La tarde en que mi sumiso adoró mis pies descalzos
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando crucé esa puerta. Lo que no sabía era que iba a salir de allí convertido en alguien que daba las órdenes.
El viejo de la despensa tenía las dos últimas botellas del vino que necesitaba para esa noche. Y tenía muy claro lo que iba a cobrarme por ellas antes de dejarme salir.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Cuando Bruno vio a Karim con su túnica blanca y los bordados dorados, se le quedó la boca abierta. Adrián sonrió: sabía que esa tarde nadie se iba a comportar.
Aparqué frente a la casa con las manos sudando. Era mi primera sesión con cliente desnudo y aún no sabía que terminaría con dos hombres encima.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Estaba sentada en el sillón redondo del fondo, con las piernas cruzadas y la copa medio vacía, cuando vi al chico de pelo rizado dejar su trago y caminar directo hacia mí.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Llevaba meses enamorado de Andrés cuando me dijo que su ex vendría a cenar. No imaginé que esa noche acabaría proclamándolo nuestro rey entre los dos.
Raquel creyó que siempre sería quien imponía las reglas. Esa noche en el muelle, con el bocado de hierro y la marca fresca en el muslo, todo cambió.