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Relatos Ardientes

La desconocida del autobús que jamás olvidé

Cuando estudiaba la carrera en Monterrey me ocurrieron cosas que nunca le he contado a nadie. Vivía solo, lejos de mi familia, y cada tarde regresaba del campus con la cabeza llena de apuntes y el cuerpo cansado. Esta es una de esas historias que uno guarda para sí, pero que regresa cada cierto tiempo, intacta, como si hubiera pasado ayer.

Era un jueves, después de las clases de la tarde, cerca de las siete. El cielo ya empezaba a oscurecer y yo esperaba el autobús urbano en una parada repleta de gente que volvía del trabajo. Cuando llegó, venía hasta el tope, así que subí por la puerta trasera, pasé el dinero del pasaje de mano en mano hasta el conductor y me quedé de pie, sujeto a una de las barras del techo.

Una parada más adelante bajaron dos o tres personas por atrás, pero subió ella. No era muy alta, de piel morena y cabello negro ondulado que le llegaba a los hombros. Llevaba una falda gris un poco ceñida que dibujaba la curva de sus caderas y unas piernas firmes, bien torneadas. La blusa era de un blanco impecable, con un pañuelo verde anudado al cuello, y cargaba un abrigo doblado sobre el brazo junto con un bolso de mano.

Quiso el azar que se parara justo a mi lado. Con cada frenón el autobús nos empujaba a todos, y los empujones nos acomodaron de una manera incómoda y a la vez deliciosa: mi pecho terminó recargado contra su hombro, y mi entrepierna quedó tocando su mano, esa con la que sostenía el abrigo. La otra la tenía ocupada, aferrada a la barra.

Su cercanía y el aroma de su perfume, algo cálido y dulce, hicieron que mi cuerpo empezara a reaccionar sin que yo se lo pidiera. Intenté pensar en otra cosa, en los exámenes, en cualquier cosa, pero fue inútil.

Aunque yo no lo quería, la erección se volvió evidente contra el dorso de su mano. Ella me miró de reojo, despacio, como midiéndome, y después giró la cara hacia el otro lado. Pero no quitó la mano.

Con el vaivén del camino, su mano empezó a rozarme una y otra vez, casi sin intención, y la verdad es que aquello me gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Entonces, con todo el disimulo del que fui capaz, bajé mi mano derecha hasta su cadera y la rocé apenas. Ella volvió a mirarme, sin enojo, sin sorpresa, y se giró de nuevo hacia la ventana. Lo tomé como un permiso. Empecé a acariciar sus nalgas con más firmeza, sintiendo lo carnosas y tibias que eran bajo la tela. Ella revisó alrededor con disimulo, comprobando que nadie nos observara, y entonces se acercó un poco más, lo justo para que su mano quedara apretada contra mí.

Así viajamos varias paradas, en ese juego silencioso que solo nosotros dos entendíamos, rodeados de gente que miraba el teléfono o la calle.

Cuando ella se acercó a la puerta para bajar, yo bajé detrás. En la acera, todavía con el corazón acelerado, entablamos una conversación cualquiera, como dos desconocidos que coinciden. Me dijo que se llamaba Daniela, que tenía veintitrés años y que trabajaba en una tienda de ropa del centro.

—¿Y siempre haces eso? —me preguntó, medio en serio, medio divertida—. ¿Aprovecharte de las muchachas en el autobús.

—Es la primera vez —le respondí, y era verdad—. Te juro que nunca me había atrevido. Pasó todo, no sé, sin pensarlo. Y cuando me di cuenta de que podía, ya no quise contenerme.

Ella arqueó una ceja, como si no me creyera del todo.

—Me gustas mucho —añadí, porque la sinceridad fue lo único que se me ocurrió—. Te deseo desde que subiste.

Daniela sonrió. Fue una sonrisa lenta, de las que se quedan grabadas, y al verla me envalentoné lo suficiente como para decirle que quería estar con ella esa misma noche. La verdad es que estaba duro como una piedra y sentía que iba a estallar.

—No puedo —dijo bajando la voz—. Estoy en esos días del mes.

Bajé la mirada, derrotado, pero ella me tomó del brazo.

—Pero hay otras formas —agregó, y la sonrisa volvió.

***

Caminamos una cuadra en silencio, rozándonos los dedos, hasta llegar a un terreno baldío entre dos edificios a medio construir. Estaba oscuro y olía a tierra húmeda, pero había una esquina al fondo, oculta tras una pila de tabiques, donde nadie podía vernos desde la calle.

Nos abrazamos apenas llegamos. La besé en el cuello, despacio, mientras mis manos recorrían sus caderas y subían hacia su pecho. Al contacto de mis dedos, sus pezones se endurecieron y se marcaron a través de la blusa. Ella respiraba más fuerte, con la boca entreabierta contra mi oreja.

Le desabroché tres botones de la blusa y le subí el sostén por encima de los senos. La poca luz que entraba desde el alumbrado de la calle me dejó ver dos pechos firmes, de buen tamaño, con los pezones redondos y oscuros, endurecidos por el frío y por el deseo. No esperé más: los cubrí de besos y de chupetones suaves, atento a sus reacciones.

Mis caricias parecían gustarle, porque solo dejaba escapar suspiros breves, contenidos, ahogados por el miedo a que alguien apareciera. Cada sonido suyo me encendía más.

En un arranque la besé en la boca, hondo, y la atraje contra mí mientras le subía la falda. Intenté bajarle la ropa interior, pero ella me detuvo la mano con firmeza y me recordó, en un susurro, lo de su menstruación. No sé qué cara de frustración habré puesto, porque ella se rió bajito y volvió a besarme.

—Tranquilo —me dijo al oído—. Todo tiene solución.

Sin dejar de mirarme, se agachó despacio. Besó el bulto de mi pantalón, frotó su mejilla contra él, jugando, alargando el momento. Después me desabrochó el cinturón, bajó el cierre y de un tirón me dejó los pantalones a la altura de las rodillas. Quedé descubierto, completamente erecto, a la altura de su cara.

Me tocó primero con la punta de los dedos, como reconociendo el terreno, y luego se inclinó para olerme. Era evidente que disfrutaba con el aroma, que cerraba los ojos y respiraba hondo. Cuando se cansó de mirar, de oler y de acariciar, abrió la boca y, poco a poco, me fue tomando entero.

Entraba y salía de su boca con una calma que me volvía loco. Jugaba con la lengua en la punta, lamía, succionaba, y mientras tanto sus manos me acariciaban con suavidad por debajo. Cada vez me tomaba más profundo, hasta que su nariz quedaba pegada a mi cuerpo. Repitió esa operación varias veces; se notaba que le costaba trabajo, pero también que le gustaba el reto, que no quería rendirse.

Yo, al sentir el calor húmedo de su boca y de su garganta, sentía que tocaba el cielo. Tuve que sujetarme de la pared para no perder el equilibrio.

Daniela se separó un momento, con los labios brillantes, y me pidió que le avisara cuando estuviera por terminar. No pasó mucho. La presión se volvió insoportable y, con la voz quebrada, le dije que ya no aguantaba.

Ella se apartó apenas y, con la punta de la lengua, recorrió la parte más sensible, mirándome a los ojos. Segundos después exploté. El primer chorro le cayó en la mano, el segundo en la boca abierta, y el resto lo recibió en los dedos, porque me tomó y siguió moviéndome con la mano, exprimiendo hasta la última gota como si no quisiera desperdiciar nada.

Cuando vio que ya no salía más, se quedó quieta, observando el semen sobre su palma. Lo olió un buen rato, primero con cautela, y luego lo probó con la punta de la lengua. Algo cambió en su cara, una mezcla de curiosidad y de placer, y entonces lamió su mano entera, sin dejar nada. Después se limpió la mejilla con esos mismos dedos y volvió a llevárselos a la boca.

Me quedé sin palabras, observándola.

—¿Te gusta? —le pregunté al fin, todavía agitado.

—Siempre quise saber a qué sabía —confesó, acomodándose la blusa—. Olerlo, probarlo. Pero nunca tuve la oportunidad. Todos mis novios fueron demasiado tímidos para algo así.

Se puso de pie y me besó, y en sus labios todavía quedaba un rastro de mí. Entonces se rió, con una picardía que no le había visto antes.

—Y te voy a confesar algo —dijo, abrochándose el pañuelo—. No es cierto lo de mis días. Estaba perfectamente. Lo que de verdad quería era esto. Probarte.

***

Me quedé mudo, entre el orgullo y la incredulidad, viéndola acomodarse la falda como si nada hubiera pasado. Caminamos juntos hasta la avenida, ya en silencio, y antes de despedirnos me dio su número anotado en un papelito.

Con Daniela viví muchas otras tardes parecidas durante aquellos años de universidad. Cada encuentro tenía su propia historia, su propio escenario improvisado, su propio secreto. Después, cuando terminé la carrera y la vida nos llevó por caminos distintos, dejamos de vernos poco a poco, sin dramas, como suele pasar.

Nunca volví a saber de ella. Pero cada vez que subo a un autobús lleno, en una hora pico, y siento el roce involuntario de un desconocido, no puedo evitar acordarme de aquella tarde, de aquel terreno baldío y de la desconocida que jamás olvidé.

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Comentarios(3)

NicoRdl

increible!!! de las mejores confesiones que lei aca, me dejo sin palabras

SandraK

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar ahi!! quiero saber que paso despues

RecuerdosVivos

me hizo acordar a algo muy parecido que me paso hace años en el subte. esa tension de no saber si moverse o quedarse quieto es unica jajaja. muy bueno el relato

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