calma, sin antifaz que me proteja del todo. Por hoy me quedo con la imagen de mi reflejo en aquellos espejos y con la certeza de que, debajo de cualquier vestido prudente, vive una mujer a la que le encanta que la miren.

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Comentarios(5)

NocheVeloz88

Dios mio que lectura para empezar el dia jajaja. Tremendo el giro del uniforme

RocioViajera

Me encanto la situacion, uno no sabe si reirse o ponerse colorada leyendolo. Muy bueno!

CarlosJR_77

excelente!!!

MelisaBaires

Me hize acordar a una fiesta de disfraces donde me paso algo bastante parecido, no tan extremo pero parecido jaja. Muy bien contado, se siente real

TonyEscalante

Pero despues como reaccionaron los que la vieron? eso me quedo sin resolver, ojala haya una segunda parte con esa parte

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