El chico que solo quería mirar cómo me tienen
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Mi dueño plantó la idea como una semilla: dinero por mi cuerpo y un desconocido observando cada detalle. Esa tarde de martes salí a cumplirla sin saber cómo terminaría.
Desde la oscuridad la veía moverse sobre él, y entendí que ya no sabía si me dolía más mirar o las ganas que tenía de seguir mirando.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Cuando levanté la vista del cuello de Camila, un hombre nos observaba desde la valla. No huyó. Sonrió, se llevó la mano al pantalón y se sentó a esperar.
Desde el despacho del piso de arriba, él ajustó el zoom. En la cocina, ella se acomodó la pretina del vaquero sabiendo que el timbre estaba por sonar.
Abrí las cortinas, encendí la lámpara del rincón y supe que él estaría asomándose desde la terraza vecina. Esa noche íbamos a darle algo que no se atrevería a pedir.
Cuando apagó las luces del pasillo y cerró la puerta, entendí que no íbamos a hablar de mi expediente. Algo había cambiado en el despacho.
Cuando entró empapada con sus amigas, supe que aquella noche iba a romper todos mis planes. Y cuando me llamó por mi nombre, entendí que el pasado nunca desaparece.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Mi hijo organizó la velada sin decirme sus planes. Lo entendí cuando se llevó a su invitada al dormitorio y me dejó a solas con su amigo en el sofá.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Llevaba meses notando cómo me miraba el escote en cada reunión. Cuando le pedí ayuda con la computadora, supe que esa tarde no se iría intacto.
Siempre fue tímida, pero esa tarde en la playa, desnuda bajo el sol, algo se despertó en ella que yo no había visto nunca.