La ama me encerró y me humilló en Nochebuena
La víspera de Navidad la esperé de rodillas junto a la puerta, con la espalda recta, las manos detrás de la nuca y el culo ardiéndome alrededor del plug que ella misma me había obligado a ponerme dos horas antes. Debajo de la ropa llevaba la jaula de castidad cerrada, apretándome la polla con una incomodidad que ya se había convertido en excitación sucia. No había comido en todo el día. Tampoco me había permitido correrme en toda la semana.
Antes de salir de la oficina me mandó un audio breve, seco, con esa voz que me desarma más que cualquier golpe. —Quiero encontrarte limpio, depilado y listo para servir. Si tengo que repetirte algo al llegar, lo pagarás. Lo escuché cinco veces seguidas, con la boca seca y la polla tratando de endurecerse inútilmente dentro de la jaula.
Había dejado el salón impecable, las luces bajas y la cena casi preparada. Lo único que faltaba era ella. Yo llevaba una camiseta ajustada y un pantalón corto que apenas ocultaba la línea del arnés anal y el bulto ridículo de la jaula, más humillante por lo poco que marcaba que por lo que insinuaba.
Cuando escuché la llave en la cerradura, sentí un tirón en el estómago. Bajé la mirada antes de verla entrar.
Camila empujó la puerta con el hombro, dejó el bolso sobre la consola y soltó un suspiro largo. Venía cansada, con el abrigo puesto, el pelo recogido a medias y esas botas altas de cuero oscuro que sabía que terminarían sobre mi cara. El frío de la calle venía pegado a su ropa, pero su expresión era puro control.
—Mírate —dijo, cerrando la puerta con calma—. Qué obediente cuando quieres.
Me incliné hasta besar la punta de una de sus botas. —Buenas noches, ama.
—Más fuerte. Quiero oírte.
—Buenas noches, ama.
Ella me sostuvo la barbilla con dos dedos y me obligó a alzar la cara. Sus ojos bajaron a mi pecho, a mis muslos separados, al bulto inútil entre las piernas. Sonrió apenas. —¿Has tocado tu jaula?
—No, ama.
—¿Has comido?
—No, ama.
—¿Y el culo? ¿Está abierto como te ordené?
Sentí calor subir hasta las orejas. —Sí, ama. Llevo el plug puesto.
Su pulgar me rozó el labio inferior. —Bien. Entonces empieza por donde sabes.
Se dejó caer en el sillón y estiró una pierna hacia mí. Yo entendí la orden sin necesidad de más palabras. Le quité una bota con cuidado, besándole primero el empeine del cuero, después el tobillo cubierto por la media, y por último la planta del pie cuando la dejó desnuda frente a mi cara.
Olía a calle, a sudor viejo de jornada larga, a piel encerrada durante horas. Un olor espeso, íntimo, que me golpeó como una descarga directa a la polla atrapada. Gemí bajito, incapaz de evitarlo.
—Eso es lo que eres —murmuró, encendiendo la televisión con el mando—. Un cerdo agradecido.
Saqué la lengua y empecé a lamerle la planta despacio, desde el talón hasta la almohadilla, dejando saliva brillante donde pasaba. Ella apoyó el otro pie, todavía dentro de la bota, sobre mi hombro y me usó como reposapiés mientras revisaba mensajes en el móvil. Cada vez que encontraba una zona más áspera o un borde húmedo entre los dedos, insistía ahí, chupando con más ganas, como si mi boca pudiera borrar todo el cansancio que traía encima.
—No solo pases la lengua —dijo sin mirarme—. Limpia de verdad.
Obedecí. Abrí más la boca y metí sus dedos uno por uno, succionándolos hasta que escuché el pequeño chasquido cuando los saqué. Ella soltó una risa baja, seca, y me apretó la mejilla con el pie.
—Qué cara de puta tienes cuando pruebas mi sudor.
La jaula ya me dolía. La polla empujaba contra el metal, goteando. Sentía el líquido pegajoso correr por debajo, incapaz de aliviar nada. Ella lo vio cuando bajó la mirada.
—Mira cómo chorreas sin que te toque —dijo—. Y todavía no has hecho nada útil.
Se quitó la segunda bota y me la lanzó al pecho. —Límpialas también.
Me arrodillé en el suelo y empecé por el cuero, lamiendo la punta, los laterales, la suela. No era solo un juego. Quería verme humillado de verdad, rebajado a un objeto doméstico, a un animal que sirve con la boca. Yo lo sabía y justo por eso me ponía más cachondo todavía.
Mientras yo trabajaba sobre sus botas, ella fue a la cocina y empezó a terminar la cena. La escuchaba abrir cajones, golpear platos, remover una sartén. Yo la seguí de rodillas cuando me chasqueó los dedos.
—Aquí. A mi lado.
Me coloqué junto a la encimera, con la cara a la altura de sus muslos. Ella cocinaba como si yo fuera una extensión más de la habitación. Ni siquiera necesitaba mirarme para mandar. En un momento dejó caer un pedazo de pan al suelo a propósito.
—Cómetelo.
Me incliné de inmediato y lo recogí con la boca, sin usar las manos. La miga tenía polvo y una gota de salsa. Lo mastiqué sin levantar la cabeza.
—Más rápido —ordenó.
Después dejó caer un trozo de carne. Luego una aceituna. Luego unas tiras de cebolla. Cada cosa acababa en el suelo y cada cosa iba a mi boca. Yo tragaba con hambre real y con una vergüenza que me calentaba el cuerpo entero.
—Abre —dijo de pronto.
Lo hice. Ella masticó despacio un bocado, se inclinó apenas y me escupió la mezcla tibia en la lengua. Cerré la boca alrededor de aquello y tragué con los ojos fijos en sus piernas.
—Buen chico.
Esas dos palabras me hicieron gemir más que cualquier caricia. Ella lo notó. Siempre lo nota todo.
Terminaron de hacerse las cosas en el horno y llevó su plato al salón. Yo fui detrás, todavía de rodillas. Se sentó frente a la televisión, cruzó una pierna sobre la otra y empezó a cenar con calma, ignorándome durante varios minutos. El silencio era parte del castigo. Yo estaba ahí, hambriento, empalmado, con el culo ocupado y la boca todavía sabiendo a su saliva y a su comida masticada.
De vez en cuando dejaba caer algún resto al suelo. Yo esperaba la orden. Cuando llegaba, me abalanzaba a recogerlo con la lengua o con los labios. Si tardaba un segundo, ella chasqueaba la lengua con desprecio.
—Qué poco elegante comes cuando estás desesperado.
—Perdón, ama.
—No quiero perdones. Quiero obediencia.
Cuando terminó el plato, se recostó y me hizo una seña para acercarme más. Se desabrochó el cierre de una bota a medio quitar y luego la dejó caer. Después hizo lo mismo con la otra. Sus pies salieron calientes, marcados por horas de encierro. Sin medias. Sin perfume. Solo piel cansada y el olor bruto que a mí me vuelve loco.
—A la cara.
Me tumbé boca arriba y ella apoyó una planta entera sobre mi boca y mi nariz, aplastándome. Respiré hondo por reflejo, llenándome de su olor. La polla se me sacudió dentro de la jaula. Un hilo de líquido se escapó y manchó el pantalón corto.
—Mírate —dijo, observando el charco—. Estás tan salido que te meas de ganas.
Separó el pie un momento. —Saca la lengua.
La saqué. Ella la pisó con la planta, arrastrándola despacio desde la punta hasta casi la garganta. Repetía el movimiento una y otra vez, y yo mantenía la lengua fuera aunque me temblara de cansancio. Después me metió dos dedos en la boca, profundos, húmedos de su propio sudor. Los chupé con avidez, haciendo ruido.
—Así —murmuró—. Hazte útil con esa boca.
Me agarró del pelo y me obligó a incorporarme. —Ponte de espaldas. Quiero ver el estado de tu culo.
Me giré enseguida, apoyando manos y rodillas en la alfombra. Noté cómo apartaba la tela del pantalón corto y tiraba del arnés. El aire fresco me golpeó la piel húmeda entre las nalgas. Luego sentí sus dedos inspeccionando alrededor del plug.
—Lo has hecho bien —dijo—. Está bien metido. ¿Quieres que te lo saque?
La pregunta era una trampa deliciosa. Tragué saliva. —Lo que usted quiera, ama.
Me dio una bofetada seca en el culo. —Contesta claro.
—Sí, ama. Quiero que me lo saque.
—¿Para qué?
Cerré los ojos. —Para que me use.
Su risa volvió, más oscura esta vez. Tiró del plug despacio. Me arrancó un gemido bajo, largo, mezclado de alivio y vacío. Sentí cómo la piel se cerraba alrededor de la nada durante apenas un segundo antes de que me escupiera entre las nalgas y me metiera un dedo lubricado con saliva.
Lo empujó sin prisa, hundiéndolo entero mientras con la otra mano me agarraba la jaula por detrás y la zarandeaba. El metal tiró de la polla atrapada de una manera dolorosa y exquisita. Solté un jadeo.
—Te encanta que te manipule así, ¿verdad?
—Sí, ama.
Metió un segundo dedo. Abrió, giró, buscó ese punto que hace que el cuerpo olvide toda dignidad. Lo encontró enseguida. Mi cadera respondió sola, empujándose contra su mano con desesperación.
—Quieto —ordenó, dándome otra palmada—. No follas tú. Te follan.
Me dejó ardiendo y se levantó un momento. Escuché el sonido familiar de una aplicación al activarse en su móvil y tuve que contener el aliento. El plug no estaba ya dentro, pero el arnés sí llevaba una pequeña bala vibradora secundaria que quedaba pegada al perineo y a la base de la jaula. Cuando la encendió, el zumbido me golpeó justo ahí, donde más me desarma.
Me encogí con un gemido roto. —Ama...
—Calla y aguanta.
Subió la intensidad. La vibración se metió por el culo vacío, por los huevos apretados, por la polla encerrada que no podía crecer ni descargarse. Sentía el orgasmo venir como una pared de calor, pero no tenía salida limpia. Solo presión, espasmos y más líquido escurriéndose dentro de la jaula.
Ella se sentó otra vez y abrió más las piernas. —Ven aquí. Si te vas a correr, quiero verte la cara.
Fui arrastrándome hasta quedar entre sus pies. Me puso una planta en la boca y la otra sobre el bulto de la jaula, apretando justo cuando la vibración seguía castigándome por debajo. Chupé sus dedos con desesperación, babeando. El pie sobre la jaula presionó más fuerte y yo me vine sin tocarme, sacudido como un idiota, gimiendo contra su piel.
No fue una corrida limpia. Fue una serie de espasmos secos, chorritos de semen y líquido preseminal atrapados en el metal, escurriéndose por debajo, mojándome los muslos. El placer fue brutal precisamente por eso: porque no alivió del todo, porque me dejó tenso, vacío y todavía necesitado.
Ella bajó la intensidad del vibrador y me miró con una sonrisa ladeada. —Así te quería. Hecho un desastre.
Yo respiraba agitado, con la frente apoyada en su tobillo. —Gracias, ama.
—No te he dado permiso para descansar.
Se levantó y me hizo incorporarme de un tirón del pelo. El movimiento me dejó la boca a centímetros de sus labios. Pensé que iba a besarme, pero me escupió directamente dentro de la boca y me obligó a tragar. Después me besó por fin, corto y sucio, solo lo bastante para que sintiera el sabor compartido.
—Ahora sígueme al dormitorio.
La seguí tambaleándome, todavía con la vibración mínima zumbando contra el cuerpo. En el cuarto ya había preparado lo que ella usa cuando quiere llevar todo un poco más lejos: un consolador con arnés, guantes negros y una botella de lubricante sobre la cómoda. Solo verlo me hizo apretar las piernas.
—Desnúdate —dijo.
Me quité la camiseta y el pantalón corto. La jaula quedó expuesta, ridícula y mojada. Ella pasó un dedo por el borde inferior y recogió el semen pegajoso. Lo observó con asco divertido antes de untármelo en los labios.
—Prueba lo que has soltado por nada.
Lamerme mis propios restos delante de ella terminó de hundirme en el papel que tanto buscábamos los dos. Yo era su juguete. Su sirviente excitado. El hombre al que reducía a una polla inútil y un culo disponible.
Camila se quitó el vestido con lentitud, sin teatralidad, y quedó en ropa interior oscura, elegante, todavía más autoritaria así que desnuda. Se colocó el arnés delante de mí, ajustando las correas a sus caderas con una eficiencia que me hizo temblar. El consolador colgó firme, brillante de lubricante cuando lo cubrió con la mano.
—A cuatro patas en la cama.
Subí como pude. Ella detrás de mí me abrió las nalgas y me escupió otra vez en el agujero antes de añadir lubricante frío. Luego me metió dos dedos de golpe, sin la paciencia de antes, haciéndome jadear contra las sábanas.
—Relaja ese culo o te lo voy a abrir igual.
Asentí, respirando hondo. Sus dedos entraban y salían más rápido, preparándome de verdad esta vez. Me palmoteó la nalga, luego la otra, hasta dejar la piel encendida. Finalmente apoyó la punta del consolador en la entrada y la dejó ahí, presionando sin avanzar.
—Pídelo.
—Fóllame, ama.
—No te oigo.
—Fóllame, ama. Por favor.
Empujó. La punta entró lenta, gruesa, estirándome con una mezcla sucia de ardor y alivio. Gemí con la cara hundida en el colchón. Ella no se detuvo. Siguió metiendo más y más, con una mano en mi espalda baja para mantenerme quieto, hasta clavarme casi toda la longitud.
—Joder —solté, temblando.
—Eso. Siente cómo te abro.
Retrocedió casi hasta sacarla y volvió a meterla con un golpe seco que me arrancó un grito. El sonido del arnés chocando contra su pelvis marcó el ritmo. No era una fantasía suave ni una escena delicada. Era uso. Dominación. Mi culo recibiendo cada embestida mientras la jaula me negaba cualquier roce decente.
Ella me agarró de la nuca y empezó a follarme con cadencia firme, cada vez más rápida. Yo solo podía gemir, empujar atrás por instinto y sentir cómo el consolador me golpeaba por dentro exactamente donde más me hace perder la cabeza. La cama crujía. Su respiración se volvió más pesada. Una de sus manos bajó a la jaula y empezó a tirarme de ella al ritmo de las embestidas, multiplicando la tortura.
—Mira qué puta cara se te pone cuando te ensartan —dijo, obligándome a volver la cabeza hacia el espejo del armario.
Me vi sudado, despeinado, con la boca abierta y la polla cautiva chorreando inútilmente. La imagen me humilló tanto que me calentó más.
—Dilo.
—Soy su puta, ama.
Me dio una nalgada fuerte. —Más claro.
—Soy su puta y me encanta que me folle el culo.
La siguiente embestida fue brutal, profunda, celebrando la frase. Casi me derrumbé. Ella me sostuvo del cinturón de la jaula y siguió atravesándome, sin compasión, hasta que las palabras dejaron de salir y solo quedaron gemidos roncos y el sonido húmedo del lubricante.
En un momento tiró de mí hacia arriba y me hizo arrodillarme sobre la cama. Quedé con la espalda pegada a su pecho, el consolador todavía dentro. Pasó un brazo por mi torso y con la otra mano me agarró la mandíbula.
—Abre.
Abrí la boca. Metió dos dedos hasta hacerme babear y luego los mantuvo ahí mientras me follaba desde atrás, usando mi boca como otra forma de sujetarme. Sentía su aliento en la oreja, sus pechos contra mi espalda, la correa del arnés tensándose a cada golpe. Era una invasión completa.
Cuando sacó los dedos, me susurró: —Chupa.
Los tomé con hambre, llenos de saliva y del lubricante mezclado con mi propio olor. Ella me dejó mamárselos mientras el consolador seguía entrando y saliendo. Luego me empujó otra vez contra el colchón y aceleró, más dura, más corta, golpeando justo en ese punto que hace que el culo se convierta en un centro de placer absurdo.
Yo ya no tenía control de nada. El cuerpo se me iba solo. La jaula se sacudía, los huevos tensos, el vientre contraído como si fuera a correrme otra vez. Ella lo notó en seguida.
—Ni se te ocurra correrte sin permiso.
Intenté aguantar, pero un orgasmo así no se decide. Se acumula. Sube. Quema. Ella metió la mano entre mis piernas, activó de nuevo la vibración desde el móvil y el zumbido me atravesó entero mientras seguía follándome sin bajar el ritmo.
—Ahora sí —dijo, casi escupiéndome las palabras al oído—. Córrete para mí.
Me vine con un alarido ahogado, vacío y violento, sacudiéndome alrededor del consolador. Sentí pequeños chorros calientes atraparse otra vez dentro de la jaula, resbalar por debajo y manchar las sábanas. Ella no paró cuando empecé a correrme. Siguió diez, doce embestidas más, exprimiéndome cada espasmo hasta dejarme temblando de pies a cabeza.
Después salió de mí de una sola vez. El vacío me hizo gemir. Caí boca abajo, sin fuerzas, con el culo latiéndome y las piernas abiertas por pura rendición.
Hubo unos segundos de silencio. Solo se oía mi respiración rota y el sonido lejano de la televisión todavía encendida en el salón.
Camila me dio una palmada suave, casi cariñosa, en la nalga. —No hemos terminado.
Bajé de la cama como pude cuando me lo ordenó. En el suelo, entre mis pies, ya se veía parte de lo que había goteado de la jaula y del lubricante que me escurría por los muslos. Ella apoyó una planta desnuda en el charco y lo extendió con lentitud por la madera.
—Limpia lo que ensucias.
Me arrodillé de inmediato y empecé a lamer el suelo. Primero recogí mi propio semen, salado y tibio. Luego la huella húmeda de su pie, pasando la lengua donde ella iba pisando, como un perro amaestrado. El acto era degradante incluso para nuestros estándares, y justo por eso me aceleraba el pulso otra vez.
Ella me hizo limpiar también sus dedos, uno por uno, hasta dejarlos brillantes. Luego me agarró del mentón y me obligó a mirarla.
—¿Te arrepientes de algo?
Negué con la cabeza, aún jadeando. —No, ama.
—¿Te gustó servir?
—Sí, ama.
—¿Te gustó que te humillara?
No pude evitar una sonrisa cansada. —Muchísimo.
Su expresión se ablandó apenas. Nada empalagoso; solo ese mínimo cambio que me deja claro que detrás del juego hay algo sólido, elegido. Me acarició el pelo una vez y luego me señaló el baño.
—Ve a lavarte. Después vuelves, me das un masaje en los pies y duermes a mis pies de la cama. La jaula no se abre esta noche.
Esa última frase me sacudió con una mezcla de frustración y gratitud. Me quedaba caliente, usado, negado. Exactamente donde ella quería. Exactamente donde yo necesitaba estar.
Antes de irme, besé el empeine de su pie con cuidado. —Feliz Navidad, ama.
Ella sonrió de lado, cansada pero satisfecha. —Feliz Navidad, mascota. Y no tardes. Mis pies siguen siendo tuyos.
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