La noche que perdí mi virginidad con ellos
El uniforme de porrista, cinco jugadores y demasiada cerveza. Esa noche perdí algo que creía importante y descubrí que no lo era tanto.
El uniforme de porrista, cinco jugadores y demasiada cerveza. Esa noche perdí algo que creía importante y descubrí que no lo era tanto.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Lo había rechazado mil veces, le había llamado patito feo delante de todos. Cuando abrí los ojos, mis muñecas colgaban de una barra y él tenía un látigo.
Llevaba años escribiendo fantasías que jamás contaría en voz alta, hasta que un desconocido me escribió: «Quiero mostrarte que esa habitación que describes es real».
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Me ataron en el parque a plena luz del día y nadie pasó a ayudarme. Lo habían planeado bien, mucho mejor que yo.
Nadia y Sofía volvían del evento más grande del año cuando la oscuridad las reclamó. Al despertar, solo existían las cadenas y la voluntad de otro.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
El vapor lo envolvía todo. El narguile pasaba de mano en mano. Y el hombre que mañana sería su suegro lo miraba de un modo que Kamal no supo interpretar a tiempo.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.