La siesta bdsm que me dejó a sus pies
Cuando terminé de preparar la comida, estaba sudando y con el coño latiéndome como si me hubieran dejado una brasa entre las piernas. Desde la cocina los había visto otra vez junto a la piscina: mis dos amigas al sol, casi desnudas, y Damián dando vueltas por el jardín con esa calma insoportable que me estaba volviendo loca. Yo llevaba toda la mañana provocándolo, calentándome con él, midiéndolo, jugando a tirar y aflojar, y aun así él seguía moviéndose como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando por fin salió al borde de la piscina y se sentó a meter los pies en el agua, me quedé mirándolo desde dentro. Tenía el slip pegado al cuerpo, marcándole un bulto tranquilo que no engañaba a nadie. Delante de él, Vera y Lidia hablaban como si nada, con las tetas al aire casi por completo y esas braguitas minúsculas que apenas tapaban lo justo. Yo sabía lo que aquello le hacía. Lo sabía porque me lo hacía a mí también.
No pensaba quedarme encerrada removiendo una olla mientras el deseo nos hervía afuera. Apagué el fuego, dejé todo medio listo y salí disparada al jardín con la respiración acelerada. No me detuve ni a fingir pudor. Llegué hasta ellos, me agaché y me bajé las braguitas delante de sus caras.
—La comida está lista, pero primero necesito agua fría —dije—. Dentro hace un calor insoportable… y además estoy muy caliente.
Lo dije despacio, para que se oyera bien. Cuando la tela bajó por mis muslos se arrastró húmeda, pegada a mi piel, y terminó hecha un ovillo a mis pies. Por dentro había quedado una mancha espesa, blanquecina, un rastro obsceno de lo mojada que estaba. Los tres la miraron. Luego me miraron el coño abierto, hinchado, brilloso, con los labios cargados y el clítoris asomando como si también pidiera atención.
—Joder, Clara… cómo vienes —murmuró Vera, inclinándose a recoger mis braguitas.
Las tocó con dos dedos y los hundió en la humedad antes de llevárselos a la nariz. Ese gesto me recorrió la espalda como un escalofrío. Yo no dije nada. Salté a la piscina de cabeza para apagar el fuego, aunque sabía que iba a conseguir justo lo contrario.
Cuando salí a la superficie, él ya se había puesto en pie. Se bajó el slip sin drama, sin esconderse, dejando salir una polla gruesa, semidura, pesada, que me hizo apretar las piernas dentro del agua por puro reflejo. Le lanzó la prenda a Lidia con una puntería insultante y se tiró hacia mí.
Su cuerpo chocó con el mío debajo del agua y enseguida empezamos a buscarnos. Muslo con muslo. Vientre con vientre. Mi mano rozándole el culo. La suya apartándome el pelo mojado de la cara para mirarme como si se estuviera guardando algo. Su polla, todavía a medio camino, me golpeaba el pubis cada vez que nos empujábamos entre risas y chapoteos.
Lidia se acercó al borde y se sentó con los pies dentro del agua, sosteniendo aún el slip de Damián. No lo disimuló. Lo olió, lo apretó, incluso rozó la tela con la punta de la lengua mientras nos miraba. Vera había desaparecido hacia la casa con mis braguitas en la mano, y no hacía falta ser adivina para saber a qué se había ido.
Bajo el agua, Damián me agarró de la cintura y me empotró contra la pared de la piscina. Noté la punta de su polla frotarse entre mis labios sin llegar a entrar. Fue una caricia breve, una provocación precisa. Yo le mordí el hombro y abrí más las piernas, ofreciéndome. Él no empujó. Solo siguió rozándome así, con una lentitud cruel.
—No juegues conmigo —le susurré al oído.
—Tú empezaste —contestó, tranquilo.
Su respuesta me encendió más que cualquier manoseo. Lidia terminó uniéndose al agua, y entre los dos me ayudaron a arrastrarla hasta el centro de la piscina entre empujones, risas y manos descaradas. Le bajé la tanga a tirones mientras él le sujetaba las muñecas un segundo, lo justo para dejarle claro que ya no mandaba su timidez. Ella protestó por puro teatro. Se dejó tocar las tetas, se dejó abrir las piernas, se dejó buscar.
Mis dedos y los suyos se cruzaron varias veces debajo del agua, los dos persiguiendo la misma polla. La de Damián ya estaba plenamente dura, oscilando entre nuestros cuerpos como un animal inquieto. Cada vez que la agarrábamos, él soltaba el aire por la nariz y apretaba la mandíbula, conteniéndose.
Cuando Vera regresó con la comida lista, nos encontró todavía alterados. Damián se apartó hacia una esquina de la piscina para enfriarse. Lidia salió primero, desnuda, sin prisa, con el agua resbalándole por la espalda y por el culo prieto. Yo la vi caminar hasta el porche con aquella mínima tanga de cordones que más enseñaba que tapaba, y tuve que reconocer que la muy cabrona parecía saber exactamente cuánto podía provocar con cada paso.
Yo fui detrás, sin volver a vestirme. Damián también salió desnudo y acabó sentándose con nosotras a comer como si aquello fuera lo más normal del mundo. La polla le colgaba ya relajada, aunque seguía siendo imposible no mirarla. Más de una vez me sorprendí clavando los ojos allí mientras intentaba fingir una conversación normal.
La comida, sin embargo, se enfrió en otro sentido. Las cuatro personas sentadas en aquel porche sabíamos perfectamente lo que había debajo de la mesa, detrás de las sonrisas y los vasos. Pero nadie dio el paso. Yo lo intenté con roces, con posturas, con medias frases. Él no picó. O peor: picó y no me dio lo que quería. Eso me puso furiosa.
Cuando terminé de comer, dejé el tenedor y solté lo único que se me ocurrió.
—Necesito una siesta. Damián, ¿te vienes conmigo?
Hubo un silencio incómodo, no dramático, pero sí bastante claro. Vera y Lidia me miraron con una mueca que mezclaba diversión y sospecha. Él tardó un segundo de más en levantarse. Ese segundo me pinchó el orgullo.
Aun así me siguió. Lo guié hasta mi habitación, cerré el ventanal, corrí la cortina y me acosté desnuda en la cama sin esconder absolutamente nada. Me abrí de piernas y me quedé esperándolo con la respiración corta. No quería que me follara del todo. O eso me repetía. Quería llevarlo al límite, tenerlo a punto, volverme imprescindible para él. Seguir llevando yo el volante.
Pero en vez de tirarse sobre mí, Damián se fue a la cama auxiliar, se tumbó boca abajo y se quedó quieto. Ni una palabra. Ni una caricia. Ni una maldita mirada más.
Al principio pensé que estaba devolviéndome el juego. Luego entendí que no, que estaba haciendo algo peor: estaba dejándome cocer en mi propia necesidad. El cuarto se llenó de silencio y calor. Yo, completamente abierta, empapada, expuesta, empecé a sentirme ridícula. Mi orgullo chocaba con mis ganas, y mis ganas iban ganando por goleada.
Tócame de una vez.
No lo dije en voz alta. Me mordí los labios, cerré los ojos y traté de aparentar que me dormía. No sirvió de nada. Mi coño latía sin descanso. Sentía su presencia al lado como una amenaza y como un premio. Imaginé que se levantaría, que me agarraría los muslos, que me abriría de golpe y me metería la polla hasta el fondo. Imaginé incluso cosas más bruscas. Más sucias. Más humillantes. Y cada fantasía me mojaba más.
Terminó pasando algo todavía peor para mi control: me puse a masturbarme sola. Metí la mano entre las piernas con rabia, sin elegancia, arañándome casi el clítoris y metiéndome varios dedos de golpe. Mi propia humedad sonó en el cuarto. El olor del coño excitado empezó a llenar el aire. Yo jadeaba bajo, cada vez menos capaz de sostener mi papel.
Entonces su mano cayó sobre la mía.
Me sobresalté y giré la cabeza. Él seguía prácticamente inmóvil, medio hundido en la almohada, con la misma tranquilidad insoportable. Ni siquiera parecía excitado por fuera, y justo por eso me desarmó más. Me apartó la mano de mi sexo con una facilidad insultante y, sin una sola palabra, me metió todos los dedos dentro de golpe.
Gemí tan fuerte que me dio vergüenza. Me llenó por completo. No fue un tanteo ni una caricia suave: fue una invasión. Hundió la mano hasta donde pudo, abrió los dedos, me buscó por dentro con una precisión obscena y empezó a follarme con ellos como si supiera exactamente qué músculo tenía que castigar y cuál tenía que apretar.
—Quieta —dijo al fin, en voz baja.
Eso fue todo. Una sola orden, y mi cuerpo la obedeció antes que mi cabeza. Me quedé boca arriba, con las piernas abiertas y la respiración rota, mientras él me trabajaba el coño sin prisa y sin piedad. Sacaba los dedos casi del todo y volvía a clavármelos adentro con un ritmo duro, mojado, preciso. A veces me aplastaba el clítoris con el pulgar al mismo tiempo. Otras, curvaba los dedos y me arrancaba una sacudida desde el vientre.
Yo empecé a suplicarle al tercer minuto. No sé cuánto tiempo pasó de verdad porque perdí la noción enseguida. Solo sé que cada vez que me notaba a punto de correrme, él cambiaba algo. Aflojaba medio segundo. Me cerraba el coño con la palma. O me hundía dos dedos más y me dejaba temblando al borde sin permitirme caer.
—Por favor…
—Todavía no.
La humillación me empapó más que el placer. Yo, que había entrado allí segura de poder jugar otra vez con él, estaba reducida a un cuerpo abierto y obediente que gemía su nombre con la cara mojada. Él seguía vestido solo con su piel, callado, sereno, casi frío, mientras me llevaba una y otra vez al borde del orgasmo para negármelo justo al final.
Cuando intenté cerrar las piernas, me dio un manotazo seco en el muslo.
—Te he dicho quieta.
Volvió a meterme los dedos más hondo y me arqueé. Noté cómo mi coño se tragaba su mano, cómo la humedad chorreaba hasta el culo, cómo mi cuerpo ya no me pertenecía. Él empezó a usar la otra mano también. Me abrió los labios con dos dedos y se puso a frotarme el clítoris con círculos lentos mientras por dentro seguía bombeando. La combinación me partió.
—Damián… joder… joder…
—Así me gusta. Bien abierta y diciendo mi nombre.
Yo quería odiarlo. Quería escupirle algo. Quería ordenarle que parara o que me follara de una vez. En lugar de eso, levanté las caderas hacia su mano como una puta hambrienta. Él lo notó y me sujetó del pubis, clavándome contra el colchón.
—No te corras sin permiso.
La frase me atravesó. No porque fuera nueva, sino porque en su boca sonó absoluta. Me estaba dominando sin esfuerzo, sin atarme, sin gritar. Solo con su calma, sus dedos y la certeza de que conocía mi cuerpo mejor que yo en ese instante.
Me hizo llegar al borde una vez. Dos. Tres. Cuatro. Perdí la cuenta. En cada una mi vientre se endurecía, los pies se me encogían, la garganta se me llenaba de gemidos y luego, justo cuando el orgasmo iba a romperme, él me ahogaba el coño con la palma o me vaciaba por dentro con un movimiento calculado. Yo lloriqueaba de frustración. Literalmente lloriqueaba.
En una de esas, me giró un poco sobre la cama, me subió una pierna hasta casi doblármela sobre el pecho y siguió metiéndome los dedos desde otro ángulo. Sentí que me alcanzaba más adentro, que me rozaba ese punto que me desarma entera, y solté un grito ahogado.
—Mírate —murmuró.
Me obligó a bajar la vista. Mi coño estaba abierto, enrojecido, brillante, tragándose sus dedos con un sonido húmedo y vergonzoso. La cama estaba hecha un desastre. Mis muslos temblaban. Mi cara debía de ser la de una mujer completamente vencida.
—Estás hecha una puta —dijo, casi con curiosidad.
Yo asentí. No sé por qué. Pero asentí.
Entonces retiró la mano de golpe. El vacío me dolió. Creí que iba a dejarme así otra vez. Se levantó, fue al baño y me dejó tirada en la cama, jadeando, incapaz de moverme. Desde donde estaba vi de reojo que llevaba una erección tan dura que me dio rabia no haber podido tocarla.
Cuando oí que salía del baño y se dirigía a la puerta, me quebré. El cuerpo me pedía correrse con una urgencia casi violenta. Me masturbé como una desesperada, primero con la mano y luego con lo primero que encontré cerca: un bote cilíndrico de desodorante que acabó entre mis dedos y después dentro de mí.
No me importó nada. Ni la dignidad, ni el dolor, ni lo ridículo. Me lo metí con rabia, húmedo de mi propio flujo, moviéndolo dentro mientras me frotaba el clítoris como una demente. Jadeaba, gruñía, me insultaba a mí misma. Seguía sin poder correrme. Él me había dejado tan al borde que ya no sabía regresar sola.
Fue entonces cuando noté que estaba otra vez en la habitación.
Levanté la cabeza y ahí estaba, apoyado en el marco, mirándome con esa media sonrisa insoportable. Me vio abierta, rota, empapada, follándome con aquel cilindro como si mi vida dependiera de ello. Y no hizo nada por salvarme. Peor: disfrutó viéndolo.
—Perdona —dijo, fingiendo sorpresa—. No sabía que estabas ocupada.
Quise mandarlo a la mierda, pero solo me salió un gemido ronco. Lo agarré del antebrazo cuando se acercó, no para apartarlo sino para tenerlo cerca. Su presencia me terminó de empujar al abismo. Seguí moviendo el bote dentro de mí, cada vez más rápido, mientras mi otra mano me castigaba el clítoris en carne viva.
—Sigue —susurró él—. Quiero verlo.
Eso me destruyó. Me levantó una pierna, luego la otra, dejándome completamente expuesta. Se inclinó sobre mi sexo sin tocarlo. Yo estaba al borde de romperme, con el coño hinchado, dolorido, abierto de más, supurando sobre la cama. Entonces sopló.
Solo eso. Un soplo tibio sobre mi clítoris y mis labios abiertos.
Mi cuerpo explotó.
El orgasmo me sacudió con una violencia casi obscena. Sentí un espasmo brutal en el vientre y luego un chorro caliente salir disparado de mí, mojándome los muslos, la cama, su mano. Grité con los dientes apretados. El bote se me cayó. Mis caderas siguieron convulsionando solas mientras yo lloraba de puro exceso.
Él no se apartó. Me miró correrme como si estuviera contemplando algo suyo. Yo seguía expulsando sacudidas, incapaz de cerrar las piernas, incapaz de esconderme. Aquella era la humillación real: no solo me había hecho corrérmela así, sino que me había obligado a hacerlo delante de él, vencida, llorosa, temblando.
—Mírate —repitió con una sonrisa más abierta—. Qué zorra.
Después abrió la cortina y el ventanal para largarse al jardín, dejándome abierta sobre el colchón y todavía estremeciéndome. No supe si reír o matarlo. Acabé dormida de puro agotamiento.
***
Desperté con el cuerpo raro: vacío, sensible, extrañamente ligero. Apenas había dormido, pero bastó. Lo primero que sentí al recordar fue rabia. Lo segundo, una certeza incómoda: me había ganado. Ya no podía seguir fingiendo que lo manejaba yo. Había tomado el control de mí con una facilidad que me desarmó por completo.
Me duché con agua fría y me vestí. Necesitaba tela encima después de aquello. Elegí unas braguitas nuevas y una camiseta corta, ajustada, de esas que marcan los pezones aunque no quieras. Cuando salí al jardín por el ventanal de su cuarto, él estaba otra vez en la piscina, esta vez con los calzoncillos puestos. Mis amigas aparecieron poco después completamente desnudas y se tiraron al agua con él como dos hienas juguetonas.
Yo me quedé fuera, observando. A esa distancia, ya recompuesta, podía ver mejor el efecto que seguía teniendo sobre los tres. Damián miraba mucho. Más que antes. Sin disimulo. Vera y Lidia, por su parte, intentaban sostener una ligereza que se les iba escurriendo. El ambiente se enrareció solo, como si todos estuviéramos esperando otra orden mía.
Y la di.
Me quité la camiseta despacio y les sonreí.
—Me duele el cuello. ¿Quién me da un masaje?
La frase era una mentira miserable y todos lo sabíamos. Aun así funcionó. Nos repartimos casi de inmediato. Vera acabó detrás de mí en una tumbona, yo sentada entre sus piernas. Damián fue a parar a los pies de Lidia, que se recostó boca arriba en otra, con las piernas dobladas. Le dije que se sentara mejor, que así tendría más espacio para trabajarle los pies. Obedeció.
Vera empezó por mis hombros y en menos de un minuto ya me estaba amasando las tetas con ambas manos, besándome el cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja. Delante de nosotras, Damián sostenía un pie de Lidia contra su pecho mientras el otro quedaba justo entre sus piernas, encima de una erección que iba creciendo sin remedio bajo la tela mojada.
La escena me devolvió parte del orgullo. Yo la había montado. Yo había puesto a cada uno en su sitio. Pero el recuerdo de la siesta seguía debajo, recordándome que el control era relativo. Quizá por eso me excitó tanto ver cómo él levantaba los ojos hacia mí un momento, pidiendo permiso sin pedirlo.
Se lo di dejando que Vera me sobara sin pudor. Mis manos se posaron sobre las suyas, animándola a apretar más mis pezones. Eso bastó. Damián empezó a acercarse a Lidia centímetro a centímetro mientras le masajeaba el pie. El otro se deslizaba sobre su paquete con movimientos cada vez menos inocentes.
Lidia abrió las piernas un poco más. Luego otro poco. Ya no fingía no enterarse. Su coño quedó expuesto, afeitado, húmedo, brillante a la luz de la tarde. Él la miró como si se estuviera muriendo de sed. Yo lo vi tragar saliva desde mi tumbona.
—Buena chica —le dije a Lidia sin dejar de jadear por culpa de Vera.
Y ella respondió apretando con los pies la polla de Damián por encima del calzoncillo hasta obligarla a salir por el lateral del elástico. La verga saltó afuera, dura, larga, tensa hasta doler de verla. Las tres soltamos el aire al mismo tiempo.
Vera ya me tenía dos dedos metidos entre las braguitas y me estaba trabajando el clítoris por encima del encaje. Yo me arqueé, pero no aparté la vista de ellos. Damián, de rodillas al pie de la tumbona, empezó a pajearse con los pies de Lidia. Los sujetó por los tobillos, prensó su polla entre las plantas y la hizo resbalar arriba y abajo con una obscenidad tan hermosa que me dejó sin palabras.
Lidia, además, se estaba masturbando. Tenía una mano entre las piernas, hundiendo los dedos en su propio coño mientras con la otra se apretaba una teta. Su cara era la de una santa a punto de delinquir.
Vera me giró la cara para besarme la boca con furia. Le devolví el beso, agarrándole el pelo. Ya no había masaje ninguno; aquello era puro magreo, pura hambre. Metí la mano bajo sus muslos y le encontré el coño empapado. Ella gimió en mi boca y yo le devolví el favor, sobándola con dos dedos mientras seguíamos mirando de reojo a Damián.
Él estaba a punto. Se notaba en el temblor de la tripa, en la manera en que apretaba los dientes, en la punta brillosa de la polla. Lidia no aflojaba. Lo estaba exprimiendo con los pies como si quisiera ordeñarlo.
Y entonces, justo cuando vi el momento exacto en que él iba a correrse para ella, sentí algo negro en el pecho. Celos. Pura posesividad animal. Me zafé de Vera casi a empujones, me levanté y fui hacia él.
—Ya está bien —dije, agarrándolo de los brazos y tirando de su cuerpo hacia atrás—. Necesitas desahogarte.
Los tres se quedaron clavados. Lidia soltó una maldición. Vera me miró como si estuviera loca. Él temblaba, rígido, con la polla en perpendicular, tan dura que parecía imposible que siguiera aguantando.
—Haztela —le ordené.
No discutió. Se giró dándonos la espalda, se bajó del todo el calzoncillo y empezó a masturbarse con las dos manos. Era un espectáculo brutal. Se la agarraba fuerte, subiendo y bajando como si se estuviera follando los puños, culeando al ritmo de su propia mano, jadeando bajo. Yo llamé su nombre y, cuando giró un poco la cabeza, me abrí las braguitas y le mostré el coño.
La sacudida que le recorrió el cuerpo fue inmediata.
Llevé a mis amigas conmigo al suelo, junto al ventanal. Mientras él seguía pajeándose frente a nosotras, nosotras tres empezamos a besarnos y tocarnos con descaro, ya sin ninguna intención de parar. Me lancé entre las piernas de Vera y le comí el coño con hambre atrasada. Le metí la lengua, luego dos dedos, sorbiéndole el flujo mientras ella se retorcía y Lidia me manoseaba las tetas por detrás.
Detrás de nosotras se oían los golpes húmedos de la masturbación de Damián y su respiración cada vez más rota. Nos giramos casi al mismo tiempo cuando lo escuchamos gemir de verdad. Se había recostado contra un árbol, agarrándose la base de la polla con una mano mientras la otra seguía bombeando.
El orgasmo le salió con violencia salvaje. El semen saltó en chorros largos, tensos, salpicándole el abdomen, la camiseta, el muslo. Volvió a correrse varias veces más, temblando entero, disparando hasta quedarse casi sin fuerzas. Fue una corrida descomunal, hermosa y obscena a la vez. Las tres nos quedamos mirándolo en silencio un segundo, fascinadas.
Luego decidí. No lo dejaría entrar todavía. No aquella tarde.
Me levanté, agarré a mis amigas de la mano y nos metimos en la habitación antes de que pudiera recuperarse. Cerramos el ventanal, corrimos la cortina y eché el cerrojo de la puerta. Quería saciarme con ellas. Quería un territorio seguro donde mi cuerpo pudiera descargar sin volver a cederle todo el poder.
Empujé a Lidia a la cama y me hundí entre sus piernas sin perder un segundo. Vera se colocó detrás de mí, apretando sus pechos contra mi espalda mientras me metía una mano entre las nalgas y me abría despacio. El coño de Lidia estaba chorreando, caliente, tembloroso todavía por lo de afuera. Le metí la lengua hasta donde pude y ella me agarró del pelo con ambas manos.
—No pares —gimió.
No pensaba hacerlo. La devoré a fondo, abriéndole los labios con los dedos y clavándole la lengua en ese punto que la hacía arquearse. Vera, mientras tanto, me bajó las braguitas de un tirón y se arrodilló para lamerme el culo y luego el coño desde atrás. El doble contacto me dejó sin aire. Yo comía a una mientras la otra me comía a mí, atrapada entre gemidos, saliva y olor a sexo fresco.
Cuando Lidia estuvo temblando al borde, la giré hacia Vera y me tumbé boca arriba. Las hice subir conmigo. Quería sus bocas, sus manos, sus cuerpos encima. Vera me montó la cadera y empezó a restregarme el coño contra el muslo mientras Lidia me chupaba los pezones con una avidez deliciosa. Metí una mano entre las piernas de cada una y las masturbé al mismo tiempo, sintiendo cómo las dos se abrían y se mojaban más.
La habitación se llenó de jadeos, de choques de piel, de dedos entrando y saliendo, de lenguas. Ninguna estaba para delicadezas. A Vera le metí tres dedos hasta hacerla gemir en mi cuello. A Lidia la hice correrse en mi boca, sujetándole las caderas mientras me empapaba la lengua. Luego me devolvieron el favor entre las dos, una en mi clítoris y la otra metiéndome los dedos adentro hasta que acabé retorciéndome sobre las sábanas, sucia, aliviada, por fin descargando sin lucha.
Nos corrimos así, enredadas, más de una vez. No hubo dulzura. Hubo hambre. Hubo cansancio acumulado. Hubo necesidad de arrancarnos de encima el resto del día a base de boca, dedos y convulsiones. Cuando al final nos quedamos tumbadas, sudadas y satisfechas, el cuarto olía a sexo y victoria.
Y mientras recuperaba el aire entre los cuerpos de mis amigas, supe que la tregua había terminado. Afuera me esperaba él. Y yo ya no iba a poder fingir mucho más tiempo que no deseaba volver a ponerme, de rodillas si hacía falta, justo donde me había dejado esa siesta: a sus pies.
Si leés desde zona norte, en Chicas Elite Escobar vas a encontrar perfiles con fotos reales.