Lo que empezó esa tarde lluviosa con mi primo
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
Esteban dormía cuando me levanté a ducharme. Para cuando volvió a despertarse, yo ya tenía decidido a quién más quería en esa cama antes del mediodía.
Bajé por un café a media tarde. La puerta entornada, los jadeos al fondo y la decisión que no debí tomar: empujar la madera unos centímetros más.
Yo era el novio de Camila desde hacía dos años. Esa noche, su hermana Antonella cumplió dieciocho, y entendí que en esa casa nada estaba prohibido.
La pantalla del despacho parpadeó y mostró el cuarto de masajes del chalet de mis suegros. Mi cuñada y su prima, desnudas, esperaban algo más que un masaje.
Cuando bajé a la cocina y la vi sirviendo el café de espaldas, supe que la conversación que veníamos esquivando ya no podía esperar otro día más.
Llegué borracho a la cama y, minutos después, una sombra se deslizó bajo la sábana sin decir nombre. Pensé que era ella. No lo era.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Marcos lloraba de rabia en esa cama articulada, convencido de que nunca volvería a sentir a una mujer. Yo cerré la puerta con llave y me quité la ropa.